Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

martes, 30 de junio de 2026

Andar por casa

 



            A las bibliotecas Bubisher se va con calzado de andar por casa. Nuestra mirada europea se sorprende al ver que las niñas que nos muestran orgullosas los dibujos que han hecho en la biblioteca, van calzadas con unas zapatillas que nosotros sólo usaríamos para andar por casa. Es por el calor, se dirá. Y también por lo agradable que es llevar un calzado tan cómodo. Alguien incluso dirá que, en la austera economía que impone la vida en los campamentos, estas niñas no tendrán mucho más que ponerse. Todo eso puede ser cierto. También que los pies al aire libre aligeran la pisada de quien no deja de soñar con caminar y correr y volar libre.

            Andar por casa es andar por la jaima y por la arena del desierto hasta llegar a la biblioteca que te acoge como si estuvieras en casa. No. No como si estuvieras en casa. Quitemos el condicional. Te acoge porque en verdad estás en tu casa. Las bibliotecas Bubisher son tu casa donde lees las historias de siempre jamás, escribes lo que sólo tú imaginas o inventas, dibujas y pintas con todos los colores del mundo, juegas con las mismas amigas y amigos con quienes nunca te cansas de jugar, y hablas y compartes y convives con toda la gente que también están en su casa. En esa casa donde todo el mundo acude con las zapatillas de andar por casa.

(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher de junio de 2026)

 

domingo, 31 de mayo de 2026

Sandías

 



            La imaginación es una forma de resistencia. El agua invisible del desierto se filtra silenciosa en los sueños de siempre jamás y riega los frutos que prosperan bajo el palpitar de las mentes fértiles. Después vienen las cartulinas y las formas y los colores, el alegre juego que transforma la realidad en misterio. Y de ahí todo lo demás: las manos infantiles por donde escurre el agua fresca que suelta la sandía, la sonrisa dulce que se pinta sobre la cara de quienes han mordido la carne roja de la fruta, el sabor que inunda la boca con el mismo gusto que dejan las sensaciones que nunca se pierden.

            Pero más allá de ese momento único en el que las niñas del Sáhara juegan a imaginar una realidad distinta, ese trozo de cartón convertido en sandía también se ha erigido ahora en un símbolo de reivindicación y denuncia. A unos cientos de kilómetros de los campamentos de refugiados de Tinduf, Palestina sigue luchando por su derecho a poder vivir en paz y en libertad en su propio territorio. Los colores de las banderas se confunden con los colores de la sandía. Rojo, verde, blanco y negro. Las banderas de Palestina y del Sáhara se hermanan en ese símbolo -redondo, fresco, sabroso- de resistencia.

(Publicado en el Boletín Sahara Bubisher de mayo de 2026)

 

viernes, 29 de mayo de 2026

Henrik Ibsen y el conflicto entre vocación y realidad

 

Teatro II (1892-1899)

Henrik Ibsen

 (Nórdica Libros, 2026)



            Después de haber publicado en 2019 un volumen con las ocho obras dramáticas que Henrik Ibsen escribió entre 1877 y 1890, la editorial Nórdica Libros nos presenta ahora las cuatro piezas que publicó durante su última década creativa (de 1892 a 1899), completando de esta manera la totalidad de la producción teatral del dramaturgo noruego. El mismo autor advirtió que en cierto modo estas obras conformaban una serie homogénea, de manera que, desde diferentes perspectivas, reflejarían una cuestión similar al tratar el conflicto entre el ideal de cumplir con la propia vocación y la terca realidad de la vida.

            Así, en Solness, el constructor (1892), el exitoso empresario de la construcción Halvard Solness teme ser desbancado de su oficio por una juventud que, para hundirle más en su desesperación, es personificada en la señorita Hilde Wangel, una suerte de Lolita que conoció cuando ella apenas era una niña y que de repente reaparece en su vida para exigirle el “reino” que le prometió en su día; en El pequeño Eyolf (1894), el padre decide abandonar la escritura de un libro al que lleva tiempo consagrado para dedicarse por entero a educar a su hijo discapacitado, el pequeño Eyolf por el que la madre experimenta un cierto rechazo al sentir que, con su sola existencia, obliga al padre a compartir un amor que a ella sola pertenece; en John Gabriel Borkman (1896), el director de un banco reconoce, después de haber sufrido una condena por estafa, que su verdadera desgracia fue haber amado demasiado el poder, lo cual le llevó a traicionar a su familia y, de paso, a sí mismo; en Cuando los muertos despertamos (1899), el escultor Arnold Rubek siente su vocación artística como un impulso vital que trasciende la propia existencia, esa realidad en la que se ve atrapado por las dos mujeres que ama.

Pero esta condición existencial de los personajes es la que posibilita -al igual que el resto de las obras dramáticas de Ibsen-, la variedad de lecturas que suscitan los textos, como la crítica social hacia los valores burgueses de su época, cuestión que, según el autor noruego, no estaba en su voluntad de escritor -más poética que política, apuntaba-, pero que, sin embargo, puede apreciarse en la reivindicación de la figura femenina en sus dramas, en el posicionamiento frente a los abusos del poder, en la hipocresía que suscriben ciertos convencionalismos, en la denuncia de los secretos y mentiras que a menudo socavan la convivencia familiar y social, en el compromiso, en fin, con los problemas sociales de su tiempo. Por otro lado, las cuatro obras de esta serie constituyen -según indica en la introducción Cristina Gómez-Baggethum, autora también de la impecable traducción-, un “período simbolista” en su producción, caracterizado por la aparición de elementos misteriosos -troles, fuerzas ocultas en las profundidades de la tierra, figuras un tanto fantasmagóricas, etc.- envueltos en un formalismo de tintes poéticos, así como la presencia de una cierta reflexión sobre el arte y los procesos creativos. 

