Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

miércoles, 25 de marzo de 2026

Novela de una antinovela

 

La paraeta

Alfredo Hernández García

Luna de Abajo, 2025


Después de la trilogía El relato total –compuesta por las novelas El fósil vivo, la venganza del objeto y Residencia de quemados-, en la que Alfredo Hernández García (Valencia, 1959) llevó a cabo un radical cuestionamiento de una literatura acomodada, y de Tomoko, una suerte de “novela circular”, nos presenta ahora La paraeta (Editorial Luna de Abajo), obra con la que parece iniciar una serie de Antinovelas. El autor continúa de esta manera su vocación por romper los anquilosados moldes de la novela más convencional, declarado anhelo de tantos escritores que suelen sucumbir ante los primeros escollos del empeño.

La novela -o “antinovela”, si aceptamos la denominación del autor- comienza con una “Presentación” en la que el editor comenta cómo recibieron un manuscrito muy mal redactado, “grosero, lleno de vulgaridad”. De ahí que, después de ciertas dudas, decida publicar un texto en el que la “ausencia de destreza con el lenguaje es total”. A esta consabida argucia del “manuscrito encontrado” -o recibido, tanto da- se une una nota del narrador -autodenominado “cronista”- en la que explica que va a escribir la historia de Severo -bautizado como Titán- quien, a su vez, ha escrito una novela titulada Hacia una mayor convivencia. En estas dos entradas previas a la historia se halla la advertencia de lo que en el plano formal se va a encontrar el lector, pues la “mediocridad del narrador” es la constatación de que “no hace falta ser escritor para contar cosas”, afirmación que, más que pretender poner la venda antes de que sangre la herida por las posibles malas críticas a la novela, avanza la mirada irónica desde la que se contará la historia.

            Así, en el texto se asomará de vez en cuando una especie de narrador intruso que asume su propio deber ante lo narrado (“¡Qué vergüenza me da contar lo que viene ahora…!”), un recurso metaficcional que nos mantiene al tanto del acostumbrado artificio de la trama. Incluso en los propios títulos de los capítulos -organizados en una original estructura formada por cuatro partes divididas en “historietas”, subdivididas a su vez en “redacciones”- aparece el narrador para explicitar lo que pretende contar en cada episodio (“Me propongo practicar un estilo vivo de frase corta”). A estos aspectos formales hay que añadir la presencia de divertidos neologismos (fuengirolo, jalea intacta es…), expresiones erróneas (podería…) y hallazgos lingüísticos (“ateo monoteísta”) propios de la obra de Alfredo Hernández García.

            La Paraeta (“nombre utilizado en Valencia para designar a los kioscos de barrio donde se vende prensa, coleccionables y golosinas preferentemente”, según una nota a pie de página) nos cuenta una historia que tal vez es lo que menos importa en una pretendida “antinovela”, si bien las vicisitudes de la saga familiar encabezada por Severo cuentan con suficientes ingredientes para resultar en sí misma atractiva. La esperanza del padre para que su hijo favorito siga los estudios y el sueño de escribir una novela que logre que desaparezca “la maldad de este mundo de mierda”, se enredan con las vidas de una humilde familia que, en las disparatadas andanzas de su dilatada estirpe, protagoniza “no una obra con pretensiones de belleza, sino simple verdad emocionante”.

Marcelo Matas de Álvaro

 

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