Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Cuento para imaginar tu cuento

 



            En una de las bibliotecas Bubisher, una mujer cuenta este cuento a un grupo de niños y niñas:

            En un tiempo remoto, pero no muy lejos de aquí, llovió y llovió sin parar durante meses enteros. Tanta agua cayó del cielo que los siete ríos de la comarca se desbordaron de sus cauces. Las crecidas inundaron el territorio, todo lo que hasta entonces sólo había estado cubierto de arena infinita. En una de esas intensas riadas, una sirena que había remontado desde el mar para navegar por los siete ríos, se quedó varada fuera del agua. Cuando, después de tanto tiempo, dejó de llover y los siete ríos volvieron a sus cauces, la sirena perdió la cola de nadar y poco a poco vio cómo le nacían unas alas con las que se elevó y voló por los aires.

            Ahora la sirena se ha convertido en un gran pájaro que lleva en su interior siete huevos. Desde el cielo busca siete sitios donde poder posar los huevos de los que nacerán siete seres misteriosos. Deja el primero dentro de una cueva en la ladera de una montaña, el segundo en la rama más alta de una palmera centenaria, el tercero en una pequeña isla formada en el cauce de un río, el cuarto en las hondas alforjas de un camello que transporta su carga por el desierto, el quinto en las alas amarillas de la mariposa Vanesa de los Cardos, el sexto en el suelo alfombrado de una jaima y el séptimo se lo guarda el gran pájaro en el interior de su cuerpo.

            Aquí acaba este Cuento para imaginar tu cuento, porque ahora yo os invito a que cada uno de vosotros y vosotras os hagáis esta pregunta: ¿De qué huevo querría salir yo para convertirme en un ser misterioso?

            Preguntó la mujer a los niños y niñas que escuchaban el cuento en una de las bibliotecas Bubisher. 

(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher en septiembre de 2026)

lunes, 31 de agosto de 2026

La belleza

 



            De los tres valores supremos que la filosofía clásica identificó como las propiedades fundamentales del ser, tal vez ya sólo nos quede la belleza. A la verdad, que busca el conocimiento de la realidad del mundo, se la intenta deslegitimar con el término “verdad alternativa” con el que cínicamente se califica a la mentira. A la bondad, que debería regir la relación entre las personas, se la trata de anular al atribuir como denostado buenismo a la conducta humanitaria de las gentes de bien. A la verdad de su dolorosa situación en los campamentos de refugiados y de los derechos que legítimamente asisten al pueblo saharaui, se enfrentan todas las falacias que traman los gobiernos del mundo. A la bondad de tantas personas que apoyan sus justas reivindicaciones, se contraponen los que sólo pretenden que permanezcan los muros y los desiertos sin fin.

            Así, tal vez ya sólo nos quede la belleza, la búsqueda de aquello que nos asombra y emociona. La belleza de esos niños y niñas que fijan su mirada en los libros de las bibliotecas Bubisher. La belleza de esas mismas bibliotecas construidas con paredes de sombra y jardines de luz. La belleza de los libros que nos siguen contando todas las historias de siempre jamás. La belleza de los recuerdos de un pasado siempre vivo en la memoria. La belleza de lo que existe y de lo que imaginamos posible y de lo que inventamos a partir de las vidas imposibles. La belleza del paisaje infinito del Sáhara, del cielo que busca en la noche los ojos de la tierra, de las casas levantadas en el desierto por las bellas manos de las mujeres y los hombres.

            La belleza, como cantó el añorado Luis Eduardo Aute, que reivindica “el espejismo de ser uno mismo, ese viaje hacia la nada que consiste en la certeza de encontrar en tu mirada la belleza, la belleza, la belleza”.

(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher de agosto de 2026)

             

           

 

viernes, 31 de julio de 2026

Las bicicletas son para el verano

 


 

            La bicicleta es un juguete y un medio de transporte. También sirve para hacer deporte y disputar una carrera ciclista. Pero eso es otro cantar. Como juguete ha sido desde siempre más objeto de deseo que posibilidad real. Todos los chicos de mi generación soñábamos con tener una bicicleta como se guarda la ilusión de poseer un instrumento mágico, un aparato capaz de suscitar un disfrute sin fin. Al pedalear impulsas con tus pies una máquina que se mueve y avanza y corre a toda velocidad. Es lo que hacen los niños de la foto. Divertirse a sus anchas con un juguete tan simple como las infinitas posibilidades que permite la imaginación de ir más allá. Siempre más allá del desierto que es arena y viento y muro del que ojalá pudieras escapar como hizo por los cielos ET., aquel extraterrestre de película.

