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| Presentación de "El niño que se convirtió en coche" junto a David Fueyo LibrOviedo. 12 de mayo de 2016 |
jueves, 12 de mayo de 2016
Presentación en LibrOviedo
sábado, 23 de abril de 2016
Shakespeare para jóvenes
El misterio del cisne (El joven Shakespeare)
Vicente Muñoz Puelles
Anaya, 2016
A pesar de que todo el mundo sabe
que en realidad Cervantes y Shakespeare no murieron el mismo día
-aunque sí en el mismo año-, se sigue celebrando el 23 de abril
como la fecha en la que de forma insólita tuvieron la coincidencia
de morir los dos mayores genios de la literatura universal. Por ese
motivo -al igual que en su día ya hicimos un somero repaso de los
Quijotes adaptados al público infantil y juvenil-, traemos aquí en
esta fecha tan señalada a Shakespeare, cuya obra hoy todo el mundo
se apresurará a celebrar.
Tal vez por tratarse de textos
teatrales no proliferan las adaptaciones que suelen hacer las
editoriales con la intención de hacer accesibles las grandes obras a
los jóvenes lectores. Seguramente para cubrir esta necesidad es por
lo que la editorial Anaya ha decidido incluir en su catálogo algunos
títulos para que los adolescentes -y los adultos recelosos- pierdan
el miedo a enfrentarse a las comedias y tragedias de Shakespeare.
Así, las versiones en prosa de “Hamlet” y “Romeo y Julieta”,
ambas a cargo de Lourdes Íñiquez Barrena, y el clásico “Cuentos
basados en el teatro de Shakespeare”, que los hermanos Charles y
Mary Lamb publicaron en 1807 ya con el objetivo de acercar al público
juvenil las obras del dramaturgo inglés, contribuyen a despertar el
interés por leer los textos originales -”La tempestad”, “El
mercader de Venecia”, “Macbeth”, etc.- del inmortal escritor.
Con el mismo propósito, la agitada vida de William Shakespeare ha
sido recreada para los jóvenes por Vicente Muñoz Puelles en “El
misterio del cisne”. Partiendo de la consabida argucia cervantina
del manuscrito encontrado, el autor de esta biografía novelada
cuenta cómo Marcel Briand, jefe del servicio de actividades
culturales de Calais y apasionado bibliotecario, descubre entre las
guardas de un raro ejemplar del “Primer Folio” -denominación con
la que se conoce a la primera edición de las obras del escritor-,
hallado por casualidad en las estanterías, una especie de
autobiografía que Shakespeare habría escrito al final de sus días,
en ese momento en el que, como plasmó en un verso de “Otelo”,
quiso “imitar al cisne y morir cantando”. El sorprendido e
ilusionado bibliotecario decide transcribir el manuscrito y enviarlo
a una editorial para publicarlo como si fuese una novela. Así, el
lector podrá presenciar -llevado de la mano del propio protagonista-
las peripecias por las que Shakespeare pasó en su vida: su
nacimiento en Stratford-upon-Avon, el pueblecito donde su padre
ejercía como guantero, el deslumbramiento que le produjo la primera
vez que acudió a una representación teatral, su prematuro
casamiento con una mujer ocho años mayor que él, su pasión por el
teatro que le llevó a abandonar a su familia para entrar como
ayudante en una compañía de Londres, sus iniciales pinitos como
actor y la escritura de sus primeros poemas y obras teatrales, su
progresivo éxito como dramaturgo y copropietario del teatro más
famoso de Londres. Al mismo tiempo, asistimos a la ajetreada vida de
los cómicos, a una historia de amor con una misteriosa dama, al
debate sobre la autoría de algunas obras, a los cambios que se van
produciendo en la vida cultural y social británica y a
acontecimientos históricos de la época, como el incendio del Teatro
del Globo en 1613.
Sería deseable que esta amena biografía novelada pudiera servir
-además de para disfrutar de su lectura- para
despertar el interés por leer los sonetos y las obras teatrales del
llamado “cisne de Avon”.
