Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 12 de febrero de 2011

Dos cuentos de Miguel Hernández


“DOS CUENTOS PARA MANOLILLO “
MIGUEL HERNÁNDEZ
Editorial Pictografía. Murcia, 2009.
Edición facsímil



            En la vida de Miguel Hernández, tan cargada de sucesos dramáticos, conmueve hasta las lágrimas la escena en la que el poeta, al terminar una visita de Josefina Manresa en la cárcel de Alicante, quiere entregarle a su hijo un libro que ha escrito para él. Podemos imaginar, en medio de la oscura soledad del poeta, el rayo de ilusión que le ofrecía la posibilidad de ver la risa de su hijo, la “luz que proclama la victoria del trigo sobre la grama”. Pero, con el mismo desdén y frialdad del desalmado régimen al que sirve, el carcelero se lo quita y se lo da a Josefina, evitando así la íntima satisfacción que para Miguel Hernández suponía dar el libro en propia mano a su hijo, transmitir de piel a piel la profunda cualidad de lo creado. Podemos hacernos una somera idea de la desolación del poeta al ser privado del contacto físico, incluso de la mínima cercanía para poder entregarle emocionado (a través de ese libro acompañado tal vez por algunas palabras “hondas como un beso”) un legado de esperanza dentro del dolor de la enfermedad y de la muerte, que ya tan próxima barruntaba.

El libro, encuadernado por el mismo poeta con tapas duras, se titulaba “Dos cuentos para Manolillo”, con el añadido entre paréntesis “Para cuando sepa leer”. Los cuentos eran “El potro obscuro” y “El conejito”, que Miguel Hernández había traducido del inglés y escrito a mano con letra redondilla y clara para que pudiera ser perfectamente legible por un niño pequeño. Unas sencillas ilustraciones realizadas por él mismo con acuarelas y ceras resaltan la belleza del texto.

“El potro obscuro” cuenta cómo precisamente “Potro-Obscuro” lleva sobre sus lomos a niños, niñas y animales a la gran ciudad del Sueño. Tiene reminiscencias del famoso cuento “Los músicos de Bremen”, y el eco que se repite, como una cantinela en la boca de los personajes (“Llévame, caballo pequeño, a la gran ciudad del sueño”), no es otro que la búsqueda de la libertad, el deseo de llegar a un lugar “donde no hay dolor ni pena”. “El conejito” es una fábula en la que un conejo se ve atrapado en un huerto por culpa de su glotonería. La referencia es “El cuento de Perico, el conejo travieso”, publicado por Hellen Beatrix Potter en 1902. A la agilidad de la narración contribuyen los pensamientos del conejo expresados en el texto en forma de diálogos, y a través de los cuales el pequeño lector puede sentir el deseo, la felicidad y el temor que el conejo va sintiendo. Son cuentos muy breves, de sonoridad poética, muy apropiados para contar antes de acostarse a niños pequeños que aún no saben leer o para primeros lectores, que seguramente encontrarán ese placer inicial que les llevará a adentrarse en el amor por la lectura. 



Con motivo de la celebración del centenario del nacimiento de Miguel Hernández, esta edición facsímil incluye una preciosa introducción de Jesucristo Riquelme, quien también acompaña estos cuentos, en volumen aparte, con una breve biografía y una antología de sus poemas más conocidos, divididos en cuatro capítulos que corresponden con las épocas de su poesía.

Para completar el conocimiento de la obra y la vida de Miguel Hernández, se puede ofrecer a los jóvenes lectores biografías y antologías para niños, como “Mi primer libro sobre Miguel Hernández” (Anaya), de José Luis Ferris, “La vida y poesía de Miguel Hernández contada a los niños” (Edebé), de Rosa Navarro, “Miguel Hernández para niños” (Susaeta), “Miguel Hernández y los niños” (Everest), “Miguel Hernández para niños y niñas… y otros seres curiosos” (Ediciones La Torre).

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 12 de febrero de 2011)

sábado, 29 de enero de 2011

El Rey tartamudo


Colin Firth en "El discurso del rey"

            El reciente estreno de la magnífica película “El discurso del rey” suscita una serie de reflexiones en torno a la tartamudez. Como saben quienes hayan tenido oportunidad de verla o de leer alguna sinopsis, se relata la historia del acceso al trono del rey Jorge VI de Inglaterra, obligado por la renuncia de su hermano, el primogénito que debía suceder al fallecido rey Jorge V. Pero el relato, con el telón de fondo de ese período histórico previo a la Segunda Guerra Mundial, se centra en el drama personal del rey, que se ve atrapado entre el ineludible deber de tener que aceptar tan alta responsabilidad y la ansiedad que le produce cada vez que se ve obligado a hablar en público. El rey es tartamudo y sufre por ello.

