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| Entrevista de David Fueyo en la revista Platero. Oviedo. Diciembre 2016 (Nº 208) |
martes, 24 de enero de 2017
sábado, 31 de diciembre de 2016
Una aventura íntima y silenciosa
Piara
Mónica Rodríguez
Narval Editores. Madrid, 2016
Entre la multitud de apellidos que se les suele poner a las obras
literarias (policiacas, de aventuras, de misterio, de amor, de piratas, de
princesas, de humor, de terror, negras, rosas, verdes,… así hasta alcanzar una
lista interminable), hay un tipo de obras en las que parece no suceder nada. Son
en cierto modo inclasificables, si no fuera porque esa misma condición les
confiere su propia cualidad, una aparente ausencia de acontecimientos
relevantes que, sin embargo, deben dejar traslucir un rasgo propio, por ejemplo
el consabido cambio que experimentan los personajes de la historia. En ellas suele
producirse una suerte de subterránea transformación, esa “aventura íntima y
silenciosa” de la que habla Mónica Rodríguez (Oviedo, 1969) en su última novela
“Piara” (Narval Editores).
La escritora ovetense, que dejó su trabajo en el Ciemat para dedicarse
por entero a la literatura infantil y juvenil, cierra con esta deliciosa novela
un año plagado de éxitos literarios. Con “La
partitura” recibió el premio Alandar concedido por la editorial Edelvives y
con “Alma y la isla” el Anaya de LIJ.
Anteriormente ya había recibido otros galardones, entre ellos el Premio de la
Crítica de Asturias 2007 por “Los caminos
de Piedelagua” (Editorial Everest).
La levedad del argumento de “Piara”
se ve salpicada por hechos puntuales que en ese contexto no sorprenden al
lector. Así, parece algo cotidiano que Ángela, una chica que vive feliz en su
pueblo, rodeada de una piara de cerdos y sintiendo descalza la hierba que pisa,
se encuentre de pronto con un chico desconocido bañándose en el río; es de
esperar que Ángela vea desde la pequeña ventana del sobrado cómo su tío ayuda a
morir al viejo caballo percherón; es de lo más normal que para evitar que se
muera de frío, la tía Guillermina meta entre sus tetas al pollo que nació sin
plumas; es algo habitual que a Ángela le guste hacerse la muerta dentro de los
ataúdes que esperan en el almacén de “la tienda de todo” a ser ocupados
definitivamente por alguien; no es extraño que una yegua se ponga de parto
cuando todos los invitados están ya emperifollados para asistir a una boda; parece
costumbre poner nombres propios –Garrufo,
Fermín, Romina- a los cerdos y jugar con ellos en su propio fango; es de
creer que se curen las heridas con un emplasto hecho con las matas de orejas de
vaca que crecen en las esquinas de los muros; es posible que Ángela escuche el poderoso
latido del corazón de la yegua con el fonendo del veterinario.
Y por debajo o por encima, a un lado o al otro, o dentro mismo de esa vida cotidiana en la que sólo ocurre lo que nunca ha dejado de ocurrir, transcurre mansamente, como de soslayo, la relación entre Ángela y Pedro, el misterioso niño de ojos tristes llegado de la ciudad, que de la mano de su amiga va descubriendo las acostumbradas maravillas del mundo rural. Pero sobre todo a los dos jóvenes el paso de los días va despertándoles sentimientos nuevos, una “corriente caliente” que poco a poco va atravesándoles de parte a parte sus corazones. Esto es lo que pasa cuando no pasa nada, el asombro repentino ante la experiencia más importante que nos puede suceder en la vida. Las acuarelas de la ilustradora Patricia Metola aportan una suave plasticidad a una novela plagada de sensuales imágenes.
