Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

jueves, 7 de enero de 2016

Mina de palabras


Relatos de Marcelo Matas de Álvaro incluidos en el libro Mina de Palabras.
 AEA. Oviedo, 2015

DITIRAMBO BATE A ROCABRUNO

A Gonzalo Suárez

            En la playa de Arnáu los futbolistas jugaban como curas con sotana, buscando todo el tiempo el balón enredado en el nudo de sus propios pies. No alzaban la vista para otear los improbables desmarques de algún compañero ni mucho menos para advertir el acoso o la casual llegada de un contrario. En su descargo, primero traté de disculparlos con la excusa del viento, el mayor enemigo de la pelota en las playas del Norte, pero en seguida pensé que eso no les podía ocurrir a dos equipos tan duchos en estas lides. Se trataba nada más y nada menos que del Ditirambo y del Rocabruno, dos clubes acostumbrados a bregar en los más prestigiosos campeonatos amateur con los que cuenta la Cornisa Cantábrica. 
Partido de fútbol en el Campo de la Mina. Arnáu
            Entonces me acordé de una película en la que dos boxeadores se pasan el combate mirándose los pies, como si en el torpe jeroglífico que dibujaban sus cortos pasos no estuviera tanto la clave de la victoria como el arcano que debían descifrar para eludir la derrota. Peleaban H.H., el “Mago”, y G.S., el “Resbaladizo”. Los dos venían sin pasado, esto es, de un pasado desconocido por el espectador, a quien los púgiles se le aparecían en la pantalla apenas como dos sombras que simulaban luchar en el empeño de no encontrarse con el otro. Se esforzaban los puños por prodigar sólo al aire sus golpes certeros, mientras que sus respectivas miradas se tambaleaban al tratar de esquivar la presencia del rostro del contrario. Como dos boxeadores sonados, en cada asalto se abrazaban cinco segundos antes de que se oyera la campana del ring.
            Al final el Ditirambo ganó al Rocabruno sin saber cómo. Cuando quise preguntar, todos los jugadores y el público ya habían alzado la vista del suelo para seguir bebiendo. Brindé por el Mago y el Resbaladizo, por el embriagador hallazgo de lo no sospechado.
Gonzalo Suárez

MI CORAZÓN BAJO EL AGUA

Interior del castillete de la Mina de Arnáu
         Mi abuelo me contó tantas veces la vida en esta mina que podría recorrerla de memoria, sin necesidad de que tú y yo tengamos que ir ahora de la mano siguiendo las indicaciones del guía, unidos a un grupo que seguramente habrá entrado aquí por el mismo interés con el que todos los turistas visitan cualquier otro museo o paraje que les indique el folleto que les entregaron en el hotel, sin saber de antemano lo que yo a ti también te he contado tantas veces y que ahora me dispongo a enseñarte, la majestuosa presencia del centenario castillete de madera por donde se baja al pozo abuelo, llamado así por ser el primer pozo vertical que se construyó en una mina de esta región, las galerías con ladrillos ennegrecidos por la carbonilla que se desprendía de las vagonetas tiradas por mulas ciegas, el olor a huevos podridos que aún se desprende de la humedad y de lo que entonces llamaban el gas mofeta, el eco de los picos contra la pared, de los martillos clavando los postes que sujetan el techo, de los guajes recogiendo el carbón caído entre los raíles, de las voces del capataz siempre advirtiendo de la obligación de trabajar más y más rápido, del silencio, sobre todo el eco del silencio que endurecía los oídos después de una explosión, alguna de aquellas de las que no le daba tiempo a avisar al penitente o al canario para que pudieran correr todos hacia la salida de la mina que daba al mar, hacia la puerta de la salvación y también del deseo, de la posibilidad de soñar con viajar más allá, al lejano territorio de donde volvían enriquecidos los indianos..., pero ahora yo veo también las últimas galerías sumergidas bajo el agua y lamento no poder enseñarte el corazón que mi abuelo dejó grabado con su navaja en un puntal, el mismo corazón que en este momento, cuando los turistas están distraídos escuchando al guía, yo vuelvo a grabar en este poste con aquellas letras, las mismas iniciales que llevamos nosotros en nuestros nombres, tanto en el mío como en el de mi esposa muerta.

