Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 16 de marzo de 2013

La realidad de las apariencias


EL AÑO DE LA VENGANZA
Antonia Meroño
Editorial Edelvives. Zaragoza, 2012
204 páginas



            Las narraciones realistas dirigidas a un público infantil o juvenil suelen estar ambientadas en dos contextos bien definidos: el ámbito familiar o el escolar. En esos dos entornos se desarrolla una trama normalmente poblada de padres, madres, hermanos, abuelos, vecinos, amigos, compañeros de colegio o instituto, profesores y animales de compañía. Al tratarse de medios tan cercanos a los jóvenes lectores, estas historias son a menudo de su agrado, pues no sólo les gusta encontrar en ellas unas referencias fácilmente reconocibles, sino que al ver trasladada a la ficción la realidad en la que cada día se desenvuelven, seguramente ellos mismos se complacen de poder percibirse como probables personajes de una historia inventada. Y nada hay más sugerente que poderse identificar con un protagonista imaginario, sobre todo aquel que se mueve en un entorno tan cotidiano como la propia familia o el colegio o el instituto donde uno acude cada mañana. Pero ya se sabe que la mera trasposición de la realidad –si esto en verdad fuera posible- al papel no es suficiente para enganchar al lector, pues para que la ficción sea atractiva a los jóvenes, se necesita de un elemento que sea capaz de incluir en el relato un matiz de irrealidad, un artificio que de forma palpable o sutil añada dosis de misterio al acostumbrado transcurrir de la trama.
            Este es el guión que cumple de manera acertada Antonia Meroño (Murcia, 1969) con su novela “El año de la venganza” (Edelvives, 2012). Empieza contando la historia de Valentina, una adolescente que, debido a sus malas notas, es obligada por su madre –sus padres están divorciados- a estudiar en el instituto donde ella ejerce como jefa de estudios. Así, ya desde el inicio se ven mezclados en la narración el ámbito doméstico con el académico, una circunstancia que no es del agrado de Valentina, recelosa también ante la idea de tener que relacionarse con sus nuevos compañeros. Desde su complejo de chica gorda y poco agraciada, en secreto va clasificándolos según la apariencia que presentan, deteniendo su atención ante Álvaro, un atractivo joven que irradia bondad y sabiduría, y Albertina, la extravagante chica que le ha tocado como compañera de pupitre. Estos dos personajes parecen guardar un secreto que suscita todo su interés: el halo de seducción con que Álvaro parece rodear su presencia y, sobre todo, la extraña cualidad que tiene Albertina para poder “asomarse al interior de la gente”. Se hace amiga de ellos y poco a poco se va integrando en la marcha del instituto, va ampliando su círculo de amistades, sus notas van subiendo y consigue que mejore la relación con su madre. Hasta que la desaparición de dos chicos del pueblo despierta en Valentina una sospecha que la empujará a irse metiendo de lleno en el esclarecimiento del suceso. A la vez que se va adentrando en la indagación de los hechos, irá descubriendo algunos aspectos del lado misterioso de sus amigos –la verdad de sus secretos, la realidad de las apariencias- y de Francisco –el conserje del instituto, de pasado oculto- o la doctora Aguirre –la enigmática profesora de física-.
            Entre estos personajes que parecen moverse en la frontera de la locura y la razón, se encuentra el responsable de una demorada venganza, aquella que –como en las novelas realistas- necesita de la ocultación de las pruebas, de crearse una realidad nueva para sobrevivir.

 (Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 16 de marzo de 2013)