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| Imagen del blog de Patricia Metola |
Y por debajo o por encima, a un lado o al otro, o dentro mismo de esa vida cotidiana en la que sólo ocurre lo que nunca ha dejado de ocurrir, transcurre mansamente, como de soslayo, la relación entre Ángela y Pedro, el misterioso niño de ojos tristes llegado de la ciudad, que de la mano de su amiga va descubriendo las acostumbradas maravillas del mundo rural. Pero sobre todo a los dos jóvenes el paso de los días va despertándoles sentimientos nuevos, una “corriente caliente” que poco a poco va atravesándoles de parte a parte sus corazones. Esto es lo que pasa cuando no pasa nada, el asombro repentino ante la experiencia más importante que nos puede suceder en la vida. Las acuarelas de la ilustradora Patricia Metola aportan una suave plasticidad a una novela plagada de sensuales imágenes.
(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 31 de diciembre de 2016)
lunes, 19 de diciembre de 2016
sábado, 10 de diciembre de 2016
Para disfrutar en compañía
“El niño que se convirtió en coche”
Marcelo Matas de Álvaro
Editorial Juglar. Toledo,
2016
Marcelo Matas ha escrito varios
cuentos infantiles, el volumen de relatos “Ingenio lego” (de próxima
publicación) y participado en varios libros colectivos. Pertenece al Comité de Redacción de la
revista “Platero”, una atalaya privilegiada para pulsar los gustos e
inquietudes de los más pequeños, y es colaborador de “El Comercio” y de la
revista digital “Literarias”. De su experiencia con este difícil público y su
deseo de divertir y enseñar nace “El niño que se convirtió en coche”, cuento
que acaba de ver la luz en la editorial Juglar dentro de su coqueta colección
Mandarina.
Escrito a fuego lento y con mirada
de observador de patio de colegio, en el autor se nota una mano acostumbrada a
tratar con el público infantil y juvenil y unos ojos también muy hechos al
ámbito literario que nos ocupa, el de los niños que, lejos de las prisas y de
las sagas literarias infantiles actuales -más preocupadas de vender cromos y
merchandising que de labrar una buena historia-, saben que son niños y que no
les apetece crecer. Y es que libros como éste, con una historia sencilla,
basada en un hecho real, pero con un toque de ese período un poco surrealista
que es la infancia, son los que han de acompañarnos al crecer, no tanto
físicamente sino en cuanto a nuestra imaginación, la cual va configurándose a
base de historias y experiencias desde esta primera y fundamental etapa de la
vida.
Destinado a un público a partir de 7
años, el cuento presenta a Luis, un niño al que le encantan los coches y que
sufre una especie de metamorfosis kafkiana al encarnarse en un coche. Sus
amigos también se convierten en otros objetos y juguetes como pelotas, muñecas,
indios y vaqueros o dinosaurios. De toda esta locura infantil nace el
sentimiento de compartir nuestros juegos con los demás, y la enseñanza -una de
ellas- que este cuento nos muestra, la de que disfrutamos más en compañía de
los demás, de que este mundo está hecho para compartir, y ya desde la infancia
debemos saberlo y obrar en consecuencia.
| Ilustración de Mónica de Íscar |
La joven ilustradora Mónica de Íscar
representa en dibujos la historia sin por ello utilizar las tan manidas
alharacas técnicas de otras colecciones, sin tintas fluorescentes ni dibujos
prediseñados, pero con un buen hacer sabiendo sumergir al lector en ese mundo
infantil dulce, despreocupado y sin aristas, consiguiéndose así un cuento
escrito para leer, pero también para contar y recontar, ya que tiene la
longitud ideal para no cansar, pero sí para sumergir en un mundo de sueños a
los niños y adultos que se acerquen a conocer la asombrosa aventura de Luis, el
niño que se convirtió en coche.
