Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

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sábado, 12 de octubre de 2024

El laberinto del monstruo

 

La colina del Minotauro

Miguel Rojo

Editorial Pintar-Pintar, 2024

 


Digámoslo desde el principio: esta magnífica novela tiene todos los ingredientes para ser del agrado del público juvenil, mérito de máxima importancia cuando sus destinatarios son los lectores más exigentes, aquellos que no dudan en cerrar el libro cuando sienten que se les ha dado gato por liebre. Miguel Rojo (Tineo, 1957) nos presenta una novela de aventuras donde a la natural emoción que en el lector suscita la acción, la continua sucesión de acontecimientos inesperados o directamente extraordinarios, se une la celebración de la amistad, ese guiño cómplice en el que dos jóvenes se unen -a través del consabido rito que lleva al indisoluble “hermanos de sangre”- para tratar de descubrir juntos los misterios de la vida. De ahí que, como suele ocurrir en este tipo de novelas, se trate también de un relato de iniciación, aquel que, a la par que se cumple un viaje físico -desde Bilbao a la isla de Creta-, se produce un viaje interior, cuyo significado último, después de sortear todas las dificultades y vencer todos los obstáculos que se suceden en la historia, es proceder a dar un paso de gigante en el crecimiento personal. De los protagonistas, claro está, pero también -y esta es la virtud de la literatura- del lector concernido y atento.

               Los primeros capítulos de la novela, que nos introducen en el ambiente de terror en el que ETA sumió al pueblo vasco -y, por extensión, al resto de España- en los llamados años de plomo, cuentan cómo la familia de Iñaki se ve obligada a huir de Bilbao después del atentado que sufre el padre con una carta bomba. Al respecto es muy reveladora la nota que, “a modo de explicación”, el autor inserta antes del relato para denunciar las trabas, relacionadas precisamente con estos capítulos iniciales, que las editoriales encontraban hace 20 años para publicar una novela donde se refiriera directamente a ETA. (Por ello es de celebrar que una editorial asturiana como “Pintar-Pintar” se haya lanzado a la publicación de La colina del Minotauro). Y es precisamente este asunto el que parece enhebrar, a pesar de que el argumento después tira por otro lado, como un hilo oculto toda la historia, pues a la existencia de una sociedad amenazada le sucede otra donde la familia -y en particular los hijos- pueden vivir en libertad; al odio y a la intolerancia le siguen los afectos y la camaradería; a una realidad demasiado asfixiante la sustituye una vida donde es posible la imaginación; al miedo, en fin, lo reemplaza la alegría de poder descubrir otros mundos más allá del horizonte. Así, la figura del Minotauro a la que se enfrentan Iñaki y su amigo, podría interpretarse como el monstruo que necesita el sacrificio de hombres y mujeres para seguir alimentando su propia condición, atrapada en su impenetrable laberinto de violencia.

Con esta novela destinada al público juvenil, Miguel Rojo -uno de los autores fundamentales del llamado Surdimientu Asturianu- vuelve a demostrar su capacidad para abordar con acierto, tanto en castellano como en asturiano, diferentes géneros literarios, ya sea en novela y relatos para adultos, cuentos infantiles, poesía o crítica literaria.

(Reseña publicada en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 11 de octubre de 2024)

              

              

 

sábado, 10 de diciembre de 2022

La felicidad de leer


Aleluyas para mi perrito Perico

Juan José Lage

Pintar Pintar, 2022



            En el ámbito educativo, a Juan José Lage se le reconoce como experto en bibliotecas escolares y en literatura infantil y juvenil. Su amplia contribución en estas materias es visible en los seis libros que ha publicado al respecto -el último su reciente título Animación a la lectura: diez principios básicos (Laberinto, 2022)- y, sobre todo, por ser el fundador y director de la revista de LIJ Platero, que obtuvo en 2007 el Premio Nacional al Fomento de la Lectura y que continúa en la actualidad distribuyéndose -con periodicidad bimestral- de forma gratuita por los centros escolares de Asturias y por otras instituciones del resto de España. A esta labor divulgadora -plasmada también en artículos e intervenciones en diferentes medios- se une ahora su facultad como poeta, que, lejos de sorprendernos al parecer una faceta apartada de su especialidad, nos reafirma más en su compromiso con la animación a la lectura, pues estas “aleluyas” dedicadas a su perrito Perico constituyen, además de un íntimo y tierno homenaje a su mascota y a todos los perros en general, una herramienta para que los pequeños vayan cogiendo el gusto por la lectura. Así, estas sencillas -que no simples- rimas podrán ser recitadas en voz alta por los adultos -o por los propios niños y niñas cuando ya sepan leer- para que disfruten de la sonoridad de las palabras, del ritmo de las frases, de la música que puede encerrar un texto literario. Con ello se cumplirían algunos de los principios que el propio Lage desarrolló en su último libro citado anteriormente: excitar la curiosidad y despertar sensibilidades, crear el hábito de la lectura a edades tempranas, dar importancia de la narración oral y de la lectura literaria, ser ejemplo y modelos de lectores o educar en la libertad y la diversidad. Además de contribuir a que los pequeños lectores se acerquen a la lectura, en el texto se destaca el amor a los animales, la importancia de la adopción, las obligaciones que se deben contraer con las propias mascotas, la necesidad de ser respetuosos en sus cuidados o el recuerdo de algunos perros que aparecen en la literatura. Pero, con todo, lo más atractivo de estos versos es el placer risueño que produce su lectura. Risueño porque -en la línea de su admirada Gloria Fuertes- el lenguaje de los pareados, en los que no se priva de incluir palabras tenidas por malsonantes, destila ese peculiar humor que tanto gusta a los niños. De esa divertida emoción -bien acompañada por las coloridas ilustraciones de María Ortiz- surge la felicidad de que los pequeños se animen a seguir leyendo.

