Podemos decir que Cultura y Libertad
son dos conceptos cuya interdependencia es tan evidente que no podemos
imaginarnos la una sin la otra. Así, de la misma manera que la cultura sin
libertad no puede ser más que una manifestación presa de las directrices o la
censura de otros, la libertad sin cultura se antoja imposible en cuanto que el
supuesto ser libre deja de serlo al eliminarse el referente esencial que lo
vincula con lo humano. Tal vez la prueba más evidente de que esto es así sea la
aterradora soflama -atribuida, aunque parece que no era original suya, al
propagandista nazi Joseph Goebbels- de “Cuando oigo la palabra cultura, saco la
pistola”. Postulado que, de una u otra manera, asumen todas las dictaduras, las
cuales, al tener su razón de ser en la falta de libertad con que someten al
pueblo, ponen precisamente especial empeño en el acoso a la cultura. De ahí que
los consabidos vetos a determinadas manifestaciones artísticas, las quemas de
libros en la plaza pública o la persecución de agentes culturales se
conviertan, entre otros hechos siniestros, en medios necesarios para sostener
la tiranía.
Por ello, en los campamentos de
refugiados del Sáhara el acceso a la cultura es una herramienta esencial para
la conquista de la propia libertad. Cada vez que una niña, un niño, una mujer o
un hombre se acerca a una biblioteca Bubisher o a uno de los bibliobuses que
circulan por las arenas del desierto, está ejerciendo su derecho como ser
humano al conocimiento y el placer que proporcionan los libros, al desarrollo
de su identidad desplegando sus inquietudes y capacidades literarias o
artísticas, a sentirse partícipe del legado que a lo largo del tiempo ha ido
conformando su comunidad y que, justamente a través de la cultura, ansía seguir
construyendo para lograr ser de una vez por todas un pueblo libre.
Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher de marzo de 2026

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