            Así, el juguete y el medio de transporte se funden en esa bicicleta que Fernando Fernán-Gómez asoció con el verano en una obra -de teatro y cinematográfica- memorable. La frase final de la obra exclama “Sabe Dios cuándo habrá otro verano”, aludiendo a aquel tiempo propicio para la libertad y la alegría anterior a la guerra que arrasó con todo. Un tiempo para la huida de los sufrimientos pasados y de los pesares que aún están por venir. Las bicicletas son para un presente continuo, para ese verano imaginario de libertad y alegría y huida con el que sueñan nuestros chicos y chicas de los campamentos del Sáhara.

Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher de julio de 2026

martes, 30 de junio de 2026

Andar por casa

 



            A las bibliotecas Bubisher se va con calzado de andar por casa. Nuestra mirada europea se sorprende al ver que las niñas que nos muestran orgullosas los dibujos que han hecho en la biblioteca, van calzadas con unas zapatillas que nosotros sólo usaríamos para andar por casa. Es por el calor, se dirá. Y también por lo agradable que es llevar un calzado tan cómodo. Alguien incluso dirá que, en la austera economía que impone la vida en los campamentos, estas niñas no tendrán mucho más que ponerse. Todo eso puede ser cierto. También que los pies al aire libre aligeran la pisada de quien no deja de soñar con caminar y correr y volar libre.

            Andar por casa es andar por la jaima y por la arena del desierto hasta llegar a la biblioteca que te acoge como si estuvieras en casa. No. No como si estuvieras en casa. Quitemos el condicional. Te acoge porque en verdad estás en tu casa. Las bibliotecas Bubisher son tu casa donde lees las historias de siempre jamás, escribes lo que sólo tú imaginas o inventas, dibujas y pintas con todos los colores del mundo, juegas con las mismas amigas y amigos con quienes nunca te cansas de jugar, y hablas y compartes y convives con toda la gente que también están en su casa. En esa casa donde todo el mundo acude con las zapatillas de andar por casa.

(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher de junio de 2026)

 

domingo, 31 de mayo de 2026

Sandías

 



            La imaginación es una forma de resistencia. El agua invisible del desierto se filtra silenciosa en los sueños de siempre jamás y riega los frutos que prosperan bajo el palpitar de las mentes fértiles. Después vienen las cartulinas y las formas y los colores, el alegre juego que transforma la realidad en misterio. Y de ahí todo lo demás: las manos infantiles por donde escurre el agua fresca que suelta la sandía, la sonrisa dulce que se pinta sobre la cara de quienes han mordido la carne roja de la fruta, el sabor que inunda la boca con el mismo gusto que dejan las sensaciones que nunca se pierden.

            Pero más allá de ese momento único en el que las niñas del Sáhara juegan a imaginar una realidad distinta, ese trozo de cartón convertido en sandía también se ha erigido ahora en un símbolo de reivindicación y denuncia. A unos cientos de kilómetros de los campamentos de refugiados de Tinduf, Palestina sigue luchando por su derecho a poder vivir en paz y en libertad en su propio territorio. Los colores de las banderas se confunden con los colores de la sandía. Rojo, verde, blanco y negro. Las banderas de Palestina y del Sáhara se hermanan en ese símbolo -redondo, fresco, sabroso- de resistencia.

(Publicado en el Boletín Sahara Bubisher de mayo de 2026)

 

viernes, 29 de mayo de 2026

Henrik Ibsen y el conflicto entre vocación y realidad

 

Teatro II (1892-1899)

Henrik Ibsen

 (Nórdica Libros, 2026)



            Después de haber publicado en 2019 un volumen con las ocho obras dramáticas que Henrik Ibsen escribió entre 1877 y 1890, la editorial Nórdica Libros nos presenta ahora las cuatro piezas que publicó durante su última década creativa (de 1892 a 1899), completando de esta manera la totalidad de la producción teatral del dramaturgo noruego. El mismo autor advirtió que en cierto modo estas obras conformaban una serie homogénea, de manera que, desde diferentes perspectivas, reflejarían una cuestión similar al tratar el conflicto entre el ideal de cumplir con la propia vocación y la terca realidad de la vida.

            Así, en Solness, el constructor (1892), el exitoso empresario de la construcción Halvard Solness teme ser desbancado de su oficio por una juventud que, para hundirle más en su desesperación, es personificada en la señorita Hilde Wangel, una suerte de Lolita que conoció cuando ella apenas era una niña y que de repente reaparece en su vida para exigirle el “reino” que le prometió en su día; en El pequeño Eyolf (1894), el padre decide abandonar la escritura de un libro al que lleva tiempo consagrado para dedicarse por entero a educar a su hijo discapacitado, el pequeño Eyolf por el que la madre experimenta un cierto rechazo al sentir que, con su sola existencia, obliga al padre a compartir un amor que a ella sola pertenece; en John Gabriel Borkman (1896), el director de un banco reconoce, después de haber sufrido una condena por estafa, que su verdadera desgracia fue haber amado demasiado el poder, lo cual le llevó a traicionar a su familia y, de paso, a sí mismo; en Cuando los muertos despertamos (1899), el escultor Arnold Rubek siente su vocación artística como un impulso vital que trasciende la propia existencia, esa realidad en la que se ve atrapado por las dos mujeres que ama.

