Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 5 de diciembre de 2015

Los 150 años de Alicia


Alicia. Edición Completa
Lewis Carroll
Edelvives. Zaragoza, 2015


          El 4 de julio de 1862, en una excursión en barca por el río Támesis, las tres hermanas Liddell escuchaban embelesadas el extraordinario cuento que les contaba Charles Lutwidge Dodgson, un profesor de matemáticas amigo de la familia. Era un relato lleno de absurdas maravillas, de animales curiosos y personajes estrafalarios, de juegos de palabras y expresiones tan lógicas que desafiaban a la realidad, de situaciones increíbles y divertidas que además el profesor contaba con el mismo ritmo vertiginoso y confuso como el que sucede en los sueños. Una de las niñas, cuyo nombre -Alicia- compartía con la protagonista de la historia, estaba tan entusiasmada que insistió en que Dogson la escribiera, de manera que aquel amigo de la familia se pasó la noche siguiente gestando la historia, y los meses sucesivos caligrafiando con esmero el cuento que, acompañado de unos dibujos hechos por él mismo, regaló a la pequeña Alicia en la Navidad de 1864. Lo tituló Aventuras subterráneas de Alicia y fue tan celebrado entre los que tenían la suerte de leerlo, que un año más tarde el autor se animó a publicarlo bajo el sello del famoso editor MacMillan. Así, el texto, revisado y ampliado, salió hace 150 años con el título de Alicia en el País de las Maravillas, bajo el seudónimo de Lewis Carroll y con ilustraciones del prestigioso dibujante John Tenniel, las mismas con las que se ha seguido ilustrando el libro en la mayoría de las ediciones aparecidas hasta ahora. Debido al éxito de la obra, en 1871 Carroll publica una continuación del cuento con el título A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, libro que en opinión de algunos lectores es mejor que el primero, pero que tal vez por las caricaturas sociales y los intrincados juegos literarios, es menos apreciado por los niños.
          Para celebrar estos 150 años en los que cada nueva generación ha tenido la oportunidad de perseguir con la pequeña Alicia al escurridizo Conejo Blanco, algunas editoriales han lanzado nuevas publicaciones de esta obra que cumple ese paradójico privilegio de que todo el mundo la conoce sin necesidad de haberla leído. Al álbum de gran formato que hace tres años Edelvives dedicó a Alicia -en el que la desenfrenada libertad de la imaginación y la transgresión mágica que representa ese mundo maravilloso y absurdo se ajustaba como la horma de un zapato a la fantasía desbordante de la ilustradora francesa Rébecca Dautremer-, se une ahora “Alicia. Edición completa”, de la misma editorial. Además de los dos textos creados por Lewis Carroll, esta obra primorosamente editada incluye Una avispa con peluca -un episodio “suprimido” y poco conocido de A través del espejo-, poemas y prólogos escritos por el autor para las ediciones históricas y un epílogo donde se cuenta cómo se escribió Alicia, la génesis del relato en la imaginación y la pluma de Carroll y los pasos que dieron lugar a la primera edición, acompañados de curiosas imágenes de aquellos libros y de las estampas que aparecieron en la época. Pero seguramente lo más interesante de esta llamada “edición completa” sean las ilustraciones originales de John Tenniel coloreadas por el acuarelista Harry Theaker en 1911 y por el artista Diz Wallis en 1995. Ambos aportan la belleza plástica necesaria, los grados de calidez expresiva y de luminoso ingenio que sirven para realzar más si cabe las maravillas que son contadas en este cuento al mismo tiempo divertido e inquietante, una historia que ningún lector -ni pequeño ni adulto- se debería perder.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de diciembre de 2015)