(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 23 de abril de 2016)
jueves, 14 de abril de 2016
Entrevista a Mónica Rodríguez
La
escritora ovetense Mónica Rodríguez cogió hace siete años una
excedencia en el Centro de Investigaciones Ciemat para dedicarse por
entero a escribir y, a tenor del éxito obtenido, parece que le va a
costar volver a trabajar como especialista en energía nuclear. A los
galardones que ya tiene acumulados, como el Premio de la Crítica de
Asturias en 2007, se unen este año el Premio Alandar de Edelvives
por su novela “La partitura” y el Premio Anaya de Literatura
Infantil y Juvenil por “Alma y la isla”, obra que presenta hoy en
Oviedo junto al escritor Gonzalo Moure y el Rector de la Universidad
de Oviedo Vicente Gotor.
viernes, 25 de marzo de 2016
En busca del árbol de pamarandá
El
fuego contador de historias
Carlos
López
Edelvives.
Zaragoza, 2016
Seguramente una de las razones por las que el lector -y no sólo el
infantil o juvenil- se siente fascinado por eso que llamamos
literatura, es la infinita capacidad que tienen las palabras para, al
unirse entre ellas por el necesario arbitrio del escritor, poder
crear cualquier realidad imaginable. Es lo que entendemos como
ficción, un artificio que hemos convenido aceptar bajo ciertas
reglas implícitas en la propia obra literaria que le da sentido.
Así, desde los cuentos fantásticos transmitidos de forma oral u
escrita hasta la literatura más surrealista o de ciencia-ficción,
pasando -claro está- por la considerada más realista, cualquier
narración literaria debe regirse por el principio de verosimilitud,
algo así como atenerse a una verdad que sólo tiene cabida en el
propio texto, dentro del cual cobra un significado a menudo diferente
para cada lector que a él se aproxime. En la literatura infantil y
juvenil esta circunstancia se hace aún más exigente que en la
destinada al público adulto, pues al estar los jóvenes lectores -en
general- más predispuestos a introducirse en territorios alejados de
la realidad, los innumerables relatos donde aparecen personajes o
sucesos “inverosímiles” (animales que hablan, princesas que
duermen cien años o niños que se convierten en coches) pueden caer
en la tentación de introducir todo aquello que al escritor se le
pase por la cabeza, aún a riesgo de que el cuento se deshilache,
como los tejidos sin apresto, en jirones de tramas sólo unidas por
el ingenioso título del cuento.
Este es el riesgo que esquiva con acierto “El fuego contador de
historias”, de Carlos López, pues a pesar de que el libro está
tan lleno de historias fantásticas que, abriéndolo al azar por
cualquier página, el lector puede encontrar algún fabuloso episodio
que se incluye dentro del argumento general del relato, éstos no
hacen sino enriquecer, sobre todo por la maravilla de sorprendernos
ante tal desborde imaginativo, este precioso cuento que seguramente
hará las delicias de los jóvenes lectores.
Siguiendo la estructura de las narraciones clásicas, asistimos al
nacimiento del protagonista en forma de “fuego contador de
historias”, una rama que se incendió al caer un rayo sobre el
árbol de pamarandá, extraña especie de la que sólo existe un
ejemplar en el mundo. A la mañana siguiente, un pastor que pasaba
por allí recogió la rama de pamarandá ardiendo y se la llevó para
que lo calentara en las frías noches de invierno, pero el fuego
además le ayudó a cocinar y, sobre todo, le entretuvo contándole
historias. A partir de entonces, el madero encendido emprende un
viaje donde se mezclan las fantásticas historias que cuenta él
mismo con las maravillas que va encontrando por ahí, como los
campesinos que recogían en grandes sacos la sombra que daba un
castaño, o el carretero que instalaba arcoiris y comerciaba con los
rayos del sol, o aquel río que tenía una sola orilla o este otro
que no soportaba el frío. Pero el conflicto aparece cuando el fuego
va consumiendo la rama y no le queda más remedio que ir en busca del
árbol de pamarandá para seguir alimentando la llama con su madera.
Es el destino que espera al protagonista al final del viaje,
escondido en el extraño y exuberante Jardín de la Oca.
Así, este cuento nos enseña una nueva realidad imaginable, aquella
que dice que las historias ya no se cuentan alrededor de una lumbre,
sino que es la propia lumbre la que cuenta las historias que debemos
estar atentos a escuchar.