(Publicada en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Asturias. 10 de diciembre de 2022)

 

  

martes, 14 de septiembre de 2021

Por qué llora la maestra

 

Por qué llora la maestra

Gonzalo Moure

Kalandraka, 2021

 


               Gonzalo Moure, uno de los mayores autores de literatura infantil y juvenil en español, utiliza su fructífera labor como escritor y sus numerosos encuentros con los escolares en los centros educativos, para compartir con los jóvenes lectores su “manera de escribir”, con el objeto de que su experiencia pueda servir a quienes sienten esa necesidad o deseo de adentrarse en el mundo de la escritura. A través de una larga “carta para ti, que quieres escribir”, el autor valenciano afincado en Asturias va desgranando algunos consejos -no recetas, “porque escribir no es como cocinar”-, empezando por responder a las preguntas esenciales: qué y cómo escribir. Las respuestas están dentro de cada uno, de la propia experiencia que se filtra en la particular mirada de cada cual. De ahí que haya que empezar escribiendo sobre lo que uno tiene más cerca, lo que sorprende o llama la atención, aquello que la emoción ha logrado que permanezca en la memoria. Para responder al “cómo” hay que atender a la “respiración de la literatura” -los signos de puntuación- que deberá marcar el ritmo de la narración; a la “limpieza”, es decir, a la eliminación de todo aquello que “adorna” innecesariamente la prosa; a tratar de evitar las “comparaciones”, esa sucesión de “comos” que se usan a modo de “bastones o muletas” del texto, o los adjetivos y las frases hechas, que a menudo hay que arrancar con “pinzas” porque sobran del rostro de lo escrito. 

Gonzalo Moure

               Pero lo más importante es que el/la joven que afronta su necesidad de escribir, refleje sus vivencias, las experiencias más próximas de la realidad que le circunda, llegando a descubrir poco a poco su propio estilo literario. Se trata, en definitiva, de “escrivivir”, neologismo utilizado por Gonzalo Moure para definir que es necesario vivir lo que se escribe. Así, se llega a “escribir para saber”, por ejemplo, “por qué llora la maestra”, una pregunta que se hace una joven escritora después de haber visto a su maestra llorando en una cafetería.

Libro muy interesante -enmarcado con un prólogo de Carlo Fabretti y un epílogo de Mónica Rodríguez- para utilizar en los centros escolares, no como manual, pero sí como instrumento de motivación o apoyo para los alumnos que a esas edades ya sienten la necesidad de escribir.

 A partir de 12 años


 

 

sábado, 29 de junio de 2019

La lucha por la vida



El pan de la guerra
Deborah Ellis
Edelvives, 2018



                Deborah Ellis (Canadá, 1960) es una activista contra la guerra que viajó a Pakistán en 1997 para ayudar en un campo de refugiados afgano y de esa experiencia, sobre todo de las entrevistas que mantuvo con las mujeres y las niñas refugiadas, concibió una tetralogía formada por El pan de la guerra (2001), El viaje de Parvana (2002), Ciudad de barro (2003) y Mi nombre es Parvana (2012), todas publicadas en español por la editorial Edelvives. La actualidad de la novela que aquí reseñamos se debe a que acaba de estrenarse la película de animación El pan de la guerra, de la directora irlandesa Nora Twomey, galardonada en algunos festivales y nominada al Oscar del año 2018 a la mejor película de animación, e inspirada en las obras de Deborah Ellis.
Deborah Ellis

                Esta novela, que también ha recibido prestigiosos premios literarios, relata la dura vida de Parvana, una chica de once años que vive en Kabul en la época del gobierno de los talibanes. Sus padres pertenecían a familias acomodadas de Afganistán, ganaban buenos sueldos y residían en una casa grande que fue destruida por las bombas. Ahora toda la familia –los padres y cuatro hermanos- se ha visto obligada a refugiarse en una sola habitación de una pequeña casa. Viven gracias a lo que el padre pueda vender en el mercado y a las cartas que lee en la calle a sus vecinos analfabetos, tarea en la que siempre le acompaña Parvana. Cuando un día, sin saber muy bien porqué, los talibanes arrestan al padre, la familia recurre a una idea un tanto desesperada para poder sobrevivir. Como a ninguna mujer, por el hecho de serlo, se le permite ganar dinero desde que gobiernan los talibanes, deciden que Parvana se disfrace de chico con las ropas de Hossain, el hermano mayor que cayó muerto en uno de los bombardeos. Ni su madre ni su hermana mayor pueden cumplir esa misión, pues no les está permitido salir a la calle sin burka. Así, Parvana tiene que vencer el miedo que supone salir sola de casa y enfrentarse al deber de llevar el sustento a su familia. En ese cometido se ve obligada a hacer algunos trabajos que no le gustan, pero al mismo tiempo le da la oportunidad de reencontrarse con Shauzia, una antigua compañera del colegio que también va disfrazada de chico, y a una amiga de su madre, que irá a su casa para empezar a escribir y distribuir una revista clandestina. Entre el miedo a ser descubierta por los talibanes y la inquietud por tener que llevar todos los días a casa algo de comer, aparece un hecho misterioso que da alas a la imaginación de Parvana.
La historia, que continúa su desarrollo entre el desasosiego y la esperanza, entre la dura lucha por la supervivencia en un medio hostil y la íntima convicción de que todo volverá a ser como antes de la guerra, cuenta, con la usual aspereza de las novelas pegadas a la realidad de las sociedades sometidas, la fuerza que surge de los seres humanos para hacer frente a las adversidades, en particular de los niños –niñas en este caso-, que a veces sienten la necesidad de hacerse con el valor y la capacidad necesarios para poder resistir en el incomprensible, cruel mundo de los adultos. Una novela realista, no exenta de cierto lirismo, muy oportuna para los jóvenes –y adultos- lectores de esta sociedad occidental a menudo tan alejada de la dura realidad de los países en conflicto.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 29 de junio de 2019)




