Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

viernes, 6 de julio de 2012

William Faulkner


Hoy se cumplen 50 años desde la muerte de Willian Faulkner, autor del que siempre me han sobrecogido sus duras tramas, a veces violentas, descarnadas, reflejo de la condición esencial del hombre; el lenguaje, sus célebres frases en las cuales se sostiene, como hipnotizado, el pensamiento; su estilo, la ruptura de las estructuras convencionales del narrar, la diversidad de voces y de puntos de vista, de realidades no representadas, sino fundadas por la maestría de su escritura; la utilización del tiempo como nudo corredizo que se abre y cierra al antojo del azar o del destino; el sustrato moral que debe sustentar al hombre en su eterna condición de náufrago.
"Entre la pena y la nada elijo la pena" (De "Las palmeras salvajes")

sábado, 30 de junio de 2012

La novia de la muerte



PARQUE MUERTE
Fernando Lalana
Editorial Edebé. Barcelona, 2012
228 páginas



            Desde siempre la literatura dirigida al público infantil y juvenil se ha servido de la fascinación de los pequeños por la muerte. También, claro está, la dedicada a los adultos, pues en última instancia toda creación del hombre se nutre de ese miedo a lo desconocido y de la elucubración con lo que se encuentra al otro lado de esa frágil frontera que nos separa del más allá. Cualquiera sabe –porque todos hemos sido niños- que esa fascinación infantil por la muerte es una mezcla de atracción y repulsa, de un paradójico impulso que nos lleva a la vez a acercarnos y alejarnos de la cuestión esencial de la vida. Después de un tiempo en que –con el errado pretexto de la protección a la infancia- hubo un intento de edulcorar los cuentos clásicos con argumentos aguados y finales felices, actualmente se ha impuesto en la literatura infantil y juvenil la moda de las novelas de zombis, vampiros y otros seres espectrales, que, con desigual fortuna, han tratado de entretenernos con el misterio que se oculta tras ese lado oscuro.

            En esa línea se mueve el Premio Edebé de Literatura Infantil 2012 concedido a “Parque Muerte”, de Fernando Lalana (Zaragoza, 1958). A partir de una original idea, en la que una empresa armamentística –para lavar su imagen pública- decide reconvertir un parque de atracciones en un espacio temático dedicado a la muerte, se desarrolla una trama detectivesca que tratará de aclarar un extraño suceso que ocurre todos los días en el parque. Para ello, la empresa contrata a la detective Lola Andrade, que en el pasado prestó servicio en la Legión y que, por tanto, posee un bizarro currículo como “novia de la muerte”. Con la agilidad narrativa a la que acostumbra Fernando Lalana en su ya larga trayectoria como escritor de LIJ, la novela traza la intriga que exige el argumento mezclando el suspense con el terror y el humor. Y el amor, un amor imposible, que es la sorpresa que le espera al lector –a partir de 11 años- que se atreva a pasar un día de “diversión” entre las macabras atracciones de Parque Muerte.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 30 de junio de 2012)

sábado, 16 de junio de 2012

Joyce ilustrado


DUBLINÉS
Alfonso Zapico
Editorial Astiberri. Bilbao, 2011
229 páginas



            Bien es sabido que los amantes de la obra de James Joyce forman una peculiar familia     unida con los invisibles -e indisolubles- lazos de la literatura más arriesgada y libre, aquella que trata de romper con su estilo los ahormados límites del lenguaje. Se comunican entre ellos desde la clara oscuridad del monólogo interior y cuentan como acontecimiento supremo de su ritual la celebración del “Bloomsday”, en recuerdo de aquel 16 de junio de 1904 en el que Joyce echa a navegar por las calles de Dublín a Leopold Bloom, el protagonista de su gran obra “Ulises”. Si no se tiene la suerte de poder estar hoy en Dublín para conmemorar –a través de una odisea literario-turística por la ciudad- esta fecha tan señalada para todos los joyceanos, se puede festejar igualmente el día leyendo algunos pasajes del libro original o adentrándose en la vida y obra de Joyce con “Dublinés” (Ed. Astiberri, 2011) de Alfonso Zapico (Blimea, 1981).