            Con la publicación de las obras dramáticas de Ibsen -las ocho “realistas” del primer período y estas cuatro últimas consideradas “simbolistas”-, Nórdica Libros culmina el proyecto de traducción “Ibsen in Translation”, una colaboración con el Centro de Estudios Ibsenianos de la Universidad de Oslo destinada a poner a disposición de los lectores y agentes teatrales nuevas versiones de las obras del autor noruego.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés el 29 de mayo de 2026)

 

jueves, 30 de abril de 2026

Calle de sentido único

 





            El filósofo alemán Walter Benjamin (1892-1940) nunca vivió en una calle de sentido único, pero al final de su vida se encontró en un callejón sin salida. Los cuentos que le contaba su madre cuando era niño le enseñaron el poder de la narración para transitar libremente por las calles del mundo. Así supo que los libros son el objeto material que transmite, a través del lenguaje, el conocimiento -tan necesario como inabarcable- para guiarnos por este extenso mapa plagado de bifurcaciones sin fin.

            A uno le duele imaginar a Walter Benjamin -en un viaje inverso al que hizo Antonio Machado un año antes- frente a la ausencia de caminos con la que se encontró al llegar a Portbou en septiembre de 1940. Ante la ocupación de París por el ejército nazi, huyó de la capital francesa hacia el sur con intención de cruzar España para llegar a Lisboa y poder exiliarse en Estados Unidos. Atravesó la frontera a pie, a paso lento y descansando cada diez minutos porque padecía del corazón, con el brazo aferrado a una carpeta que guardaba un manuscrito “más importante que mi propia persona”, pero no el visado que le requirió el policía del puesto de mando. Así fue cómo esa calle de sentido único, sin posibilidad de bifurcación o retorno, se convirtió en el callejón sin salida que Walter Benjamin eligió para salir del mundo. Sus compañeros de viaje alquilaron el nicho 563 por cinco años, tras los cuales sus huesos fueron arrojados a una fosa común del cementerio.

La terrible imagen hacia el vacío del monumento de Portbou dedicado al filósofo alemán -una galería que se alza en un promontorio sobre el mar- conmueve al visitante que, desde su inauguración en 1994, se atreva a asomarse al vértigo del final del trayecto.  


“Calle de sentido único” (Periférica, 2021) es un libro de Walter Benajmin que no he leído. La nota de la editorial dice que “es un texto que inaugura una nueva forma de hacer literatura y de pensar la estética. Antes que una simple recopilación de clarividentes aforismos (sobre la realidad de una Alemania de Weimar que hoy resuena siniestramente familiar o acerca de una sutil psicología del amor), este libro es un mapa urbano ordenado según la lógica de los escaparates de una galería comercial. La voluntad de Benjamin era, en palabras de su amigo Theodor Adorno, «contemplar todos los objetos tan de cerca como le fuera posible, hasta que se volvieran ajenos y le entregaran su secreto». Y este secreto nos habla tanto de nuestra manera de relacionarnos con las cosas de la vida cotidiana como de los sueños que proyectamos sobre ellas: en los paisajes dibujados en los sellos y los billetes, en la fe del madrugador o en la experiencia de la infancia como la de un tiempo proyectado hacia el futuro.”

Publicado en el Boletín Sahara Bubisher de abril de 2026

 

martes, 31 de marzo de 2026

Cultura = Libertad

 



            Podemos decir que Cultura y Libertad son dos conceptos cuya interdependencia es tan evidente que no podemos imaginarnos la una sin la otra. Así, de la misma manera que la cultura sin libertad no puede ser más que una manifestación presa de las directrices o la censura de otros, la libertad sin cultura se antoja imposible en cuanto que el supuesto ser libre deja de serlo al eliminarse el referente esencial que lo vincula con lo humano. Tal vez la prueba más evidente de que esto es así sea la aterradora soflama -atribuida, aunque parece que no era original suya, al propagandista nazi Joseph Goebbels- de “Cuando oigo la palabra cultura, saco la pistola”. Postulado que, de una u otra manera, asumen todas las dictaduras, las cuales, al tener su razón de ser en la falta de libertad con que someten al pueblo, ponen precisamente especial empeño en el acoso a la cultura. De ahí que los consabidos vetos a determinadas manifestaciones artísticas, las quemas de libros en la plaza pública o la persecución de agentes culturales se conviertan, entre otros hechos siniestros, en medios necesarios para sostener la tiranía.

            Por ello, en los campamentos de refugiados del Sáhara el acceso a la cultura es una herramienta esencial para la conquista de la propia libertad. Cada vez que una niña, un niño, una mujer o un hombre se acerca a una biblioteca Bubisher o a uno de los bibliobuses que circulan por las arenas del desierto, está ejerciendo su derecho como ser humano al conocimiento y el placer que proporcionan los libros, al desarrollo de su identidad desplegando sus inquietudes y capacidades literarias o artísticas, a sentirse partícipe del legado que a lo largo del tiempo ha ido conformando su comunidad y que, justamente a través de la cultura, ansía seguir construyendo para lograr ser de una vez por todas un pueblo libre.

Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher de marzo de 2026

miércoles, 25 de marzo de 2026

Novela de una antinovela

 

La paraeta

Alfredo Hernández García

Luna de Abajo, 2025


Después de la trilogía El relato total –compuesta por las novelas El fósil vivo, la venganza del objeto y Residencia de quemados-, en la que Alfredo Hernández García (Valencia, 1959) llevó a cabo un radical cuestionamiento de una literatura acomodada, y de Tomoko, una suerte de “novela circular”, nos presenta ahora La paraeta (Editorial Luna de Abajo), obra con la que parece iniciar una serie de Antinovelas. El autor continúa de esta manera su vocación por romper los anquilosados moldes de la novela más convencional, declarado anhelo de tantos escritores que suelen sucumbir ante los primeros escollos del empeño.

La novela -o “antinovela”, si aceptamos la denominación del autor- comienza con una “Presentación” en la que el editor comenta cómo recibieron un manuscrito muy mal redactado, “grosero, lleno de vulgaridad”. De ahí que, después de ciertas dudas, decida publicar un texto en el que la “ausencia de destreza con el lenguaje es total”. A esta consabida argucia del “manuscrito encontrado” -o recibido, tanto da- se une una nota del narrador -autodenominado “cronista”- en la que explica que va a escribir la historia de Severo -bautizado como Titán- quien, a su vez, ha escrito una novela titulada Hacia una mayor convivencia. En estas dos entradas previas a la historia se halla la advertencia de lo que en el plano formal se va a encontrar el lector, pues la “mediocridad del narrador” es la constatación de que “no hace falta ser escritor para contar cosas”, afirmación que, más que pretender poner la venda antes de que sangre la herida por las posibles malas críticas a la novela, avanza la mirada irónica desde la que se contará la historia.

            Así, en el texto se asomará de vez en cuando una especie de narrador intruso que asume su propio deber ante lo narrado (“¡Qué vergüenza me da contar lo que viene ahora…!”), un recurso metaficcional que nos mantiene al tanto del acostumbrado artificio de la trama. Incluso en los propios títulos de los capítulos -organizados en una original estructura formada por cuatro partes divididas en “historietas”, subdivididas a su vez en “redacciones”- aparece el narrador para explicitar lo que pretende contar en cada episodio (“Me propongo practicar un estilo vivo de frase corta”). A estos aspectos formales hay que añadir la presencia de divertidos neologismos (fuengirolo, jalea intacta es…), expresiones erróneas (podería…) y hallazgos lingüísticos (“ateo monoteísta”) propios de la obra de Alfredo Hernández García.

            La Paraeta (“nombre utilizado en Valencia para designar a los kioscos de barrio donde se vende prensa, coleccionables y golosinas preferentemente”, según una nota a pie de página) nos cuenta una historia que tal vez es lo que menos importa en una pretendida “antinovela”, si bien las vicisitudes de la saga familiar encabezada por Severo cuentan con suficientes ingredientes para resultar en sí misma atractiva. La esperanza del padre para que su hijo favorito siga los estudios y el sueño de escribir una novela que logre que desaparezca “la maldad de este mundo de mierda”, se enredan con las vidas de una humilde familia que, en las disparatadas andanzas de su dilatada estirpe, protagoniza “no una obra con pretensiones de belleza, sino simple verdad emocionante”.

Marcelo Matas de Álvaro

 

domingo, 1 de marzo de 2026

Una telaraña de presencias y olvidos

 

El adiós de los perros

Inés González

Velasco Ediciones, 2025



            El tiempo en el que transcurre esta magnífica novela es el de la reciente pandemia, episodio que aquí no se nos presenta como excusa para reflejar las anómalas experiencias sufridas en esa peculiar circunstancia -demasiado trilladas en tantas narraciones que merecen el olvido-, sino que se nos muestra como el ambiente propicio donde se mueven unos personajes perdidos en el enfermizo laberinto de la conciencia y la memoria. El espacio de la narración es uno de esos pueblos anegados bajo las aguas de un pantano, unas cuantas casas en ruinas que se salvaron de la inundación y que ahora serán el lugar rodeado de misterio -a veces angustioso- al que va a ir a parar un grupo de ancianos. La protagonista es una mujer que, como regente de una ONG, ha reclutado a esos quince hombres y mujeres para acogerlos en los meses del confinamiento.

            A partir de ahí, vamos asistiendo a cómo el pasado de cada personaje se va enredando en una telaraña de presencias y olvidos, de acontecimientos que aparecen y desaparecen, se imaginan o se inventan en una convivencia ahogada en el perdido pueblo que habitan. Un lugar donde los viejos permanecen aislados para salvarse del contagio que también asfixia a una sociedad sumergida en las turbias aguas del progreso. A esta acumulación de símbolos -tiempo, espacio y conciencias anegados- se une la propia condición misteriosa de Lucía, la mujer que se ha hecho cargo del grupo con el loable propósito de socorrer a personas tan vulnerables, pero que encierra motivos ocultos que el lector irá descubriendo a medida que la novela avance, razones alimentadas en un pasado que va apareciendo con las mismas señales de inquietud que nos sobrecogen al asomarnos a las oscuras aguas del pantano y a la borrosa mente de los ancianos.

            El adiós de los perros (Velasco Ediciones, 2025) nos habla de las huellas indelebles que permanecen en la memoria -perros que ladran y nos amedrantan y vuelven-, una sombra que viene de una infancia carente de afectos y rodeada de episodios desgraciados que necesitan ser resarcidos por medio de la venganza, sin caer tal vez en la cuenta de que en sí misma no es más que un “deseo de permanecer con quien cambió nuestra vida para siempre, con ese que nos configuró irremediablemente”. Por eso al final -con ese punto de incertidumbre con el que se cierran los buenos relatos- parece que la venganza se vuelve contra quien la practica, pues “Ni en la muerte ni en la vida la paz existe. Es solo una alucinación que nos distrae de la verdad”.