sábado, 1 de junio de 2019

El rapto del corazón



Ninfa rota
Alfredo Gómez Cerdá
Anaya, 2019



                Hace unos meses reseñaba en esta misma sección una novela de características similares a la que ahora nos ocupa. Se trataba de El bloc de las edades (Edelvives, 2018), de Manuel J. Rodríguez, y hacía referencia entonces a que podría englobarse dentro de una suerte de subgénero que se ha venido en llamar Psicoliteratura, donde se encontrarían obras que tratan explícitamente sobre temas que preocupan a nuestra sociedad, como las drogas, el alcoholismo, el acoso escolar o –como es el caso que comparten estas dos obras- la violencia de género. Bien podríamos pensar que se trata de una moda en la que, llevadas por esa corriente que reivindica más que nunca los derechos de la mujer, las editoriales se han lanzado a publicar novelas que aborden asuntos que tanto conciernen a la defensa de esos derechos y, por tanto, a la denuncia de los que los menoscaban. Así, no es extraño que precisamente estas dos obras estén galardonadas con dos de los premios más importantes destinados a la Literatura Infantil y Juvenil en nuestro país, entonces el Premio Alandar 2018 para El bloc de las edades, y ahora el Premio Anaya de LIJ para Ninfa rota, de Alfredo Gómez Cerdá (Madrid, 1951). 
Alfredo Gómez Cerdá

                Escrita a modo de un diario que un psicólogo ha aconsejado redactar a Marina, la protagonista adolescente, en la novela se va narrando en primera persona la relación de la chica con Eugenio, el compañero de clase que le “ha robado el corazón”. Esta especie de rapto emocional –vinculado muy bien en el texto con la ninfa “tonta de remate” y el fauno “grotesco y repulsivo”, personajes que Marina ha conocido en los relatos mitológicos que le cuenta su madre-, en el que la chica se deja llevar por la actitud cada vez más controladora de su amado, es el que impide que Marina vea los hechos como son, una realidad que en vano se empeña en desvelarle Nerea, su amiga del alma. Así, el argumento mantiene la línea habitual en la que la protagonista es la última en reconocer que se encuentra en peligro, primero de perder a sus amigos de siempre y después de caer en la humillación, el desprecio e incluso en el maltrato físico si no se pliega a los chantajes emocionales o coacciones cada vez más duras y exigentes del chico. Sin embargo, esta consabida trama se desarrolla bajo unos aspectos formales que enriquecen la calidad de la obra, como son el formato de diario del relato –indicado para que el lector pueda ponerse en la propia piel de la protagonista-, la inclusión de diálogos por whatsapp entre Eugenio y Marina –donde se asiste de forma más objetiva a los peligros de la relación-, los poemas que forman algunos capítulos –muestras del desahogo emocional de la chica-, el relato de los sueños siempre habitados por la ninfa y el fauno –metáfora de la profunda, inconsciente “zozobra” de Marina-, y sobre todo el curioso final que deja al lector no sólo perplejo, sino  atrapado en la maraña de un cierto desasosiego.
A ello hay que añadir el acierto de incluir un episodio que nos evoca El curioso impertinente -cuento que Cervantes intercala en el Quijote-, y que logra que Marina se dé cuenta del ser maléfico que habita dentro de Eugenio. Un personaje que es el modelo de ese tipo de chico que, bajo la falsa idea del arrebatado enamoramiento, maltrata y aleja de sus amigos a tantas chicas que a menudo necesitan obras como ésta para tomar conciencia del peligro que corren.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 1 de junio de 2019)



sábado, 27 de abril de 2019

El libro de la selva



Mowgli de la selva
Edelvives, 2019



                Las adaptaciones cinematográficas de algunas obras literarias tienen el pernicioso efecto de que los posibles lectores, antes de lanzarse a leer el libro que acaban de ver trasformado en imágenes, se conformen con la idea de que lo han leído porque ya saben de qué va la historia. Este riesgo suelen correrlo los jóvenes lectores que han tenido ocasión de ver una película de Disney basada en cuentos clásicos –Cenicienta, Blancanieves, La Sirenita, etc.- o en otro tipo de obras literarias –Peter Pan, Robin Hood o, como el caso que nos ocupa, El libro de la selva-. Así, la influencia de este tipo de películas es tan grande entre el público infantil y juvenil –y aún en el adulto- que en el imaginario colectivo se asocia la obra de Rudyard Kipling –escrita en 1894- con el bonachón oso Baloo, que se pasa el día cantando y comiendo, con los simpáticos monos que bailan a ritmo de jazz y, sobre todo, con la pegadiza canción “Busca lo más vital”.
                Por ello es de celebrar que se publique una versión dirigida a los pequeños lectores –de 6 a 8 años-, teniendo en cuenta además que la obra de Kipling no fue directamente escrita para ellos. En esta adaptación de Michel Laporte –traducida al español por Isabel Soto y publicada por Edelvives (2019) con el título “Mowgli de la selva”- se ha propuesto un nuevo orden de los capítulos con la intención de seguir la evolución del niño, continuidad cronológica que no se contempla en el original. Así, los relatos comienzan con el hallazgo del “cachorro de hombre” por parte de una manada de lobos y continúan con su adopción frente a las malvadas pretensiones del tigre Shere Khan, los sabios consejos del oso Baloo para sobrevivir en la selva, el secuestro de los monos, la caza de la serpiente Kaa, el robo del fuego –conocido como “flor roja”- del poblado de los hombres, el encuentro con Messua -la mujer a la que Mowgli tanto se parece-, el pastoreo de los búfalos, la victoria ante Shere Khan, la batalla contra los Perros Rojos y el regreso final del joven a la manada a la que pertenece, cumpliendo de esta forma el dicho de que “El Hombre siempre acaba volviendo con el Hombre”.
Rudyard Kipling