sábado, 7 de noviembre de 2015

Días claros y días nublados


Luces de tormenta
Ignacio Sanz
Editorial Edelvives. Zaragoza, 2015
133 páginas


          Desde siempre se ha destacado que una de las funciones de la escritura es la posibilidad de servir como recurso terapéutico para quien escribe, sin perjuicio de que al mismo tiempo pueda ocasionar también en el lector un parecido efecto saludable. Así, la llamada literatura del yo -en forma de diario, autoficción, memorias, autobiografía, epistolario, etc.- es a menudo un artificio que permite desvelar al escritor la existencia de algún conflicto interno y, en su caso, resolverlo o, al menos, aliviarlo. Parece ser que sólo el hecho de plasmar en un papel las cuitas internas, tiene ya de por sí un beneficio para quien las refleja, resultado que se acrecienta si a lo escrito tiene acceso un posible lector, ya se trate de un receptor preconcebido -el destinatario de una carta- o anónimo -el ocasional comprador del libro-.
          Este sentido terapéutico que se atribuye en general a la comunicación -también a la oral, claro está- está muy presente en la novela “Luces de tormenta” (Edelvives, 2015), de Ignacio Sanz (Lastras de Cuéllar, Segovia, 1953). En ella una profesora de instituto recomienda a su alumna Sabina que durante las vacaciones de verano vaya escribiendo todo lo que se le ocurra con el fin de “aclarar un poco su propia vida”. No es que sufra un conflicto alarmante, muy distinto a lo que suele suceder a otros adolescentes de su edad, pero sí que vive algunas circunstancias que, siguiendo el acertado título del libro, pueden atormentarla. Sus padres están separados y cada uno vive en un lugar distinto, su madre en Madrid, donde quiere que vaya a pasar con ella algunas temporadas, y su padre en Centirrayo, el pueblo donde Sabina quisiera vivir para siempre. En el pueblo está todo lo que más le gusta: la maravilla de la naturaleza que lo rodea, con sus dos bosques, el río donde se bañan en verano, el campo cultivado que cambia de color según las estaciones del año; su padre, que cría gallos de corral para venderlos a un restaurante de Madrid, y su abuela, que “habla como si fuera una catedrática”; las confidencias con sus amigos y en especial con Germán, que le ha provocado el “hormigueo” del primer amor; y las historias y leyendas que se cuentan en relación a la curiosa atracción que por ese lugar tienen las tormentas. Entre ellas, Sabina apunta en su cuaderno el día en que a su abuelo Abilio le cayó del cielo una tormenta de ranas, la noche en que vieron proyectada en la pared del frontón la película “El tornado de Oklahoma”, la triste vida de la pobre Etelvina, la leyenda de la campana “Espantatormentas”, la historia del chozo donde por primera vez engendraron Petronilo y Laudelina o la mala suerte -o buena, según se mire- que tuvo Zoilo al sobrevivir al impacto de tres rayos.
          Como en su anterior novela -“El hombre que abrazaba a los árboles” (Edelvives, 2013)-, Ignacio Sanz se sirve de la feliz experiencia que supone adentrarse en los misterios de la naturaleza y en las vidas que se entrelazan en la tranquila rutina de un pueblo, para revelar en la joven protagonista algunos aprendizajes necesarios, aquellos que tienen que ver con el conocimiento de sí misma, de sus miedos, de sus inseguridades, pero también con la toma de conciencia de que en la vida “lo bueno es que haya días claros y días nublados”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 7 de noviembre de 2015)


sábado, 10 de octubre de 2015

El silencio blanco


LA QUIMERA DEL ORO
Jack London
Anaya. Madrid, 2015
274 pág.