            Inés González (Venezuela, 1965) escribe con una prosa elegante y precisa, llena de imágenes que se acomodan bien a una narración cargada de sugerencias que se quiebran, una novela en la que alguno de sus breves capítulos -incluso más de un párrafo- se puede leer como un cuento completo.


Publicado en el nº 325 de la revista Qué leer (marzo de 2026)

sábado, 28 de febrero de 2026

Leche

 



            Las letras bailan por el aire cuando salen de nuestras bocas. Por separado flotan como un soplo que a veces quiere decir algo: sorpresa, auxilio, dolor, miedo o risa. Así, la fuerza y el tono del sonido se transforma en voz para expresar más de lo que por sí sola quiera decir la letra que flota. Pero cuando se juntan se convierten en palabras que significan cosas. Los sonidos se articulan de manera que, al juntarse, dicen al aire lo que hemos querido decir al soltarlo por la boca. A veces, incluso dicen más -o menos- de lo que nos propusimos decir. Y quien escucha los sonidos articulados que forman las palabras a veces también entienden más o menos de lo que quisimos decir. Es la magia del habla.

            La misma magia de la lectura que esta niña va descubriendo en las bibliotecas Bubisher. Por el encerado bailan desordenadas las letras. Cada una está esperando que la niña elija la que corresponde para formar la palabra que desea escribir. Como la palabra LECHE, que encierra la sorpresa de tener cinco letras para cuatro sonidos. Dos grafemas representan un fonema, dirían las maestras. Pura magia. Pero lo verdaderamente mágico es que al leer la palabra LECHE se te llena la boca de leche, de ese primer alimento cálido y dulce que, aunque se te haya olvidado, siempre recuerdas; de ese líquido blanco que, como un milagro, todos los días nos dan las cabras del Sáhara.

(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher de febrero de 2025)

 

sábado, 31 de enero de 2026

Jugar es una cosa muy seria

 



            Jugar es una cosa muy seria. Uno juega para divertirse, claro, para pasarlo bien, y eso es una cosa muy seria. Quizá la más seria de todas las cosas serias. Porque cuando juegas siempre lo haces con alguien, con un amigo, una amiga o varios. Y no hay cosa más seria que tener amigos y amigas, que compartir con ellos y ellas los buenos momentos que pasamos jugando. Además, siempre aprendemos cuando jugamos. Y eso es también una cosa muy seria. Aprender jugando. Es un engaño eso de los juegos didácticos, un invento para tranquilizar las conciencias de los padres que creen que los niños pierden el tiempo cuando están jugando. Todo juego es didáctico o no lo es. Nos enseñan a relacionarnos, a compartir y a competir, a ganar y perder, a divertirnos cuando nos gusta mucho y a aburrirnos cuando nos resignamos a jugar sin ganas. En fin, nos enseñan a convivir, esa cosa tan seria. A veces incluso aprendemos todas esas cosas que las maestras se empeñan en enseñarnos en la escuela: las formas, los colores, los números, las letras, los días de la semana, las partes del cuerpo humano o el ciclo del agua. También el mapa del mundo, donde, de la forma más seria posible, jugamos a situar de nuevo al pueblo del Sáhara en el lugar que, por derecho, le corresponde.

(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher en enero de 2026)

viernes, 30 de enero de 2026

VIII Premio por la Paz "Carmen Ruiz-Tilve"

 





            El Colegio Público “Carmen Ruiz-Tilve”, situado en el populoso barrio de la Corredoria de Oviedo, convoca cada año el Premio por la Paz y lo entrega el día en que -como recuerdo del asesinato de Gandhi- se celebra y se reivindica la paz en todo el mundo. Este año Bubisher -nuestro Bubi- ha sido seleccionado como una de las candidaturas en la Categoría Instituciones. Por eso allí acudimos la lluviosa tarde del viernes 30 de enero, sabiendo que no se nos había concedido el premio, pero con la ilusión y el agradecimiento por ser partícipes de esta maravillosa iniciativa que ya cumple ocho ediciones.

            Se trató de un acto -presidido por la propia Carmen Ruiz-Tilve, escritora y cronista oficial de Oviedo- que consiguió aunar la solemnidad que requiere la ceremonia de entrega de un premio con la emoción que supone asistir a un intercambio de experiencias encaminadas a conseguir un mundo mejor. Así, pudimos conocer -en la Categoría Personas- a la cantante Marisa Valle Roso (“Una de las voces más singulares y comprometidas del panorama musical actual”, según consta en la reseña de la candidatura), a Jaldía Abubakra (“Cofundadora del movimiento feminista anticolonial Alkarama (dignidad)”), a Santiago Jiménez Treviño (“Pediatra del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) que anima a sus niños enfermos con sus visitas disfrazado de Spiderman”), a Mª Teresa Pérez Fernández (“Mujer de José Luis Capitán (Capi), referente de la lucha contra la ELA”), a Mercedes González Menéndez (“Mujer con amplia trayectoria en el tejido asociativo asturiano, fallecida el pasado mes de octubre”) y a Wenceslao Fernández Iglesias (“Voluntario en la Unidad Canina de Rescate del Principado de Asturias”), que, acompañado de su perra Anja, fue quien recibió el Premio de la Paz en esta categoría. En Instituciones, se seleccionaron como candidatas ASICAS (“Asociación Ictus Asturias y otras lesiones cerebrales adquiridas”), Asociación Bubisher (“Red de bibliotecas y bibliobuses que llevan libros y cultura a los campamentos de refugiados saharauis en el desierto”), Club Deportivo Básico CEACTIVO (“Club de atletismo que pretende visibilizar la condición del Espectro Autista mediante la práctica deportiva”), El Ángel de Javi (“Comunidad que se une para apoyar a Javi, niño afectado por la enfermedad ultra rara NEDAMSS”), Abrazos Verdes Asturias (“Trabajan activamente en la prevención del suicidio”), Asturies Feminista 8M (“Por su impacto social y capacidad de tejer redes feministas en Asturias”), Aulas Hospitalarias HUCA (“Unidad educativa que garantiza la continuidad de la educación del alumnado hospitalizado en el HUCA”), Uniovi por Palestina (“Plataforma que ha contribuido a visibilizar el genocidio en Gaza”) y el Plan Director del Cuerpo Nacional de Policía de Oviedo (“Trabajan para la convivencia y mejora de la seguridad en los centros educativos y sus entornos”), que recibió el galardón en eta categoría. 