Esta versión –como acertada adaptación del relato original de Kipling- nos remite al mito del niño salvaje, aquel que nace y/o se cría fuera de la sociedad a la que pertenece y que normalmente sobrevive gracias a los cuidados de los animales. Se empareja de esta manera con mitologías y leyendas como las de Endiku –Epopeya de Gilgamesh- o Rómulo y Remo -fundadores de la antigua Roma-, y con obras literarias posteriores, como Tarzán. Consecuentemente, es un relato de iniciación o aprendizaje en el que el protagonista debe superar una serie de pruebas –los peligros y las aventuras a las que se ve obligado a enfrentarse- para lograr volver a “la aldea del Hombre”, es decir, para ser aceptado por la sociedad a la que pertenece. En este camino que, en definitiva, es el que debemos transitar en la lucha por la vida, es indispensable la ayuda de otros personajes, del apoyo y la compañía de los seres que nos rodean. Las ilustraciones de Olivier Latyk, que incluyen en su interior seis páginas troqueladas, contribuyen a hacer más atractivo este libro a los pequeños lectores.
Otras obras de la misma colección son “El mago de Oz” y “El maravilloso viaje de Nils Holgersson”, inspirado también en los cuentos de animales de Rudyard Kipling. 


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 27 de abril de 2019)



sábado, 23 de marzo de 2019

Personajes heridos



Genios
M. J. Lorente – A. Lorente
Edelvives, 2018



Si entendemos el término genio en el sentido en el que lo define el diccionario de la RAE en una de sus acepciones -“gran ingenio, fuerza intelectual extraordinaria o facultad capaz de crear o inventar cosas nuevas y admirables”-, bien pudiéramos albergar dudas sobre la idoneidad de algunos de los personajes retratados en este libro para incluirlos en tal categoría. Es cierto que todos ellos han destacado –algunos de forma muy relevante- en sus respectivas facetas artísticas o literarias, pero de igual manera se nos puede ocurrir una relación mucho más amplia de nombres que se debería añadir a esta lista. Por ello sorprende que, como representante de la literatura, se recurra a Hemingway o Pizarnik y se olvide, pongamos por caso, a Faulkner o Joyce. O que en pintura se cite a la omnipresente Frida Khalo y se obvie, entre otros, a Matisse o Duchamp. Igualmente, nos viene a la cabeza –por ejemplo, en el ámbito científico del que incomprensiblemente no se incluye ningún representante- un puñado de “genios” más notorios que Hugo Pratt, Freddie Mercury o Chavela Vargas. Sin embargo, en descargo de los autores del libro, diremos que esta peculiar selección viene motivada en el Prólogo como el ofrecimiento al lector de un “retrato visual y literario de veinte celebridades de la cultura del siglo XX”, de forma que, ateniéndonos a este criterio de fama o popularidad –y no sólo al engañoso título del libro-, esta colección de personajes se aviene bien con esa condición, pero más aún con la de quienes sufrieron “las consecuencias de su extravagante forma de vida”. Y es precisamente este rasgo, el de sobrellevar una íntima herida en su biografía, el que define el puñado de figuras que aquí se presentan. 
Ilustración de Antonio Lorente

A pesar de lo apuntado anteriormente, este libro tiene el indudable mérito literario y artístico de destacar, a través de un breve relato que ocupa apenas un par de páginas, lo más significativo de cada personaje. María Jesús Lorente -autora de los textos- se sirve de diferentes técnicas narrativas, como cambios del punto de vista según la “celebridad” retratada, cartas apócrifas, escenas dialogadas, entrevistas, monólogos interiores, breves biografías, etc., con la intención de resaltar precisamente aquello que, en el imaginario común, se reconoce como el aspecto –generalmente transido por un particular dolor- que define al personaje. Así, Camille Claudel en el solitario delirio del manicomio, Isadora Duncan viajando con su amor hacia un absurdo final, María Blanchard atrapada en su cuerpo enfermo y deforme, Coco Chanel en el orfanato esperando al padre que nunca llega, Federico García Lorca escuchando trágicas historias en su infancia, Ernest Hemingway introduciéndose en su boca el cañón de la escopeta, Walt Disney inventando la infancia que no tuvo, Salvador Dalí bajo la sombra del hermano muerto, Frida Kahlo siempre dolorida en su cuerpo roto, Bette Davis poseída por la perversa Baby Jane, Julio Cortázar escribiendo su autonautas de la cosmopista con Carol Dunlop; Billie Holiday cantando a esas extrañas frutas que cuelgan de los árboles del sur, Chavela Vargas apurando botellas de tequila, María Callas recordando la indiferencia de su madre, Alejandra Pizarnik “pisando cuerdas en llamas” o Rudolf Nureyev saltando hacia el lado de la libertad.
Semblanzas que, con la prosa –y la extraordinaria cualidad de las ilustraciones de Antonio Lorente- bien ajustada a cada personaje retratado, refleja acertadamente esa íntima herida que los define, lo cual supone un indudable mérito en el propósito de acercar sus biografías a los jóvenes lectores.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 23 de marzo de 2019)




