La bicicleta es un juguete y un
medio de transporte. También sirve para hacer deporte y disputar una carrera
ciclista. Pero eso es otro cantar. Como juguete ha sido desde siempre más
objeto de deseo que posibilidad real. Todos los chicos de mi generación
soñábamos con tener una bicicleta como se guarda la ilusión de poseer un
instrumento mágico, un aparato capaz de suscitar un disfrute sin fin. Al
pedalear impulsas con tus pies una máquina que se mueve y avanza y corre a toda
velocidad. Es lo que hacen los niños de la foto. Divertirse a sus anchas con un
juguete tan simple como las infinitas posibilidades que permite la imaginación
de ir más allá. Siempre más allá del desierto que es arena y viento y muro del
que ojalá pudieras escapar como hizo por los cielos ET., aquel extraterrestre
de película.
Así, el juguete y el medio de
transporte se funden en esa bicicleta que Fernando Fernán-Gómez asoció con el
verano en una obra -de teatro y cinematográfica- memorable. La frase final de
la obra exclama “Sabe Dios cuándo habrá otro verano”, aludiendo a aquel tiempo
propicio para la libertad y la alegría anterior a la guerra que arrasó con
todo. Un tiempo para la huida de los sufrimientos pasados y de los pesares que
aún están por venir. Las bicicletas son para un presente continuo, para ese
verano imaginario de libertad y alegría y huida con el que sueñan nuestros
chicos y chicas de los campamentos del Sáhara.
Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher de julio de 2026