Seguramente todos hemos conocido a lo largo de nuestra vida a alguna persona que tartamudea, pues es relativamente sencillo detectar los síntomas cuando hablamos con algún tartamudo. Sabemos que se trata de un problema del habla en el que se dan alteraciones del ritmo, bloqueos, repeticiones de sílabas o palabras y, en ocasiones, gestos o muecas que los acompañan. Eso es lo que se ve, la parte del iceberg que sale a flote cuando se tartamudea, pero es más voluminosa –en el sentido de que pesa más que las meras disfluencias- la parte oculta que sólo los tartamudos saben que existe: los sentimientos que provoca la imposibilidad de hablar sin tartamudear. Las situaciones comunicativas de todos los días suelen causar, en mayor o menor grado, cierta ansiedad que a veces se traduce en evitar o escapar de esas situaciones, lo cual genera sentimientos de frustración, de vergüenza, de culpa o de miedo. Es decir, provoca en el tartamudo un sentimiento general de sufrimiento, tanto por las disfluencias en sí, como por “los daños colaterales” que suele conllevar esa forma de hablar. Dependiendo de la situación comunicativa, de cómo la perciba el tartamudo, de las demandas del entorno y de las destrezas conversacionales que exijan los diferentes contextos, puede sufrir un mayor o menor grado de estrés comunicativo, que a su vez redundará en que el volumen del iceberg crezca, tanto por arriba como por abajo del nivel de visibilidad.

Todo esto se puede apreciar muy bien en la película “El discurso del rey”, en la que, más que el grado de fidelidad a la historia verdadera, importa la magistral aproximación al drama personal del rey. A ello contribuye la buena interpretación del actor inglés Colin Firth, que no se deja llevar por llamativas exageraciones de los síntomas ni por fáciles histrionismos, en los que pudiera haberse visto tentado a caer para atraer a un público más dispuesto a la comedia. También es acertado el guión, donde cobra un papel relevante el terapeuta que, sin ser doctor ni especialista titulado en trastornos del habla, es capaz de combinar métodos logopédicos (control de la respiración, impostación de la voz, cambio de patrón de habla, ensordecimiento, ejercicios bucofonatorios…) con lo que al final es más importante: dar confianza a la persona que tartamudea para que hable lo mejor que pueda, o como decía un estudioso de la tartamudez, aprender a tartamudear de forma más sencilla y tranquila. Como bien dice el terapeuta, no es un problema mecánico o de dicción, porque el rey puede hablar solo o cantar. Es un problema que se da en la interacción comunicativa (¡qué mayor interacción que tener que dar un discurso ante toda la nación!) y es en esa interacción donde se deben dar dos condiciones indispensables para que el tartamudo se sienta más seguro: respeto y paciencia. Respeto a esa peculiar forma de hablar y paciencia para que el interlocutor conceda el tiempo que el tartamudo necesita para terminar la palabra o la frase que a veces no le sale como quisiera. De ahí procederá la dignidad para el colectivo de tartamudos, desde una perspectiva de normalización en la cual no necesitan compasión, sino comprensión. Es la comprensión que los colaboradores del rey le muestran cuando éste va camino hacia la sala donde tiene que dar el discurso, y el respeto de su pueblo en el aplauso final con el que reconocen su esfuerzo y su valentía por lograr llegar a ser un hombre normal.

(Publicado en El Comercio y La Voz de Avilés. 29 de enero de 2011)






sábado, 15 de enero de 2011

Dos narraciones con poeta

 
Los premios que la editorial Edelvives concede a la literatura infantil y juvenil han recaído el pasado año 2010 en dos obras cuya trama gira en torno a dos poetas.