            Esta novela gráfica puede ser una perfecta aproximación para los no iniciados, aquellos que tengan curiosidad por conocer al autor irlandés, pero también es un gozoso divertimento para los que ya se hayan leído todos sus libros –incluida la monumental biografía de Richard Ellmann- y presuman de saber más de Joyce que el propio Joyce. Alfonso Zapico no sólo se limita a poner en viñetas su biografía, sino que, siguiendo los pasos de su azarosa vida, va creando todo un mundo que para resultar verosímil es necesario leer con las lentes bifocales de la ficción. A través de unas poderosas imágenes que ilustran de forma magistral los escenarios -Dublín, Trieste, París, Zurich- y los personajes –Nora Bernacle, Pound, Yeats, Hemingway, Proust, Beckett…- del tiempo de Joyce, se va narrando la novela de la que es protagonista el autor de “Ulises”, y en la que el lector tiene el privilegio de asistir al proceso de creación de esa obra esencial de la historia de la literatura. Como seguramente le hubiera gustado al propio Joyce, Zapico nos va revelando a través de ciertos detalles particulares –gráficos o narrativos- el significado universal de la obra del autor irlandés.


La lectura de “Dublinés” se puede completar con “La ruta Joyce” (Astiberri, 2011), donde Zapico cuenta a modo de cuaderno de viaje el proceso de documentación e investigación que se vio obligado a llevar a cabo para llegar a escribir esta “biografía gráfica” sobre uno de los más grandes escritores de todos los tiempos. De esta forma el lector podrá celebrar un peculiar “Bloomsday”, en el que no recorrerá físicamente las calles que pisó Leopold Bloom tal día como hoy, sino que experimentará algo más revelador: tener el privilegio de poder transitar con la imaginación las ciudades por donde transcurrió la odisea vital de James Joyce.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 16 de junio de 2012)


sábado, 2 de junio de 2012

Viaje al País de las Mentiras



 EL SECRETO DEL HUEVO AZUL

Autora: Catalina González Vilar
Ilustraciones: Tomás Hijo
Editorial SM. Madrid, 2012
160 páginas

            La editorial SM ha concedido este año su prestigioso premio El Barco de Vapor a un cuento de corte tradicional, lo cual bien pudiera pensarse que se trata –en estos atribulados tiempos- de una acomodación a los valores seguros, de una apuesta fácil por un tipo de literatura que ya ha demostrado su capacidad para atraer a los jóvenes lectores. Sin embargo, esta circunstancia significa justamente lo contrario, pues en la actualidad el verdadero riesgo de los autores está en apostar por historias que nos vuelvan a contar de forma verosímil lo que siempre nos han contado.

            “El secreto del huevo azul” relata la historia de Rolav, el pequeño príncipe de Dadrev que, al incumplir el encargo de su madre para que cuide de un huevo azul, se ve en la obligación de mentir. Para salir del embrollo en que se ha metido, pide consejo a Noisuli, el mago del castillo, que le aconseja viajar al País de las Mentiras, un lugar donde los embustes que se cuentan se hacen realidad. Allí, de la mano de Rignif, el aduanero real, Rolav vivirá maravillosas aventuras, presenciará acontecimientos extraordinarios y conocerá a extraños personajes, entre ellos a la princesa Artinem, que le enseñará lo que en realidad debe hacer para reparar el daño que ha causado su mentira. De vuelta a su país, en el momento en el que tiene el valor de reconocer ante sus padres el engaño, aparece en la ventana del castillo el Ave de la Verdad, un misterioso pájaro azul “difícil de encontrar”, que con su canto extraordinario causa la admiración de todos los presentes.

            Con ecos de “Alicia en el país de las maravillas”, Catalina González Vilar nos introduce en un mundo mágico donde, utilizando con maestría los recursos de los cuentos tradicionales, van apareciendo príncipes, princesas, ogros, magos y personajes pintorescos para contar de forma sencilla lo que cuentan todos los buenos cuentos. A través del misterio de lo narrado, el lector –a partir de 8 años- es conducido con el pequeño protagonista hasta la revelación de un conocimiento que supondrá una enseñanza vital, aquella que alude a la necesidad de asumir la responsabilidad de los propios actos. La fábula se enriquece con las ilustraciones de Tomás Hijo, que a menudo se mezclan con el texto para facilitar la inmersión en el mundo imaginario que narra su autora.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 2 de junio de 2012)




sábado, 26 de mayo de 2012

En el taller de José Ángel Ordiz



LA QUÍMICA DE LA LITERATURA

            Desde el amplio ventanal del espacio en el que escribe José Ángel Ordiz (San Martín del Río Aurelio, 1955), se ve un centro comercial de donde salen y entran continuamente personas que recuerdan a aquellas hormigas de las que el profesor de química hablaba a sus alumnos para hacerles más llevadera una aburrida clase sobre el ácido fórmico. La literatura y la química unidas en la vida del escritor cuando recuerda que su madre le daba un libro para distraerle del peligro que suponía su atracción infantil por la bombona del butano. De esas dos aficiones, que con el tiempo se convirtieron en oficios, da cuenta la estantería donde conviven manuales de química y libros de literatura, germen de una especie de “química de la literatura” que formula su obra con una composición en la que, en un estilo caracterizado por el cuidado de los aspectos formales, están presentes los personajes humildes, los espacios reconocibles, los continuos cambios temporales, los diálogos magistrales y las tramas pegadas a la vida, “la vida caníbal que le dicta al oído de mi curiosidad”.