sábado, 16 de febrero de 2013

Homenaje a Julio Verne



LA ISLA DE BOWEN
CÉSAR MALLORQUÍ
Editorial Edebé. Barcelona, 2012
510 páginas


            No ha hecho falta la socorrida excusa de tener que celebrar algún centenario del nacimiento o muerte de Julio Verne (1828-1905) para que César Mallorquí (Barcelona, 1953) haya decidido dedicarle su particular homenaje. El autor catalán se sirve de las lecturas que alimentaron sus primeros años y sobre todo de su dilatada –y reconocida- carrera como escritor de literatura infantil y juvenil para hacer una novela “al estilo Verne”.
Con ecos de “La isla misteriosa” –y de otras obras y autores a los que César Mallorquí alude en un texto a modo de epílogo-, “La isla de Bowen” (Premio Edebé de Literatura Juvenil 2012) narra la empresa en la que se aventura el profesor Ulises Zarco en busca del lugar donde se ha hallado un fragmento de titanio puro, cuya existencia no sólo parece técnicamente inviable, sino históricamente imposible, pues el sitio donde apareció ese metal prodigioso es una cripta del siglo X, período en el que la temperatura de los hornos medievales difícilmente podría alcanzar los 1.668 grados que, según el experto Bartolomé García –químico del ilustre Instituto Geológico de España-, se precisan para la fusión del titanio. Esa misión la emprende a petición de la testaruda Lady Elisabeth Faraday, quien, en compañía de su atractiva hija Katherine, utiliza todos los recursos a su alcance para convencerle de que acuda al encuentro de su marido John Foggart, prestigioso arqueólogo desaparecido precisamente cuando estaba explorando el sepulcro de San Bowen en la isla donde apareció el titanio. La obstinación de Lady Elisabeth también obliga a Ulises Zarco a admitirla, junto a su hija, a bordo del “Saint Michel” –navío de la sociedad geográfica SIGMA para la que trabaja el profesor-, donde viajan en compañía del ayudante Adrián Cairo, el científico Bartolomé García, el joven fotógrafo Samuel Durango y una nutrida tripulación capitaneada por el experimentado Gabriel Verne.
El viaje hacia ese lugar situado más allá del Círculo Polar Ártico está lleno de aventuras –la persecución de un sospechoso buque llamado “Britannia”, el descubrimiento de la historia del santo Bowen, las continuas discusiones entre la dama inglesa y el profesor, los escarceos amorosos de Katherine y Samuel, las arriesgadas maniobras que se ve obligado a afrontar el navío, los peligros constantes de la mar y de las tierras por donde pasan, las traiciones propias y las escaramuzas con el enemigo-, pero no son nada comparable con el terrible misterio que les espera en la isla de Bowen, donde una peculiar partida de ajedrez mantendrá en vilo el destino de toda la expedición.
El acertado homenaje a Julio Verne se aprecia en los elementos que hacen reconocible al gran escritor bretón: el misterio y la intriga que sumergen al lector hacia el interior de la aventura, la presencia de aparatos adelantados al tiempo que se narra y de maravillas imaginarias que pretenden anticipar el futuro conocimiento ingeniado por la ciencia-ficción, la camaradería y la traición como las dos caras de la misma condición humana, el viaje a lugares extraordinarios que no son sino el reflejo externo de la exploración de uno mismo, la audacia de enfrentarse a seres insólitos, el humor y el amor que contribuyen a dulcificar por momentos la historia, los personajes heroicos o cobardes, honestos o canallas, de una sola pieza o poliédricos, tipos, en fin, concebidos para lograr el digno objetivo del entretenimiento del lector (a partir de 15 años).

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 16 de febrero de 2013)

sábado, 9 de febrero de 2013

El infierno tan temido



LA CASA EN RUINAS
Manuel García Rubio
Ediciones del Viento. A Coruña, 2012
142 páginas


