Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

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domingo, 1 de marzo de 2026

Una telaraña de presencias y olvidos

 

El adiós de los perros

Inés González

Velasco Ediciones, 2025



            El tiempo en el que transcurre esta magnífica novela es el de la reciente pandemia, episodio que aquí no se nos presenta como excusa para reflejar las anómalas experiencias sufridas en esa peculiar circunstancia -demasiado trilladas en tantas narraciones que merecen el olvido-, sino que se nos muestra como el ambiente propicio donde se mueven unos personajes perdidos en el enfermizo laberinto de la conciencia y la memoria. El espacio de la narración es uno de esos pueblos anegados bajo las aguas de un pantano, unas cuantas casas en ruinas que se salvaron de la inundación y que ahora serán el lugar rodeado de misterio -a veces angustioso- al que va a ir a parar un grupo de ancianos. La protagonista es una mujer que, como regente de una ONG, ha reclutado a esos quince hombres y mujeres para acogerlos en los meses del confinamiento.

            A partir de ahí, vamos asistiendo a cómo el pasado de cada personaje se va enredando en una telaraña de presencias y olvidos, de acontecimientos que aparecen y desaparecen, se imaginan o se inventan en una convivencia ahogada en el perdido pueblo que habitan. Un lugar donde los viejos permanecen aislados para salvarse del contagio que también asfixia a una sociedad sumergida en las turbias aguas del progreso. A esta acumulación de símbolos -tiempo, espacio y conciencias anegados- se une la propia condición misteriosa de Lucía, la mujer que se ha hecho cargo del grupo con el loable propósito de socorrer a personas tan vulnerables, pero que encierra motivos ocultos que el lector irá descubriendo a medida que la novela avance, razones alimentadas en un pasado que va apareciendo con las mismas señales de inquietud que nos sobrecogen al asomarnos a las oscuras aguas del pantano y a la borrosa mente de los ancianos.

            El adiós de los perros (Velasco Ediciones, 2025) nos habla de las huellas indelebles que permanecen en la memoria -perros que ladran y nos amedrantan y vuelven-, una sombra que viene de una infancia carente de afectos y rodeada de episodios desgraciados que necesitan ser resarcidos por medio de la venganza, sin caer tal vez en la cuenta de que en sí misma no es más que un “deseo de permanecer con quien cambió nuestra vida para siempre, con ese que nos configuró irremediablemente”. Por eso al final -con ese punto de incertidumbre con el que se cierran los buenos relatos- parece que la venganza se vuelve contra quien la practica, pues “Ni en la muerte ni en la vida la paz existe. Es solo una alucinación que nos distrae de la verdad”.

            Inés González (Venezuela, 1965) escribe con una prosa elegante y precisa, llena de imágenes que se acomodan bien a una narración cargada de sugerencias que se quiebran, una novela en la que alguno de sus breves capítulos -incluso más de un párrafo- se puede leer como un cuento completo.


Publicado en el nº 325 de la revista Qué leer (marzo de 2026)

domingo, 2 de noviembre de 2025

Las vicisitudes de la vida


Una tierra tan lejana

Armando Murias Ibias

Velasco Ediciones, 2025



            Una tarde de tormenta, un viejo afilador medio ciego y cojitranco, acompañado de un perro, aparece de pronto en un poblado minero. A su alrededor se junta un grupo de vecinos para escuchar las historias que cuenta el viejo. Entre ellos se encuentra Basilio, quien, “firme seguidor del empirismo”, acude con la intención de mofarse del cuentacuentos. Sin embargo, al día siguiente es el propio Basilio el que parece encontrar sentido a las historias que en la víspera tanto empeño había puesto en desdeñar. Estos dos días enmarcan el contenido de la novela Una tierra tan lejana (Velasco Ediciones, 2025), pues entre el primero -contado al inicio- y el segundo -relatado en el capítulo final- se van desarrollando en paralelo dos historias que, en consonancia con el marco propuesto por el autor, bien pudieran haber sido inventadas y contadas por el propio afilador aparecido en el pueblo. 

            En capítulos alternos (titulados impar y par) se cuentan dos historias que comienzan a ocurrir en lugares muy alejados entre sí. Una transcurre en el poblado minero de La Camocha y relata la historia de Argentina -apodada La Generala- y su descendencia, dos hijos y una hija productos de tres relaciones distintas. Cada personaje presenta una peculiar historia, unas vidas condicionadas por ciertos atavismos y por diferentes reveses que conducirán al desamparo y la tragedia. La otra historia empieza en Nador, donde el joven Rachid -después de morir su madre- embarca hacia Almería, primer destino de un periplo lleno de incidentes que va sorteando gracias a su habilidad con la navaja. Es precisamente su manejo lo que -casi a modo del significado que tiene el objeto mágico en los cuentos clásicos- se puede entender como el hilo conductor de la novela, pues su presencia -su certero empleo en oportunos momentos de la trama- es el elemento que salva al protagonista y lo hace avanzar.

Con Una tierra tan lejana, Armando Murias Ibias (Caboalles, León, 1955) nos presenta el mundo de la minería que, como lacianego afincado en Asturias y estudioso del léxico minero, conoce bien: la fundación del poblado de La Camocha, los inicios del sindicalismo, hasta llegar al declive y a la vida agónica de los últimos mineros del carbón. Pero, en paralelo, también nos relata el oscuro mundo del contrabando y de los negocios turbios, las venganzas y las traiciones de unos personajes que se mueven entre el miedo, la culpa, la sumisión y la forzosa necesidad de sobrevivir.

Los capítulos “impares” en tercera persona y los “pares” en primera, así como un episodio en forma de teatro -género en el que Armando Murias Ibias ha desarrollado buena parte de su labor literaria- y el penúltimo donde confluyen las dos historias, nos muestran un autor dotado de unos recursos en los que también destaca la agilidad de la narración, una prosa precisa que nos trae ecos de las historias que se contaban por los caminos y los pueblos de antaño. Cuentos -reales o inventados, tanto da- que nos siguen hablando de cómo, desde el esencial desamparo del ser humano, cada uno, a su manera, va afrontando las vicisitudes que presenta la vida.

