El adiós de los
perros
Inés González
Velasco Ediciones,
2025
El tiempo en el que transcurre esta
magnífica novela es el de la reciente pandemia, episodio que aquí no se nos
presenta como excusa para reflejar las anómalas experiencias sufridas en esa
peculiar circunstancia -demasiado trilladas en tantas narraciones que merecen
el olvido-, sino que se nos muestra como el ambiente propicio donde se mueven
unos personajes perdidos en el enfermizo laberinto de la conciencia y la
memoria. El espacio de la narración es uno de esos pueblos anegados bajo las
aguas de un pantano, unas cuantas casas en ruinas que se salvaron de la
inundación y que ahora serán el lugar rodeado de misterio -a veces angustioso-
al que va a ir a parar un grupo de ancianos. La protagonista es una mujer que,
como regente de una ONG, ha reclutado a esos quince hombres y mujeres para
acogerlos en los meses del confinamiento.
A partir de ahí, vamos asistiendo a
cómo el pasado de cada personaje se va enredando en una telaraña de presencias
y olvidos, de acontecimientos que aparecen y desaparecen, se imaginan o se
inventan en una convivencia ahogada en el perdido pueblo que habitan. Un lugar
donde los viejos permanecen aislados para salvarse del contagio que también
asfixia a una sociedad sumergida en las turbias aguas del progreso. A esta
acumulación de símbolos -tiempo, espacio y conciencias anegados- se une la
propia condición misteriosa de Lucía, la mujer que se ha hecho cargo del grupo
con el loable propósito de socorrer a personas tan vulnerables, pero que
encierra motivos ocultos que el lector irá descubriendo a medida que la novela
avance, razones alimentadas en un pasado que va apareciendo con las mismas
señales de inquietud que nos sobrecogen al asomarnos a las oscuras aguas del
pantano y a la borrosa mente de los ancianos.
El adiós de los perros
(Velasco Ediciones, 2025) nos habla de las huellas indelebles que permanecen en
la memoria -perros que ladran y nos amedrantan y vuelven-, una sombra que viene
de una infancia carente de afectos y rodeada de episodios desgraciados que
necesitan ser resarcidos por medio de la venganza, sin caer tal vez en la
cuenta de que en sí misma no es más que un “deseo de permanecer con quien
cambió nuestra vida para siempre, con ese que nos configuró irremediablemente”.
Por eso al final -con ese punto de incertidumbre con el que se cierran los
buenos relatos- parece que la venganza se vuelve contra quien la practica, pues
“Ni en la muerte ni en la vida la paz existe. Es solo una alucinación que nos
distrae de la verdad”.
Inés González (Venezuela, 1965)
escribe con una prosa elegante y precisa, llena de imágenes que se acomodan
bien a una narración cargada de sugerencias que se quiebran, una novela en la
que alguno de sus breves capítulos -incluso más de un párrafo- se puede leer
como un cuento completo.
Publicado en el nº 325 de la revista Qué leer (marzo de 2026)


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