Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

martes, 31 de marzo de 2026

Cultura = Libertad

 



            Podemos decir que Cultura y Libertad son dos conceptos cuya interdependencia es tan evidente que no podemos imaginarnos la una sin la otra. Así, de la misma manera que la cultura sin libertad no puede ser más que una manifestación presa de las directrices o la censura de otros, la libertad sin cultura se antoja imposible en cuanto que el supuesto ser libre deja de serlo al eliminarse el referente esencial que lo vincula con lo humano. Tal vez la prueba más evidente de que esto es así sea la aterradora soflama -atribuida, aunque parece que no era original suya, al propagandista nazi Joseph Goebbels- de “Cuando oigo la palabra cultura, saco la pistola”. Postulado que, de una u otra manera, asumen todas las dictaduras, las cuales, al tener su razón de ser en la falta de libertad con que someten al pueblo, ponen precisamente especial empeño en el acoso a la cultura. De ahí que los consabidos vetos a determinadas manifestaciones artísticas, las quemas de libros en la plaza pública o la persecución de agentes culturales se conviertan, entre otros hechos siniestros, en medios necesarios para sostener la tiranía.

            Por ello, en los campamentos de refugiados del Sáhara el acceso a la cultura es una herramienta esencial para la conquista de la propia libertad. Cada vez que una niña, un niño, una mujer o un hombre se acerca a una biblioteca Bubisher o a uno de los bibliobuses que circulan por las arenas del desierto, está ejerciendo su derecho como ser humano al conocimiento y el placer que proporcionan los libros, al desarrollo de su identidad desplegando sus inquietudes y capacidades literarias o artísticas, a sentirse partícipe del legado que a lo largo del tiempo ha ido conformando su comunidad y que, justamente a través de la cultura, ansía seguir construyendo para lograr ser de una vez por todas un pueblo libre.

Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher de marzo de 2026

miércoles, 25 de marzo de 2026

Novela de una antinovela

 

La paraeta

Alfredo Hernández García

Luna de Abajo, 2025


Después de la trilogía El relato total –compuesta por las novelas El fósil vivo, la venganza del objeto y Residencia de quemados-, en la que Alfredo Hernández García (Valencia, 1959) llevó a cabo un radical cuestionamiento de una literatura acomodada, y de Tomoko, una suerte de “novela circular”, nos presenta ahora La paraeta (Editorial Luna de Abajo), obra con la que parece iniciar una serie de Antinovelas. El autor continúa de esta manera su vocación por romper los anquilosados moldes de la novela más convencional, declarado anhelo de tantos escritores que suelen sucumbir ante los primeros escollos del empeño.

La novela -o “antinovela”, si aceptamos la denominación del autor- comienza con una “Presentación” en la que el editor comenta cómo recibieron un manuscrito muy mal redactado, “grosero, lleno de vulgaridad”. De ahí que, después de ciertas dudas, decida publicar un texto en el que la “ausencia de destreza con el lenguaje es total”. A esta consabida argucia del “manuscrito encontrado” -o recibido, tanto da- se une una nota del narrador -autodenominado “cronista”- en la que explica que va a escribir la historia de Severo -bautizado como Titán- quien, a su vez, ha escrito una novela titulada Hacia una mayor convivencia. En estas dos entradas previas a la historia se halla la advertencia de lo que en el plano formal se va a encontrar el lector, pues la “mediocridad del narrador” es la constatación de que “no hace falta ser escritor para contar cosas”, afirmación que, más que pretender poner la venda antes de que sangre la herida por las posibles malas críticas a la novela, avanza la mirada irónica desde la que se contará la historia.

            Así, en el texto se asomará de vez en cuando una especie de narrador intruso que asume su propio deber ante lo narrado (“¡Qué vergüenza me da contar lo que viene ahora…!”), un recurso metaficcional que nos mantiene al tanto del acostumbrado artificio de la trama. Incluso en los propios títulos de los capítulos -organizados en una original estructura formada por cuatro partes divididas en “historietas”, subdivididas a su vez en “redacciones”- aparece el narrador para explicitar lo que pretende contar en cada episodio (“Me propongo practicar un estilo vivo de frase corta”). A estos aspectos formales hay que añadir la presencia de divertidos neologismos (fuengirolo, jalea intacta es…), expresiones erróneas (podería…) y hallazgos lingüísticos (“ateo monoteísta”) propios de la obra de Alfredo Hernández García.