  

(Reseña publicada en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 31 de octubre de 2025)

viernes, 6 de junio de 2025

Todo viaje es un regreso

 


Ningún ocaso demasiado intenso

José Luis Díaz Caballero

Velasco Ediciones, 2024

             


            “Un hombre de mediana edad viaja a Noruega buscando el final de una novela. Y dice estar deprimido”. En este fragmento resume el propio narrador el contenido de la obra. Al buscar el final de una novela no persigue más que indagar en la propia novela de su vida, de manera que el viaje a Noruega -tras la estela del escritor Karl Ove Knausgård, quien parece ser su modelo literario- no es más que un subterfugio para alcanzar ese lugar propicio para el autoconocimiento. A ello contribuye el encuentro con una naturaleza que, en su rotundidad, conforma el espacio - físico, pero sobre todo mental- donde se acoplan la soledad y el silencio necesarios para que se despierte esa anhelada -también temida- voz interior. Una naturaleza tan extrema que puede lograr, en una suerte de emoción mística, que en una aurora boreal se le haga visible la misma imagen de Dios. La depresión a la que alude el fragmento señalado es la consecuencia de una pérdida, del abandono de su mujer, cuyo recuerdo en las tierras nórdicas se revela a menudo como ficción, como una elaboración de los propios fantasmas que le han llevado al fracaso.

La magnífica novela Ningún ocaso demasiado intenso (Velasco Ediciones), de José Luis Díaz Caballero (Madrid, 1979), no sólo es una excelente prueba de esa correspondencia entre viaje exterior e interior, sino que, al adentrarse en ciertas inquietudes que desvelan al narrador, se plantean interesantes reflexiones sobre el oficio de la literatura: la tan traída y llevada autoficción, que, tomando como referente al autor noruego Karl Ove Knausgård, materializa la “reinvención de la tragedia a través de la novela y la memoria”; la admiración o la emulación, como formas diferentes de inclinarse hacia la autoridad de un escritor; la ficción literaria como “el reflejo más fiel de nuestras verdades”; la querencia por la tragedia, aunque su plasmación la aleje de la realidad que nos rodea; los hechos cotidianos vistos como el espacio sencillo donde se halla lo universal; el escritor cobarde que, “en un uso pésimo de la literatura”, recurre en la ficción a sujetos desconocidos.

            No es necesario catalogar este volumen como un libro de viajes, aunque el narrador nos guíe por algunas ciudades de Noruega; tampoco como una novela de autoficción, pues tanto da si lo que nos cuenta es la trasposición más o menos literal de un viaje -exterior e interior- real o si es todo producto de la imaginación del autor; tampoco si es un ensayo novelado o una novela de ideas, a pesar de todas las reflexiones que suscita el texto. Lo que importa es que se trata de una novela de alta calidad literaria, escrita con una prosa elegante y sobria, poética en la ajustada precisión de las palabras. Por ello hay que celebrar que una editorial asturiana como Velasco Ediciones haya tenido el buen criterio literario de publicarla.


(Reseña publicada en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés el 6 de junio de 2025)

sábado, 20 de abril de 2024

Relatos con vocación de alas

 


Los pies de los bailarines

Charo Alonso

Castilla Ediciones. Valladolid, 2023



               Tras la lectura de un volumen de cuentos, uno siempre se pregunta cuál es el motivo que los une para que el autor -autora en este caso- haya decidido agavillarlos entre las tapas de un libro. La respuesta está en el mismo título de la obra –Los pies de los bailarines-, que comparte con uno de los cuentos, y en el epílogo -Tiempo de espigadero-, que la propia Charo Alonso (Salamanca, 1967) inserta al final del libro para revelarnos -¡y de qué maravillosa manera!- la gestación de cada cuento y del volumen entero. Así, como los pies de los bailarines, “son relatos con vocación de alas”, pero también, siguiendo con la comparación, es consustancial a ellos “el dolor de donde nacen belleza y vuelo”. De ahí que sean precisamente esa herida y ese ánimo los que insuflan la necesaria gracia a las palabras para alzarse del suelo. Pero no estamos hablando de livianas fantasías líricas que se alejan del mundo, sino de relatos que, siendo “retazos míos de vida”, aspiran a alcanzar el elevado significado que siempre deja tras de sí el evocador halo del misterio. Enhebrados algunos cuentos con el hilo del contexto educativo -presente en la vida profesional de la autora- y otros con el entorno navideño, en su conjunto no dejan de compartir esa extrañeza que los hace emerger por encima de lo cotidiano.

               Como muestra de este luminoso “ramillete de voces”, traemos aquí Cordero de Dios, un lamento de rara belleza donde una hija lanza reproches a su madre desde la mirada triste de quien se identifica con la inocencia de un cordero extraviado; Los mapas del corazón, donde un niño, dividido por la ruptura de los padres, consuela su sentimiento de abandono cobijándose en una soledad que le permite abrir los regalos de los Reyes Magos y así alzarse “libre de toda atadura sobre los mapas de la vida”; De fuera, el largo, doloroso monólogo de una mujer emigrante ante la profesora de su hijo para pedirle que no le quite la posibilidad de seguir estudiando francés, oportunidad que para ella cobra el significado de poder salir de la vida precaria a la que, si no la aprovecha, están condenados tanto el hijo como su madre; Golondrinas, poema en prosa que juega con el vuelo de la golondrina, los giros de una niña en torno a su vestido de flores y los que regresan al sur para “atravesar el Estrecho de los peces y los pájaros, las pateras y los muertos”; El capitán garfio, relato con ecos de la Canción del pirata y de Peter Pan, sobre los llamados sin techo, personas que vagabundean en los márgenes, pero que, entre la libertad, la soledad y el compañerismo se convierten también en “buscadores de perlas, pescadores de conchas, bateadores de oro, cazadores de mariposas”, como el Capitán Garfio.