Con el Ala Delta de Literatura Infantil se ha premiado “Una vaca, dos niños y trescientos ruiseñores”, de Ignacio Sanz. En él se cuenta el viaje que el poeta chileno Vicente Huidobro hizo a Europa con su familia, compuesta por su mujer, sus hijos, algunos sirvientes y una vaca llamada Jacinta. El empeño por viajar con la vaca en el barco se explica por la extravagante necesidad que tienen los hijos del poeta de tomar diariamente la deliciosa leche que da Jacinta. Pero más extravagante aún es el viaje de vuelta hacia Chile, en el que Vicente Huidobro y toda su familia –vaca incluida- se embarca con trescientos ruiseñores a fin de repoblar el continente americano y así deleitar a sus paisanos con el maravilloso cántico de esos pájaros. En la larga travesía se plantea el problema de cómo alimentar a los trescientos ruiseñores cautivos en sus trescientas jaulas. Para agravar más la situación ya de por sí tan pintoresca, el poeta, en un arrebato creador, se recluye en su camarote para dedicarse a escribir, delegando en sus hijos toda la responsabilidad del cuidado de los pájaros. ¿Podrán Nela y Vicentito cumplir con lo mandado y llevar a buen puerto el sueño de su padre? En esa tarea, en el mero empeño de llevarla a cabo, está la clave de este hermoso cuento, pues al final, más que el éxito de la empresa, importa la confianza que el padre ha puesto en sus hijos para que éstos se sientan verdaderamente capaces de alcanzar su sueño. Basada en hechos reales, puede leerse (a partir de 8 años) como un relato de iniciación, un viaje en el que la realidad se enriquece con la ilusión de poder lograr los deseos más fantásticos. El texto se acompaña con sobrias ilustraciones en blanco y negro de Patricia Metola.

Con el Premio Alandar de Literatura Juvenil se ha premiado “Tuerto, maldito y enamorado”, de Rosa Huertas. Es una historia de fantasmas, a la que actualmente tan acostumbrados están nuestros jóvenes lectores, pero con el atractivo añadido de que el espectro tuvo que ver con la vida de Lope de Vega. Cuando Elisa, estudiante de 16 años, se adentra en la biblioteca del instituto para hacer un trabajo sobre el poeta, se encuentra, atrapado en sus estantes, con un aparecido que no puede acabar de morir del todo hasta que no se libere de una maldición. Precisamente debe ser Elisa la que ayude al fantasma en ese camino hacia la liberación, para lo cual debe resolver el doble misterio de la identidad del aparecido y el nombre de la amada por la que murió. De esta forma, la narración se mueve por territorios cotidianos (el barrio de los escritores de Madrid, el instituto, la casa de la chica…) y por el pasado (la información extraída de los libros, la casa de Lope) donde debe resolverse la historia. Además, como sucede en las buenas novelas, se desarrollan algunas tramas paralelas (la loca que grita por las noches, la separación de los padres de Elisa, la relación con su amigo Ricardo…) que en cierta manera se van articulando con la historia principal del relato. Esta obra gustará a los lectores (a partir de 14 años) que estén interesados por las historias de fantasmas que transcurran lejos de escenarios góticos, jóvenes a quienes no les asuste que un espectro pueda aparecer de repente entre las páginas de un libro, tan misterioso y entretenido como éste.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 15 de enero de 2011) 

sábado, 18 de diciembre de 2010

Ana María Matute para niños





            Algunos de los autores galardonados con el Premio Cervantes han escrito algún libro para el público infantil y juvenil. Es el caso de Miguel Delibes, Gonzalo Torrente Ballester, Camilo José Cela o incluso el reciente Premio Nobel Mario Vargas Llosa, a quienes de vez en cuando se les ha escapado de la pluma algún cuento para niños, pero ninguno de ellos ha dedicado una parte relevante de su obra a la literatura infantil y juvenil como Ana María Matute, la última en recibir el mayor galardón literario que se concede a los autores que escriben en lengua española.

            Ana María Matute escribe la mayoría de su obra sobre la infancia y a veces para la infancia, partiendo del íntimo convencimiento de que el niño “no es un proyecto de hombre, sino un mundo en sí mismo”. Incluso va más allá en este reconocimiento a los primeros años de la vida, cuando afirma que “un hombre es lo que queda del niño que fue”, y es precisamente en esa búsqueda sobre la niña que fue donde se adentra Ana María Matute en casi toda su obra, en la indagación en su memoria para hallar ese mundo perdido de la infancia. Como en los cuentos clásicos, en ese regreso nuestra escritora va siguiendo las migas de pan que fue dejando por el camino que le ha traído de la infancia, y de nuevo a la vuelta las va recogiendo y contando para no perderse en el mundo adulto desde donde escribe. Cada miga es una historia sobre niños huérfanos, imaginativos, románticos, sensibles, desamparados, prácticos, huraños, bondadosos,… a menudo habitantes de un mundo incomprensible y hostil, donde la única salida a la pobreza o la marginación está en el refugio ilusionado de los cuentos.