            Por haber sido seleccionados, todos los candidatos recibimos nuestro Premio de la Paz, materializado en un diploma y un trofeo con el logotipo del colegio, pero la mayor recompensa fue la participación en este “encuentro por la paz”, donde tuvimos la feliz oportunidad de compartir con personas e instituciones muy diversas la idea de que pequeñas -o grandes, según se mire- iniciativas son necesarias para contribuir a mejorar el mundo desde la paz, la justicia y la solidaridad.

            Al final del acto, se nos presentó Isabel, la maestra que ha trabajado con su alumnado de 1º de Educación Primaria la candidatura de Bubisher. Nos enseñó el mural con sus trabajos y nos dijo que los niños y las niñas se mostraron muy entusiasmados por nuestra labor de construir bibliotecas y llevar bibliobuses a los campamentos de refugiados del Sáhara. Ese es nuestro Premio. Muchas gracias a toda la comunidad educativa del Colegio Público “Carmen Ruiz-Tilve”.

Premiados



 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

El mar dijo ¡basta!

 



            Cuando decimos NO, afirmamos más que negamos. Contra lo que ocurre en el mundo o lo que alguien nos propone o las leyes injustas que a diario nos vemos obligados a cumplir, nos afirmamos cuando decimos NO. Nos afirmamos a nosotros mismos y, de paso, proclamamos, ante el mundo, la persona o la sociedad en cuestión, nuestro derecho a negarnos, a no aceptar aquello que no nos gusta.

            Cuando un niño pequeño dice NO por primera vez, empieza a crecer como persona, a deshacerse del pasajero cordón umbilical para iniciar su andadura en la sociedad a la que pertenece. Aunque parezca paradójico, con el NO se desvincula de lo que propone o manda el otro para vincularse a un entorno social constituido, precisamente, por la negación, la crítica y el disenso.

Decir BASTA es una forma de decir NO. Pero expresiones como “Ya está bien, hasta aquí hemos llegado, así no podemos seguir”, etc., declaran, además de la negación, el hartazgo ante una situación que consideramos insostenible. Nosotros decimos BASTA a muchas cosas, por ejemplo, al reiterado incumplimiento del derecho de los pueblos a decidir su futuro en paz y en libertad. Y también la naturaleza dice BASTA porque está harta de cómo la tratamos los humanos, estúpidos al no querernos enterar de que el daño que le causamos nos lo estamos haciendo a nosotros mismos. Esta niña saharaui ha leído en las bibliotecas Bubisher el cuento de Agustín Comotto en el que el mar dice basta. Junto a la maqueta que le ha inspirado la lectura del cuento, ella utiliza toda la fuerza de su sonrisa para decirnos que está harta de decir BASTA.

(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher en diciembre de 2025)

martes, 23 de diciembre de 2025

Cuento de Navidad 2025

 

        El mendigo de mi barrio no quiere ir a dormir al albergue municipal. A pesar del frío, prefiere pasar la noche cobijado en la entrada de la librería que cerró este año. Dice que en el albergue no pega ojo porque la gente ronca y sueña en alto. Además, allí hay un horario que todos deben cumplir, mientras en la calle sólo se guía por la propia voluntad de hacer lo que se le antoja en cada instante. Me cuenta esto todos los días en los que, al pararme con él para darle una moneda, me pongo pesado con que se vaya a pasar la noche al albergue. Hoy, sin embargo, me dice que no va a dormir solo y me pregunta si tengo por ahí una manta vieja. Es para uno de esos negros que han echado -con la miserable satisfacción de los políticos- del edificio donde vivían desde hace años. Le ha invitado a dormir con él en la entrada de la librería, justo en ese hueco donde sueña todas las noches en voz alta. Hoy el hombre negro que se acuesta a su lado bajo la manta vieja, no pega ojo porque el mendigo de mi barrio no para de desearle en sueños FELICES FIESTAS Y PRÓSPERO AÑO 2026.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Sonrisa de colores

 



            No sabemos cómo se juega en ese juego de colores. Quizá consiste en ir llenando cada pajita con el aro de cartulina que, según el color, le corresponde. El naranja con el naranja, el rojo con el rojo, el verde con el verde, el azul con el azul y el negro con el negro. También puede ser que con la pajita de plástico se juegue a pescar los aros de cartulina, como se pescan en el río o en el mar los peces de colores. Incluso podemos imaginar que se trata de ir construyendo velas cada vez más altas para iluminar con colores el oscuro cielo de la noche.