               En definitiva, Los pies de los bailarines (Castilla Ediciones) es un libro de relatos cargado de potentes imágenes que impulsan la lectura hacia un vuelo cargado de emociones, de ahí que sea más conmovedor el sentido moral que lo impregna, ese que alude a las variadas formas de dolor, esperanza, fragilidad, abandono, miedo, soledad, inocencia, consuelo o ansias de libertad.

(Publicado en el suplemento La sombra del ciprés de El Norte de Castilla. 20 de abril de 2024)

viernes, 16 de junio de 2023

La noche del profesor Andersen

 

LA NOCHE DEL PROFESOR ANDERSEN

Dag Solstad

Nórdica, 2023

 


               

               Entre las inevitables preguntas que el ser humano se hace cuando toma conciencia de su estancia en el mundo -¿Qué hago yo aquí?, ¿Quién soy?, De dónde vengo?, ¿A dónde voy?, ¿Qué sentido tiene la vida?, ¿Por qué existimos?, etc.-, seguramente la cuestión esencial es responder a “¿Qué debo hacer?”, y no sólo para plantearnos, como postuló Camus, el único problema filosófico verdaderamente serio -el suicidio-, sino para tratar de resolver los diferentes dilemas morales que se nos presentan a diario. A abordar algunos de estos dilemas se han prestado las grandes obras literarias -En el Quijote, sin ir más lejos, se suceden las escenas en las que al lector se le incomoda con las discutibles, a menudo estrambóticas, decisiones morales del protagonista-, dejando la mayoría de las veces el problema como irresoluble, circunstancia que, por otro lado, debe formar parte de la inexcusable naturaleza de la literatura. Esta es la línea que sigue de forma magistral La noche del profesor Andersen, del escritor noruego Dag Solstad (Sandefjord, 1941), novela en la que asistimos a las vacilaciones mentales que padece un veterano profesor de literatura de la Universidad de Oslo después de haber presenciado, de forma casual desde su ventana, a un hombre estrangulando a una mujer en el apartamento de enfrente de su casa. Sin duda el profesor Andersen, cuando se encontraba él solo pasando la Nochebuena tomando un café y una copa de coñac, ha sido testigo de un asesinato y su deber como ciudadano responsable de un país democrático es denunciarlo a la policía, pero no lo hace. No se decide a hacerlo esa noche, pero tampoco al día siguiente ni en las sucesivas semanas y meses. Hay algo que le paraliza, que le impide incluso contárselo a sus mejores amigos, a quienes precisamente visita con la intención de que le saquen de dudas. Este “pecado de omisión” le lleva a un estado de desesperación próximo a ese sentimiento de estar perdido que padecen quienes contradicen el mandato divino, porque incluso en su ateísmo el profesor Andersen sabe que “nadie puede tener su propio Dios” -lo cual valdría decir su propia moral- y ser capaz por sí mismo de librar al asesino de la obligación del castigo.                

Dag Solstad

               A esta trama central de la novela -publicada originalmente en Noruega en 1996-, que a modo de intriga consigue arrastrar al lector en su afán de saber cuál será finalmente la decisión del profesor Andersen y sus elucubraciones mentales para justificar los motivos de su insólita conducta, se le añaden algunos episodios que en la narración pueden funcionar a modo de sustanciosas -a menudo teñidas de ironía- digresiones sobre su labor como profesor de literatura experto en Henrik Ibsen –“había dedicado su vida a algo que estaba condenado al naufragio”-, la dificultad para que en la actualidad nos conmuevan las obras literarias escritas hace más de cien años –“Los estragos del tiempo corroen incluso los logros intelectuales más sublimes”-, o las pérdidas de las ilusiones de la generación comprometida de los años sesenta -representantes de un “radicalismo caduco”-, que a la postre se relaciona también con ese bloqueo mental que le lleva a caer en la indecisión.


 

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 16 de junio de 2023)


 

 

 

sábado, 4 de febrero de 2023

El paraíso bajo los pies de las madres

 


Mi casa está donde estoy yo

Igiaba Scego

Nórdica, 2023

 


En estos tiempos en los que tanto se habla de la llamada autoficción, subgénero tan celebrado como demuestra la concesión del último Premio Nobel a Annie Ernaux o del Princesa de Asturias de 2021 a Emmanuel Carrère, y tan denostado que hasta estos mismos autores reniegan de la propia existencia de tal categoría, es de agradecer que todavía algún autor se atreva a escribir esa suerte de autobiografía ficcionada que tiende a alejar a ciertos lectores, aquellos que buscando una novela pura y dura no quieren que le den gato por liebre, pero también aquellos a los que les gusta acceder a la verdad verdadera de la vida del escritor que escribe el libro que están leyendo.

El valor de adentrarse en ese terreno tan pantanoso lo ha tenido Igiaba Scego (Roma, 1974), autora italiana que ha querido contar desde la primera persona su propia experiencia y la de su familia como exiliados procedentes de Somalia. En Mi casa está donde estoy yo (Nórdica, 2023. Traducción de Blanca Gago) se sirve de un particular mapa donde va marcando los lugares más personales de su vida en Roma -El Teatro Sistina, El obelisco de Aksum, la Estación Termini, El Trastevere o el Estadio Olímpico-, espacios propicios para trazar episodios de la memoria individual y colectiva: la época del colonialismo italiano bajo la implacable bota de Mussolini, las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, la guerra civil somalí, las costumbres y rituales de su país de origen o las vicisitudes de la llegada de su familia a Italia. A partir de ahí Igiaba Scego -autora de cuentos, artículos y novelas aún inéditas en español- relata la historia de su familia estrechamente relacionada con los acontecimientos que les tocó vivir, lo cual le sirve al lector para conocer de primera mano ciertos aspectos del colonialismo y de la realidad africana que habitualmente son silenciados en la literatura occidental. Y este es el mérito de este ensayo autobiográfico o autoficción o novela o como lo queramos llamar, el de utilizar los mecanismos de la “literatura del yo”, partiendo de la propia experiencia reelaborada con los artefactos de la ficción, para mostrar un conocimiento individual que también es colectivo. Así, haciéndose eco de la memoria personal y familiar-por definición siempre fragmentada e imprecisa- de sus primeros veinte años de vida, Igiaba Scego nos transmite el “caos somalí que la sacudió de niña” y los cambios que se produjeron en Italia en el último cuarto del siglo XX, acontecimientos que contribuirán a la construcción de esa extraña identidad –“Soy italiana y a la vez no lo soy. Soy somalí y, a la vez, no lo soy”-, dilema al que la autora sólo puede responder contando su propia historia, aquella que en este libro se sustenta en el dicho musulmán según el cual “el paraíso se encuentra bajo los pies de las madres”.