(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 25 de marzo de 2016)
sábado, 27 de febrero de 2016
Los maravillosos años del vapor
Los
descazadores de especies perdidas
Diego
Arboleda – Raúl Sagospe
Anaya,
2015
Después de su celebrada obra “Prohibido leer a Lewis Carroll”
(Anaya, 2013, galardonada con el Premio Lazarillo), el escritor Diego
Arboleda y el ilustrador Raúl Sagospe vuelven a sorprendernos con
otra historia donde la originalidad del relato, las situaciones
inverosímiles y el desfile de personajes estrafalarios se ponen de
acuerdo para lograr el primer objetivo que debe perseguir cualquier
obra destinada a los jóvenes -y a los mayores- lectores: conseguir
que disfruten con su lectura, que lo que se cuenta y la forma de
contarlo atraigan de tal manera que el lector sienta la imperiosa
necesidad de seguir leyendo.
En “Los descazadores de especies perdidas” (Anaya, 2015) nos
encontramos en los “años del vapor”, un tiempo en el que
“existió un tipo de gente excepcional que nunca aparece en los
libros de historia”. Como Minerva Vapour -última descendiente de
una familia de genios-, que se sirve del aparato de inteligencia
artificial llamado “Mismo mecanismo” para enviar desde su torre
mensajes escritos en hojas de otoño a los “niños borrosos” que
juegan en el patio de la escuela. Como el señor Bisiesto -llamado
así por haber nacido un 29 de febrero-, que vive en un pequeño
pueblo del Pirineo conocido como Val de V porque allí de una manera
u otra todo está relacionado con la letra V: la forma del valle, el
vino que sale de las viñas que se cultivan en la vega y sobre todo
los nombres y apellidos de todos los vecinos, cuyas iniciales deben
ser una V, menos las del señor Bisiesto, quien, tal vez para
compensar esa carencia, en el día de su cumpleaños recibe un
paquete con una misteriosa válvula. Como Victoria Vapour -una
inventora con melena de rizos pelirrojos-, que se rebeló contra la
ley de la gravedad al inventar una máquina voladora que después de
sobrevolar en misión secreta sobre la Ciudad Prohibida de China, fue
a aterrizar al recóndito valle Val de V.
Como Iris Vapour -bisabuela de Minerva e inventora del brazo articulado “Mismo mecanismo”-, que presenta en la Exposición Universal de París de 1867 el artefacto conocido como Atenea, la lechuza autómata, con tanto éxito que logró llamar incluso la atención del mismísimo Napoleón III. Como William Aimer de Murk -heredero de una estirpe de nobles cazadores ingleses-, que entre estornudo y estornudo logró sacar una fotografía al zorro blanco de las ciénagas de Murk, el fantasma de una especie de zorros dada por desaparecida. Como Zazia -nieta de Zazel, la primera mujer bala de la historia-, que se lanzó al espacio para encontrarse en pleno vuelo con su amigo el dibujante Benvenuto Farini, también conocido como el Invisible Chico Tímido.
Como Iris Vapour -bisabuela de Minerva e inventora del brazo articulado “Mismo mecanismo”-, que presenta en la Exposición Universal de París de 1867 el artefacto conocido como Atenea, la lechuza autómata, con tanto éxito que logró llamar incluso la atención del mismísimo Napoleón III. Como William Aimer de Murk -heredero de una estirpe de nobles cazadores ingleses-, que entre estornudo y estornudo logró sacar una fotografía al zorro blanco de las ciénagas de Murk, el fantasma de una especie de zorros dada por desaparecida. Como Zazia -nieta de Zazel, la primera mujer bala de la historia-, que se lanzó al espacio para encontrarse en pleno vuelo con su amigo el dibujante Benvenuto Farini, también conocido como el Invisible Chico Tímido.
Algunos de estos personajes vuelven a aparecer en el último
capítulo, donde ciertos hechos aparentemente disparatados que han
ido sucediendo en el libro se encuentran para dar sentido al título
de la novela. Así, los animales que se dan por desaparecidos en la
“Galería ilustrada” -el caracara, el guará, el dodo y otros
incluidos en el “Catálogo de especies perdidas”- que inicia cada
capítulo, van a ser “descazados” utilizando uno de aquellos
extraños ingenios.