          Jack London (1876-1916) es un aguerrido narrador de la estirpe de Verne, Stevenson, Conrad, Melville o Poe. Además de algunas semejanzas biográficas, comparte con ellos -en mayor o menor medida- una similar poética, aquella que trata de revelar lo que le sucede a ese tipo de personaje que, situado ante una intensa experiencia, decide desprenderse del natural encogimiento del miedo para atreverse a forcejear con el destino que le ha tocado vivir. No se trata de resaltar la combativa condición del héroe, sino, más bien al contrario, de indagar en los abismos a los que en ocasiones nos arroja al común de los mortales nuestra propia e incierta existencia.
          Conocido sobre todo por sus novelas “La llamada de lo salvaje”, “El lobo de mar”, Martin Eden, “El talón de hierro” o “Colmillo blanco” -ésta aún más famosa a partir de sus exitosas versiones cinematográficas-, lo mejor de la obra de Jack London puede estar, sin embargo, en el conjunto de las breves narraciones que forman “La quimera del oro” y “Los relatos de los mares del Sur”. En su origen está sin duda la azarosa vida de su autor, que lo llevó a los 19 años a embarcarse en busca del oro que había aparecido en Klondike, cerca de la frontera con Alaska, y a los 30 a navegar por la Polinesia.
Jack London
          Los relatos incluidos en “La quimera del oro” (Anaya, 2015) están unidos por la llamada fiebre que llevó a tantos buscadores a Alaska durante la segunda mitad del siglo XIX. En ellos la fuerza narrativa que despliega el autor está acorde con la extrema severidad de la naturaleza y con el propio ímpetu que el hombre debe sostener para afrontar tales inclemencias, con el convencimiento de que a menudo resistir es la única forma posible de lucha y que la victoria se conforma -en su doble acepción- con la agónica conquista de la supervivencia. Así, la sardónica crueldad de un perro y la vengativa maldad de un hombre se reflejan de forma magistral en el relato titulado “Diablo”; el decidido propósito de conseguir dinero fácil por medio de una descabellada empresa asombra y divierte al lector en la por momentos disparatada fábula “Las mil docenas”; la tragedia lírica que sucede en el corazón verde del cañón rompe la silenciosa belleza del sereno “El filón de oro”; la encarnizada lucha por la supervivencia entre un lobo y un hombre hambrientos estremecen en el dramático “Amor a la vida”; el dilema moral entre el ideal de justicia que debe imponerse a sí mismo el hombre blanco y el íntimo temor que provocan los propios pensamientos ante un hecho repentino se dirime en el magnífico “Lo inesperado”; la tenacidad por encender un fuego como único remedio para resistir en medio de la soledad de la nieve se impone en el angustioso “La hoguera”; el ingenio de un condenado a muerte para salvarse de la tortura alivia también al lector en el cuento “El burlado”.
          Vicente Muñoz Puelles abre el libro con una breve -y acertada para los jóvenes lectores- presentación sobre la vida y la obra de Jack London y lo cierra con un apéndice que, a modo de relato escrito en primera persona, narra algunas andanzas biográficas del autor norteamericano del que el próximo año se cumple el centenario de su muerte. El volumen se completa con unas expresionistas ilustraciones en blanco y negro de Enrique Flores.
          Para seguir disfrutando de la lectura que sin duda producirán estos relatos ambientados en “el silencio blanco”, nada mejor que continuar leyendo las asombrosas aventuras narradas en “Los relatos de los mares del Sur”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 10 de octubre de 2015)