(Reseña publicada en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 4 de febrero de 2023)

domingo, 3 de febrero de 2019

El otoño de la casa de los sauces



El otoño de la casa de los sauces
Fulgencio Argüelles
Editorial Acantilado. Barcelona, 2018


                Podría considerarse casi un subgénero literario aquellas obras en las que, transcurridos unos años, se reencuentran unos personajes que tuvieron una relación en el pasado. Suelen convocarse para celebrar un acontecimiento o una efeméride, dedican unos primeros momentos a recordar los tiempos vividos y, después de desvelarse algún secreto o surgir una cuestión no resuelta o que parecía ya olvidada, normalmente todo acaba como el rosario de la aurora. El esquema se amolda bien con la estructura de las obras dramáticas, ya sean en forma de representación teatral o cinematográfica.
Esa cualidad dramática parece estar en el origen de “El otoño de la casa de los sauces” (Acantilado, 2018), obra que Fulgencio Argüelles (Aller, 1955) escribió primero para ser representada y que ahora nos ofrece en forma de novela. La diferencia con ese tipo de obras que podríamos llamar de “reencuentro” es que el conflicto que va a surgir entre los personajes y que de forma inevitable desembocará en un desenlace plagado de disputas, aparece ante el lector ya en el primer capítulo, cuando se nos presenta a Zígor –el hombre que ha invitado a sus antiguos compañeros a pasar el fin de semana en su casa señorial- como un enfermo terminal y a los convocados como viejos camaradas de un comando terrorista. De ahí que, desde el principio, asistamos a esa dramática condición que une a los personajes y al anuncio de la sorpresa -no desvelada hasta el final de la novela- que les tiene preparada el convocante que ya ve cercana su muerte. 
Fulgencio Argüelles
 La situación, sumergida bajo una sospechosa atmósfera acotada en un tiempo y un espacio muy determinado, es propicia para que los personajes, lejos de ser presentados como héroes de tiempos convulsos, se sientan obligados a exteriorizar, junto a la íntima traición a su pasado infame, las miserias que acarrea el cotidiano vivir y el sobrevenido horror de tener que enfrentarse de repente a su propia muerte. Personajes que, encerrados en un forzoso psicodrama, deben dejar a un lado “el bálsamo de los deseos” para traer también a la memoria aquello que no quieren recordar, asumiendo que, a pesar de que por pura supervivencia “el dolor no se recuerda”, sí permanecen el tiempo y el espacio donde surgió, y sobre todo “las manos que lo provocaron”. Se les revela entonces, cuando la amenaza de la propia muerte despierta en ellos aquellas voces que durante años permanecieron en la sombra, la obligada expiación de la culpa por el sufrimiento causado, imperiosa necesidad a la que cada uno de ellos se enfrentará de desigual manera, pero al final cayendo en la certeza, expresada en la agonía de Zígor, de que “morir es un fracaso, pero matar es un fracaso más grande”. 

En esta magnífica novela se despliega la maestría literaria a la que nos tiene acostumbrados Fulgencio Argüelles. A esa fluidez narrativa con fraseo de largo aliento, a la habilidad de insertar sin guiones los diálogos en el párrafo, a la elegancia de una prosa poblada de sugerentes imágenes –“El atardecer estaba caluroso y azul, como una magulladura”-, a la inteligente imbricación de los sucesos y las tramas de la ficción en una realidad sin fechas ni lugares reconocidos o a la inusitada profundidad moral que siempre confiere a su obra, se añade ahora el labrado perfil de unos personajes –su pasado, sus vivencias, sus emociones, su vida actual, sus deseos, sus miedos, sus relaciones…- que, tras ser obligados a convivir en el desamparo, estarán condenados para siempre a huir de ese doloroso, insufrible “reencuentro” consigo mismos.

(Publicado en la revista digital Literarias el 3 de febrero de 2019)

https://www.escritoresdeasturias.es/literarias/resenas/la-ultima-novela-de-fulgencio-arguelles.html 


sábado, 5 de enero de 2019

Historia del sudor



TOMOKO
Alfredo Hernández García
Luna de Abajo. Oviedo, 2018


                Después de la trilogía El relato total –compuesta por las novelas El fósil vivo, la venganza del objeto y Residencia de quemados-, en la que Alfredo Hernández García (Valencia, 1959), sirviéndose de las caprichosas piruetas que permite el lenguaje, de una osada complejidad formal y de la ironía como manera de comprender el mundo, proponía, entre otras críticas y denuncias, un radical cuestionamiento de una literatura acomodada, presenta ahora una suerte de “novela circular”.
Esa es la intención de Charles Sánchezlan, autor de Sudor oriental, la novela que se va insertando en estas páginas a medida que la va leyendo un periodista que pretende hacer la biografía del escritor. Esta novela, dividida en “Escenas”, cuenta, desde la libertina mirada de Tomoko, la “historia del sudor” en la que se moverá Silvestre, atractivo muchacho español que viaja a Japón para adentrarse en el misterioso, solemne y sufrido mundo del judo. Tomoko es una joven japonesa que, en su tarea de servir de intérprete al “Hispano”, se ve arrastrada por un íntimo apasionamiento que choca con las comedidas costumbres de su país. Precisamente en el texto se sucede un juego de dualidades –“una cosa se ve desde todo lo contrario”- en el que tratan de aunarse la contención casi mística de Japón con los desmedidos aspavientos de occidente; la refinada belleza de Tomoko con el arrebatador primitivismo de Silvestre; el sudor –“la sangre de la lucha”- con el conocimiento –“pensar es violentar la vida”; la soledad –“la espuma de su miedo”- del judoka con el acompañamiento de un amor secreto; el fracaso con la victoria –lucida “sólo por el miedo atroz que le tenemos a la derrota”; la vida –“lo más importante en la vida es la vida”- con la muerte –la pertinencia de un “suicidio bueno, el de las personas que se matan por reafirmarse”-. 
Alfredo Hernández García

