La paraeta
Alfredo Hernández
García
Luna de Abajo,
2025
Después de la trilogía El
relato total –compuesta por las novelas El
fósil vivo, la venganza del objeto y Residencia
de quemados-, en la que Alfredo Hernández García (Valencia, 1959) llevó a
cabo un radical cuestionamiento de una literatura acomodada, y de Tomoko,
una suerte de “novela circular”, nos presenta ahora La paraeta
(Editorial Luna de Abajo), obra con la que parece iniciar una serie de Antinovelas.
El autor continúa de esta manera su vocación por romper los anquilosados moldes
de la novela más convencional, declarado anhelo de tantos escritores que suelen
sucumbir ante los primeros escollos del empeño.
La novela -o “antinovela”, si aceptamos la denominación del
autor- comienza con una “Presentación” en la que el editor comenta cómo
recibieron un manuscrito muy mal redactado, “grosero, lleno de vulgaridad”. De
ahí que, después de ciertas dudas, decida publicar un texto en el que la
“ausencia de destreza con el lenguaje es total”. A esta consabida argucia del
“manuscrito encontrado” -o recibido, tanto da- se une una nota del narrador
-autodenominado “cronista”- en la que explica que va a escribir la historia de
Severo -bautizado como Titán- quien, a su vez, ha escrito una novela titulada Hacia
una mayor convivencia. En estas dos entradas previas a la historia se halla
la advertencia de lo que en el plano formal se va a encontrar el lector, pues
la “mediocridad del narrador” es la constatación de que “no hace falta ser
escritor para contar cosas”, afirmación que, más que pretender poner la venda
antes de que sangre la herida por las posibles malas críticas a la novela,
avanza la mirada irónica desde la que se contará la historia.
Así, en el texto se asomará de vez
en cuando una especie de narrador intruso que asume su propio deber ante lo
narrado (“¡Qué vergüenza me da contar lo que viene ahora…!”), un recurso
metaficcional que nos mantiene al tanto del acostumbrado artificio de la trama.
Incluso en los propios títulos de los capítulos -organizados en una original
estructura formada por cuatro partes divididas en “historietas”, subdivididas a
su vez en “redacciones”- aparece el narrador para explicitar lo que pretende
contar en cada episodio (“Me propongo practicar un estilo vivo de frase
corta”). A estos aspectos formales hay que añadir la presencia de divertidos
neologismos (fuengirolo, jalea intacta es…), expresiones erróneas (podería…)
y hallazgos lingüísticos (“ateo monoteísta”) propios de la obra de Alfredo
Hernández García.
La Paraeta (“nombre utilizado
en Valencia para designar a los kioscos de barrio donde se vende prensa,
coleccionables y golosinas preferentemente”, según una nota a pie de página)
nos cuenta una historia que tal vez es lo que menos importa en una pretendida
“antinovela”, si bien las vicisitudes de la saga familiar encabezada por Severo
cuentan con suficientes ingredientes para resultar en sí misma atractiva. La
esperanza del padre para que su hijo favorito siga los estudios y el sueño de
escribir una novela que logre que desaparezca “la maldad de este mundo de
mierda”, se enredan con las vidas de una humilde familia que, en las
disparatadas andanzas de su dilatada estirpe, protagoniza “no una obra con
pretensiones de belleza, sino simple verdad emocionante”.
Marcelo Matas de Álvaro