Galerías de la Mina de Arnáu







sábado, 2 de enero de 2016

Las recetas del Inframundo


Escarlatina, la cocinera cadáver
Ledicia Costas
Anaya, 2015


              En esta novela que acaba de recibir el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2015 se unen -ya desde el título- dos de los temas que están más de moda en los últimos tiempos. Por un lado, el repentino y acaso desmedido interés que este país ha encontrado por todo lo que tenga que ver con los asuntos culinarios, de manera que no hay cadena de televisión que no cuente con su propio programa dedicado a la cocina o la gastronomía, entre cuyos destinatarios últimamente se encuentra un público infantil al que se ha ascendido a la categoría de chef. Por otro lado, el ya cansino aluvión de publicaciones escatológicas, ésas que llevan su argumento a un mundo de ultratumba poblado por vampiros enamorados, fantasmas pueriles o personajes zombis, a menudo sin pretender aspirar a la nobleza de la novela gótica, sino simplemente a conformarse con que vivamos -o muramos- en un continuo Halloween.
               De estos dos tópicos se nutre “Escarlatina, la cocinera cadáver”, de Ledicia Costas (Vigo, 1979) -escrita originalmente en gallego y traducida al castellano por la propia autora-, pero es precisamente la unión de lo culinario con el desconocido mundo del más allá la arriesgada receta que la escritora sabe cocinar con buen gusto para agradar al exigente paladar de los jóvenes lectores. La novela cuenta la historia de Román Casas, un niño de diez años que sueña con llegar a ser un gran cocinero. Por eso les ha pedido a sus padres un curso de cocina como regalo para el día de su cumpleaños, fecha que curiosamente coincide con el dos de noviembre, Día de los Difuntos. Pero lo que recibe no es un regalo normal, sino un paquete enviado por el “Servicio de paquetería del Inframundo” y que contiene nada más y nada menos que un ataúd con un cadáver en su interior. La difunta es Escarlatina, una cocinera muerta hace un mogollón de años que, para mayor sorpresa, viene desmontada en piezas que el pequeño Román deberá unir siguiendo las instrucciones que acompañan al curioso paquete regalo. Una vez enroscadas las piezas, la “cocinera cadáver” volverá a la vida y Román podrá recibir sus ansiadas clases de cocina, para las que sólo dispone de tres horas, las que cuenta Escarlatina antes de tener que volver al Más Allá. A no ser que la difunta vuelva definitivamente a la vida, para lo cual es preciso que cocine con un humano nacido el Día de Difuntos un manjar que guste por igual a vivos y muertos, cuestión harto difícil si se tiene en cuenta que los “habitantes del Más Allá” tienen unos gustos gastronómicos que harían vomitar a los vivos con sólo pensarlo. Para ello Román debe viajar con Escarlatina al Inframundo, donde se encontrarán con sorpresas agradables -el reencuentro con el divertido abuelo de Román, muerto hace unos años- y otras horribles, como el malvado Amanito y sus secuaces, que tratarán de impedir con sus malas artes que los dos jóvenes consigan el fin que se proponen.
         Si consiguen sortear la aversión que puedan producirle el mundo de los muertos –incluida la peculiar dieta que llevan los habitantes del Más Allá-, los pequeños lectores se divertirán con esta disparatada historia llena de aventuras y sorpresas, además de enterarse de cuál es la receta de la que pueden disfrutar por igual los vivos y los muertos. Las fúnebres ilustraciones de Víctor Rivas también contribuyen, en aparente paradoja, a dar una viva expresión al relato.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 2 de diciembre de 2016)