            La Paraeta (“nombre utilizado en Valencia para designar a los kioscos de barrio donde se vende prensa, coleccionables y golosinas preferentemente”, según una nota a pie de página) nos cuenta una historia que tal vez es lo que menos importa en una pretendida “antinovela”, si bien las vicisitudes de la saga familiar encabezada por Severo cuentan con suficientes ingredientes para resultar en sí misma atractiva. La esperanza del padre para que su hijo favorito siga los estudios y el sueño de escribir una novela que logre que desaparezca “la maldad de este mundo de mierda”, se enredan con las vidas de una humilde familia que, en las disparatadas andanzas de su dilatada estirpe, protagoniza “no una obra con pretensiones de belleza, sino simple verdad emocionante”.

Marcelo Matas de Álvaro

 

domingo, 1 de marzo de 2026

Una telaraña de presencias y olvidos

 

El adiós de los perros

Inés González

Velasco Ediciones, 2025



            El tiempo en el que transcurre esta magnífica novela es el de la reciente pandemia, episodio que aquí no se nos presenta como excusa para reflejar las anómalas experiencias sufridas en esa peculiar circunstancia -demasiado trilladas en tantas narraciones que merecen el olvido-, sino que se nos muestra como el ambiente propicio donde se mueven unos personajes perdidos en el enfermizo laberinto de la conciencia y la memoria. El espacio de la narración es uno de esos pueblos anegados bajo las aguas de un pantano, unas cuantas casas en ruinas que se salvaron de la inundación y que ahora serán el lugar rodeado de misterio -a veces angustioso- al que va a ir a parar un grupo de ancianos. La protagonista es una mujer que, como regente de una ONG, ha reclutado a esos quince hombres y mujeres para acogerlos en los meses del confinamiento.

            A partir de ahí, vamos asistiendo a cómo el pasado de cada personaje se va enredando en una telaraña de presencias y olvidos, de acontecimientos que aparecen y desaparecen, se imaginan o se inventan en una convivencia ahogada en el perdido pueblo que habitan. Un lugar donde los viejos permanecen aislados para salvarse del contagio que también asfixia a una sociedad sumergida en las turbias aguas del progreso. A esta acumulación de símbolos -tiempo, espacio y conciencias anegados- se une la propia condición misteriosa de Lucía, la mujer que se ha hecho cargo del grupo con el loable propósito de socorrer a personas tan vulnerables, pero que encierra motivos ocultos que el lector irá descubriendo a medida que la novela avance, razones alimentadas en un pasado que va apareciendo con las mismas señales de inquietud que nos sobrecogen al asomarnos a las oscuras aguas del pantano y a la borrosa mente de los ancianos.

            El adiós de los perros (Velasco Ediciones, 2025) nos habla de las huellas indelebles que permanecen en la memoria -perros que ladran y nos amedrantan y vuelven-, una sombra que viene de una infancia carente de afectos y rodeada de episodios desgraciados que necesitan ser resarcidos por medio de la venganza, sin caer tal vez en la cuenta de que en sí misma no es más que un “deseo de permanecer con quien cambió nuestra vida para siempre, con ese que nos configuró irremediablemente”. Por eso al final -con ese punto de incertidumbre con el que se cierran los buenos relatos- parece que la venganza se vuelve contra quien la practica, pues “Ni en la muerte ni en la vida la paz existe. Es solo una alucinación que nos distrae de la verdad”.

            Inés González (Venezuela, 1965) escribe con una prosa elegante y precisa, llena de imágenes que se acomodan bien a una narración cargada de sugerencias que se quiebran, una novela en la que alguno de sus breves capítulos -incluso más de un párrafo- se puede leer como un cuento completo.


Publicado en el nº 325 de la revista Qué leer (marzo de 2026)