            Desde la magdalena de Proust –y aún antes- son muchas las novelas que se han servido de un hecho azaroso para que el protagonista de la historia se vea obligado a emprender su particular busca del tiempo perdido. Tanto es así, que esta recuperación del pasado se antoja un subgénero literario en sí mismo, una suerte de “narrativa de la memoria” en la que la visita del personaje a la casa donde habitó en la infancia es una de las “magdalenas” que frecuentemente ha sido utilizada por los escritores para seguir los zigzagueantes pasos del recuerdo. Por esa senda se interna Manuel García Rubio (Montevideo, 1956) con esta historia que ha merecido el Premio de Novela Ciudad de Salamanca 2012. Sin embargo, a diferencia de muchas de estas novelas que a menudo se limitan a una nostálgica evocación de los hechos pasados, “La casa en ruinas” (Ediciones del Viento) tiene el valor de sumergirse en las procelosas aguas del recuerdo para sondear en sus profundidades y extraer de ese abismo un nuevo significado, un conocimiento capaz de asumir el riesgo de ser a la vez perturbador y necesario.
            La novela cuenta cómo Ricardo Tremp, directivo de una importante empresa, se ve forzado a regresar al pueblo de su infancia para resolver un desgraciado accidente que ha ocurrido en la casa familiar, abandonada desde que, hace ya bastantes años, él se fuera a vivir a Madrid. En el pueblo se encuentra con dos antiguos compañeros de colegio que, sirviéndose del consabido pasteleo político-empresarial, pretenden aprovechar la oportunidad para tratar de sacar beneficio del percance; y con Tita, la dueña de la vieja cantina en la que trabajó algunos veranos de su juventud y donde conoció a Melita, su hija adolescente que año tras año fue desplegando ante sus ojos los encantos de las muchachas en flor. Tita le cuenta que no ha vuelto a ver a su hija desde que se marchó el mismo día que cumplió los dieciocho años, pero que sus dotes de adivinadora le aseguran que él ha vuelto al pueblo para traérsela. Con esa turbadora idea en la cabeza, Ricardo se adentra en las ruinas de la casa familiar, donde la joven voz de Melita le suplica -a través del contestador automático del teléfono que no debería estar operativo después de tantos años- que no se vaya.
A partir de este atrevido giro argumental el autor introduce lo imposible en lo real sin perder verosimilitud, tendiendo un hilo comunicativo hacia un pasado que en el presente se puebla de fantasmas. Más allá de la certeza de que lo ocurrido siempre vuelve, el amor por la ninfa –de claras referencias nabokovianas- se le revela al protagonista con el convencimiento de que a la postre “nadie escapa de sí mismo”, de que continuamente no sólo nos asalta la memoria, sino que no es posible descansar del propio yo que hemos ido conformando. Así, la tragedia personal sobreviene cuando se cae en la cuenta de que el pasado no es un lugar –una casa deshabitada y en ruinas-, sino un tiempo al que no se puede regresar y del que nunca ningún Orfeo podrá rescatar a su Eurídice atrapada para siempre en el infierno tan temido.
             La prosa limpia y precisa, condensada en la ajustada expresión de lo que se quiere decir, se amolda con precisión a las exigencias de esta acertada novela corta que se lee en un suspiro -lo que dura el destello que ensombrece nuestro pensamiento-, pero que invita a su relectura en cuanto se llega al párrafo final.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 9 de febrero de 2013)









sábado, 19 de enero de 2013

El misterio de las mariposas



UN INTRUSO EN MI CUADERNO
David Fernández Sifres
Edelvives. Zaragoza, 2012
118 páginas


            Las mejores historias son las que nos asaltan en medio de la cotidiana realidad, aquellas que, a menudo de forma indiscreta, se nos aparecen de repente para escribir algo importante en el “cuaderno” de nuestra vida. Es lo que le ocurre a Mariano, el joven protagonista de este precioso relato que ha recibido el Premio Ala Delta de Literatura Infantil 2012.
            Un día, al volver del recreo, Mariano encuentra una mariposa dibujada en su cuaderno de clase. Su sorpresa inicial se convierte en enigma cuando ve cómo la papelera donde ha pensado tirar su mariposa está llena de hojas arrancadas de otros cuadernos, todas con mariposas dibujadas de diferentes colores. En ese momento Mariano decide dejar a un lado sus otras dos vocaciones (astronauta y futbolista) para convertirse en un detective dedicado a resolver el misterio de las mariposas. Sus dotes de observador y sus agudas deducciones le hacen ir descartando uno a uno a sus compañeros de clase hasta que sus sospechas recaen en Carlota. Al principio a Mariano no le agrada mucho ese descubrimiento, pues se trata de una compañera a la que todos consideran pija. Siempre lleva gorros o sombreros sobre la cabeza y además ha repetido curso y no se relaciona mucho con los demás. Pero a medida que la va conociendo, Mariano se va dando cuenta de que es una chica especial. Le enseña un escondite en el bosque donde, por medio de una ingeniosa argucia, se pueden ver de cerca mariposas de verdad. Así se van haciendo cada vez más amigos, hasta que un día Carlota le confiesa que siempre lleva gorros porque está enferma de la sangre. A partir de ahí la historia continúa hacia un final sorprendente y feliz.
David Fernández Sifres logra mantener la atención del lector (desde 8 años) a través de un buen ritmo narrativo y un interesante argumento que nos habla de los engaños de las apariencias, de la fuerza de la amistad, de las mariposas como metáfora de la alegría de vivir y, sobre todo, de la idea que asegura que siempre puede ocurrir aquello en lo que creemos de verdad. 


