Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

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domingo, 25 de septiembre de 2022

Seré amado cuando falte (Entrevista fantasma a Javier Marías)

 

Javier Marías -o su fantasma- en su despacho


               Imaginemos que, tras alcanzar la tercera planta de su piso en la Plaza de la Villa de Madrid, nos encontramos en el despacho de Javier Marías. Junto al sillón que seguramente utilizó para sus lecturas, nos recibe su fantasma con un saludo cordial, casi afectuoso, antes de invitarnos a tomar asiento frente a la biblioteca no sólo abarrotada de libros, sino de objetos diversos, soldaditos de plomo, recuerdos y retratos de sus escritores queridos. Va vestido como si estuviera a punto de salir para una sesión de la RAE, con traje y corbata, en la solapa izquierda de la chaqueta un alfiler con la imagen de Shakespeare. Habla pausadamente, a media voz, utilizando el mismo lenguaje reflexivo y preciso que aparece en sus obras literarias.

-        Pregunta: Buenas tardes. Tengo mucho gusto en saludarle y en hablar con usted. ¿Cómo se encuentra, señor Marías, ahora que ya está muerto?

-        Respuesta: En realidad, soy sólo tiempo. Todo lo que existe no existe o lleva en sí su no existencia. Sólo somos todos como nieve sobre los hombros, resbaladiza y mansa, y la nieve siempre para. Al final todo es indiferente en la marcha del universo que cruje, y aplasta y nivela al crujir. Quien se acostumbra a vivir en la espera nunca consiente del todo su término. El mundo es definitivamente como es en el momento de la terminación de quien termina. No podemos pretender ser los primeros, o los preferidos, sólo somos lo que está disponible, los restos, las sobras, los supervivientes, lo que va quedando, los saldos. La única manera de no preguntarse por la inutilidad de cuanto uno ha hecho en el pasado es continuar haciendo lo mismo; la única justificación de una vida turbia es seguir enturbiándola.

-        P.: ¿Cómo siente su propia muerte?

-        R.: Seré amado cuando falte. Los muertos son un gran lastre e impiden cualquier avance, y aun cualquier aliento, si se vive demasiado pendiente de ellos, demasiado de su oscuro lado. No hay muerte que no alivie algo en algún aspecto, o que no ofrezca alguna ventaja. Es la forma de nuestra muerte lo que debemos cuidar. Llegará un mañana en el que todo rostro será calavera o cenizas. El que muere está eternamente en el engaño, porque no sabe lo que ha venido después, o lo que ya vino en su tiempo, pero no alcanzó a descubrir.

-        P.: Además de la muerte, en sus novelas indaga en los grandes asuntos de siempre. Si le parece, háblenos de la relación entre la ficción y la realidad.

-        R.: La realidad no está a la altura de la imaginación casi nunca. La ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da. Incluso cuando las cosas suceden y son presente, también se requiere la imaginación, porque es lo único que da relieve a los hechos y nos enseña a distinguir, mientras acontece, lo memorable de lo que no lo es. Todo se convierte en relato y acaba flotando en la misma esfera, y apenas se diferencia entonces lo acontecido de lo inventado. Todo termina por ser narrativo y por tanto por sonar igual, ficticio, aunque sea verdad. Mientras uno escucha o lee algo tiende a creerlo. Otra cosa es después, cuando el libro ya está cerrado o la voz no habla más. No hay historia sin puntos ciegos ni contradicciones ni sombras ni fallos, lo mismo las reales que las inventadas. La literatura permite ver a la gente de veras, aunque sea gente que no existe o que con suerte existirá para siempre, por eso nunca perderá el prestigio del todo. Cuando pasa el tiempo todo lo real adopta un aspecto de ficción, será ese el sino de nuestros retratos cuando nos alejemos, parecer de gente inventada y que nunca existió. Suerte en el imaginario y en la realidad desgracia.