            Así, haciendo un somero repaso de los libros que Ana María Matute ha dedicado al público infantil y juvenil, resaltamos a partir de 9 años “El país de la pizarra” (Editorial Lumen, 1978); a partir de 11 años: “El aprendiz” (Lumen, 1978), “Caballito loco y Carnavalito” (Lumen, 1962), “El polizón de Ulises” (Lumen, 1965. Premio Lazarillo de Literatura Infantil 1965), “El saltamontes verde” (Lumen, 1960), “Sólo un pie descalzo” (Lumen, 1983. Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 1984), “El verdadero final de la bella durmiente” (Lumen 1965); y a partir de 14 años: “Algunos muchachos” (Destino, 1998), “Historias de la Artámila” (Destino, 2010), “Libro de juegos para los niños de los otros” (Espasa, 2003), “La oveja negra” (Oxford, 2004). También a los jóvenes que disfruten con la literatura fantástica les encantará la lectura de la “trilogía medieval”, que incluye los títulos “La torre vigía” (Destino, 1971), “Olvidado Rey Gudú” (Destino, 1996) y “Aranmanoth” (Destino, 2000), donde, envueltas en territorios llenos de magia y misterio, se van tejiendo leyendas de caballerías, historias oscuras y maravillosas fábulas sobre la naturaleza del hombre.

Recientemente se han reunido sus cuentos en el volumen “La puerta de la luna. Cuentos completos” (Destino, 2010), pero es de esperar que con motivo de la concesión del Premio Cervantes las editoriales se decidan a reeditar algunas de estas obras que ya no se encuentran en las librería, de forma que los más pequeños puedan tener acceso a los libros de Ana María Matute. En ella encontrarán a una autora de referencias clásicas, aquellas que nos retrotraen a los cuentos de hadas, donde se entrecruzan historias y leyendas siempre en defensa de la fantasía, la imaginación y el misterio de la mejor literatura.

Si creyéramos en la estricta separación de los géneros literarios, podríamos decir con satisfacción que el Cervantes, por fin, ha reconocido el valor de la literatura infantil y juvenil premiando a Ana María Matute, pero en realidad ha galardonado a una autora que no conoce fronteras entre los géneros.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 18 de diciembre de 2010)

sábado, 20 de noviembre de 2010

Revistas de Literatura Infantil y Juvenil




           Ahora que se acerca la Navidad es de esperar que los Reyes Magos –y el importado Papá Noel-, no se olviden de regalar un libro a los niños. Entre el puñado de los juguetes necesarios y la multitud de juguetes prescindibles siempre se debe colar un libro, teniendo la certeza de que no se romperá a los dos días ni se le acabarán las pilas ni ocupará más espacio que el que logre habitar en la imaginación del niño. Como desde estas “Páginas para pequeños” sería imposible hacer una relación, aunque fuera muy somera, de los libros que podrían desenvolver los niños el día de Reyes, nos permitimos hacer un repaso de las revistas de Literatura Infantil y Juvenil (LIJ) para que puedan servir de orientación a los lectores y, de paso, hacer un reconocimiento público de la importante labor –tantas veces callada- que hacen para la promoción de la lectura entre los niños y jóvenes.

            PLATERO, fundada por Juan José Lage, se publica en Asturias desde 1985 con periodicidad bimensual. Incluye un cuadernillo central con reseñas de libros realizadas por un grupo de profesores. En el resto de páginas se publican entrevistas a autores, reportajes y artículos de fondo. También suele dedicar algún número monográfico a un autor o a un tema concreto vinculado con la actualidad. Se distribuye gratuitamente a los centros educativos de Asturias, aunque los interesados también la pueden adquirir por suscripción. En el año 2007 recibió el Premio Nacional al Fomento de la Lectura.


“CLIJ. Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil” seguramente es la revista más importante que se publica en España dedicada a la LIJ. Empezó su andadura en l988 y está dirigida por la gijonesa Victoria Fernández. Es de periodicidad bimensual y, aparte de las reseñas de las novedades editoriales del mes, ofrece una amplia agenda de artículos y noticias sobre el mundo del libro infantil. También suele publicar números monográficos. Recibió el Premio Nacional de Fomento de la Lectura 2005. Se puede adquirir por suscripción o comprándola directamente en quioscos y librerías.