Pero el más significativo desdoblamiento –y la íntima discordia que conlleva- se da en el interior de Silvestre, donde la lucha se produce entre su propia soledad “combatiendo consigo misma en el tatami”. Disputa que, en definitiva, no es sino la metáfora del eterno conflicto del ser humano entre la tendencia a vivir libre en su naturaleza “asilvestrada” y la necesidad de domesticarse en un hábitat más civilizado y próspero. Para ello el luchador debe superar una especie de “egoísmo estomacal”, regido por el rudimentario mandato “para comer he nacido”, y seguir la regla de esta época de “ojos trasplantados” –“el poder de nuestros ojos no es ver, sino crear”- con el fin de lograr construirse a sí mismo “de una manera que le guste”.
Hernández García propone con esta nueva novela un cierto cambio con respecto a su obra anterior, pero no abandona del todo algunas de sus señas de identidad. Así, la particular cualidad de un lenguaje que, aunque se muestra ahora más contenido, se regocija en la creación de palabras singulares; un lenguaje que, al burlarse de ciertas ataduras formales, logra también desplegar nuevos significados; la presencia de personajes extravagantes y situaciones inauditas que adoptan a ratos una perspectiva esperpéntica; en definitiva, una apuesta por una literatura comprometida que, para serlo, no debe dejar de ser una parodia de sí misma.
La “novela circular” –también llamada Penelopez por el autor de la obra insertada en el texto— pretende ser un nuevo género literario que sólo puede tener un final de “vuelta de tuerca”, aquel en el que –siguiendo a Henry James- sorpresivamente se concluye con una revisión del punto de vista que hace que el lector –en el mismo “teje y desteje” que se muestra en la novela- también se vea obligado a reconsiderar el sentido que hasta ese momento le ha suscitado la obra.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de enero de 2019)

               


sábado, 8 de julio de 2017

Contar la música


Los bolsillos de Bach
Pepe Monteserín
Ediciones del Viento, 2017



                De pocos escritores se puede decir lo que sin temor a equivocarnos es preciso afirmar de Pepe Monteserín (Pravia, 1952), y es que, lejos de acomodarse en discurrir por caminos ya transitados, en cada nueva obra parece querer olvidarse de todo lo que ha escrito anteriormente –que no es poco, dada su dilatada producción- para afrontar el riesgo de adentrarse por territorios ignorados. Desde su primera novela “Mar de fondo” (1993) –una suerte de manual para empresarios narrada bajo la forma de un proyecto de fin de carrera- hasta “Bendice estos animales que vamos a recibir” (2014) –original propuesta de diario argumental o divulgativo-, pasando por las recopilaciones de artículos, los libros de relatos, los cuentos ilustrados o los ensayos-, Monteserín no sólo recurre a un amplio abanico temático, sino que –lo que seguramente es más relevante- apuesta por el empleo de variados registros formales que sin duda enriquecen una obra concebida bajo el designio de la calidad literaria.
                Así, en “Los bolsillos de Bach” (Ediciones del Viento, 2017) –subtitulada “Desconcierto y concierto de una coral polifónica”- el escritor praviano nos presenta una novela que de nuevo despliega un tema original en su obra, como es la narración del último ensayo, de los prolegómenos y de la propia interpretación que una coral de aficionados hace del Magnificat de Bach nada más y nada menos que en La Thomaskirche de Leipzig, iglesia donde trabajó como cantor el mismo Bach y donde reposan sus restos mortales, con el añadido un tanto surrealista de tener que hacerlo delante del papa Benedicto XVI. 
Estatua de Bach en La Thomaskirche de Leipzig

                El desconcierto al que se refiere el subtítulo tiene que ver con el variopinto elenco de personajes que componen el coro y con las singulares historias que protagonizan. Peripecias narradas en cada capítulo bajo el nombre propio de cada uno de ellos y que se van entrelazando de manera tal que efectivamente producen en el lector una sensación de desbarajuste que amenaza con el fracaso más estrepitoso el día del concierto. Pero, precisamente ahí está una de las claves de la novela, en la importancia –o la necesidad- de poder “armar un coro con pedazos de emoción, ilusiones frustradas y proyectos a medias”. Así, el coro –y el propio concierto- sirve como metáfora de la vida misma al subrayar la idea de que la individualidad, por muy desvalida y limitada que se presente, siempre puede contribuir al éxito de una empresa colectiva. El íntimo convencimiento de que “nadie quiere estar solo, aunque sea solista” conduce a la necesidad –entendida como destino insoslayable- de vernos obligados a tener que incorporarnos a un grupo con una aspiración o un proyecto común.
De esta manera Monteserín nos presenta una novela coral –concepto redundante con la trama de la obra- compuesta con las voces solistas de los personajes y articulada en torno a una estructura en cierto modo teatral, empezando por un inicial “Dramatis personae”, continuando con los numerosos diálogos y actos dramáticos o cómicos que aparecen en el texto y terminando con el propio espacio escénico en el que al final se representa la función. Como apuntamos anteriormente, original propuesta que, sin embargo, mantiene algunas señas de identidad propias del autor, como son el empleo del humor, la ironía, los juegos de palabras, los guiños metaliterarios, etc. Recursos que, junto a ciertas incursiones didácticas, contribuyen a que no sea estéril el loable empeño del autor por “contar la música”.