-        P.: El amor, también tema recurrente en su obra.

-        R.: El enamoramiento es insignificante, su espera en cambio es sustancial. La espera nutre y potencia ese deseo, la espera es acumulativa para con lo esperado, lo solidifica y lo vuelve pétreo. Nada tan tentador como entregarse a otro, aunque sólo sea con la imaginación, y hacer nuestros sus problemas y sumergirnos en su existencia, que al no ser la nuestra ya es más leve por eso. Lo que es muy raro es sentir debilidad, verdadera debilidad por alguien, y que nos la produzca, que nos haga débiles.

-        P.: El tiempo, esa relación entre el pasado, el presente y el futuro.

-        R.: Es la horrible fuerza del presente, que aplasta más el pasado cuanto más lo distancia, y apenas lo falsea sin que el pasado pueda abrir la boca, protestar ni contradecirlo ni refutarle nada. El pasado no cuenta, es tiempo expirado y negado, es tiempo de error o de ingenuidad y acaba por ser tiempo digno de lástima. Y el tiempo no está facultado para suplantar al tiempo.

-        P.: Y de ahí surge la necesidad de contar.

-        R.: De lo que no se nos cuenta nada sabemos, y tampoco de lo que sí. Casi todos contamos más de lo que nos corresponde o aún peor, imponemos a otros datos e historias que no les importan nada y damos por sentada una curiosidad que no existe. Lo que importa es lo que otros entienden de lo que uno cuenta y dice, o lo que deciden entender. Contar lo que a la vez sucede y no sucede. En realidad, todo lo que se cuenta, todo aquello a lo que no se asiste, es sólo un rumor, por mucho que venga envuelto en juramentos de decir la verdad.

-        P.: Para terminar, ¿qué podría decirnos, señor Marías?

-        R.: Adiós risas y adiós agravios. No os veré más, ni me veréis vosotros. Y adiós ardor, adiós recuerdos.

(Las respuestas de Javier Marías son expresiones literales de algunas de sus obras)

 

 

viernes, 12 de diciembre de 2014

Entrevista imaginaria a Juan Ramón Jiménez




          Imaginemos que, tras desfilar entre la hilera de olmos que se yerguen a cada lado de la calle Queensbury, pisamos un solar cubierto de césped donde se asienta una casa de madera blanca. En el porche, enrojecido por el sol que dejan filtrar las hojas doradas del otoño, nos espera Juan Ramón Jiménez, con su mirada fija en las ramas que balancea el último viento de la tarde. Sentado en su sillón de mimbre, el poeta nos invita a subir la corta escalera y compartir con él la frugal merienda que le acaba de llevar Zenobia. Algunas ardillas se acercan con cautela a la balaustrada para enseguida perderse en el pequeño bosque que, con su callado aliento, pretende ocultar los primeros árboles desnudos. Como ensimismado en el perenne recuerdo de sus días pasados, Juan Ramón va hablando con una voz grande y dulce, expresando un hondo sentir que se impone al solemne silencio de la tarde.