sábado, 12 de septiembre de 2015

Los primeros Quijotes



          En un lugar de la escuela de cuyo nombre pocos quieren acordarse, no ha mucho tiempo que vivía un libro de los de tapa dura, ancho lomo y larga lectura. Rara vez el libro tenía todos los capítulos del original escrito por Cervantes, de manera que tan solo incluía los que eran más conocidos del público o los que pudieran ser más entretenidos y divertidos para los jóvenes lectores. De esta forma, la sola presencia de aquellos volúmenes en la biblioteca de la escuela podía llevar al momento propicio en el que un niño -debidamente llevado por el oportuno consejo de su maestro o sus padres- se acercara a aquel libro del que se decía que era inmortal.
          Y fue precisamente esa idea de inmortalidad, que en cierto modo sugería un encuentro solemne con el texto, -unida, bien es cierto, a la nociva costumbre de obligar a su lectura- la que, andando el tiempo, hizo engolar algunas voces para denunciar que el Quijote no era apropiado para los jóvenes lectores. Como consecuencia de esta especie de protección tanto del libro sagrado como de las tiernas cabecitas que pudieran leerlo, prácticamente se vaciaron los estantes de las aventuras del ingenioso hidalgo, hurtando, por consiguiente, la oportunidad de que pudieran disfrutar de ellas las nuevas generaciones. Pero a raíz de la celebración en 2005 del cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, la mayoría de las editoriales que publican para el público infantil y juvenil ha venido editando y reeditando adaptaciones del texto, Quijotes con menos capítulos o directamente el original cervantino debidamente anotado para hacerlo más accesible a todos los lectores. Entre las nuevas ediciones -surgidas también ahora con ocasión del cuarto centenario de la publicación de la segunda parte-, traemos aquí una pequeña selección.
          Para los más pequeños han aparecido “Mi primer Quijote” (Anaya, a partir de 5 años) y “Aventuras de Don Quijote de la Mancha” (Anaya, entre 8 y 12 años), ambos adaptados por Ramón García Domínguez e ilustrados por Emilio Urberuaga para recrear pasajes como el de los molinos o el yelmo de Mambrino. Edebé publica “El Quijote contado a los niños” (a partir de 8 años), de Rosa Navarro Durán y con ilustraciones de Francesc Rovira. “Las aventuras de Don Quijote” (Lumen, entre 5 y 8 años) es un álbum de gran formato que reproduce los episodios más conocidos (los molinos, las marionetas), incluyendo además una pequeña biografía de Cervantes. “Mi primer Quijote” (Espasa, entre 5 y 8 años) es una adaptación de la primera parte a cargo de José María Plaza, con divertidas ilustraciones de Julius. En su colección Adarga, Edelvives publica “El caballero Don Quijote” (a partir de 10 años), de Consuelo Jiménez e ilustrado por Xan López Domínguez.
          Para más mayores hay que destacar la edición para uso escolar de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” realizada por Arturo Pérez-Reverte para la RAE (Santillana), en la cual se han eliminado del texto cervantino algunos obstáculos y digresiones con el fin de facilitar su lectura y al mismo tiempo respetar la integridad y el sentido del original. Con la misma intención de acercar el libro inmortal a todos los lectores, en “Don Quijote de la Mancha” (Destino) Andrés Trapiello ha acertado a “traducir” al castellano actual el texto íntegro que escribió Cervantes.
          Con estas ediciones y otras que seguramente irán apareciendo hasta el próximo año en el que se cumpla el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, no habrá excusas para que puedan seguir cabalgando por las bibliotecas -escolares y domésticas- el Caballero de la Triste Figura y el Gobernador de la ínsula Barataria.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 12 de septiembre de 2015)





sábado, 15 de agosto de 2015

La rara belleza de Nefertiti


El sueño de Berlín
Ana Alonso – Javier Pelegrín
Editorial Anaya. Madrid, 2015


         Dentro de la literatura infantil y juvenil hay un tipo de libros que, aunque no se indique expresamente en la solapa de promoción, son de autoayuda. No se presentan de forma explícita -como si se tratara de un manual al uso- las decisiones que debe tomar o los recursos que debe emplear el lector para librarse del mal que le aqueja, sino que es a través de los mecanismos de la ficción -entendida también como metáfora de la realidad- como el lector presuntamente dañado accede al remedio más efectivo. Se parte del problema que sufre un personaje, de una patología o de alguna característica personal -física o psíquica- que lo aparte de la norma establecida por la sociedad, para seguidamente plantear una solución. Estas historias suelen desarrollarse dentro de un esquema general marcado por el protagonista que padece el problema, los padres, maestros o compañeros que agravan el sufrimiento (lo que se llama en psicología “la segunda herida”, aquella que más duele, pues se añade a la propia que causa el padecimiento) y otro personaje que entra en escena para ayudar a remediarlo.
          En “El sueño de Berlín” (XII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil), de Ana Alonso y Javier Pelegrín, se sigue este modelo para afrontar el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). En primera persona se presenta Ana, una adolescente que “necesita repetir algunos comportamientos para evitar una crisis de ansiedad”, de modo que, entre otras cosas, se ve obligada a subrayar determinadas palabras, escribirlas varias veces seguidas o a lavarse las manos una y otra vez. Su imposibilidad para vencer estas manías la llevan a concebirse a sí misma como una enferma, con la consiguiente desvalorización personal y la dolorosa conciencia de sentirse prácticamente incapacitada para llevar una vida normal y poder realizar tareas tan comunes al resto de la gente como exponer en clase o visitar otro país. Con todo, lo peor son los problemas que tiene para relacionarse normalmente con sus compañeros, quienes se muestran desconcertados ante las conductas repetitivas de Ana. Por eso parece extraño que se acerque a ella Bruno, un nuevo compañero del instituto al que no sólo no parecen importarle las rarezas de Ana, sino que, poco a poco, se va a convertir en el amigo que necesitaba para ir normalizando su situación. Para ello, deberá rebajar las resistencias de la madre de Ana, demasiado protectora por el temor de lo que le pueda pasar a su hija, y sobre todo convencer a su amiga de que el mejor camino para vencer las dificultades es, en lugar de esquivarlas o dejarlas en manos del azar como ha hecho hasta ahora, tener el valor de afrontarlas. Así es como planea el viaje de toda la clase a Berlín con el fin de que Ana pueda ver en su museo arqueológico el busto de Nefertiti, figura por la que siente una curiosa atracción, tal vez porque se identifica con la belleza de su rostro, levemente desfigurado por la rara imperfección de un ojo despintado. Es su visión la que, ejerciendo la labor terapéutica de las metáforas, le servirá a Ana para verse reflejada y, de esta forma, atreverse a aceptarse tal como es.
          Alternando capítulos en los que escriben Ana o Bruno, esta entretenida novela traza bien la dificultad de entender un problema -el TOC o cualquier otro- desde fuera de quien lo sufre, así como destaca la comprensión y el apoyo de los demás como elementos necesarios para ayudar a superarlo.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 15 de agosto de 2015)