(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 8 de julio de 2017)





sábado, 27 de mayo de 2017

El pudor y la herida


Las mujeres de la calle Luna
Javier Lasheras
Algaida. Sevilla, 2017



                Acostumbrados estamos a leer o ver historias en las que nos tiene en vilo un asesino en serie, un trasunto de Jack el Destripador que no sólo tiene fijación por ir eliminando mujeres, sino que además pone todo su empeño exterminador en hacerlo de la manera más truculenta posible. Igualmente, en este tipo de tramas, a la urgencia por descubrir al ejecutor antes de que cometa el próximo crimen, se une la peculiar naturaleza de los personajes, generalmente un áspero agente que purga en su conciencia oscuros desencuentros con el pasado, una femme fatale que desata pasiones con su sola presencia y una variedad de sospechosos que pisa el barro de los bajos fondos o las alfombras de la alta sociedad. Estos tópicos –junto a los resultados inmediatos exigidos por los mandos superiores, a la vertiginosa ironía de los diálogos, a los inesperados giros de la trama o a la veloz resolución que se requiere en las últimas escenas- conforman la narrativa de un thriller como “Las mujeres de la calle Luna” (LXIII Premio de Novela Ateneo Ciudad de Valladolid). Pero Javier Lasheras (Don Benito, 1965) no sólo utiliza con maestría estos recursos para presentarnos una magnífica novela de género, sino que los utiliza como pretexto para –por así decirlo- introducir el texto o argumento que verdaderamente quiere contar.
                A la historia del asesino en serie se une el robo del cuadro “El origen del mundo” de Gustave Courbet del Museo de Orsay de París, paralelismo que va configurando la doble idea del “pudor y la herida” con la que se titula el segundo capítulo y que –en un original acierto- conforma un haiku con el encabezamiento de los otros dos (“Gotas de lluvia,/el pudor y la herida/bajo la luna”). Así, ante un cuadro que más que representar una realidad parece exhibir con toda la persuasión posible la realidad misma, la mirada atenta del espectador advierte tanto el pudor propio –sofocado por no poder sustraerse a esa “epifanía del deseo carnal”- como el de la mujer –“aguijón o escudo de su arsenal más secreto”- que oculta su rostro en la pintura. 
          La herida se expresa de manera rotunda en la crueldad con que el asesino mutila a sus víctimas, pero también está presente en la vida de los personajes, a duras penas supervivientes de los zarpazos del pasado –la muerte de la mujer del comisario Danglade, las tragedias familiares del palestino Sayed y del exguerrillero Gimbe o la superviviente del campo de concentración Astrid Kwakklestein- y que en el presente del relato actúan de alguna manera condicionados por aquellas viejas fracturas. Herida y pudor que se mezclan o confunden con otras dicotomías que salpican la trama, como la dificultad de encontrar el amor –o caer en su sinsentido- más allá de la urgente satisfacción sexual, o la función del arte limitada a ser expresión del misterio de la vida, o el necesario reenfoque de la mirada del hombre hacia la situación de la mujer, o el deseo de imaginarnos en una ficción que pueda ponernos a salvo de una realidad al mismo tiempo pudorosa e hiriente.
                Javier Lasheras recurre a sus dotes de poeta para amoldar el lenguaje a lo que cada situación narrativa exige, logrando apartarse al mismo tiempo de la prosa funcional –y funcionarial- de los thrillers más comunes como del lirismo alambicado en el que caen ciertos vates metidos a novelistas. Este logro ya se aprecia en su anterior novela (“El amor inútil”, Algaida, 2004), con la que ésta comparte algunas de las reflexiones apuntadas.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 27 de mayo de 2017)

                

sábado, 22 de abril de 2017

El relato total


Residencia de quemados
Alfredo Hernández García
Luna de abajo. Oviedo, 2016


                
                Si “El fósil vivo” (2012) –primera parte de la trilogía- se adentra en la aparente paradoja de indagar en la memoria de un mundo futuro y “La venganza del objeto” (2014) –segunda entrega- denuncia el esperpento de la ciencia en su afán por inventar la verdad, “Residencia de quemados” (Luna de abajo, 2016), propone transformar “la conciencia de los propietarios de la culpa” echando mano de la arrolladora fuerza de la propia voluntad, “la más valiosa y peligrosa de cuantas facultades usamos”. Para ello, Alfredo Hernández García (Valencia, 1959) articula la novela en torno a dos planos narrativos. En uno aparece Clara, una psicóloga clínica que, ejerciendo de “enfermera de su misma enfermedad”, trata a cuatro pacientes –los quemados- con patologías ya expresadas en sus respectivos pseudónimos: “El Hombre de Oro”, compulsivo especialista en enriquecerse y arruinarse de la noche a la mañana, “El Hombre Adivina Qué”, ensimismado en la avaricia de su propio silencio, “Sazonado Corazón”, servicial lacayo de la ruda tiranía de su cónyuge, y “La Mujer Fantástica”, amarrada a las correas de su tiempo perdido. En el otro plano se cuenta la historia de Ruta, una princesa que construye su leyenda a base de fuerza, de una furibunda voluntad sólo guiada por el precepto de que “el mundo será lo que nosotros queramos”. De la lectura de ese relato que casualmente –o tal vez no tanto- cae en las manos de Clara, surge el cambio de la protagonista, quien, queriendo emular a la implacable personalidad de la princesa, acomete su particular empresa contra la “industria psicológica” a la que hasta ese momento había servido. 
Alfredo Hernández García