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 19 de enero de 2013)

viernes, 4 de enero de 2013

La alegre tristeza de Rébecca Dautremer




            Es posible que el éxito de la ilustradora francesa Rébecca Dautremer (Gap, 1971) se deba a su capacidad para remitir al lector a un pasado que éste pueda reconocer al mismo tiempo como melancólico y feliz. Sus ilustraciones logran mantener esa tensión entre la inevitable nostalgia por lo perdido y el ánimo más o menos entusiasmado que suele despertar su recuerdo. De ahí la curiosa circunstancia de que el 80% de quienes le piden una dedicatoria para sus álbumes infantiles sean adultos, personas que seguramente al abrir sus libros se encuentren con emociones encontradas, aquellas que nos asaltan al cruzar la puerta de un tiempo enredado en la memoria con los hilos blancos y negros de la infancia. En las portadas de sus cuatro últimos libros publicados en España (todos en la editorial Edelvives) se pueden ver los rostros asombrados y levemente risueños de unos personajes que no miran directamente a los ojos del posible lector, sino que parecen invitarle a seguir la dirección de su mirada hacia el interior del álbum donde, si logra adentrarse con la temblorosa atracción que despierta lo desconocido –o lo esperado y temido-, descubrirá un mundo fascinante en cada página.

            Con texto de Philippe Lechermeier, Diario secreto de Pulgarcito recrea la versión del cuento de Perrault desde el punto de vista del pequeño protagonista, que va contando y dibujando –a través de las sorprendentes páginas de un diario- las dramáticas y divertidas peripecias de su vida. La conocida trama del cuento clásico se ve salpicada con ingeniosas historias dentro de la historia, chascarrillos, alocados refranes, juegos de palabras, rimas disparatadas y un santoral imaginario que encabeza cada página del diario. Al miedo a ser abandonado por sus padres –el más profundo temor que nos acecha en la infancia- se añade la vuelta de tuerca que Lechermeier y Dautremer dan al relato original con este precioso álbum en el que el sentimiento de desconsuelo se mezcla de forma natural con la festiva emoción que conlleva siempre la aventura de los niños valientes. Si la posible narración oral del cuento se ve facilitada por las rimas del texto, la imaginación de lo contado puede verse desbordada por la prodigiosa expresividad de las ilustraciones.


            En Princesas olvidadas o desconocidas repiten colaboración ambos autores para mostrarnos una original galería de princesas en las que habitualmente no reparamos. Aparte de Cenicienta, Blancanieves, la Bella Durmiente y otras bien conocidas por todos, existe una larga gama de princesas que deben merecer nuestra consideración, como la holgazana Blandina, la cotorra Farragosa, la crispada Varaseca, la pequeña Pitonisa, la desmemoriada Amnesia, la princesa de las Arenas o las siamesas Ding y Dong. Además, para entender el maravilloso mundo de las princesas es preciso conocer el lenguaje internacional del abanico, los escudos y blasones, los bosques donde se pierden, se refugian o se esconden, los palacios y residencias que habitan, los extraordinarios y secretos jardines, la comida real y, por supuesto, una guía práctica de trucos y artimañas para distinguir una princesa verdadera de una falsa o para poder despertar a las princesas dormidas. Las frases que, a modo de greguerías, encabezan la mayoría de las páginas (“Soñar es contarse historias que todavía no se conocen”, “El mago es un ladrón al que nadie aplaude”) asombran al lector tanto como las sugestivas imágenes de tantas princesas inventadas.


            Alicia en el país de las maravillas (el clásico de Lewis Carroll traducido primorosamente por Elena Gallo Krahe) es un álbum de gran formato en el que Rébecca Dautremer despliega todas sus dotes artísticas al servicio de una de las mejores historias jamás contada. Desde que en 1865 John Tenniel realizara los dibujos que acompañaron a la primera edición, han sido muchos los ilustradores que se han atrevido con el texto del reverendo Dodgson, pero pocos pueden hacernos olvidar aquellas estampas originales –pertenecientes desde entonces al imaginario de sus lectores- como las que ahora nos presenta Dautremer para esta edición. De hecho, la desenfrenada libertad de la imaginación y la transgresión mágica que representa ese mundo maravilloso y absurdo se ajusta como la horma de un zapato a la fantasía desbordante de la ilustradora francesa. Hay ilustraciones a doble página que por sí mismas encarnan ya un relato propio, una escena a partir de la cual el lector –o el observador de la lámina- puede ir con su imaginación más allá de lo que el texto cuenta.