            Lo que sí sabemos es que los aros, los peces o las velas imaginadas alumbran la sonrisa de la niña que juega. Surge ese momento único en el que de pronto aparece la maravilla de un mundo lleno de colores. Es un instante pasajero, fugaz, pero que se vuelve infinito en la alegría de la niña concentrada en ese presente de siempre jamás. Una alegría contagiosa, como puede apreciarse en su misma camiseta que, milagrosamente, también ha empezado a sonreír. Y en nuestra propia cara -en la tuya y en la mía-, que no puede dejar de mirarla, absorta, iluminada con una sonrisa de colores.

(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher en noviembre de 2025)

domingo, 2 de noviembre de 2025

Las vicisitudes de la vida


Una tierra tan lejana

Armando Murias Ibias

Velasco Ediciones, 2025



            Una tarde de tormenta, un viejo afilador medio ciego y cojitranco, acompañado de un perro, aparece de pronto en un poblado minero. A su alrededor se junta un grupo de vecinos para escuchar las historias que cuenta el viejo. Entre ellos se encuentra Basilio, quien, “firme seguidor del empirismo”, acude con la intención de mofarse del cuentacuentos. Sin embargo, al día siguiente es el propio Basilio el que parece encontrar sentido a las historias que en la víspera tanto empeño había puesto en desdeñar. Estos dos días enmarcan el contenido de la novela Una tierra tan lejana (Velasco Ediciones, 2025), pues entre el primero -contado al inicio- y el segundo -relatado en el capítulo final- se van desarrollando en paralelo dos historias que, en consonancia con el marco propuesto por el autor, bien pudieran haber sido inventadas y contadas por el propio afilador aparecido en el pueblo. 

            En capítulos alternos (titulados impar y par) se cuentan dos historias que comienzan a ocurrir en lugares muy alejados entre sí. Una transcurre en el poblado minero de La Camocha y relata la historia de Argentina -apodada La Generala- y su descendencia, dos hijos y una hija productos de tres relaciones distintas. Cada personaje presenta una peculiar historia, unas vidas condicionadas por ciertos atavismos y por diferentes reveses que conducirán al desamparo y la tragedia. La otra historia empieza en Nador, donde el joven Rachid -después de morir su madre- embarca hacia Almería, primer destino de un periplo lleno de incidentes que va sorteando gracias a su habilidad con la navaja. Es precisamente su manejo lo que -casi a modo del significado que tiene el objeto mágico en los cuentos clásicos- se puede entender como el hilo conductor de la novela, pues su presencia -su certero empleo en oportunos momentos de la trama- es el elemento que salva al protagonista y lo hace avanzar.

Con Una tierra tan lejana, Armando Murias Ibias (Caboalles, León, 1955) nos presenta el mundo de la minería que, como lacianego afincado en Asturias y estudioso del léxico minero, conoce bien: la fundación del poblado de La Camocha, los inicios del sindicalismo, hasta llegar al declive y a la vida agónica de los últimos mineros del carbón. Pero, en paralelo, también nos relata el oscuro mundo del contrabando y de los negocios turbios, las venganzas y las traiciones de unos personajes que se mueven entre el miedo, la culpa, la sumisión y la forzosa necesidad de sobrevivir.

Los capítulos “impares” en tercera persona y los “pares” en primera, así como un episodio en forma de teatro -género en el que Armando Murias Ibias ha desarrollado buena parte de su labor literaria- y el penúltimo donde confluyen las dos historias, nos muestran un autor dotado de unos recursos en los que también destaca la agilidad de la narración, una prosa precisa que nos trae ecos de las historias que se contaban por los caminos y los pueblos de antaño. Cuentos -reales o inventados, tanto da- que nos siguen hablando de cómo, desde el esencial desamparo del ser humano, cada uno, a su manera, va afrontando las vicisitudes que presenta la vida.

  

(Reseña publicada en el suplemento Culturas de El Comercio La Voz de Avilés. 31 de octubre de 2025)

viernes, 31 de octubre de 2025

Ponerse de puntillas

 




            Ponerse de puntillas para tratar de alcanzar lo que está lejos. He ahí uno de los aprendizajes de la vida. No sé si el más importante, pero sí uno de los que más importan, porque ir más allá de lo cercano -de lo que estamos acostumbrados a oír todos los días, de lo que vemos continuamente desde el alba hasta el anochecer, de lo que siempre huelen nuestras narices tan pegadas a nosotros mismos, de lo que habitualmente nuestra lengua saborea y gusta, de lo que nuestras manos (el cuerpo entero) tocan con el resignado gesto de atenerse a lo reconocido-, es buscar fuera del estrecho cerco que nos rodea la incertidumbre, la sorpresa, todo lo extraño que también nos conforma.

            Tratar de ir más allá de lo que alcanzamos con la punta de los dedos, es lo que nos hace crecer. Así, los primeros pasos que damos fuera de la necesaria protección de la familia, hacen que nos encontremos con los amigos de siempre jamás; las palabras que salen por nuestra boca cuentan lo que no vemos ni está presente; el grito de rabia, de alegría, de dolor o de auxilio se agarra a la cola del viento que nos acaba de rozar la cara; la mano que estiramos para alcanzar el libro que está en el estante de arriba busca, en lo casi inaccesible, aquella historia que alguien imaginó para nosotros, el cuento que nos ayudará a seguir creciendo como mujeres y hombres.

            Y lo mismo ocurre con la sociedad y los pueblos. Si nos acomodamos en la contemplación de la única y continua visión de lo que acontece dentro de nuestras fronteras, y no nos atrevemos a ponernos de puntillas para alcanzar con nuestra mirada la mirada del otro, nunca podremos crecer, ni como sociedad ni como pueblo ni como nosotros mismos.