Esta historia no solo es
recomendable para maestros y bibliotecarios, sino que también -les aseguro-
hará las delicias de los padres, madres, abuelos, tíos, primos y hermanos que
se acerquen a ella, ya que tiene el tamaño perfecto para ser disfrutada una y
mil veces antes de ir a la cama, durante un viaje, antes de jugar o en el
tiempo diario de lectura, ya que a buen seguro no cansará a los más pequeños
que se acerquen a ella, niños y niñas a quienes les encanta soñar, pero siendo
conscientes los adultos que compartimos con ellos ese momento mágico que
conlleva abrir un libro, de que tenemos que alimentar esos sueños con historias
como ésta, sencillas, tiernas, encantadoras y que enseñen algo. Este es el
caso. Disfrútenlo.
(Reseña publicada por David Fueyo en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Aviles. 10 de diciembre de 2016)
sábado, 3 de diciembre de 2016
En busca del tesoro
Las aventuras de Tom Sawyer
Mark Twain
Editorial Anaya. Madrid, 2016
“En la vida de cualquier chico
normal llega un momento en el que siente un deseo irresistible de salir a donde
sea en busca de un tesoro escondido”. Esta sentencia, con la que comienza el
capítulo XXV de “Las aventuras de Tom Sawyer”, bien pudiera resumir el tema del
que tratan no sólo todos los cuentos infantiles o las narraciones juveniles,
sino cualquier obra literaria que aspire a alcanzar la categoría de artística. Así,
el protagonista –en este caso adolescente, pero puede ser de mayor edad-
despierta a la vida en el momento en el que se le revela el mundo como un lugar
que debe descubrir por sí mismo. Es el camino –plagado de ilusiones, pero
también de laberintos y peligros- hacia el propio crecimiento personal que se
da en las narraciones de iniciación o aprendizaje, cualidad que de alguna u
otra manera vienen a tener todas las novelas, pues seguramente no hay regla de
oro más insoslayable que la necesaria transformación que debe experimentar el
principal personaje de la ficción. De ahí que el autor se vea obligado a
“esconder un tesoro” que sea preciso descubrir, tanto por el protagonista como
–y esto es lo más importante- por un lector avispado y atento.
Sin duda, uno de los maestros en indagar en este propósito es el escritor norteamericano Mark Twain (1835-1910), quien en la célebre “Las aventuras de Tom Sawyer” –y también en la magistral “Las aventuras de Huckleberry Finn”- hace experimentar al joven protagonista ese “deseo irresistible de salir a donde sea” para buscar ese tesoro misterioso y oculto.
Pocos personajes –bien es cierto que a ello han contribuido también las
continuas versiones cinematográficas- pertenecen más al imaginario colectivo
como Tom Sawyer, ese muchacho travieso que se rebela continuamente contra los
deseos y las imposiciones del mundo adulto. El ingenio expresado en el famoso
suceso del blanqueo de la valla de la tía Polly, la desbordante imaginación
para inventarse la formación de una banda de piratas, de indios o de justicieros
como Robin Hood, la valentía para enfrentarse al malvado Indio Joe, el sentido
de la justicia al salir en defensa del acusado Muff Potter, la lealtad con los
amigos de correrías, en especial Huckelberry Finn, los escarceos amorosos con
la joven Becky Thatcher,… son episodios por los que transita nuestro “niño
malo” en el camino para adentrarse en la propia aventura de la vida. Una sucesión de peripecias que podría no tener
más significado que el de ser un fin en sí mismo, el mero placer de disfrutar
de la amistad y de la aventura, pero que también sugiere la necesidad que
tenemos de encontrarnos con nosotros mismos para conseguir ese ansiado tesoro del
que habla Mark Twain, y que no puede ser otro que el descubrimiento de la
libertad. Una aspiración que en el caso de Tom Sawyer se logra al rebelarse
contra el poder de los adultos, las instituciones religiosas y morales
establecidas y las buenas costumbres.
Sin duda, uno de los maestros en indagar en este propósito es el escritor norteamericano Mark Twain (1835-1910), quien en la célebre “Las aventuras de Tom Sawyer” –y también en la magistral “Las aventuras de Huckleberry Finn”- hace experimentar al joven protagonista ese “deseo irresistible de salir a donde sea” para buscar ese tesoro misterioso y oculto.