En este libro las expresivas ilustraciones de Raúl Sagospe no
cumplen la mera función de acompañar al divertido texto de Diego
Arboleda, sino que forman parte de la propia trama, de una historia
magnífica que sin duda hará las delicias de unos lectores que
también podrán entender la novela como una maravilla más de
aquellos años del vapor.
(Publicado en el suplemento Cuturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 27 de febrero de 2016)
miércoles, 17 de febrero de 2016
Prohibido penetrar a personas no autorizadas
ESTILO RICO, ESTILO POBRE
Luis
Magrinyà. Debate, Barcelona, 2015
Todo escritor es un crítico literario. No hay otra manera de
afrontar la escritura -al menos para quien no se guía por los
postulados mercantiles que dictan algunas editoriales- que partiendo
de un criterio propio sobre cómo articular todo el entramado del que
se sirve el arte de la narración: el comienzo del relato, el punto
de vista, el espacio, el tiempo, la estructura narrativa, los
personajes, el lenguaje, el final de la novela, etc. Cualquier
escritor que presuma de serlo debe decidir cómo abordar todos estos
aspectos sobre los que se sustenta la novela y, lo más importante,
cómo armonizarlos para que pueda aspirar a ser una obra de arte. Por
ello, algunos autores (David Lodge con “El arte de la ficción” o
Vargas Llosa con “Cartas a un joven novelista”, entre otros) han
querido aportar su propia visión al respecto, con el sano propósito,
además, de poder servir de orientación para el resto de escritores.
En esta línea se publica ahora “Estilo rico, estilo pobre”
(subtitulado con el demasiado pretencioso “Todas las dudas: guía
para expresarse y escribir mejor”) del escritor y editor Luis
Magrinyà. Sin embargo, su intención no es ocuparse de la particular
artesanía que precisan los términos técnicos apuntados más
arriba, sino que se centra en los aspectos puramente lingüísticos,
pues -para el autor de este libro- “pensar la lengua es la primera
condición del estilo”. Concebido precisamente el estilo como “la
identificación de lo prescindible”, de lo que no se dice o se
elimina, Magrinyà defiende que, a pesar de que a los escritores se
nos ha enseñado que no está bien repetir, a menudo es mejor volver
a poner la misma palabra antedicha que forzar el uso de un sinónimo
que chirría. Esto ocurre, por ejemplo, con verbos de uso muy
frecuente como ir, ser, decir, tener, hacer o
entrar, de manera que, al no vencer la tentación de
sustituirlos, se puede caer en malentendidos del tipo “Prohibido
penetrar a personas no autorizadas”. Así, el escritor que se
esfuerza en desplegar un “estilo rico”, se exige a sí mismo el
uso de unos pretendidos “verbos finos” que, más que elevar el
rango de la escritura, pueden llegar a ridiculizarla con expresiones
como poseo caspa, realizar limpiezas o
acude al cine. Se fija Maginyà en términos que se reproducen en
los textos casi de forma automática, como los presuntamente
elegantes repuso, espetó, masculló, con los que se acotan
los diálogos con la intención de evitar el vulgar dijo, sin
caer en la cuenta de que esos verbos rara vez se utilizan en el
lenguaje convencional, el que curiosamente empleamos en los diálogos
de la comunicación espontánea. Igualmente, tres “verbos
difíciles” como tamborilear, perlar y
tintinear pueblan generosamente las páginas de tantos escritores
que los usan de forma incorrecta, tal vez porque son sólo “tópicos
de novela sin la menor correspondencia con un estado real de la
lengua”.
Al contrario que el “estilo rico”, que se esfuerza por no
repetir palabras, el “estilo pobre” estaría lastrado por la
continua presencia de “verbos comodín”, como provocar y
usar, que de vez en cuando podrían ser cambiados por
un término más preciso, más acorde con las posibilidades de la
lengua que todo escritor debe explorar. De la misma forma, se usan
las palabras pesada o
pesadamente, las
expresiones no importa, sin problema o
hiperónimos como lugar, habitación o
ropa, de manera tan reiterativa
que se olvida el precepto de que “siempre hay otra forma de decir
las cosas, siempre la hay”.