Casa de Riverdale (Maryland, EE.UU.)
  • Pregunta: Buenas tardes, don Juan Ramón. Tengo mucho gusto en saludarle y en hablar con usted. Lo primero que quiero hacer es agradecerles a usted y a su esposa que hayan tenido la amabilidad de recibirme en su acogedora casa de Riverdale. ¿Cómo se encuentra aquí, tan alejado de España?
  • Respuesta: Yo estoy bien aquí. Desde lejos, aunque parezca paradójico, se sabe más de todo, se está más enterado de todo. Y nos comprendemos mejor, y es menos literaria nuestra poesía. Ausencia y distancia son buen estímulo para recordar.
  • P: Precisamente con esta entrevista pretendemos que se le recuerde a usted y a su obra en el homenaje que se le tributará cuando se cumpla el centenario de la publicación de Platero y yo.
  • R: La gloria, Balzac lo dijo, es el sol de los muertos. Sólo a los muertos, y cuando el tiempo haya depurado su obra, debe rendirse homenajes como el que usted propone. Yo nada quiero. Mi alegría es conservar la honestidad de mi arte. El mejor elogio que se puede hacer de un libro es apretarlo contra el corazón; tenerlo como una flor, como una fuente, como una mujer; para ayudar al cuerpo a subir la montaña. Los libros son solo para dar sueños a la vida.
  • P: Usted es reconocido en todo el mundo como un gran poeta. Sin embargo, Platero y yo, uno de sus libros más celebrados, está escrito en prosa.
    1ª edición (1914) de Platero y yo
  • R: Yo creo que no hay prosa ni verso; lo mismo puede ser verso la prosa, que la prosa verso. En cualquier prosa hay rima, consonante y asonante, ritmo, medida, sólo que todo está mezclado y en cualquier verso está también la prosa. No hay más que escribirlo en forma de prosa y ya está.
  • P: También llama la atención que un escritor tan profundo como usted, a veces difícil de entender en toda su dimensión, escribiera esta obra tan leída y querida por los niños.
  • R: Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.
  • P: Sin embargo, usted ha logrado acercarse de una forma poco usual al sentir y al pensamiento de los lectores más jóvenes.
  • R: “Tú has sido siempre un niño”, me dijo mi madre días antes de morirse. Siempre como el niño voluntarioso, siempre libre, siempre en presente. Con mi juventud, mi madurez, mi vejez, siempre he permanecido niño. No he sido nunca sino niño. Y cómo se ha reído mi niño de los que no han sido niños nunca, de esos que se han tomado tan en serio. Yo creo que el sueño del juego de un niño es el más profundo hecho anticipador de la vida. Lo que se refiere a los niños me interesa siempre. Porque el niño no es aún personaje superior o corriente, sino una posibilidad o un preludio de personaje superior.
  • P: En el prólogo que a modo de “Advertencia” hace usted al libro, afirma que en Platero y yo “la alegría y la pena son gemelas”. ¿Es la doble cara de la existencia, la alegría por la celebración de la vida y la pena por la muerte inevitable?
  • R: La muerte y la vida han estado tan unidas siempre en mí, han luchado tanto por mí entre ellas, que yo no me considero sino como un combate entre varios yos.
  • P: Platero y yo se desarrolla en los paisajes de su infancia. ¿Qué nos puede decir sobre esos años?
  • R: Nací en Moguer la noche de Navidad de 1881. La blanca maravilla de mi pueblo guardó mi infancia en una casa vieja, de grandes salones y verdes patios. De estos dulces años recuerdo bien que jugaba muy poco y que era gran amigo de la soledad: las solemnidades, las visitas, las iglesias me daban miedo. Mi mayor placer era hacer campitos y pasearme en el jardín, por las tardes, cuando volvía de la escuela y el cielo estaba rosa.
  • P: Parece ser que esa primera época de su vida ha tenido gran influencia en su obra.
  • R: Aquel ofrecimiento amontonado de claridad tan lejana y tan cercana, tan inminente y tan inasible en el norte del verano moguereño, y aquel deseo mío de espresármelo, aquella tierra verdadera, fueron fundamentando en mí, noche tras noche de desviada soledad joven, con sus ricas luces sólidas, semillas de una cosecha de frutos perpetuos, de alimento eterno, el estado errante y febril de mi tan anhelada y mayor poesía.  