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| Mark Twain |
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| Primera edición (1876) |
Traemos a colación esta imprescindible novela -que junto a “Las aventuras
de Huckelberry Finn” debería estar en las bibliotecas de todos nuestros jóvenes
lectores- debido a la reedición que la editorial Anaya está haciendo de su
colección Laurin, publicada inicialmente en los años 80 con la intención de ofrecer
al público infantil y juvenil las grandes historias clásicas de la LIJ. Se
trata de una edición facsímil, que incluye las ilustraciones originales de True
W. Williams, con las que se acompañó el texto de la primera edición americana
de 1876.
(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Asturias el 3 de diciembre de 2016)
sábado, 5 de noviembre de 2016
Shakespeare en prosa
Cuentos basados en el
teatro de Shakespeare
Charles y Mary Lamb
Anaya, Madrid, 2013
Charles Lamb (1755-1834) fue
un ensayista, poeta y crítico británico de reconocido prestigio en
su época. Junto a su hermana Mary publicó en 1807 una adaptación
de las obras más conocidas de Shakespeare para que su lectura fuera
más asequible a los jóvenes lectores y así poder despertar en
ellos el interés para enfrentarse posteriormente a la obra original
del dramaturgo inglés. Para ello convirtieron en cuentos en prosa
los versos del teatro de Shakespeare, aun a riesgo de perder por el
camino la belleza del lenguaje, la profundidad de los diálogos y el
dramatismo o la comicidad de las escenas originales que escribió el
llamado cisne de Avon. Sin embargo, el empeño parece que mereció la
pena, pues a pesar de que la adaptación es acorde con la moral de la
época de los hermanos Lamb, estos cuentos se han venido reeditando
hasta la actualidad y, sin duda, han servido para el fin propuesto
inicialmente: que los jóvenes ingleses tuvieran un primer
conocimiento de la obra de su más celebrado escritor.
Hace unos pocos años la
editorial Anaya publicó en la colección “Tus libros selección”
–destinada al público juvenil- la traducción española -a cargo
de Andrea Morales Vidal- con el mismo propósito declarado por los
hermanos Lamb. Por ello, y aprovechando que este año se cumple el
cuarto centenario de la muerte de Shakespeare, creemos que es
oportuno reseñarla en estas páginas. Así, mezcladas las comedias y
las tragedias, los lectores tienen la ocasión de introducirse en el
mundo real y mitológico de “La tempestad” o de “El sueño de
una noche de verano”, en el enredo cómico de “Mucho ruido y
pocas nueces” o de “La comedia de las equivocaciones”, en la
reflexión sobre la justicia y la usura de “El mercader de
Venecia”, en la ingratitud filial y las miserias humanas de “El
rey Lear”, en los peligros de la desmedida ambición de “Macbeth”,
en la sumisión de la mujer a su esposo de “La fierecilla domada”,
en el desencanto y la sobrevenida misantropía de “Timón de
Atenas”, en la ley del talión de “Medida por medida”, en el
triunfo del amor frente a las rivalidades familiares de “Romeo y
Julieta”, en el dolor, la duda, la traición y la venganza de
“Hamlet”, en la virtud asediada por las calamidades de “Pericles,
príncipe de Tiro” o en la destrucción del amor por los celos de
“Otelo”. En definitiva, una veintena de cuentos escritos con una
prosa deudora del romanticismo, muy apropiados para que su lectura
sea del agrado de los jóvenes -y adultos- y de paso sirva para que
puedan perder el miedo de enfrentarse posteriormente a las versiones
originales de uno de los grandes clásicos de la literatura.
Incluso es interesante
detenerse en el Prefacio escrito por los autores, pues de su
chirriante anacronismo –por ejemplo, la prohibición a las
“jovencitas” de hacer uso de la biblioteca paterna, frente a la
autorización a los jóvenes varones- se desprende la moral de una
época que nuestros nuevos lectores también deben conocer.