sábado, 23 de febrero de 2019

Relatos por la igualdad



Como tú
Varios autores
Anaya, 2019


                A pocos días de volver a celebrar el día de la mujer, que tanto éxito tuvo el año pasado en dar visibilidad a las justas reivindicaciones en defensa de la igualdad entre hombres y mujeres y en la denuncia de situaciones de acoso y violencia de género, algunas editoriales se suman a tales reclamaciones y protestas con publicaciones que de una manera u otra, en forma de breves biografías o narraciones de ficción, reflejan esta creciente preocupación de la sociedad.
                En el campo de la literatura escrita para jóvenes lectores, la editorial Anaya publica bajo el título Como tú una interesante veintena de relatos “por la igualdad” acompañados de sus correspondientes ilustraciones. Están escritos por veinte autores reconocidos en el ámbito de la LIJ que, a su libre elección, han optado por diferentes formas literarias, como narraciones cortas, un guion de cine, un texto teatral, dos poemas y un hilo de Twitter. Destinados al público juvenil con la intención –expresada en el Prólogo escrito por Fernando Marías, coordinador de la obra- de contribuir a la educación en la igualdad, los relatos hablan de acoso sexual y violencia de género entre adolescentes, del drama que puede conllevar la obsesión por el propio aspecto físico, de la sabiduría que pueden y deben alcanzar también las mujeres, del derecho a la educación de todos, del cinismo de ciertos comportamientos, de la distopía de una sociedad donde se cambian los tradicionales roles y derechos de los hombres y las mujeres, de la conflictiva y confusa relación entre amor y sexo, de la comprensión del acoso y la falta de respeto cuando uno de repente se pone literalmente en la piel de una mujer, de la necesidad y el valor de decir basta. 
Ilustración de Sara Morante
              Cabe destacar los relatos Melhfa, de Gonzalo Moure, en el que desvela a la prejuiciosa visión occidental el destacado rol y los derechos de la mujer en los campamentos saharauis; Naufragio, de David Lozano, donde a bordo del Titanic el consabido “las mujeres y los niños primero” deja paso al amor de la mujer que decide acompañar a su marido hasta la muerte; La libertad de Penélope, de Antonio Lozano, en el que la mujer de Odiseo, tras larga espera, cae en la cuenta de que no es “mujer para tejer y destejer ni velos ni desvelos”; García y García, de Ana Alcolea, la resolución de un acertijo que revela que las palabras a menudo engañan sobre la realidad a la que dicen representar; Se acabó, madre, se acabó, de Antonio García Teijeiro, un poema en el que la hija grita basta ya al pasado de lluvia negra para que vuelva a relucir “aquella claridad olvidada que soñamos algún día en nuestra casa”. Estos cinco relatos -y algunos más en un volumen donde, como cabría esperar, se dan significativas diferencias de calidad literaria- hacen que la lectura del libro pueda ser atractiva para nuestros jóvenes lectores.
                El mismo sello editorial publica Mujeres de la cultura, de Rosa Huertas, diez relatos sobre mujeres: escritoras, pintoras, filósofas, políticas, investigadoras o actrices, que intervinieron en la cultura españolas de finales del siglo XIX y comienzos del XX; Pioneras, de Espido Freire, breves semblanzas de veinte mujeres españolas e hispanoamericanas que contribuyeron a la lucha por la igualdad entre los géneros; Grandes mujeres que cambiaron el mundo, de Kate Pankhurst, álbum ilustrado con trece mujeres de fama mundial como protagonistas. Libros que contribuyen a visibilizar y reivindicar a la mitad de la población que tan a menudo ha estado silenciada en los libros de historia. 


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 23 de febrero de 2019)


sábado, 26 de enero de 2019

Sucesos delirantes



La balada de los unicornios
Ledicia Costas
Anaya, 2018



                Hay que agradecer a Ledicia Costas (Vigo, 1979) su tendencia a alejarse de la moda de edulcorar las historias destinadas al público infantil y juvenil. Ya en su novela Escarlatina, la cocinera cadáver (Anaya, 2015) tuvo la osadía de contar que un niño recibe, como regalo de cumpleaños, un paquete enviado por el “Servicio de paquetería del Inframundo” que contenía un ataúd con un cadáver en su interior. La difunta era Escarlatina, una cocinera muerta hacía muchos años que, para mayor sorpresa, venía desmontada en piezas que el niño debía unir siguiendo las instrucciones que acompañaban al curioso paquete regalo. El humor negro que destilaba aquella disparatada historia seguro que hizo pasar un buen rato a muchos jóvenes lectores. Siguiendo las huellas del mismo personaje, ha publicado este otoño Los archivos secretos de Escarlatina (Anaya), un álbum ilustrado –con macabras imágenes realizadas por Víctor Rivas- donde aparece el periódico “Escalofríos del más allá”, una nutrida “Galería de ánimas, espectros y leyendas urbanas”, la tétrica programación de la televisión del inframundo, unas “ideas geniales para una tarde terrorífica” o las instrucciones para “El juego de la oca fúnebre”. Sin duda este tipo de historias e imágenes truculentas es del agrado de muchos lectores que se sienten atraídos por lo horrendo, macabro y luctuoso. De Ahí el éxito que actualmente tienen las adaptaciones “zombies” de algunos relatos clásicos. 

                Sin embargo, en La balada de los unicornios –la obra que ahora nos presenta Ledicia Costas y que ha recibido el Premio Lazarillo de Creación Literaria- este gusto por lo escatológico se le va de las manos. Es una novela de aventuras con tanta fantasía gratuita y tantos episodios truculentos, que hay que estar muy entregado a este tipo de historias para que el libro no se te caiga de las manos por inverosímil. Ya no es sólo que a la protagonista su abuela malvada le sacara los ojos porque con ellos podía adivinar el futuro ni que, para solucionar el problema, su abuelo le construyera unos ojos nuevos con una maquinaria dentada. Tampoco porque el abuelo sea un ermitaño que vive en la cabeza de un gigante que tiene 20 kilómetros de diámetro. Ni que en La Ciudad de los Perros sus cánidos habitantes paseen por las calles a humanos atados con correas. O que Jack el Destripador tenga afición a rebanar el cuello de las prostitutas y a sembrar el pánico en los callejones oscuros con el siniestro cántico de “Que asomen los intestinos, quiero ver tu hígado, quiero tus riñones, también tu corazón”. Tampoco que al ermitaño le guste alimentarse con los coleópteros mecánicos que habitan en la Cueva de los Escarabajos. Ni, en fin, que por doquier asedien arañas mecánicas o que el personaje malvado sea en realidad un cuervo. Es que todo ello unido no hace más que extraviar al lector en un rosario de sucesos delirantes, ensartados por una autora que en cada argumento sólo parece querer huir un poco más de lo políticamente correcto.
Cuando en un solo texto se pretende congeniar las artes mágicas de Harry Potter –en una Escuela de Artefactos y Oficios que vagamente parece emular al Colegio Howarts de Magia y Hechicería-, el disparatado experimento del Dr. Frankenstein –volver un cadáver a la vida por medio de artilugios mecánicos- o las fantásticas peripecias de Alicia, mezclado todo ello con elementos de la novela gótica, ocurrencias para un mundo futuro o la sucesión de aventuras sin fin, la abultada receta –procedimiento al que es tan aficionada la autora- puede ser indigesta para el común de los mortales.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 26 de enero de 2019)