            La joya de la corona es El pequeño teatro de Rébecca, un libro que no es sólo un álbum donde texto e ilustraciones se funden para componer un objeto atractivo para leer y mirar, sino una obra que recuerda la labor de los antiguos artesanos, aquellos que se esmeraban en realizar con mimo un trabajo que tuviera la vocación de perdurable. En este pequeño teatro se van superponiendo en cada página las escenas de la memoria pictórica de Dautremer, el mundo imaginario que ha ido creando en sus álbumes anteriores y que ahora reúne para desplegarlo ante los asombrados ojos del espectador. Los personajes parecen moverse en un espacio de tres dimensiones, un escenario donde dialogan entre ellos con los textos “aprendidos” en los libros de donde proceden.

            En la minuciosidad de los detalles, la composición narrativa de las láminas y la turbadora expresividad de sus personajes, las ilustraciones de Dautremer recuerdan a menudo el mundo fantástico de Brueghel, la maravilla de una representación extraordinaria que se adentra en las sombras blancas y negras que pueblan nuestro pasado, ese tiempo alegre y triste al que los lectores -de cualquier edad- siempre se asoman buscando la verdad del misterio.  

(Publicado en El Comercio. 4 de enero de 2013)


           

sábado, 22 de diciembre de 2012

Los espíritus de la Navidad



CANCIÓN DE NAVIDAD
CHARLES DICKENS
Editorial Anaya. Madrid, 2010
160 páginas

 

            Seguramente lo que se entiende como “el espíritu de la Navidad”, aquel que nos invita en esta época del año a mantener una actitud amable y bondadosa hacia los demás, se lo debamos a Charles Dickens y en particular a esta fábula que publicó en diciembre de 1843. Pero en su “Canción de Navidad” Dickens no habló sólo de un espíritu, sino de tres, de los tres fantasmas que se le aparecen al viejo Ebenezer Scrooge para ponerle literalmente delante de sus ojos las “sombras de las cosas” que han contribuido a que en la actualidad haya logrado poseer no sólo unos sustanciosos beneficios económicos, sino sobre todo ese carácter mezquino y huraño que todo el mundo teme. Así, El espíritu de las navidades pasadas descubre al tacaño Scrooge escenas en las que se ve al pobre niño olvidado que fue, más tarde la felicidad de ser un joven aprendiz en el despacho del amable Fezziwig y el momento en que su prometida se ve obligada a liberarle de su compromiso al darse cuenta de que Ebenezer antepone al amor su decidida querencia por el dinero. El espíritu de la Navidad presente lleva al antipático Scrooge a darse una vuelta por la ciudad, donde puede ver, emergiendo de “una oscura neblina, húmeda y glacial”, la palpitante alegría de la gente, incluso de los más pobres, como el sufrido escribiente de su despacho que, a pesar de las penurias, vive feliz rodeado de su familia. El espíritu de las navidades futuras le enseña en silencio las sombras de las terribles cosas que aún no han ocurrido, pero que sin duda sucederán cuando él haya muerto.

El final de la historia es de sobra conocido para la mayoría de nosotros, pues aunque no se haya leído este cuento de Dickens, forma parte del imaginario con el que se ha ido forjando ese espíritu navideño que, coincidiendo con el cambio de año, nos lleva a detenernos para reflexionar sobre nuestro pasado y, de ahí, la posibilidad de replantearnos nuestra vida para afrontar con mejores propósitos el tiempo venidero.

No hay mejor colofón para acabar de celebrar el “año Dickens” que leer este clásico de la literatura fantástica, lo cual, además de hacernos disfrutar de una lectura en verdad emocionante y divertida, puede ayudarnos a poner más atención en escuchar a los fantasmas que habitan nuestra conciencia.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 22 de diciembre de 2012)