(Publicado en el Boletín Sahara Bubisher en octubre de 2025)

martes, 30 de septiembre de 2025

De la formalidad a la utopía

 


 

Asamblea 2025

            Como en los últimos años, nos reunimos en el albergue Puerta del Campo de la Granja de San Ildefonso (Segovia) para celebrar nuestra asamblea anual. El sol y las nubes se alternan al compás de un viento tibio, un soplo otoñal al que cada vez le cuesta menos hacer volar hacia el suelo las hojas de los árboles. La alegría por el reencuentro se muestra con esos abrazos, besos y sonrisas que, más allá del protocolario saludo, expresan la sincera manifestación de la complicidad que nos une. En ese primer contacto también hay tiempo para mencionar experiencias pasadas y recordar a los compañeros que, por las razones que sean, este año no han podido acudir. Celebramos la variedad de nuestros lugares de procedencia, desde los cuatro puntos cardinales de España e incluso de Portugal.

            La formalidad exige que la asamblea transcurra por los cauces normales apuntados en el orden del día -Bienvenida y presentación, Lectura y aprobación del acta anterior, etc.-, el necesario trámite para dar cuenta de lo realizado en los campamentos durante el último año, presentar el presupuesto para el próximo ejercicio y renovar los cargos de la Junta Directiva. De todo ello y de los acuerdos tomados casi siempre por unanimidad el secretario levantará la correspondiente acta a la que tendrán acceso los socios. La información de los miembros de la Junta, las demandas de aclaraciones, las preguntas, las puntualizaciones, las tomas de palabra, las intervenciones espontáneas, en fin, los vaivenes propios del debate hacen que se interrumpa la sesión para seguir por la tarde.

Y es entonces, en el último punto del orden del día, cuando aparece, como una luz vespertina, la utopía. Antes, uno de los asistentes ruega que desaparezca la palabra “ruego” del apartado “Ruegos y preguntas”, aparente paradoja -o “parajoda”- que, sin embargo, se justifica porque en esta asociación no hay ruegos que valgan, sino sugerencias, propuestas, observaciones, apostillas…, sinónimos que proponen, pero no imploran. La asamblea, por unanimidad, acuerda rogar a la Junta Directiva que elimine el “ruego” del apartado “Ruegos y preguntas”. Este fue el primer paso para la utopía, pero el siguiente vino cuando, enredados en un acalorado debate sobre la esencia del Bubisher -Asociación, ONG, ONGD, Utilidad pública, Ayuda al desarrollo, subvenciones, independencia…- y la renovación del nombre -Bibliotecas por/en el Sáhara-, tomó la palabra Nuno -un amigo portugués que trabaja como “Bibliotecario ambulante” por la zona de ProenÇa Nova- para decirnos simple y llanamente que él tiene el mejor trabajo del mundo, que una biblioteca es el último refugio para la utopía, un lugar que no es sólo el propicio para leer, estudiar y sacar libros, sino sobre todo un espacio para la convivencia y el entendimiento, para el encuentro que haga posible la conciliación entre la razón y el corazón. Y también dijo -con el énfasis con el que se afirman los más profundos convencimientos- que el Bubisher era la propuesta extrema de esa utopía, porque en todos estos años se ha empeñado en sembrar con bibliotecas precisamente allí donde no hay nada, llevando, más allá de la cultura y la educación que representan los libros, ese espacio único donde el sueño de una humanidad mejor es posible.

Y más cosas dijo que se quedaron flotando en el silencio de una asamblea que, emocionada hasta las lágrimas, se dio por concluida para que nos diera tiempo a ver el documental que está haciendo Gustavo sobre las Vacaciones en Paz y la vida en los campamentos. En los “retazos” que nos puso, pudimos apreciar su capacidad técnica y artística, la cualidad plástica de las imágenes, la fuerza expresiva de los niños y niñas del Sáhara. Después Nuno -luciendo una camiseta roja que en inglés decía “Yo soy un bibliotecario ambulante. ¿Cuál es tu superpoder?”- quiso ponernos unas fotos de su trabajo, pero al percatarse de que se había confundido de pendrive, utilizó su palabra –“que nunca falla, que siempre traigo conmigo”- para contarnos su labor por los pueblos que visita con su bibliobús y, de paso, volvernos a emocionar con historias y anécdotas que, en verdad, logran que sea posible la utopía.

Después de la cena, dos compañeros cantan a capela un poema de Fernando y, ya en una de las cabañas que se asemejan a las jaimas del desierto, volvemos a reunirnos para de una vez por todas “arreglar el mundo”. A la mañana siguiente, llueve débilmente. Llueve sobre los tejados del albergue, sobre los árboles y la tierra seca, sobre todos nosotros que nos despedimos con los abrazos y besos sentidos hasta el próximo reencuentro. Llueve sobre las palabras que seguirán sembrando la utopía de hacer brotar bibliotecas y bibliobuses en/por los campamentos del Sáhara.

(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher en septiembre de 2025)

Nunca está sola

 



            

          Después de haber jugado un buen rato con sus amigos, de haber perseguido con ellos a la Vanesa de los Cardos, la mariposa multicolor que revolotea entre las pocas flores del campamento, y de haber corrido y saltado y bailado todos juntos con los pies descalzos por la arena infinita del desierto, Malala ha cogido un libro de la biblioteca Bubisher y se ha sentado a leer en un rincón.