    Casa natal de Juan Ramón en Moguer
  • P: ¿Guarda algún recuerdo de su primer colegio?
  • R: El colejio de mi pueblo tenía, en la plataforma, una gran ventana que daba al jardín, jardín de antigua casa señorial, abandonado, lleno de yerba alta, de yedra y de humedad, con naranjos, jazmines, enredaderas y cipreses. En las tardes de lluvia de invierno, cuando a las cuatro ya era de noche, entre la salmodia incolora de los rezos cantados, o del deletreo de la cartilla, mis ojos se estasiaban en los amarillos descoloridos con que al poniente endulzaba el cielo de la tormenta, sobre los cipreses mojados, y bajo la inminente claridad del cenit. Confusamente, en aquel oro descolorido y triste, estaba como una clave conciente e inconciente a un tiempo de mi existencia lírica, a medias trájica y sentimental.
  • P: ¿Cómo era usted de pequeño?
  • R: Mi madre solía decirme que, de niño chico, yo estaba siempre riéndome; que tenía una risa alegre, luminosa, agradable, que se pegaba. Y que no comprendía cómo luego me volví tan serio. Desde que yo me acuerdo, me miro pensativo, serio y melancólico. Arranques de mal jenio siempre los tuve, pero fui aprendiendo, por mí mismo, en mi soledad, a reaccionar, y poco a poco fui dejando de ser capaz de dejar a nadie injustamente, en lugar desfavorable.
  • P: Aunque aún no utiliza su peculiar ortografía en Platero y yo, ¿por qué a partir de un determinado momento decide escribir con “j” y “s” en vez de “g” y “x”?
  • R: En mi segunda casa grande de Moguer había un hermoso Diccionario de Autoridades de la Academia Española, en dos tomos, que era un tesoro para mí. Desde niño me acostumbré a leer con “j” y “s”. A mí me parecía aquello tan natural, aquella ortografía se acomodaba tan bien a la prosodia moguereña, que no vacilé en aceptarla como buena. Al principio no la usaba en mis libros porque no tenía autoridad para imponerla en las imprentas.
  • P: ¿Cuándo empezó a escribir?
  • R: No me interesé mucho en la carrera de leyes que mis padres elijieron para mí y abandoné pronto la Universidad de Sevilla donde empecé a estudiarla. A mí me gustaba más pintar, tocar el piano y escribir, y mis padres y toda mi familia, con una comprensión y una largueza que nunca agradeceré bastante, decidieron que yo lo hiciera todo a mi gusto. De modo que yo fui escritor aceptado por mi familia desde los 14 años. Yo escribía, escribía como un loco verso y prosa. Y además, los publicaba. Ningún periódico o revista de la época me negó sitio y en muchas tuve hasta pago. Y leía, leía atropelladamente cuanto caía en mi mano.
    Juan Ramón en un momento de la entrevista
  • P: ¿Qué influencias de autores o corrientes literarias reconoce usted más determinantes en su obra?
  • R: ¿Influencias? Sí, de todas partes. Así, en su incorporación universal todas se destruirán unas a otras y uno se quedaría libre en más en lo suyo que más entonces. Las expresiones poéticas más bellamente delicadas se las he oído a hombres toscos del campo, y con nadie he gozado más hablando que con ellos o sus mujeres o sus hijos... Todos hemos nacido del pueblo, de la naturaleza, y todos llevamos dentro esa gran poesía orijinal.
  • P: Se dice que usted modifica y corrige constantemente lo que escribe, ¿podría decirnos cómo es su forma de trabajar?
  • R: Escribo siempre de un tirón, a lápiz, luego lo dicto o lo pone Zenobia a máquina, y lo veo objetivado, fuera de mí. Entonces sí lo corrijo despacio, pero después, una vez que lo dejo ya no me ocupo de él, si años más tarde lo releo tal vez cambie un adjetivo, una palabra, si en la lectura el cambio se impone por sí. Cuando estoy trabajando rodeado de mis papeles, se establece entre ellos y yo una corriente magnética. No puedo dejarlos. Si quiero, si tengo que irme a la fuerza, los papeles se me pegan a los huesos de los dedos como el cuerno frotado. Y, a veces, entre lo escrito y mis ojos salta, como un reproche, una chispa azul. Cuando me entrego al trabajo pleno parece que no me falta tanto en la vida.
  • P: ¿Hasta qué punto cree que su resentida salud ha condicionado su obra? 
    Zenobia y Juan Ramón