sábado, 18 de julio de 2015

Te cuento

Te cuento
Varios autores
Fotografías de Clemente Bernad
Editorial Alkibla

          Como ocurre con los mitos y las leyendas tradicionales, los cuentos clásicos han experimentado a través de los tiempos nuevas versiones en las que, sin variar lo sustancial -los personajes, la estructura, la trama y el propio sentido de la historia-, se han ido adaptando a las visiones impuestas en cada momento y lugar. Igualmente han sido una fuente inagotable de nuevas creaciones a partir de algunos de sus elementos esenciales, de manera que uno de los personajes puede cobrar vida en otra obra, un episodio formar parte importante de un argumento mayor o el mismo significado del cuento reflejarse en la intención última de la nueva creación, ya sea una obra de teatro, una novela, una película de dibujos animados o el libreto de una ópera.
          Este es el propósito de la colección “Te cuento” que nos presenta la editorial Alkibla, el de tomar estos textos antiguos como referencia para contar historias actuales que, a diferencia de los cuentos maravillosos tradicionales, nos muestran una realidad más cercana y a menudo también más desconocida, ficciones con la suficiente fuerza narrativa para ser capaces de despertar en el lector -a partir de 10 años según el editor, pero en algunos de los relatos habría que añadirle alguno más- el espíritu crítico con el que deberá construir una conciencia moral. Hasta el momento se han publicado seis cuentos de los doce que prevé el proyecto, cada uno escrito por un autor diferente, pero unidos todos por las imágenes en blanco y negro del fotógrafo y cineasta documentalista Clemente Bernad.
          La colección se abre con “Caperucita Roja”, cuento del que se sirve Patxi Irurzun para relatar en “Kaperu” el peligro de la calle -la jungla, en las advertencias que continuamente le hace su abuela- para una joven que, en sus correrías por la ciudad para pintar grafitis, se encuentra atrapada en el miedo de unos pasos que la persiguen. Bajo el título de “La sirenita” José Ovejero escribe “El hombre de la casa”, un relato en el que una mujer embarazada que acaba de llegar en patera conoce a un hombre, alguien que la ayuda, que le concede una esperanza ensombrecida por la decepción. En “Las palabras que ensucian el ruido del mundo”, Marta Sanz presenta un precioso cuento fantástico en el que el espejo de “Blancanieves” toma la palabra para contar la verdad, aquella que está “por debajo de las cosas”. Isabel Bono actualiza el cuento de “El patito feo” con “Puedes llamarme Pato”, un amargo relato sobre el drama que vive una joven anoréxica entre la indiferencia de sus compañeras del colegio de monjas. “Los tres cerditos” se convierten en “Lobo y los tres cerditos” en la extraordinaria historia que, en una “combinación entre lo repetido y lo irrepetible”, escribe Emilio Silva para contar cómo se salva un desahucio en un mar de lágrimas. En “La crisis, a terapia”, Javier López Menacho retoma el cuento “Juan sin miedo” para narrar en primera persona la angustia de un escritor, sus pesadumbres que culminan en la revelación de que “la vida es la pesadilla del sueño”.
          De calidad desigual, como es de prever en cualquier colección, estas versiones actualizadas de algunos cuentos clásicos mantienen en general un buen nivel literario que, al complementarse con la fuerza expresiva de los reportajes fotográficos -no sólo imágenes que ilustran el texto, sino por si solas capaces de trazar un relato visual sobre temas de actualidad-, vuelven muy atractivo este interesante proyecto de la editorial Alkibla.