sábado, 5 de diciembre de 2015

Los 150 años de Alicia


Alicia. Edición Completa
Lewis Carroll
Edelvives. Zaragoza, 2015


          El 4 de julio de 1862, en una excursión en barca por el río Támesis, las tres hermanas Liddell escuchaban embelesadas el extraordinario cuento que les contaba Charles Lutwidge Dodgson, un profesor de matemáticas amigo de la familia. Era un relato lleno de absurdas maravillas, de animales curiosos y personajes estrafalarios, de juegos de palabras y expresiones tan lógicas que desafiaban a la realidad, de situaciones increíbles y divertidas que además el profesor contaba con el mismo ritmo vertiginoso y confuso como el que sucede en los sueños. Una de las niñas, cuyo nombre -Alicia- compartía con la protagonista de la historia, estaba tan entusiasmada que insistió en que Dogson la escribiera, de manera que aquel amigo de la familia se pasó la noche siguiente gestando la historia, y los meses sucesivos caligrafiando con esmero el cuento que, acompañado de unos dibujos hechos por él mismo, regaló a la pequeña Alicia en la Navidad de 1864. Lo tituló Aventuras subterráneas de Alicia y fue tan celebrado entre los que tenían la suerte de leerlo, que un año más tarde el autor se animó a publicarlo bajo el sello del famoso editor MacMillan. Así, el texto, revisado y ampliado, salió hace 150 años con el título de Alicia en el País de las Maravillas, bajo el seudónimo de Lewis Carroll y con ilustraciones del prestigioso dibujante John Tenniel, las mismas con las que se ha seguido ilustrando el libro en la mayoría de las ediciones aparecidas hasta ahora. Debido al éxito de la obra, en 1871 Carroll publica una continuación del cuento con el título A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, libro que en opinión de algunos lectores es mejor que el primero, pero que tal vez por las caricaturas sociales y los intrincados juegos literarios, es menos apreciado por los niños.
          Para celebrar estos 150 años en los que cada nueva generación ha tenido la oportunidad de perseguir con la pequeña Alicia al escurridizo Conejo Blanco, algunas editoriales han lanzado nuevas publicaciones de esta obra que cumple ese paradójico privilegio de que todo el mundo la conoce sin necesidad de haberla leído. Al álbum de gran formato que hace tres años Edelvives dedicó a Alicia -en el que la desenfrenada libertad de la imaginación y la transgresión mágica que representa ese mundo maravilloso y absurdo se ajustaba como la horma de un zapato a la fantasía desbordante de la ilustradora francesa Rébecca Dautremer-, se une ahora “Alicia. Edición completa”, de la misma editorial. Además de los dos textos creados por Lewis Carroll, esta obra primorosamente editada incluye Una avispa con peluca -un episodio “suprimido” y poco conocido de A través del espejo-, poemas y prólogos escritos por el autor para las ediciones históricas y un epílogo donde se cuenta cómo se escribió Alicia, la génesis del relato en la imaginación y la pluma de Carroll y los pasos que dieron lugar a la primera edición, acompañados de curiosas imágenes de aquellos libros y de las estampas que aparecieron en la época. Pero seguramente lo más interesante de esta llamada “edición completa” sean las ilustraciones originales de John Tenniel coloreadas por el acuarelista Harry Theaker en 1911 y por el artista Diz Wallis en 1995. Ambos aportan la belleza plástica necesaria, los grados de calidez expresiva y de luminoso ingenio que sirven para realzar más si cabe las maravillas que son contadas en este cuento al mismo tiempo divertido e inquietante, una historia que ningún lector -ni pequeño ni adulto- se debería perder.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de diciembre de 2015)