  • R: Si yo estuviera sano, sería uno de los hombres más grandes del mundo... Ah ¡si supierais los jérmenes decididos a estallar que llevo dentro! ¡Si yo pudiera emplear mi vida entera en mi pensamiento! ¡Si mi salud igualara a mi voluntad, el ansia de saber, el afán de viajar, de obrar, de aniquilar, de construir!
  • P: ¿Cómo ve usted la figura del poeta, su importancia o misión en el mundo?
  • R: El poeta ha venido al mundo para definirlo, ordenarlo voluptuosamente en belleza, para nombrarlo bello, verdaderamente, para inutilizarle todo lo inútil y salvarle todo lo útil.
  • P: Y su propia obra poética, ¿cómo se establece esa relación de usted con la poesía?
  • R: Yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y por el mío, a la Poesía. Y nuestra relación es la de los apasionados. Que la frase esté tocada de alma, que evoque sangre, o lágrima, o sonrisa; que en el vocablo haya siempre un subvocablo, una sombra de palabra, secreta y temblorosa, un encanto de misterio. Poesía significa, no hay que olvidarlo, contemplación y creación. Así, todas las actividades grandes y pequeñas de nuestra vida, que es crear y contemplar, pueden y deben ser poéticas. La poesía, el mismo arte, no pueden ser menos ni, sobre todo, más que auténtica emoción y forma completa. La perfección de la forma artística no está en la exaltación sino en su desaparición, no en hacer una prosa mala o desaliñada sino en hacerla tan buena que parezca que no existe.
  • P: ¿Podría definirse a sí mismo o darnos una imagen de usted?
  • R: Soy hombre libre, lo fui siempre y estoy seguro de seguir siéndolo hasta el fin. La obligación humana y divina del poeta es cumplir como hombre, libre por conciencia y esclavo gustoso por vocación, su encontrado destino. No fumo, no bebo vino, odio el café y los toros, la religión y el militarismo, el acordeón y la pena de muerte; sé que he venido para hacer versos; no gusto de números; admiro a los filósofos, a los pintores, a los músicos, a los poetas; y, en fin, tengo mi frente en su idea y mi corazón en su sentimiento. Durante toda esta vida mía de libertad constante, he intentado comprender la verdad y la belleza; la belleza verdadera, esa belleza que está en la verdad de todo lo llamado bello y lo llamado feo.
  • P: También se ha significado por su sensibilidad social y la defensa de la justicia.
  • R: El poeta no ha olvidado nunca que lo peor verdadero es la injusticia, el hambre, la miseria por un lado, y por otro, la populachería, el odio y el crimen. Nada más lejano de lo popular que el chabacanismo plebeyo, el brillo, ese aquí estoy yo de la abundancia desmedida.
    Placa en Moguer
  • P: De igual manera, usted siempre se ha declarado un hombre del pueblo.
  • R: Afirmo muy alto, una vez más, que admiro apasionada o serenamente, según el instante, a mi maravilloso pueblo; que soy populareño por libertad, por sentido común, por honradez y por amor. Tengo para mi obra el amor de un labrador a su propio campo. En el que estoy todo el día, cavando, podando, regando, mirando y soñando.
  • P: ¿Qué lucha personal ha guardado en lo más íntimo de su existencia?
  • R: Quién sabe más que yo, quién hombre o dios puede, ha podido o podrá decirme a mí qué es mi vida y mi muerte, qué no es. Si hay quien lo sabe, yo lo sé más que éste, y si lo ignora, más que ése lo ignoro. Lucha entre este saber y este ignorar es mi vida.
  • P: ¿A su edad, qué enseñanza le ha dado la vida que se pueda transmitir a los más jóvenes?
  • R: No se pasa mejor en la vida con más cosas; sino con las cosas que nos hacen verdaderamente falta, las cosas a las que les hacemos verdadera falta nosotros.
  • P: Para terminar, ¿qué sensación o íntimo convencimiento le deja su vida, don Juan Ramón?
  • R: Estoy contento del trabajo de mi vida y creo que, al fin, conmigo, tiene España un poeta completo que puede unir a los universales. A ver, ahora, cuántos siglos pasarán antes de que venga otro español a ponerse a mi lado. Esto no es orgullo. Es gozo. No soy yo quien me jacto por mí; sino yo que he castigado, sacrificado, exaltado, al otro yo que ha realizado tal obra.