                Sin embargo, esta simplificación de la trama no debe ocultar toda la complejidad de una obra que nos lleva de nuevo por los difíciles senderos por los que suele obligarnos a transitar Alfredo HG. Como en sus anteriores novelas, el peculiar estilo del autor -reconocido en los ocurrentes y divertidos neologismos (“lacayosis”, “revientaorgías”, “curasienes”…), en el original lirismo de ciertas imágenes (“ceremonia de lágrimas”), en los continuos juegos del lenguaje (“charlas en las que nos va la vida antes que la vida nos vaya”), en las frases esculpidas a la manera de un laborioso orfebre de la lengua- exige del lector no sólo el grado de atención que supone toda lectura, sino más aún una decidida disposición a no entenderlo todo, a dejarse llevar por una intuición que ponga “aquello que a la comprensión le falta”.
                Reflexiones sobre la libertad, la verdad, la felicidad, la dignidad, la moral, la Historia, la política, la filosofía, la literatura –con osadías metaliterarias como la inclusión en el texto de dos críticas sobre la propia novela- y sobre todo la psicología (“que quiso ser ciencia y sólo es una mantenida”) cuajan una novela que aspira nada más y nada menos que a “El relato total” –título de la obra que crea Ruta-, pero no aquel, como se apunta en el libro, que pretende abarcarlo todo, sino que tiene un fin moral: el que logra liberar al que lo lea de toda servidumbre, entendiendo la conquista de la libertad como el definitivo logro de no hacer lo que uno no quiere hacer.
                Con esta novela Alfredo HG culmina una trilogía –tal vez enmarcada dentro de la llamada “Escuela de la dificultad”- que, sirviéndose de la ironía como herramienta de aproximación al mundo que pretende criticar, ha logrado el ambicioso propósito que en su día seguramente proyectó su autor. Aquel que, a mi parecer, tiene que ver con el radical cuestionamiento de una literatura cada vez más hundida en la molicie, tratando de salvar, de paso, a un escritor atrapado en la paradoja de ser “hijo del mismo tiempo que quiere destruir”.



(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 22 de abril de 2017)

viernes, 3 de abril de 2015

Gavilla de soledades


Club Lola y otros espectáculos
José Ángel Ordiz
Liber Factory. Madrid, 2014
(337 págs.)


          Para que un libro de relatos consiga ser algo más que una mera reunión de los textos cortos que a un autor se le han ido escapando cuando sólo pretendía hacer “ejercicios de muñeca”, debe haber un hilo que los una, la imprescindible hebra para que la gavilla de relatos no se suelte y se nos caigan, como sarmientos secos, de las manos. En esta reunión de “diez narraciones de variada temática y extensión no menos dispar”, el hilo conductor nace de la novela corta “Club Lola”, que, por su dimensión (180 páginas) y su calidad literaria, bien pudiera haber sido objeto de una edición en solitario.
          La novelita tiene como escenario un club nocturno donde, como en un microcosmos, se desenvuelven diferentes tipos humanos que, en definitiva, han encontrado en ese espacio un medio para la supervivencia, es decir, un lugar donde es posible compartir la soledad a la que les ha condenado la propia vida. Es la soledad de Jerónimo, el extraño personaje que aparece un día por el club con la intención de gastarse allí cinco millones de pesetas en cien días; es la soledad de Lola, la dueña del local que ha llegado a ese turbio cometido tras el abandono de un amor cobarde; es la soledad de Rogelio, el camarero leal que sabe escuchar y callar todas las historias; es la soledad de todos los hombres que cada noche acuden al club engañándose con la verdad de un amor falso; y es la soledad de todas las chicas que, como Celeste, prefieren no hablar para no tener que mentir. Todas las soledades son definitivas porque es imposible cambiar el pasado de donde proceden. Están labradas en un tiempo que aparece en la narración de forma fragmentaria, intercalado con un presente que también se presenta ante el lector con la demora precisa que exige una historia llena de sugerencias, de diálogos entrecortados, de palabras a medio decir y de escenas retratadas con el filtro de la mirada irónica. Esa es la esencia de José Ángel Ordiz (Sotrondio, 1955), que, como nos tiene acostumbrados en la mayoría de sus obras, logra destilar el lenguaje hasta lo justo que quiere expresar u ocultar, llevando así pegado a la austeridad del estilo el sobrio existir en el que se refugian los protagonistas de la historia.
          En el resto de los relatos que acompañan a esta magnífica novela corta se puede seguir el rastro de soledades que deja “Club Lola”. Así, en “Las ignorancias del saber” la soledad aparece cuando alguien la denuncia con su presencia; en “Nunca seremos ángeles” la viuda defiende en un acto de justicia la dignidad de su vida solitaria; en “El espectáculo debe continuar” la inmigrante que tiene su hijo allá comparte soledades con el enfermo para el que trabaja acá, dueño ahora del corazón solitario que le han trasplantado de una suicida; en “María Bonita” el sexo consuela y amplía al mismo tiempo la soledad del marido, de la mujer y del hombre, los tres necesitados del silencio cómplice de los otros; en “Doble aniversario”, la imposibilidad del olvido de quien ha causado la definitiva soledad a la que nos condena la muerte. Otros cuatro relatos vienen a completar esta gavilla de soledades que forman parte de la “vida caníbal”, aquella a la que Ordiz siempre está atento para transformarla en esa literatura que se sigue asombrando ante “la canallada de algunas certezas”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 3 de abril de 2015)



sábado, 7 de febrero de 2015

Higia pecoris, salus populi


Bendice estos animales que vamos a recibir
Pepe Monteserín
Ediciones Trea. Gijón, 2014
492 páginas