sábado, 17 de noviembre de 2018

El verdadero amor no mata



El bloc de las edades
Manuel J. Rodríguez
Edelvives, 2018


La función de los cuentos tradicionales siempre ha sido indagar, a través de su contenido simbólico, en los conflictos internos a los que debemos enfrentarnos los seres humanos. Así, en Caperucita Roja se afronta el peligro que puede acechar tras una engañosa seducción, en Hansel y Gretel el miedo primordial a ser abandonado por tu propia familia o en La Cenicienta la inevitable rivalidad fraterna. La ficción, que gracias a su componente simbólico tiene la cualidad de poder penetrar con mayor facilidad en la vida emocional del lector, ha sido tradicionalmente el medio más efectivo para contribuir al crecimiento personal de los niños y jóvenes, favoreciendo de paso la necesaria participación en los valores de la sociedad a la que pertenece.
En la actualidad, donde los cuentos tradicionales continúan teniendo la misma función de siempre, se puede decir que se está dando dentro de la literatura infantil y juvenil una especie de subgénero bautizado por algunos autores como “psicoliteratura” y que consistiría, en líneas generales, en obras que tratan explícitamente sobre temas o problemas que preocupan a la sociedad contemporánea. Así, se pueden abordar cuestiones como el divorcio, las drogas, el alcoholismo, la homosexualidad, la inmigración, el acoso escolar, la violencia de género, etc. Suelen ser obras realistas –alejadas del fantástico mundo de los cuentos de hadas- que sirven –al igual que aquellos- para afrontar las dificultades que ofrece el medio en el que vivimos. 
Manuel J. Rodríguez

A esta categoría podríamos apuntar la excelente novela El bloc de las edades (Edelvives), de Manuel J. Rodríguez (Madrid, 1965) –galardonada con el Premio Alandar 2018-. Laura es una adolescente a quien le ha traicionado su imaginación. Se dejó llevar por una sospecha y fue castigada por ello. Primero por la justicia y después por sus padres, que durante una temporada la dejaron sin salir a la calle con sus amigas. Sin embargo, pese a la dureza del castigo, es esa misma circunstancia la que le ayudará a resolver un grave problema que se verá obligada a afrontar en el futuro. Gracias al “cautiverio” tendrá más tiempo para dibujar, sobre todo en el misterioso “bloc de las edades” que le ha comprado su tía a un anticuario de Florencia. En sus láminas, a medida que se va dibujando junto a sus amigas, va apareciendo el futuro, un tiempo en el que –para su asombro- alguna de ellas se ha desvanecido. El miedo se va apoderando de Laura cuando va viendo indicios de que el futuro se aproxima con las mismas imágenes que se han ido mostrando en el bloc. Sobre todo le aterra que María –su amiga del alma que es quien ha desaparecido de las láminas- empiece a salir con un chico que no la trata como se supone que uno debe tratar a la persona que quiere. Será el mismo vecino que la denunció por entrometerse en su vida –el motivo de su castigo- quien, después de recobrar la amistad, tendrá la solución para que en el futuro siga apareciendo su amiga María.
El autor utiliza hábilmente los resortes narrativos para atrapar a los jóvenes en una lectura que aborda con valentía un problema tan dramático –y a menudo, tan silenciado- como la violencia de género entre los adolescentes. Por ello, este libro es muy apropiado para despertar entre los jóvenes –especialmente las chicas- la conciencia de que el verdadero amor no mata, de que hay que huir de quien te insulta, te maltrata y te aleja de tus amigos bajo la falsa idea del arrebatado enamoramiento.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 17 de noviembre de 2018)


sábado, 8 de septiembre de 2018

Veinte años de Kika Superbruja



Kika Superbruja
Knister
Editorial Bruño. 2018



                En la literatura infantil y juvenil –cuestión que difícilmente tendría cabida en la literatura escrita para adultos- la crítica debería estar muy atenta a los gustos del público al que va dirigida una obra, de manera que si ésta goza de la rara condición de ser devorada por una nutrida legión de infantes, ninguna reseña o comentario que se haga podrá ir en contra de esa voracidad lectora que tienen la suerte de suscitar algunas pocas, elegidas obras, si no quiere quedar en ridículo. Así, cuando un libro, que en no pocas ocasiones forma parte de una serie, entra en el privilegiado club de los más vendidos o es de los más solicitados en las bibliotecas escolares, el crítico debe echarse a un lado y dejar que prevalezca el criterio de los jóvenes lectores, pues es precisamente el placer que les provoca su lectura lo que les lleva a seguir comprando o sacando de las estanterías todos los títulos de la saga, aspecto que se debe destacar sobre otras consideraciones más específicamente literarias. De esta forma, a la función de orientar a los pequeños sobre las posibles lecturas, que deben asumir tanto las familias, los profesores como los reseñistas o críticos, no le queda más remedio que ceder su cometido a la cadena boca-oreja que de manera imbatible será el hilo que lleve a alcanzar el éxito de una obra. 
Knister

                Una de esas series a las que hago referencia es “Kika Superbruja”, creada por el músico y escritor Knister (Alemania, 1952) hace 20 años, traducida a cincuenta idiomas y, sobre todo, motivo de disfrute para varias generaciones de jóvenes lectores. En los 26 títulos que se han publicado hasta el momento, Kika -una niña “inteligente y muy decidida, simpática, sensible y lo bastante fuerte como para imponerse a sus padres y maestros”- utiliza su capacidad de hacer magia para vivir grandes aventuras, acompañada de su hermano pequeño Dani –quien le suele poner un poco nerviosa-, su mascota Héctor –un pequeño y descarado dragón-, su profesora Marina –que da unas clases fantásticas y divertidas- y sus mejores amigos Mónica y Andrés. En las aventuras el lector puede acompañar a Kika en sus viajes por la historia –desde la prehistoria a la Edad Media o al salvaje oeste americano-, visitar mundo mágicos –El País de la Primavera, del Verano y del Otoño, el exótico reino de Mandolán-, conocer personajes literarios –Don Quijote y Sancho, el conde Drácula- y, por supuesto, ver cómo utiliza sus dotes de “superbruja”, gracias a que posee un libro mágico lleno de trucos, para salir airosa de todas las aventuras a las que se enfrenta. 