La caída de la tarde apenas deja ver ya el vuelo manso de las hojas que se desprenden de los olmos mecidas por un airecillo afilado, que Zenobia, en el gesto de ponerle a Juan Ramón la chaqueta sobre los hombros, ahuyenta del apagado porche de Riverdale. 

(Nota: Las respuestas de Juan Ramón Jiménez son expresiones literales vertidas por su pluma en alguna de sus obras. Por ese motivo, se ha respetado, cuando ha correspondido, la particular ortografía del poeta)



viernes, 31 de agosto de 2012

Entrevista imaginaria a Edgar Allan Poe



Por Marcelo Matas de Álvaro

E. A. Poe en un momento de la entrevista

            Imaginemos que, tras abandonar un callejón habitado tan solo por la espesura de la noche, descendemos por unas escaleras que conducen a la profundidad de una taberna apenas alumbrada por una luz parpadeante y siniestra. En el lado derecho del antro, detrás de un triste mostrador ennegrecido por el humo, un hombre de cabellos ralos deja caer sobre su oronda barriga un pequeño reguero del amontillado que acaba de servir. Al fondo del tugurio la claridad vacilante de una lámpara nos descubre al hombre con el que nos hemos citado a hablar. Dando la espalda a una pared que no sobrepasa los cuatro pies de altura, se halla, apoyado con los codos sobre la mesa, Edgar Allan Poe, su mirada dentro del vaso que roza la frasca de vino ya mediada por la espera. Como sumergido en una de sus pesadillas, va hablando lentamente a través de expresiones lacónicas, palabras con el filo desnudo y cortante de un cuchillo.


-          Pregunta: Buenas noches. Tengo mucho gusto en saludarle y en hablar con usted. ¿Cómo se encuentra, Mr. Poe?

-          Respuesta: Mi tristeza es inaudita, lo que me produce mayor tristeza todavía. Nada me anima ni me consuela. Mi vida me parece un fracaso; el futuro, un vacío espantoso.

-          P: Pero usted ha tenido éxito en la vida, ¿no es así?

-          R: He peleado denodadamente contra mil dificultades, y he tenido éxito, si no en hacer dinero sí en conseguir una posición en el mundo de las Letras, algo de lo que, dadas las circunstancias, no tengo motivos para avergonzarme.

-          P: Entonces, ¿de dónde cree usted, Mr. Poe, que procede esa tristeza?

-          R: Existe actualmente un intento deliberado para arrastrarme a la ruina.

-          P: Diríamos que hay una causa exterior.

-          R: El infortunio es múltiple. La miseria de la tierra es multiforme.

-          P: ¿Cree que ya ha llegado al final del camino?

-          R: La verdad es que tengo mucho que hacer y he decidido no morirme hasta que lo lleve todo a cabo.

-          P: Está bien. Si le parece, hablemos un poco del pasado. ¿Qué me puede decir de sus padres?

-          R: Soy hijo de una actriz, y siempre me he vanagloriado de ello. Ningún conde estará nunca más orgulloso de su condado que yo de proceder de una mujer que, aunque de alta cuna, no dudó en dedicar al drama su breve carrera de genio y de belleza.

-          P: ¿Hasta qué punto marcó su vida la ausencia temprana de sus padres?