martes, 27 de noviembre de 2012

Épica de la derrota



Raúl Castañón del Río
Dorsal 12
Editorial Alfar
Sevilla, 2012
122 páginas

Hubo un tiempo en el que absurdamente se entendía que la afición al fútbol era incompatible con una cierta vocación intelectual. Se pensaba que en una misma persona no podía caber el gusto por un juego que “secuestra” la voluntad de las masas y el individual –y exquisito— quehacer literario, olvidando de esta manera que algunos de los grandes nombres de las letras se habían servido del fútbol como argumento de sus obras. Así, recordamos a Alberti y su famosa “Oda a Platko” (1928) o a Miguel Hernández y su “Elegía al guardameta” (1931). En la actualidad, reconocidos autores como los sudamericanos Fontanarrosa, Mario Benedetti, Eduardo Galeano o Juan Villoro han escrito relatos, poemas o libros enteros con el fútbol como pretexto. De igual forma, los españoles Javier Marías y Manuel Vázquez Montalbán tenían por costumbre –hasta el fallecimiento del escritor catalán— rivalizar con sus plumas las ocasiones en que sus respectivos equipos se enfrentaban en el terreno de juego. Siguiendo la ley natural del péndulo, hay incluso quien afirma que la mejor prosa actual se puede leer en las páginas deportivas de los diarios. Ejemplo de esa “boutade” (que, como a todas, no le falta parte de razón) sería la capacidad para reflexionar sobre el fútbol “como metáfora del azar de la vida” que semanalmente muestra el periodista John Carlin.
Por esa misma línea de juego que han ido trazando estos escritores se desmarca Raúl Castañón del Río con su Dorsal 12. Esquiva las duras zancadillas con las que lectores y críticos trasnochados aún pretenden tumbar a los escritores que osan acercarse al área del deporte rey, y remata con un conjunto de relatos por la misma escuadra donde se unen los palos del fútbol y la vida.
La primera parte del libro lleva como título “Fútbol mundial” y en él se alinean, según mi experiencia como espectador por esos embarrados campos de la literatura, los relatos que mejor combinan las cualidades literarias. Destacan “El círculo socrático”, en el que la muerte prematura del futbolista brasileño Sócrates hace recordar al narrador la coincidencia del mundial del 82 con sus estudios de bachillerato, la época en la que al joven estudiante se le revela cómo el futbolista y el filósofo ateniense del mismo nombre eran los creadores de una escuela, de una forma de juego que pugnaba por “reivindicarse ante el olvido”; “Golondrina de invierno”, que utiliza de forma admirable la perspectiva privilegiada de un misterioso narrador para contar la llegada del uruguayo Jorgito Golondrina Zayas a un club a punto de ahogarse en el mayor de los fracasos; “Secuencias y consecuencias (una fábula de lo inmoral)”, donde los exiguos marcadores de los partidos –sospechosos de ser productos del marketing— hacen desertar a los verdaderos aficionados al fútbol, aquellos que prefieren “honrar la memoria de lo perdido”.
» Raúl Castañón del Río esquiva con su Dorsal 12
las duras zancadillas con que los trasnochados
aún pretenden tumbar a los escritores
que osan acercarse al área del deporte rey.
La segunda parte del libro se juega todo el tiempo en el terreno del Real Oviedo, que –como no deja de recordar Raúl Castañón a todo aficionado que lea este libro- es un campo abonado para el dolor de la derrota, pero más todavía para el orgullo de no desfallecer aun en las horas más amargas. Se titula “Directo al corazón: Real Oviedo”y en sus relatos –repartidos en los capítulos “Honra azul”, “Recreaciones” y “Ascensos y descensos”— hay lugar para los homenajes (al jugador Tensi en “Stardantensi”, a La Pixarra en “San Mateo in blue”, con versión en asturiano); para los largos viajes donde por azar se puede uno encontrar no sólo a un aficionado del Real Oviedo, sino a toda una peña oviedista de seguidores ingleses (“Arribadas de sal”, ganador del Concurso de Relatos de Torrevieja); para el amor que logra poner paz en un momento de tensión entre las dos aficiones rivales asturianas (“Beso original”); para la desolación cuando la derrota lleva al equipo hacia el destierro de las categorías inferiores (“75 años y un día”); para la indignación por las traiciones sufridas en los peores momentos de la historia del club azul (“Ser capaz de no olvidarlo”); y, por supuesto, también para la alegría, para el entusiasmo desbordado el día en que los “angloviedistas” de la Abbey Tavern ayudaron a “derribar” a goles las murallas de Ávila (“De nuevo a la Luna”, con versión en inglés).
Raúl Castañón nos presenta un conjunto de relatos que podrán leer con satisfacción los meros aficionados de los domingos por la tarde, pero que disfrutarán en especial aquellos apasionados por el Real Oviedo que hayan tenido ocasión de haber vivido la agridulce épica de la derrota.

http://www.escritoresdeasturias.es/literarias/resenas/epica-de-la-derrota-dorsal-12-de-raul-castanon-del-rio-por-marcelo-matas-de-alvaro-27112012-.html?hemeroteca=true&pag=4
(Pubicado en a revista digital Literarias. 27 de noviembre de 2012)