Se ha ido ella sola a leer para no estar sola. Malala sabe que cuando, después de jugar, todos sus amigos se marchan a sus casas, ella nunca se queda sola porque se sienta a leer para no estar sola. Abre el libro y a veces se concentra en mirar las ilustraciones y se imagina lo que puede decir el texto que aún no ha leído. Otras veces tapa las imágenes con su mano y lee las palabras que le traen a la mente la forma de un paisaje, los cambiantes colores del día y de la noche o el gesto de un personaje cuando ríe o llora. Le divierte menos leer y mirar las imágenes a la vez. No sabe por qué. Pero sí sabe que cuando lee sola en un rincón de la biblioteca Bubisher nunca está sola.

(Publicado en el Boletín Sahara Bubisher en septiembre de 2025)

domingo, 31 de agosto de 2025

Adiós a la biblioteca

 


 

               Cuando me echaron de mi casa y de mi tierra, no me quedó más remedio que deshacerme de mi biblioteca. Muy modesta, eso sí, apenas medio centenar de libros, pero aun así demasiado voluminosa para poderla llevar conmigo a un lugar desconocido. A este campamento de Tinduf donde, después de casi cincuenta años, todavía vivo con el dolor del exilio y la esperanza -nunca perdida- del regreso. Recuerdo que tuve que vender los libros al peso, sin tener en cuenta la importancia del autor o de la misma obra. Mucho menos la presunta satisfacción que me había ocasionado su lectura. Así, me vi obligado a vender libros a los que tenía mucho aprecio, pero que no eran muy voluminosos, por menos cantidad que algunos de más peso que no me habían dejado ninguna huella. Algunos llamados de bolsillo, muy manoseados por el gusto de leerlos una y otra vez, casi los tuve que regalar. Otros de tamaño enciclopédico, bien encuadernados en tapa dura, me reportaron un dinero -no muy cuantioso, bien es cierto-, pero desproporcionado con el escaso cariño que los tenía. Una cosa compensaba la otra, aunque malamente se puede subsanar tanta pérdida.

               Sólo hubo un libro que me resistí a vender. Lo amontoné con los demás para su liquidación a precio de saldo, pero le introduje entre sus páginas una lámina de plomo para que pesara más en la balanza con la que ponía el precio a los libros. De esta manera, los “clientes” que se acercaban a mi casa siempre preferían otro ejemplar que pesara menos, incluso algunos de los que yo tenía por “enciclopédicos”. Como había previsto, aquel libro nunca lo vendí, de forma que me ha acompañado durante todos estos largos años de exilio.

               Ahora pienso que, si un día nos viéramos obligados a vender al peso todos los libros de las bibliotecas Bubisher, cada uno de nosotros tendríamos un libro preferido que de ninguna manera quisiéramos vender. ¿Cuál sería ese libro? ¿A qué libro introducirías tú una lámina de plomo entre sus páginas?

(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher en agosto de 2025)

jueves, 31 de julio de 2025

Los cuentos de las mil y una noches... más uno

 



            Saqué el libro de la biblioteca de Smara y fui leyendo, siguiendo el mismo ritmo nocturno en el que los contaba Shahrasad, todos los cuentos de las “Mil y una noches”. Sí, durante mucho tiempo he disfrutado de ese mágico libro en el que Shahrasad, para evitar ser ejecutada a la mañana siguiente por su esposo el sultán Shahrayar, tiene la astucia de contarle cada noche un cuento diferente. Atrapada por todas las historias que salen en el libro, pero más emocionada aún por la intriga de saber si Shahrasad conseguía salvar su vida una noche más, me he divertido, he pasado miedo, me he entristecido, me he enfadado, me he alegrado, en fin, todo lo que puede ocurrir cuando lees un libro extraordinario. Las historias de Aladino y la lámpara maravillosa, Alí Babá y los cuarenta ladrones, Los siete viajes de Simbad el Marino y tantas otras me han tenido en vilo noche tras noche, siempre con la inquietud de saber si al amanecer se cumplía la amenaza del sultán.

            Así llegué al final del libro, a la última noche en la que el sultán decide perdonar la vida de Shahrasad. Me he sentido muy feliz por ello, pero siento que me falta un cuento, el cuento que a todos nos falta después de leer todos los libros del mundo. Un relato que también esté lleno de magia, de aventuras y personajes inolvidables. Será la historia de mi vida, la que tendré que ir escribiendo a la vez que la vivo, la imagino y la invento.

(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher en julio de 2025)

lunes, 30 de junio de 2025

Momentos mágicos

 



            Toda imagen es un segundo congelado en el tiempo. Creemos saber lo que pasa en ese instante, vemos la luz y las sombras, los rostros y los gestos, los colores que dan vida a la vida de las niñas en un patio de las bibliotecas Bublisher. Asistimos -con la misma clandestinidad con la que ha tomado la imagen el ojo de la cámara- a ese momento en el que parece que una niña lee en voz alta y otras copian sobre una mesa redonda y blanca, aunque quizá no es así, y lo que pasa es que esa niña lee para ella misma y las otras escriben historias que inventan, o cualquier otra cosa que se nos ocurra. Sea como fuere, tanto da. Lo que importa es que están concentradas en hacer algo juntas, compartiendo ese feliz momento en el que leer y escribir forma parte de una actividad única.

            Lo que nunca sabremos es lo que ha pasado antes y lo que pasará después de esta foto que nos enseña un momento a la vez cotidiano y mágico. Pero podemos imaginarlo con las mismas palabras con las que esas niñas están aprendiendo a leer y escribir. Podemos contar lo que ocurrió antes como contamos una y otra vez el cuento de nunca acabar. Y debemos contar lo que sucederá después imaginando que la futura vida de estas niñas se va a convertir sin duda en una sucesión de momentos mágicos.

(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher en junio 2025)