-          R: Estoy muy familiarizado con la adversidad, pero la falta de afecto de unos padres ha sido la más dura de las pruebas que he pasado.

-          P: Entonces, ¿se podría decir que guarda una memoria infeliz de su infancia?

-          R: Desde mi más tierna infancia estoy versado en el volumen con tapas de hierro de la desesperanza.

-          P: ¿Cuál es el recuerdo más nítido que le queda de cuando era niño?

-          R: La cosa más horrible que podía imaginar de niño era notar una mano helada sobre el rostro en medio de una estancia completamente oscura, a solas por la noche.

-          P: Sin embargo, a pesar de esa carencia de un hogar donde reinara el cariño de los padres, usted, Mr. Poe, fue capaz de desarrollar unas cualidades tal vez no muy corrientes entre los niños de entonces.

-          R: Creo que Dios me dio una chispa de genio, pero la apagó en la miseria.

-          P: Desde la distancia que marcan los años pasados, ¿cuál cree que fue su pensamiento o sentimiento cuando empezó a escribir?

-          R: El mundo será mi teatro. Debo conquistarlo o morir. Siento dentro de mí algo que me hará realizar sus deseos más elevados. Debo o bien salir vencedor o morir, o bien tener éxito o ser un desgraciado.

-          P: En ese teatro del mundo, ¿qué papel tuvo su relación con su prima Virginia?

-          R: El amor poético juvenil es indiscutiblemente el sentimiento humano que mejor realiza nuestros sueños de celeste y amortiguada voluptuosidad.

-          P: De acuerdo en esta primera concepción del amor un tanto idealizado, pero ¿sería esa la razón por la que usted, Mr. Poe, decide casarse con alguien mucho más joven?

-          R: Yo me casé por la felicidad de otra persona, cuando sabía que no había ninguna posibilidad de la mía propia.

-          P: Sin embargo, usted llegó a amarla de verdad.

-          R: En cada ataque que padecía, yo la amaba aún más y me agarraba a su vida con una pertinacia desesperada. Pero entonces enloquecía, con largos intervalos de una clarividencia terrible. Cuando me daban estos accesos de locura, me ponía a beber. Sólo Dios sabe cuánto y cuántas veces.

-          P: ¿Era consciente de que ese camino sólo le llevaría a la autodestrucción?

-          R: No hay en la naturaleza pasión de una impaciencia tan demoníaca como la del que, estremecido al borde de un precipicio, piensa arrojarse en él.

-          P: ¿Amaba usted más a Virginia por la certeza de su ausencia, de su muerte?

-          R: Yo no podía amar si la Muerte no mezclaba su aliento con el de la Belleza.

-          P: Este verso me lleva a preguntarle por el sentido de su poesía.

-          R: Soy poeta, si una profunda adoración a toda belleza puede convertirme en tal.

-          P: ¿El poema motivado por la inspiración de la belleza?

-          R: La obra debe avanzar paso a paso hacia su conclusión con la precisión y rígida consecuencia de un problema matemático. Entonces, la muerte de una mujer hermosa es, sin duda, el asunto más poético del mundo.

-          P: ¿Cómo se conjuga, entonces, la frialdad de una resolución matemática con la emoción a la que nos lleva la belleza?

-          R: Un poema se opone a una obra de ciencia en cuanto que tiene como objetivo inmediato el placer, no la verdad.

-          P: Estaría más cerca de la música.

-          R: La poesía no se preocupa por sensaciones indefinidas, a cuyo fin la música es esencial, pues la comprensión del sonido dulce es nuestra concepción más indefinida.

-          P: En sus cuentos parece que también pretende desplegar sus concepciones poéticas.

-          R: El orden sumo del intelecto imaginativo siempre es prioritariamente matemático.

-          P: Precisamente la fantasía y la imaginación han caracterizado su obra.

-          R: Los ingeniosos poseen siempre mucha fantasía mientras que el hombre verdaderamente imaginativo es siempre un analista.