(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 18 de julio de 2015)






sábado, 20 de junio de 2015

200 números de la revista Platero

Nº 200 de Platero

          En octubre de 1985 un maestro de escuela llamado Juan José Lage elaboró un “Boletín informativo de la Biblioteca” para repartir entre sus compañeros del colegio público de Infiesto. Con el objetivo de dinamizar la poca activa biblioteca del centro, en sólo ocho páginas -tiradas a ciclostil- pretendía “informar sobre los autores, temas y libros de la entonces todavía incipiente Literatura Infantil y Juvenil (LIJ), fomentar hábitos lectores y mentalizar sobre la importancia de la biblioteca escolar como fuente de aprendizaje”. Al año de salir ese primer Boletín se formó en el Centro de Profesores de Oviedo un Seminario de LIJ que empezó a elaborar una revista con el nombre de Platero, en homenaje al personaje creado por Juan Ramón Jiménez. La periodicidad de su publicación era de siete números al año y se distribuía de forma gratuita en los centros educativos del Principado de Asturias.
          Desde entonces hasta la actualidad, en la que se celebran sus treinta años de existencia y la salida del número 200, la idea original de la revista no ha cambiado, de forma que sigue siendo un reducido grupo de profesores de educación infantil, primaria y secundaria quienes hacen las reseñas de los libros, entrevistan a autores, escriben reportajes o artículos de fondo con la intención de divulgar la LIJ entre la comunidad educativa. De vez en cuando, a menudo coincidiendo con alguna efeméride, se elabora un número monográfico dedicado a un autor o una obra, entre ellos Lewis Carroll, Roald Dahl, Ana María Matute, Edgar Allan Poe, los 300 años de Caperucita Roja o el centenario de la primera edición de “Platero y yo”, publicado en noviembre del año pasado. El reconocimiento a esta labor de divulgación llegó en el año 2007, en el que la revista Platero recibió, en manos de su fundador Juan José Lage, el Premio Nacional al Fomento de la Lectura, concedido por el Ministerio de Cultura. Igualmente ese mismo año se le entregó el Premio “Platero” de la Organización Española para el Libro Infantil.
          En un ámbito -el de la cultura- en el que la supervivencia de las publicaciones depende de un hilo, es digno de celebrar -sobre todo resaltando el empeño de Juan José Lage, una de las personas que mejor conoce en España la LIJ, colaborador en diferentes medios de comunicación y autor de algunos importantes libros sobre la literatura destinada a los más pequeños, como “Animar a leer desde la biblioteca” (CCS, 2010), “Diccionario histórico de autores de la LIJ contemporánea” (Mágina, 2010), “Antología de cuentos y algunos poemas” (Octaedro, 2011), “Bibliotecas escolares, lectura y educación” (Octaedro, 2013)- el camino que ha llevado la revista Platero hasta la publicación de este número 200, que con el título de “Ilustres ilustrados” incluye un sucinto repaso a “La historia de Platero”, una selección comentada de los que se consideran los mejores álbumes ilustrados del siglo XX y de lo que llevamos del XXI y -en las páginas centrales que habitualmente suelen ocupar las reseñas de los libros- una semblanza de los 15 “Maestros de lecturas” que ahora siguen con entusiasmo la encomiable labor de sacar cada dos meses una revista literaria.
          Como las orejas del burrito creado por Juan Ramón, en la actualidad también son gemelas las ediciones en papel -que sigue distribuyéndose gratuitamente entre los centros educativos de Asturias- y digital de la revista (http://blogdelarevistaplatero.blogspot.com.es/), donde aparte de ver el número del mes, se puede consultar una hemeroteca, leer citas de autores y textos seleccionados, y enlazar a otros blogs o páginas de interés.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 20 de junio de 2015)