          En estos tiempos en que se celebra la confusión o confluencia de géneros, podríamos afirmar, aún a riesgo de resultar demasiado osados para lanzar tal propuesta, que seguramente Pepe Monteserín acaba de inventar un nuevo género literario con su última obra “Bendice estos animales que vamos a recibir” (Ediciones Trea, 2014). Se trataría de una suerte de diario al que se podría calificar como temático o de argumento. Durante 111 días de “excursión e incursión” -desde el 3 de febrero al 24 de mayo de 2014-, el prolífico escritor praviano ha ido dando cuenta a modo de diario de sus encuentros con más de treinta veterinarios y de sus impresiones sobre esta profesión que trabaja con el reino animal. A diferencia de los diarios al uso, en los que el autor, dejándose llevar por el azar de los días, va plasmando más o menos fielmente lo que le ocurre o lo que se le pasa por la cabeza, la característica principal de este tipo de “diario temático” bien pudiera ser, como anticipa el autor en el prólogo, divulgativa, lo cual lo aleja del deliberado intimismo del diario ortodoxo para llevar a cabo una intencionada labor transitiva, de información -y, por tanto, de formación- sobre el asunto propuesto.
          Así, Monteserín nos invita -más bien nos lleva de la mano- a acompañarle en sus encuentros con los veterinarios que van contando los entresijos de su profesión, con la cualidad añadida de que somos de la misma estirpe que el autor, un espectador profano que se asombra de todo lo que ve, experimenta o le cuentan. Como el detective de un relato policíaco, el autor se presenta en el lugar de los hechos, pregunta a los testigos y recoge pistas para descubrir qué es la Veterinaria, esa ciencia que, siguiendo el lema de “Higia pecoris, salus populi”, parece el eslabón necesario entre los animales y el hombre, ya que a menudo el mundo animal es -como en una adivinanza- aquello que está a la vez más cerca y más lejos de nosotros, los seres vivos que más se nos parecen porque no en vano compartimos el mismo reino, pero de los que a la vez nos separa la distancia a que nos obliga nuestro orgullo racional.
          Esa realidad -mancomunada entre animales y veterinarios- que nos presenta el autor abarca el dilatado espacio que va de las explotaciones ganaderas a las clínicas de animales pequeños, de las especies exóticas de los zoológicos al control de la sanidad alimentaria, de las facultades de veterinaria al cuidado de los caballos de carreras, de las especies marinas a la apicultura, del matadero de Noreña a los pastores nómadas de Senegal. Y más, bastante más porque, como en todo buen relato, el tema o el argumento de la obra no es más que una excusa para, en este caso, contar -con las pinceladas de humor que le son propias a Monteserín- historias personales, recorrer la geografía de España y parte de Francia, hacer alguna alusión histórica, sacar a relucir ciertas costumbres o traer referencias literarias, como Platero, el burrito de plata que recorre, con su paso lento, las páginas del libro.
          Con todo, tal vez el mayor mérito de esta obra es que Monteserín no sólo nos muestra una realidad a menudo tan desconocida, sino que el mundo animal aparece ante nosotros como una sorprendente revelación, aquella que, como recoge el texto en una cita de Asunción Herrera, es capaz de “dar significado a nuestra identidad”.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 7 de febrero de 2015)

sábado, 13 de diciembre de 2014

El esperpento de la ciencia


La venganza del objeto
Alfredo Hernández García
Editorial Luna de Abajo. Oviedo, 2014
233 páginas


          Todo escritor que se precie de serlo sueña con ser dueño de un estilo que cualquier lector pueda reconocerle como propio, claramente distinguible de la prosa funcional que más se suele celebrar en la literatura de escaparate. La mayoría de estos escritores se conforma -y no es poco- con que el estilo que los defina se ciña a meras cuestiones formales, de manera que indagan dentro de las posibilidades lingüísticas, estructurales, espaciales o temporales del texto, pero algunos -los más osados- procuran hacerse con un mundo personal, un territorio lo suficientemente acotado y ancho que en último término sea capaz de suscitar un planteamiento moral.
          Ya desde “El fósil vivo” (2012), novela en la que -en aparente paradoja- se hace memoria de un mundo futuro, Alfredo Hernández García entró en ese privilegiado grupo de escritores que pueden presumir de haber creado un espacio propio, no sólo caracterizado por algunos atrevimientos formales, sino más aún habitado por ciertos fantasmas de los que, al convocarlos, pretende desprenderse. En “La venganza del objeto” -también disponible en versión digital gratuita- sus señas de identidad se reconocen en las singularidades del lenguaje (una sintaxis que, puesta al servicio de la ironía, oscila entre la solemnidad ridícula de la precisión notarial y la displicencia más pedestre de las expresiones coloquiales; la presencia de neologismos -algunos dignos de aparecer en la próxima edición del DRAE- destinados a nutrir la prosa de pequeños divertimentos con los que el lector va obteniendo la recompensa por seguir leyendo; la originalidad de las imágenes, hallazgos poéticos capaces de deformar -es decir, de ampliar- el sentido de lo significado; el amplio despliegue de sentencias o citas, como muestra irónica de la “citografía” -y de los “culturemas” y “reflexflemas”- que el texto denuncia), en la originalidad de la historia (una mujer se propone observar a un científico, es decir, “transformar el estudioso científico en estudiado”, con la intención de auscultar sus marrullerías, las de un personaje que se tiene por “purpurado” -muy por encima de los “amansados” o “básicos” del pueblo llano-, pero que no es más que un “naturófago”, un superdotado -de nombre Chiripa, tal vez un guiño risueño al cuento “La conversión de Chiripa”, de Clarín- que no investiga para comprender la realidad y aumentar el conocimiento que teóricamente debe perseguir la ciencia, sino “para inventar la verdad”, en un afán meramente endogámico tras el cual sólo se pretende que otros investigadores citen el propio estudio, llegando así a la “axiomatización de la citografía”, única moral a la que el civilizador -el observador observado- se debe) y en el empleo de la metaficción (la narradora que introduce al lector en el propio texto que cuenta, haciéndole partícipe no sólo de lo que desde su punto de vista se observa en la trama, sino transmitiéndole su personal concepción de la novela en la que la intriga no sería más que el “recurso de los mediocres”) que, al servirse de la propia novela también como objeto de análisis, se eleva de esta manera como metáfora de lo que el mismo texto denuncia: el tramposo delirio del científico investigado corre en paralelo con la irónica mirada de la narradora ante lo narrado.
          De esta forma, el mérito de “La venganza del objeto” es que -como afirmaba Walter Benjamin de Kafka o los surrealistas- el lenguaje deja a un lado su significado “burgués” y recupera su poder primario para denunciar la prepotencia del hombre ante la naturaleza. Para ello el autor se sirve del humor, la exageración y el esperpento, que lejos de edulcorar la acidez de la crítica hacia una ciencia hipertrofiada y endogámica, ahonda más en el malestar que a menudo conlleva lo agridulce.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 13 de diciembre de 2014)