Para celebrar estos 20 años, la editorial Bruño ha sacado una edición especial con los dos primeros volúmenes de la serie: “Kika Superbruja, detective” y “Kika Superbruja y Don Quijote de la Mancha”. En el primero Kika investiga el misterioso robo de la bicicleta de su madre y en el segundo se enfrenta al desaguisado que provoca la extraña aparición de Don Quijote y Sancho en la ciudad donde vive. Como es de suponer, en ambas aventuras se sirve de los trucos que saca de su libro mágico, trucos que se enseñan al lector en un apéndice al final del libro. Con un estilo ágil, donde la acción y el suspense se mezclan con situaciones divertidas, esta serie ha logrado la fórmula mágica que más cuesta obtener en los libros infantiles: la de conseguir enganchar a miles de pequeños lectores.


 (Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 8 de septiembre de 2018)

sábado, 28 de julio de 2018

Leyenda de mar y tierra



Terráneo
Marino Amodio (texto)
Vicenzo del Vecchio (ilustraciones)
Edelvives, 2017




                Todo el mundo que se fía más de las evidencias científicas que de ciertas verdades reveladas, sabe que la tierra tal como la conocemos en la actualidad es producto de la evolución, de un continuo proceso de cambio que en cientos de millones de años la ha ido transformando de tal manera que, siguiendo un transcurso a menudo imperceptible pero constante, los sucesivos fenómenos geológicos o climáticos (terremotos, volcanes, glaciaciones, etc.) han dado lugar a la configuración del planeta que ahora nos cobija. Sin embargo, la concepción científica de este proceso –constatable sobre todo a partir de las evidencias empíricas de los últimos tiempos- no debe hacernos despreciar las versiones mitológicas que han tratado de explicar tanto la cosmogonía como el proceso posterior, pues ellas –como cualquier otra forma artística- son también fuente de aproximación al conocimiento. 
Ilustración de Vicenzo del Vecchio

                Esta es la idea que nos presenta el maravilloso libro ilustrado “Terráneo” (galardonado con el VI Premio Internacional Álbum Ilustrado Edelvives), con texto de Marino Amodio e ilustraciones de Vicenzo del Vecchio. El relato empieza contando que “hubo un tiempo en el que una sola tierra unía las costas del Mediterráneo”, es decir que en el mismo lugar que hoy ocupa el mar que fue surcado por todos los pueblos que dieron origen a la llamada cultura occidental, en tiempos remotos se hallaba una tierra que se extendía exactamente por el mismo espacio que más tarde le usurpó el mar. La llamada “Isla de Terráneo” ocupaba la misma dimensión, pero lo más llamativo es que en sus confines se encontraban ciudades o accidentes geográficos que son familiares a los habitantes del Mediterráneo actual. Así, en el extremo occidental de aquella gran isla estaba Gibraltar, el antiguo finisterre que marcaba “el punto exacto donde se acababa el mundo”. En el centro de la isla, junto al Lago del Etna, se encontraba Escilacaríbdis, ciudad que “revela la atracción y el miedo de sus habitantes por ese mar que la circunda”. En la otra orilla de la Bahía Itálica aparecía Venecia, sus calles de agua como un intento de sus ciudadanos para habitar el mar. El Cairo, situado en el suroriente, disponía la arquitectura de las pirámides con la pretensión de sus habitantes por alcanzar el cielo. Atenas, situada en la Bahía Helénica, híbrido de hombre y pez, “manifiesta el encuentro de la tierra y el mar”. Estambul, en la orilla del Mar de la Capadocia, es el lugar donde, según la leyenda, nacieron todos los habitantes de Terráneo. La isla, rodeada, entre otros, por el Mar de Argelia, el Océano Sahara y el Mar del Norte, se transformará, ante la curiosidad y los temores de sus habitantes por conocer el más allá de las aguas, en el mar que, según la idea de la época, estaba situado en el medio de la tierra.
                En este álbum, que despliega el mapa de la isla en la sobrecubierta, se cuenta una preciosa historia que no sería posible sin las maravillosas ilustraciones de Vicenzo del Vecchio. En ellas, las ciudades y los territorios son rostros y cuerpos humanos construidos con los elementos de una ciudad (edificios, calles), configurando de esta manera una singular geometría que mira hacia el mar y hacia la tierra, una frontera de límites difusos, como es la propia condición –húmeda y sólida- de los habitantes de este planeta. He ahí la innegable importancia de continuar inventando cuentos o leyendas que –junto a las investigaciones científicas- puedan indagar en el significado de la existencia.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 28 de julio de 2018)