            Como buen profesor de química, Ordiz ha conseguido la fórmula para convertirse en un escritor invisible. Sí, se le puede ver en la fotografía que ilustra este texto y en las solapas de la mayoría de los libros que ha publicado, pero su invisibilidad es algo que va más allá de la posible ausencia de su imagen de nuestro campo visual. Su invisibilidad es un estado de ánimo, una decidida voluntad de desaparecer detrás de su obra. De ahí que en su estudio apenas haya sitio para algo más que no sean los útiles que necesita un escritor –un sillón de lectura, una mesa con ordenador e impresora, diccionarios, algunos libros- y no sean visibles los numerosos galardones que ha ido cosechando su obra –los últimos, el Premio de la Crítica de Asturias en 2009 y 2010-. Entre los libros, algunos ejemplares de su novela “Sal dulce” (Editorial Quadrivium), que fue seleccionada entre las diez finalistas del Premio Planeta 2010 y que acaba de llegar a las librerías después de “haber tardado 53 años en escribirla”.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 26 de mayo de 2012)


sábado, 5 de mayo de 2012

Un niño a bordo del Titanic




EL VIAJE DEL TITANIC
Autor: Duncan Crosbie
Ilustraciones: Bob Moulder y Peter Kent
Editorial Bruño. Madrid, 2012
32 páginas


            A pocos sucesos históricos se ha prestado tanta atención en los últimos tiempos como al hundimiento del Titanic, cuya tragedia se recuerda estos días con numerosos eventos que se suman a la casi interminable lista de exposiciones, documentales, películas, artículos, reportajes, libros, etc., que se han ido sucediendo en estos cien años de historia. Ello se debe sin duda a la magnitud del naufragio que en su día conmocionó a la opinión pública mundial, pero también a las circunstancias que rodearon el desastre y que contribuyeron a forjar una leyenda que, como todas, navega entre la realidad y el misterio. Partiendo del impacto emocional que tuvo lugar en su momento, en todos estos años la catástrofe del Titanic se nos ha ido contando con los elementos propios de la mejor ficción: un espacio concebido como un microcosmos de la sociedad de su tiempo, unos personajes trazados con los rasgos propios de los héroes o los villanos, unas historias llenas de esperanza, de amor, de frustración y de odio que se entrecruzan en un tiempo acotado entre el sosiego y el terror, un dramático final donde lo único que sobrevive es la invención o la especulación sobre lo no sabido.

            “El viaje del Titanic”, que acaba de publicar la editorial Bruño en “Edición Especial Centenario”, acerca al público infantil (a partir de 8 años) la historia del naufragio combinando de manera acertada la realidad y la ficción. A través del supuesto diario de Jack, un niño de diez años embarcado con sus padres en el Titanic, se va contando la salida del barco del puerto de Southampton (Inglaterra), la emoción de viajar a Nueva York a bordo del trasatlántico más grande del mundo, el asombro al descubrir las entrañas del barco y las lujosas zonas de primera clase y, por supuesto, el choque con el iceberg y las confusas horas en las que algunos pasajeros tuvieron la fortuna de poder abandonar el barco en los botes salvavidas mientras veían con horror cómo el resto se hundía con el Titanic.

            El libro se completa a modo de álbum con imágenes reales, detalles sobre la construcción del barco, datos curiosos alrededor de la historia, así como desplegables tridimensionales que seguramente entusiasmarán a los pequeños lectores –y a muchos adultos- interesados por la leyenda del trasatlántico “insumergible” en su viaje inaugural.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de mayo de 2012)

viernes, 27 de abril de 2012

Los niños invisibles


            En la novela Oliver Twist aparece una escena en la que el pequeño Oliver, recluido en un hospicio desde su nacimiento, comparece ante un tribunal que debe decidir si un deshollinador se hace cargo del niño. Cuando, siguiendo la indolente rutina establecida, uno de los jueces busca en su escritorio el tintero para mojar la pluma con la que debe firmar el contrato de traspaso del niño, su mirada, hasta entonces sólo atenta a las pretensiones del deshollinador, se topa por azar con la mirada del muchacho. Escribe Dickens que “fue el momento crítico del destino de Oliver”, pues el juez, al ver por sorpresa el semblante asustado y pálido del chiquillo, se apiada de él y decide no firmar el consentimiento para que el desalmado deshollinador pueda hacerse con sus servicios. El azar que hace visible a Oliver ante los ojos del juez decide el destino del muchacho.