Igualmente, las notas a pie de página que se incluyen al principio
de cada cuento nos informan del año de su escritura y de que la
mayoría de las obras escritas por Shakespeare están basadas en
hechos históricos, leyendas, cuentos tradicionales u obras de algún
escritor anterior.
(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de noviembre de 2016)
sábado, 10 de septiembre de 2016
Haberlas, haylas
Las brujas de la reina Lupa
María Solar
Anaya, 2016
Hay un tipo de literatura –también
la destinada al público infantil y juvenil, claro está- que no tiene el menor
reparo en servirse de ciertos tópicos relacionados con las costumbres o las
leyendas de un determinado territorio para asentar más si cabe la vigencia de
tales temas. Seguramente, la intención –consciente o no, tanto da- de estos
escritores es contribuir a apuntalar algo tan escurridizo como lo que se ha
venido en llamar las “señas de identidad” de un pueblo. Así, parece que si eres
un escritor del sur, alguna vez te verás obligado a contar, bajo la cálida luz
de la luna, una nueva versión del consabido romance del caballero cristiano y
la mora cautiva; si eres del norte, tendrás que relatar, entre brumas, desconocidas
peripecias de xanas, trasgos o nuberus; y si ese norte mira al Atlántico, no te
quedará más remedio que, helado por la espesura de la niebla, descubrir entre
bosques a la santa compaña, a los portadores de los restos del apóstol Santiago
o una secreta reunión de meigas.
A estos dos últimos tópicos se
apunta la escritora María Solar con “Las brujas de la reina Lupa” (Anaya, 2016),
escrito originalmente en gallego. La novela comienza también con otro de los
temas recurrentes en la literatura infantil y juvenil, como es la visita que
todos los veranos hacen unos niños urbanos a su abuela que vive en el pueblo. Sin
embargo, este veraneo que en la mayoría de este tipo de relatos sirve para que
los nietos descubran una extraña costumbre, un secreto familiar o una antigua leyenda
que a la postre contribuya a su proceso de iniciación al mundo adulto, en este caso
lo que descubren los niños es de tal magnitud que, más que contribuir a ese
necesario aprendizaje, puede enturbiar su futuro definitivamente, condicionado
ya para siempre por haber tenido que sufrir una experiencia tan delirante.
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| Ilustración de Xabier Bonet |
Alternando los capítulos, se va
narrando una historia sucedida en el siglo I y lo que les ocurre en la
actualidad (siglo XXI) a tres primos cuando van a pasar el verano al pueblo con
su abuela. En la narración antigua se cuenta cómo la cotidiana vida de un
castro gallego se ve de pronto alterada por la llegada de unos forasteros que traen
desde Palestina los restos del apóstol Santiago con el fin de enterrarlo en
aquellas tierras, y cómo, debido a ciertos hechos milagrosos que se suceden
tras la llegada del enigmático cadáver, la reina Lupa se ve obligada a renegar
del culto a sus dioses para convertirse al cristianismo. En la narración contemporánea,
el habitual veraneo de los tres primos en el pueblo coincide este año con la
visita a casa de la abuela de unas extrañas amigas a las que les toca organizar
un congreso de brujas en el castillo mágico. Ante el asombro de los nietos, la
abuela les cuenta que ella es ahora la vigía del castillo por ser descendiente directa
de la primera mujer que lo custodió por orden de la reina Lupa. Las brujas la
ayudan a defender el tesoro que se encuentra escondido entre sus paredes, pero ¡oh,
misterio!, ha desaparecido la llave del castillo.
A partir de entonces se sucede una
aventura en la que los hechizos, la magia negra, las desapariciones y toda la
tópica parafernalia que suele acarrear este tipo de narraciones fantásticas
pueden ser del agrado de un cierto público juvenil que quiera conformarse con
un inverosímil sucedáneo de Harry Potter.
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