sábado, 2 de junio de 2018

Cómo limpiar los miedos



Apestoso tío Muffin
Pedro Mañas
Editorial Anaya, 2018



                Esta es la asombrosa historia de Mr. Muffin, un hombre que tenía la extraña cualidad de atraer la porquería. Curiosa circunstancia que, sin embargo, no hacía de él la persona más sucia del mundo, sino que en realidad lo convertía en la más limpia, pues por ese motivo no paraba de asearse en todo el día. Así, nada más levantarse por las mañanas, desayunaba dentro de la bañera al mismo tiempo que se daba su primer baño diario. Después se cepillaba los dientes, se recortaba las uñas y se echaba colonia antes de acudir a su trabajo en la fábrica. Casualmente –o tal vez no tanto- el lugar donde trabajaba era una fábrica de artículos de limpieza, con lo cual estaba más que familiarizado con detergentes, jabones, champús, perfumes y todos los productos que le podrían servir para su higiene y aseo personal. Cuando regresaba a casa, después de las ocho horas de trabajo en la fábrica, Muffin desprendía tal olor –fácilmente identificable con el del pescado podrido- que no le quedaba más remedio que sumergirse de nuevo en la bañera para tratar de quitarse la peste que llevaba consigo. Sus uñas se habían vuelto negras, sus calcetines apestaban, telarañas aparecían entre sus dedos y pelusas monstruosas habitaban bajo su bigote. Tanto es así que el agua de la bañera se volvía tan negra “como si alguien hubiera cocido allí dentro una familia de calamares” en su tinta. Como consecuencia del continuo hedor que desprendía, se había convertido en el hazmerreír de sus vecinos, sobre todo del estirado Mr. Cooper, de quien tenía que soportar las bromas incluso en el trabajo, pues también era compañero en la fábrica, y de las estrambóticas hermanas Fidenburger, dos ancianas que en vez de tomar el sol, tenían la costumbre de tomar la luz de la luna. Todo esto había hecho que Muffin tuviera tan baja autoestima que había llegado al punto de no soportar compartir la cama ni consigno mismo. Hasta que de la noche a la mañana –en realidad sucedió una noche en la que estaba sumergido en la bañera- apareció Emma, una misteriosa niña que dijo ser su sobrina, rara circunstancia en alguien que ni siquiera tenía hermanos, y ayudó a Muffin para que su vida diera un cambio radical. 
Ilustración de Vícor Rivas

                “Apestoso tío Muffin” –galardonada con el XV Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil-, de Pedro Mañas (Madrid, 1981) es una divertida novela que en el atrevimiento de algunos elementos de la trama, en el perfil extravagante de los personajes y en el humor que impregna toda la narración nos trae ecos de Roald Dahl. Apreciación que también se deja ver en las afortunadas ilustraciones de Víctor Rivas, maravillosamente estrafalarias, expresivas y disparatadas como el mismo texto al que hacen referencia.
El autor tiene el mérito de haber creado un personaje –Mr. Muffin- tan frágil como cualquiera de nosotros, lleno de miedos procedentes de una niñez demasiado acartonada por una educación que no le permitió disfrutar plenamente de su infancia. Así, la suciedad se convierte en una metáfora de esos miedos que padece, una porquería que se le pega tanto a la piel que “se huele de lejos”. Para librarse de esa inmundicia llena de miedos –entre ellas el miedo a los niños- debe servirse de la ayuda de los demás, curiosamente de la amistad con una niña. Esa es la enseñanza de esta alocada historia que sin duda dibujará una higiénica sonrisa en el rostro de los jóvenes lectores.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 2 de junio de 2018)


sábado, 5 de mayo de 2018

Versos del desierto



Silbo del dromedario que nunca muere
Gonzalo Moure
Lóguez Ediciones. Salamanca, 2017



“Cuando era un niño, Kinti encontró bajo una acacia los huesos de un camello grande, un cayado muy usado y un zurrón de cuero casi cubierto por la arena”. Así comienza este precioso álbum ilustrado en el que Gonzalo Moure parece haber destilado todo su conocimiento, su gratitud y su amor por ese territorio tan olvidado –sobre todo por la hipocresía y desidia de los Estados- que es el Sahara. Ese es el tono lírico, de acariciadora y arrebatada belleza, que se desliza en un texto escrito para ser dicho, declamado en voz alta y clara o cantado como si fuera el eco del “silbo del dromedario que nunca muere”. Contar con el susurro del desierto la historia de un niño que pastoreando sus cabras encuentra un zurrón con dos libros y una honda de cuero. El Corán y un libro de poesía escrita en una desconocida lengua. Dos libros que el abuelo lee al niño con una música distinta, el Corán que parece hablar del cielo y los incomprensibles versos que suenan “como las piedras del camino, como el rumor de los pasos del camello”. Palabras que el abuelo reconoce en su viejo español aprendido en “los tiempos antiguos”, versos que hablan de colores, de azahares y de trinos de grana. Una lengua que el niño va aprendiendo a escribir letra a letra hasta convertir la palabra pan en el olor de la masa y el fuego, en “la harina y las manos de su madre”. Hasta saber el nombre del poeta español –el de las tres heridas- y convertir esa lengua lejana en la suya misma, en la nueva lengua con la que escribirá sus primeros poemas en un cuaderno de páginas blancas. Ligar las palabras nuevas con el nombre de las cosas de siempre, los verbos y adverbios aprendidos con el día y la noche del desierto. 
Ilustración de Juan Hernaz

Gonzalo Moure se sirve de su genio poético para mostrar una vez más su compromiso con el Sahara, su idilio con la dura y hermosa geografía y con el pausado lamento de su gente. Y lo hace a través de una emocionante historia que muestra el pasado compartido con España, un vínculo en el que el idioma común se convierte también en el nexo que emparenta a todos los poetas cabreros o cabreros poetas que en el mundo han sido. Un relato circular que no se sirve de las ilustraciones para meramente acompañar al texto, sino que son las propias imágenes las que podrían plasmar por sí solas, con su mágica explosión de colores y formas, una cualidad narrativa desprovista de palabras. Pero este álbum ilustrado sólo puede alcanzar su auténtico sentido, la maravilla de su verdadera condición artística, en la acertada armonización de las magníficas ilustraciones de Juan Hernaz, el poético texto de Gonzalo Moure y la cuidada edición de Lóguez.
Igual que el abuelo de Kinti va desentrañando ante el niño las palabras del libro encontrado en el zurrón de cuero, la hermosa música que suena en ese idioma distinto, el lector adulto de esta dulce y triste historia no podrá sustraerse al hechizo de tener que recitar a un niño estos versos que, con la luz y la sombra del desierto, nos traen resonancias de los relatos de las mil y una noches.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de mayo de 2018)