            Salvando todas las distancias que se quiera con el mundo de injusticia y miseria que denuncia Dickens en sus novelas, en la actualidad viven en nuestra sociedad muchos niños invisibles. Son los niños que, por encontrarse en situación de riesgo o desamparo, nada más nacer son internados en una institución pública que asume la tutela del menor con la finalidad de que éste no quede indefenso o desprotegido en ningún momento. Hasta ahí la sociedad debe congratularse por haber puesto en manos de los poderes públicos seguramente la forma más adecuada para garantizar la protección del menor, logrando con ello el fin primordial de satisfacer sus necesidades básicas de cobijo, alimentación y asistencia. Pero es a partir de ahí cuando muchos de estos niños se hacen invisibles para la administración, pues lo que debería ser una puntual y corta estancia en el Centro de Menores, ajustada a la estricta burocracia que exijan los trámites para resolver la situación anómala de los pequeños, se alarga en no pocas ocasiones hasta los tres años y más.

            Multitud de estudios corroboran los problemas que para el desarrollo psicológico de los niños acarrean los períodos largos de institucionalización. Bien es sabido que, aparte de las necesidades básicas de supervivencia antes apuntadas, el establecimiento de vínculos afectivos en la primera infancia es la mejor manera para un adecuado desarrollo emocional. No hay duda de que las personas encargadas en estos Centros suelen volcarse con los niños no sólo en el aspecto meramente asistencial (alimentación, limpieza, etc.), sino también afectivo, pero la propia esencia de la institución no permite más que una relación que podríamos llamar epidérmica. Los turnos de trabajo, las sustituciones en períodos de vacaciones, las bajas laborales, etc., hace que los menores no cuenten con un adulto de referencia, una persona lo suficientemente próxima y lo suficientemente estable que pueda entablar con ellos el vínculo afectivo necesario. A la vez, los derechos de los padres biológicos –que a menudo prevalecen sobre los derechos del menor- a visitar a su hijo provoca que en ocasiones la hora de visita mensual se convierta para el menor en un tipo de maltrato psicológico, pues no es raro ver cómo se pasan esa hora llorando al ser obligados a encerrarse en una habitación a solas con un adulto que no conocen. Estas circunstancias están en la base de posteriores problemas que se suelen dar en los niños institucionalizados, como son escasas habilidades para relacionarse, baja autoestima, dificultades en el control emocional, falta de empatía, trastornos graves de conducta, etc., que a su vez impiden una adecuada adaptación a la sociedad.

            Para evitar estos problemas -a veces irreversibles- en el desarrollo integral del niño, la estancia en los Centros de Menores debería ser tan solo un corto período de transición hacia su rápida inclusión en un ámbito familiar donde, aparte de las necesidades básicas, puedan satisfacer la más urgente de ellas, como es establecer un vínculo afectivo estable con figuras parentales de referencia. Desde los Derechos de la Infancia (adoptados en 1989 por la ONU) hasta el anteproyecto de Ley de Protección a la Infancia aprobado por el Consejo de Ministros de España en julio de 2011, todas las administraciones cuentan con leyes y normativas que instan a los poderes públicos (Consejerías de Bienestar Social de las Comunidades Autónomas, que son quienes tienen la competencia) a simplificar y mejorar los mecanismos de acogida y adopción y potenciar el acogimiento familiar de menores en situación de desamparo, frente a su ingreso en centros tutelares. ¿Por qué no se cumple este precepto con la mayor diligencia? Seguramente hay algunos casos que padecen una situación judicial o administrativa especialmente compleja, pero eso no debe ser excusa para que los menores sigan internados hasta que se clarifique su situación, pues, atendiendo al interés superior del menor, éste cuenta siempre con su derecho irrenunciable a vivir en una familia. Para ello se deberían atender las solicitudes de familias –entre ellas las de voluntarios que desde el nacimiento del niño ya han estrechado lazos afectivos con el pequeño- que quieren acoger a los menores hasta que se resuelva su situación judicial.

            Es de desear que, como en la novela de Dickens, no haya que esperar a que un juez, un responsable político o un funcionario de la Consejería de Bienestar Social tenga que encontrarse por azar con la mirada –o el expediente- de estos niños invisibles para decidir por fin su destino.

 (Publicado en El Comercio y La Voz de Avilés. 27 de abril de 2012)