sábado, 7 de noviembre de 2015

Días claros y días nublados


Luces de tormenta
Ignacio Sanz
Editorial Edelvives. Zaragoza, 2015
133 páginas


          Desde siempre se ha destacado que una de las funciones de la escritura es la posibilidad de servir como recurso terapéutico para quien escribe, sin perjuicio de que al mismo tiempo pueda ocasionar también en el lector un parecido efecto saludable. Así, la llamada literatura del yo -en forma de diario, autoficción, memorias, autobiografía, epistolario, etc.- es a menudo un artificio que permite desvelar al escritor la existencia de algún conflicto interno y, en su caso, resolverlo o, al menos, aliviarlo. Parece ser que sólo el hecho de plasmar en un papel las cuitas internas, tiene ya de por sí un beneficio para quien las refleja, resultado que se acrecienta si a lo escrito tiene acceso un posible lector, ya se trate de un receptor preconcebido -el destinatario de una carta- o anónimo -el ocasional comprador del libro-.
          Este sentido terapéutico que se atribuye en general a la comunicación -también a la oral, claro está- está muy presente en la novela “Luces de tormenta” (Edelvives, 2015), de Ignacio Sanz (Lastras de Cuéllar, Segovia, 1953). En ella una profesora de instituto recomienda a su alumna Sabina que durante las vacaciones de verano vaya escribiendo todo lo que se le ocurra con el fin de “aclarar un poco su propia vida”. No es que sufra un conflicto alarmante, muy distinto a lo que suele suceder a otros adolescentes de su edad, pero sí que vive algunas circunstancias que, siguiendo el acertado título del libro, pueden atormentarla. Sus padres están separados y cada uno vive en un lugar distinto, su madre en Madrid, donde quiere que vaya a pasar con ella algunas temporadas, y su padre en Centirrayo, el pueblo donde Sabina quisiera vivir para siempre. En el pueblo está todo lo que más le gusta: la maravilla de la naturaleza que lo rodea, con sus dos bosques, el río donde se bañan en verano, el campo cultivado que cambia de color según las estaciones del año; su padre, que cría gallos de corral para venderlos a un restaurante de Madrid, y su abuela, que “habla como si fuera una catedrática”; las confidencias con sus amigos y en especial con Germán, que le ha provocado el “hormigueo” del primer amor; y las historias y leyendas que se cuentan en relación a la curiosa atracción que por ese lugar tienen las tormentas. Entre ellas, Sabina apunta en su cuaderno el día en que a su abuelo Abilio le cayó del cielo una tormenta de ranas, la noche en que vieron proyectada en la pared del frontón la película “El tornado de Oklahoma”, la triste vida de la pobre Etelvina, la leyenda de la campana “Espantatormentas”, la historia del chozo donde por primera vez engendraron Petronilo y Laudelina o la mala suerte -o buena, según se mire- que tuvo Zoilo al sobrevivir al impacto de tres rayos.
          Como en su anterior novela -“El hombre que abrazaba a los árboles” (Edelvives, 2013)-, Ignacio Sanz se sirve de la feliz experiencia que supone adentrarse en los misterios de la naturaleza y en las vidas que se entrelazan en la tranquila rutina de un pueblo, para revelar en la joven protagonista algunos aprendizajes necesarios, aquellos que tienen que ver con el conocimiento de sí misma, de sus miedos, de sus inseguridades, pero también con la toma de conciencia de que en la vida “lo bueno es que haya días claros y días nublados”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 7 de noviembre de 2015)


sábado, 10 de octubre de 2015

El silencio blanco


LA QUIMERA DEL ORO
Jack London
Anaya. Madrid, 2015
274 pág.


          Jack London (1876-1916) es un aguerrido narrador de la estirpe de Verne, Stevenson, Conrad, Melville o Poe. Además de algunas semejanzas biográficas, comparte con ellos -en mayor o menor medida- una similar poética, aquella que trata de revelar lo que le sucede a ese tipo de personaje que, situado ante una intensa experiencia, decide desprenderse del natural encogimiento del miedo para atreverse a forcejear con el destino que le ha tocado vivir. No se trata de resaltar la combativa condición del héroe, sino, más bien al contrario, de indagar en los abismos a los que en ocasiones nos arroja al común de los mortales nuestra propia e incierta existencia.
          Conocido sobre todo por sus novelas “La llamada de lo salvaje”, “El lobo de mar”, Martin Eden, “El talón de hierro” o “Colmillo blanco” -ésta aún más famosa a partir de sus exitosas versiones cinematográficas-, lo mejor de la obra de Jack London puede estar, sin embargo, en el conjunto de las breves narraciones que forman “La quimera del oro” y “Los relatos de los mares del Sur”. En su origen está sin duda la azarosa vida de su autor, que lo llevó a los 19 años a embarcarse en busca del oro que había aparecido en Klondike, cerca de la frontera con Alaska, y a los 30 a navegar por la Polinesia.
Jack London
          Los relatos incluidos en “La quimera del oro” (Anaya, 2015) están unidos por la llamada fiebre que llevó a tantos buscadores a Alaska durante la segunda mitad del siglo XIX. En ellos la fuerza narrativa que despliega el autor está acorde con la extrema severidad de la naturaleza y con el propio ímpetu que el hombre debe sostener para afrontar tales inclemencias, con el convencimiento de que a menudo resistir es la única forma posible de lucha y que la victoria se conforma -en su doble acepción- con la agónica conquista de la supervivencia. Así, la sardónica crueldad de un perro y la vengativa maldad de un hombre se reflejan de forma magistral en el relato titulado “Diablo”; el decidido propósito de conseguir dinero fácil por medio de una descabellada empresa asombra y divierte al lector en la por momentos disparatada fábula “Las mil docenas”; la tragedia lírica que sucede en el corazón verde del cañón rompe la silenciosa belleza del sereno “El filón de oro”; la encarnizada lucha por la supervivencia entre un lobo y un hombre hambrientos estremecen en el dramático “Amor a la vida”; el dilema moral entre el ideal de justicia que debe imponerse a sí mismo el hombre blanco y el íntimo temor que provocan los propios pensamientos ante un hecho repentino se dirime en el magnífico “Lo inesperado”; la tenacidad por encender un fuego como único remedio para resistir en medio de la soledad de la nieve se impone en el angustioso “La hoguera”; el ingenio de un condenado a muerte para salvarse de la tortura alivia también al lector en el cuento “El burlado”.
          Vicente Muñoz Puelles abre el libro con una breve -y acertada para los jóvenes lectores- presentación sobre la vida y la obra de Jack London y lo cierra con un apéndice que, a modo de relato escrito en primera persona, narra algunas andanzas biográficas del autor norteamericano del que el próximo año se cumple el centenario de su muerte. El volumen se completa con unas expresionistas ilustraciones en blanco y negro de Enrique Flores.
          Para seguir disfrutando de la lectura que sin duda producirán estos relatos ambientados en “el silencio blanco”, nada mejor que continuar leyendo las asombrosas aventuras narradas en “Los relatos de los mares del Sur”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 10 de octubre de 2015)