Pero esta condición existencial de los personajes es la que posibilita -al igual que el resto de las obras dramáticas de Ibsen-, la variedad de lecturas que suscitan los textos, como la crítica social hacia los valores burgueses de su época, cuestión que, según el autor noruego, no estaba en su voluntad de escritor -más poética que política, apuntaba-, pero que, sin embargo, puede apreciarse en la reivindicación de la figura femenina en sus dramas, en el posicionamiento frente a los abusos del poder, en la hipocresía que suscriben ciertos convencionalismos, en la denuncia de los secretos y mentiras que a menudo socavan la convivencia familiar y social, en el compromiso, en fin, con los problemas sociales de su tiempo. Por otro lado, las cuatro obras de esta serie constituyen -según indica en la introducción Cristina Gómez-Baggethum, autora también de la impecable traducción-, un “período simbolista” en su producción, caracterizado por la aparición de elementos misteriosos -troles, fuerzas ocultas en las profundidades de la tierra, figuras un tanto fantasmagóricas, etc.- envueltos en un formalismo de tintes poéticos, así como la presencia de una cierta reflexión sobre el arte y los procesos creativos. 

            Con la publicación de las obras dramáticas de Ibsen -las ocho “realistas” del primer período y estas cuatro últimas consideradas “simbolistas”-, Nórdica Libros culmina el proyecto de traducción “Ibsen in Translation”, una colaboración con el Centro de Estudios Ibsenianos de la Universidad de Oslo destinada a poner a disposición de los lectores y agentes teatrales nuevas versiones de las obras del autor noruego.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés el 29 de mayo de 2026)

 

jueves, 30 de abril de 2026

Calle de sentido único

 





            El filósofo alemán Walter Benjamin (1892-1940) nunca vivió en una calle de sentido único, pero al final de su vida se encontró en un callejón sin salida. Los cuentos que le contaba su madre cuando era niño le enseñaron el poder de la narración para transitar libremente por las calles del mundo. Así supo que los libros son el objeto material que transmite, a través del lenguaje, el conocimiento -tan necesario como inabarcable- para guiarnos por este extenso mapa plagado de bifurcaciones sin fin.

            A uno le duele imaginar a Walter Benjamin -en un viaje inverso al que hizo Antonio Machado un año antes- frente a la ausencia de caminos con la que se encontró al llegar a Portbou en septiembre de 1940. Ante la ocupación de París por el ejército nazi, huyó de la capital francesa hacia el sur con intención de cruzar España para llegar a Lisboa y poder exiliarse en Estados Unidos. Atravesó la frontera a pie, a paso lento y descansando cada diez minutos porque padecía del corazón, con el brazo aferrado a una carpeta que guardaba un manuscrito “más importante que mi propia persona”, pero no el visado que le requirió el policía del puesto de mando. Así fue cómo esa calle de sentido único, sin posibilidad de bifurcación o retorno, se convirtió en el callejón sin salida que Walter Benjamin eligió para salir del mundo. Sus compañeros de viaje alquilaron el nicho 563 por cinco años, tras los cuales sus huesos fueron arrojados a una fosa común del cementerio.

La terrible imagen hacia el vacío del monumento de Portbou dedicado al filósofo alemán -una galería que se alza en un promontorio sobre el mar- conmueve al visitante que, desde su inauguración en 1994, se atreva a asomarse al vértigo del final del trayecto.  


“Calle de sentido único” (Periférica, 2021) es un libro de Walter Benajmin que no he leído. La nota de la editorial dice que “es un texto que inaugura una nueva forma de hacer literatura y de pensar la estética. Antes que una simple recopilación de clarividentes aforismos (sobre la realidad de una Alemania de Weimar que hoy resuena siniestramente familiar o acerca de una sutil psicología del amor), este libro es un mapa urbano ordenado según la lógica de los escaparates de una galería comercial. La voluntad de Benjamin era, en palabras de su amigo Theodor Adorno, «contemplar todos los objetos tan de cerca como le fuera posible, hasta que se volvieran ajenos y le entregaran su secreto». Y este secreto nos habla tanto de nuestra manera de relacionarnos con las cosas de la vida cotidiana como de los sueños que proyectamos sobre ellas: en los paisajes dibujados en los sellos y los billetes, en la fe del madrugador o en la experiencia de la infancia como la de un tiempo proyectado hacia el futuro.”

Publicado en el Boletín Sahara Bubisher de abril de 2026