La imaginación es una forma de
resistencia. El agua invisible del desierto se filtra silenciosa en los sueños
de siempre jamás y riega los frutos que prosperan bajo el palpitar de las
mentes fértiles. Después vienen las cartulinas y las formas y los colores, el
alegre juego que transforma la realidad en misterio. Y de ahí todo lo demás:
las manos infantiles por donde escurre el agua fresca que suelta la sandía, la
sonrisa dulce que se pinta sobre la cara de quienes han mordido la carne roja
de la fruta, el sabor que inunda la boca con el mismo gusto que dejan las
sensaciones que nunca se pierden.
Pero más allá de ese momento único
en el que las niñas del Sáhara juegan a imaginar una realidad distinta, ese
trozo de cartón convertido en sandía también se ha erigido ahora en un símbolo
de reivindicación y denuncia. A unos cientos de kilómetros de los campamentos
de refugiados de Tinduf, Palestina sigue luchando por su derecho a poder vivir
en paz y en libertad en su propio territorio. Los colores de las banderas se
confunden con los colores de la sandía. Rojo, verde, blanco y negro. Las
banderas de Palestina y del Sáhara se hermanan en ese símbolo -redondo, fresco,
sabroso- de resistencia.
(Publicado en el Boletín Sahara Bubisher de mayo de 2026)

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