sábado, 12 de septiembre de 2015

Los primeros Quijotes



          En un lugar de la escuela de cuyo nombre pocos quieren acordarse, no ha mucho tiempo que vivía un libro de los de tapa dura, ancho lomo y larga lectura. Rara vez el libro tenía todos los capítulos del original escrito por Cervantes, de manera que tan solo incluía los que eran más conocidos del público o los que pudieran ser más entretenidos y divertidos para los jóvenes lectores. De esta forma, la sola presencia de aquellos volúmenes en la biblioteca de la escuela podía llevar al momento propicio en el que un niño -debidamente llevado por el oportuno consejo de su maestro o sus padres- se acercara a aquel libro del que se decía que era inmortal.
          Y fue precisamente esa idea de inmortalidad, que en cierto modo sugería un encuentro solemne con el texto, -unida, bien es cierto, a la nociva costumbre de obligar a su lectura- la que, andando el tiempo, hizo engolar algunas voces para denunciar que el Quijote no era apropiado para los jóvenes lectores. Como consecuencia de esta especie de protección tanto del libro sagrado como de las tiernas cabecitas que pudieran leerlo, prácticamente se vaciaron los estantes de las aventuras del ingenioso hidalgo, hurtando, por consiguiente, la oportunidad de que pudieran disfrutar de ellas las nuevas generaciones. Pero a raíz de la celebración en 2005 del cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, la mayoría de las editoriales que publican para el público infantil y juvenil ha venido editando y reeditando adaptaciones del texto, Quijotes con menos capítulos o directamente el original cervantino debidamente anotado para hacerlo más accesible a todos los lectores. Entre las nuevas ediciones -surgidas también ahora con ocasión del cuarto centenario de la publicación de la segunda parte-, traemos aquí una pequeña selección.
          Para los más pequeños han aparecido “Mi primer Quijote” (Anaya, a partir de 5 años) y “Aventuras de Don Quijote de la Mancha” (Anaya, entre 8 y 12 años), ambos adaptados por Ramón García Domínguez e ilustrados por Emilio Urberuaga para recrear pasajes como el de los molinos o el yelmo de Mambrino. Edebé publica “El Quijote contado a los niños” (a partir de 8 años), de Rosa Navarro Durán y con ilustraciones de Francesc Rovira. “Las aventuras de Don Quijote” (Lumen, entre 5 y 8 años) es un álbum de gran formato que reproduce los episodios más conocidos (los molinos, las marionetas), incluyendo además una pequeña biografía de Cervantes. “Mi primer Quijote” (Espasa, entre 5 y 8 años) es una adaptación de la primera parte a cargo de José María Plaza, con divertidas ilustraciones de Julius. En su colección Adarga, Edelvives publica “El caballero Don Quijote” (a partir de 10 años), de Consuelo Jiménez e ilustrado por Xan López Domínguez.
          Para más mayores hay que destacar la edición para uso escolar de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” realizada por Arturo Pérez-Reverte para la RAE (Santillana), en la cual se han eliminado del texto cervantino algunos obstáculos y digresiones con el fin de facilitar su lectura y al mismo tiempo respetar la integridad y el sentido del original. Con la misma intención de acercar el libro inmortal a todos los lectores, en “Don Quijote de la Mancha” (Destino) Andrés Trapiello ha acertado a “traducir” al castellano actual el texto íntegro que escribió Cervantes.
          Con estas ediciones y otras que seguramente irán apareciendo hasta el próximo año en el que se cumpla el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, no habrá excusas para que puedan seguir cabalgando por las bibliotecas -escolares y domésticas- el Caballero de la Triste Figura y el Gobernador de la ínsula Barataria.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 12 de septiembre de 2015)