Más observaciones contiene este interesante libro de Magrinyà,
quien, valiéndose de numerosos ejemplos sacados de traducciones y de
textos de escritores en español -para nuestro consuelo muchos
considerados grandes, incluyendo a académicos de la RAE o premiados
con el Nobel-, advierte a los escritores de que hay que huir a la vez
de la pretensión de alcanzar un “estilo elevado” que sólo tenga
como criterio apartarse de la norma y del “estilo empobrecido”
por la pereza que puede dar la búsqueda de un término más preciso
para contar lo que se quiere contar.
(Publicado en la Revista digital Literarias. 17 de febrero de 2016)
https://www.escritoresdeasturias.es/literarias/resenas/prohibido-penetrar-a-personas-no-autorizadas-critica-del-libro-estilo-rico-estilo-pobre-de-luis-magrinya.html
sábado, 30 de enero de 2016
El pasado y el presente ocultos
Sombras de la Plaza Mayor
Rosa Huertas
Edelvives. Zaragoza, 2015
Las buenas historias sólo suceden en el lado oscuro de la vida. A
la luz del día, en los lugares transitados por la gente corriente,
no ocurre nada que sea digno de ser contado. Sobre este discutible
tópico -serían innumerables los ejemplos de obras maestras de la
literatura que se han creado a partir de lo que pasa en el “lado de
acá”, justamente en esos prosaicos momentos en los que parece no
pasar nada-, Rosa Huertas ha escrito, sin embargo, una apreciable
novela destinada el público juvenil.
Gonzalo, un estudiante de
bachillerato que suele pasar a menudo por la Plaza Mayor de Madrid en
busca de ideas para cumplir su deseo de ser escritor, se encuentra
allí un día con un misterioso pintor que precisamente le habla del
poco “interés literario” que tiene a esa hora de la tarde un
escenario sólo poblado de camareros y turistas. Le advierte de que
sólo en ese tiempo en el que “aparecen las sombras, los
desheredados, los criminales, los que realmente tienen una historia
intensa a sus espaldas, los muertos vivientes, los tipos que reniegan
de la luz y se escudan en la oscuridad para protegerse de la vida”,
es cuando el joven aspirante a escritor, que lleva un cuaderno por si
en el momento menos esperado le viene la inspiración, podrá
encontrar “algo digno de contar”. Para comprobarlo es invitado
por Rodrigo, el extraño pintor, a que se pase por la Plaza Mayor el
próximo miércoles a las cinco de la madrugada, pero sus
intenciones, como sabrá más adelante, serán otras.
Esa noche Gonzalo descubre la
existencia de los “habitantes de las tinieblas”, los indigentes
que a duras penas pueden guarecerse del frío bajo los soportales de
la plaza. Forman una especie de poblado nocturno de fantasmas que
parecen tener su equivalencia con otros fantasmas que, según le
cuenta Rodrigo, todavía arrastran el dolor de su existencia pasada
bajo los adoquines de la plaza. Así parece haber un paralelismo
entre las sombras que ahora deambulan en la noche y las sombras que
proceden de los relatos y leyendas de la Historia. Muchos de ellos
son desconocidos para la mayoría de la gente que a diario circula
por las calles de Madrid, como la noticia de los gorriones atrapados
en el interior de la estatua de Fernando III que se erige en el
centro de la Plaza Mayor, o el sangriento suceso ocurrido en 1834 en
el Instituto San Isidro, relatado por Galdós en el “episodio
nacional” Un faccioso
más y algunos frailes menos. En
ese instituto precisamente estudia Gonzalo y es donde conoce a Inés,
una nueva alumna aficionada a las historias truculentas, por la que
empezará a sentir una atracción más allá de la mera amistad. La
misteriosa relación que tienen Inés y Rodrigo, la dramática
biografía del pintor, la siniestra aparición de algún personaje
con las trazas y las intenciones de un vampiro, el jeroglífico que
los llevará a perderse por los pasadizos olvidados bajo la plaza,
lograrán, entre otros descubrimientos, que Gonzalo
sea testigo y protagonista de una serie de historias que se suceden
tanto en su vida actual como en la imaginación alimentada por los
relatos que hace Rodrigo, de manera que pasado y presente, realidad y
ficción se van imbricando en la vida del joven estudiante hasta
conformar, curiosamente, la novela que aspiraba a escribir.
(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 30 de enero de 2016)
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