-          P: Ese alarde imaginativo le llevó al éxito.

-          R: Los relatos de mayor éxito contenían lo absurdo rayano en lo grotesco, lo aprensivo coloreado con lo horrible, lo ingenioso exagerado hasta lo burlesco, lo singular revestido de lo extraño y lo místico. Podría decirse que todo esto es de mal gusto.

-          P: Y el mal gusto parecía atraer al público.

-          R: Para ser apreciado es esencial ser leído.

-          P: Más que el simple aprecio, usted, Mr. Poe, llegó a alcanzar la fama

-          R: Nadie vive de verdad si no es famoso.

-          P: ¿La fama como sinónimo de riqueza?

-          R: Mis pasiones siempre fueron mentales. Toda mi existencia ha sido una pura fantasía, en el sentido del más completo desapego de las cosas materiales.

-          P: ¿Cómo se describiría a sí mismo?

-          R: Alto, delgado, de aproximadamente uno setenta y cinco de estatura y bien proporcionado; de tez algo pálida, ojos tristes e inquietos, muestra de cierto nerviosismo, mientras que la boca indica una gran decisión de carácter.

-          P: ¿Ese carácter es el que a menudo le conduce a la arrogancia?

-          R: La displicencia es toda simulada como parte de mi argumentación, de mi plan; como también la indignación con que suelo concluir.

-          P: Por tanto, ¿es todo falso, impostura?

-          R: Mirando desde la cima de una montaña no podemos menos de sentirnos ajenos al mundo. El desconsolado evita las perspectivas lejanas como la peste.

-          P: ¿El desconsuelo porque ya nada ni nadie puede ser alivio para su sufrimiento?

-          R: No sufrir nunca sería no haber sido nunca dichoso.

-          P: ¿Y en el futuro queda aún algún resquicio para la dicha?

-          R: Mi vida futura (que gracias a Dios no durará mucho) deberá transcurrir en medio de la indigencia y la enfermedad. No me quedan energías ni salud.

-          P: ¿Y después de la muerte?

-          R: ¡Toda mi naturaleza absolutamente se rebela ante la idea de que haya algún Ser en el universo superior a mí mismo!

-          P: Entonces, ¿qué hay más allá?

-          R: Es evidente que nos precipitamos hacia cierto conocimiento apasionante, cierto secreto que nunca debemos comunicar y cuyo conocimiento acarrea la destrucción.

-          P: ¿Sería eso la locura?

-          R: Muchas veces he pensado que podía oír perfectamente el sonido de las tinieblas deslizándose por el horizonte.

-          P: ¿Pero qué hay tras la manifestación de la alucinación o el delirio?

-          R: El efecto de nuestras palabras no siempre está de acuerdo con la importancia que tienen para nosotros.

-          P: ¿O algún descubrimiento que nos perturba?

-          R: La mayoría de los descubrimientos más valiosos los debemos a acaecimientos colaterales, incidentales o accidentales.

-          P: ¿Cuando nos perturba el hallazgo de la verdad?

-          R: La verdad es más extraña que cualquier ficción.

-          P: ¿La certeza de saberlo todo?

-          R: Saberlo todo sería la maldición del demonio.

-          P: Para concluir, Mr. Poe, ¿por qué la locura a menudo se expresa en estruendosas carcajadas?

-          R: Por la alegría.

-          P: ¿La alegría?

-          R: Los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Que Dios se apiade de mi pobre alma.


Imaginemos que al subir por las escaleras que llevan a la calle, en la oscuridad de la noche nos cruzamos con los ojos chispeantes, la fugaz sombra de un gato negro.


(Nota: Las respuestas de E.A. Poe son expresiones literales vertidas por su pluma en diferentes cartas, artículos, cuentos y poesías)

(Publicado en la revista Platero. Nº 182 - Septiembre-Octubre de 2011)