sábado, 15 de agosto de 2015

La rara belleza de Nefertiti


El sueño de Berlín
Ana Alonso – Javier Pelegrín
Editorial Anaya. Madrid, 2015


         Dentro de la literatura infantil y juvenil hay un tipo de libros que, aunque no se indique expresamente en la solapa de promoción, son de autoayuda. No se presentan de forma explícita -como si se tratara de un manual al uso- las decisiones que debe tomar o los recursos que debe emplear el lector para librarse del mal que le aqueja, sino que es a través de los mecanismos de la ficción -entendida también como metáfora de la realidad- como el lector presuntamente dañado accede al remedio más efectivo. Se parte del problema que sufre un personaje, de una patología o de alguna característica personal -física o psíquica- que lo aparte de la norma establecida por la sociedad, para seguidamente plantear una solución. Estas historias suelen desarrollarse dentro de un esquema general marcado por el protagonista que padece el problema, los padres, maestros o compañeros que agravan el sufrimiento (lo que se llama en psicología “la segunda herida”, aquella que más duele, pues se añade a la propia que causa el padecimiento) y otro personaje que entra en escena para ayudar a remediarlo.
          En “El sueño de Berlín” (XII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil), de Ana Alonso y Javier Pelegrín, se sigue este modelo para afrontar el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). En primera persona se presenta Ana, una adolescente que “necesita repetir algunos comportamientos para evitar una crisis de ansiedad”, de modo que, entre otras cosas, se ve obligada a subrayar determinadas palabras, escribirlas varias veces seguidas o a lavarse las manos una y otra vez. Su imposibilidad para vencer estas manías la llevan a concebirse a sí misma como una enferma, con la consiguiente desvalorización personal y la dolorosa conciencia de sentirse prácticamente incapacitada para llevar una vida normal y poder realizar tareas tan comunes al resto de la gente como exponer en clase o visitar otro país. Con todo, lo peor son los problemas que tiene para relacionarse normalmente con sus compañeros, quienes se muestran desconcertados ante las conductas repetitivas de Ana. Por eso parece extraño que se acerque a ella Bruno, un nuevo compañero del instituto al que no sólo no parecen importarle las rarezas de Ana, sino que, poco a poco, se va a convertir en el amigo que necesitaba para ir normalizando su situación. Para ello, deberá rebajar las resistencias de la madre de Ana, demasiado protectora por el temor de lo que le pueda pasar a su hija, y sobre todo convencer a su amiga de que el mejor camino para vencer las dificultades es, en lugar de esquivarlas o dejarlas en manos del azar como ha hecho hasta ahora, tener el valor de afrontarlas. Así es como planea el viaje de toda la clase a Berlín con el fin de que Ana pueda ver en su museo arqueológico el busto de Nefertiti, figura por la que siente una curiosa atracción, tal vez porque se identifica con la belleza de su rostro, levemente desfigurado por la rara imperfección de un ojo despintado. Es su visión la que, ejerciendo la labor terapéutica de las metáforas, le servirá a Ana para verse reflejada y, de esta forma, atreverse a aceptarse tal como es.
          Alternando capítulos en los que escriben Ana o Bruno, esta entretenida novela traza bien la dificultad de entender un problema -el TOC o cualquier otro- desde fuera de quien lo sufre, así como destaca la comprensión y el apoyo de los demás como elementos necesarios para ayudar a superarlo.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 15 de agosto de 2015)