            PEONZA. Desde 1986 un grupo de maestros la publica en Santander con periodicidad trimestral. Se puede comprar en librerías o por suscripción.

            BLOC. Revista Internacional de Arte y Literatura Infantil. Publica dos números al año desde 2008, en edición bilingüe castellano–inglés. Está elaborada por profesionales del diseño, la traducción, la fotografía y la literatura infantil, y se adquiere por suscripción.

            EDUCACIÓN Y BIBLIOTECA. Se fundó en Madrid en 1989 y en la actualidad se publica con carácter bimestral. Se adquiere por suscripción. Incluye recomendaciones y críticas bibliográficas realizadas por varios especialistas.

            CHARÍN. Desde 2008 la Fundación Conrado Blanco publica en La Bañeza (León) un número al año de distribución gratuita. Hasta el momento ha editado dos revistas y dos libros.

LAZARILLO. Publicada por Los Amigos del Libro Infantil y Juvenil desde 2000 con la intención  de servir a la difusión y al conocimiento de los libros infantiles. Ofrece periódicamente tres números que cuentan con secciones fijas destinadas a dar a conocer ilustradores, escritores, proyectos editoriales y experiencias sobre animación a la lectura.           

PRIMERAS NOTICIAS REVISTA DE LITERATURA. Editada en Barcelona desde 1992 por el Centro de Comunicación y Pedagogía. Periódicamente publica noticias, novedades editoriales e información sobre todo lo que acontece en el mundo de la LIJ.

Aparte de estas revistas y otras dedicadas específicamente a la LIJ, la mayoría de las revistas literarias que hay en el mercado suelen incluir alguna reseña, artículo o reportaje sobre el libro infantil y juvenil. En este sentido hay que destacar el número Extra que la revista QUÉ LEER dedicó este verano a la LIJ y que aún se puede adquirir en la web de la editorial.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 20 de noviembre de 2010)







           


miércoles, 17 de noviembre de 2010

Cuento largo al calor de la lumbre

“EL NARRADOR DE HISTORIAS FANTÁSTICAS”

JOSÉ ANGEL ORDIZ LLANEZA

Editorial Visión Libros, Sevilla, 2010

Páginas: 175






            José Ángel Ordiz Llaneza (San Martín del Rey Aurelio, Asturias, 1955) está dejando de ser un “escritor invisible”, como él mismo se califica pensando seguramente en los muchos años que ha pasado escribiendo en silencio, con el único empeño puesto en hacer lo que al fin y al cabo todo escritor que se precie de serlo sabe que está condenado a hacer: escribir y escribir sin esperar más reconocimiento que el propio, aquél que se satisface en cumplir el compromiso que uno tiene como escritor. Así, desde hace un tiempo Ordiz Llaneza está sacando a la luz toda la obra que tenía guardada en el cajón, que parece que no es poca, pues el propio autor vaticina que tiene colmado el cupo de publicaciones con vista a los próximos dos o tres años. A esto se le añaden los premios que suele cosechar con sus obras, como el reciente Premio de la Crítica de Asturias en la modalidad de cuento en lengua española por su libro Relatos impíos (Ediciones Atlantis, 2009) y la selección –aunque al final no galardonada- de una novela suya entre las diez finalistas de la última edición del Premio Planeta.

            En El narrador de historias fantásticas el autor sigue la tradición de los relatos orales transmitidos al calor del hogar en las frías noches de invierno, donde un narrador -al que han dado refugio unos personajes que no tienen más presencia en el relato que el de ser meros escuchantes de la historia- va contando un largo cuento en el que se entrelazan, a través de un espacio limitado y un tiempo indefinido, las fantásticas aventuras de los personajes que lo pueblan. Al igual que en Las Mil y una noches, se nos transmite la necesidad vital del narrador en contar “su” historia y, como una especie de Sherezade vagabundo que se ve “condenado a repetir” su relato para agradecer el alimento y el cobijo, el peregrino habla de cómo la vida y la muerte se persiguen, de cómo “caminan tomados de la mano” el amor y el odio, la maldad y la bondad, la crueldad y la ternura, la ignorancia y la sabiduría, el dolor y el placer, la verdad y la mentira, y de qué manera no son más que ramas del mismo árbol de la vida.

            En esa dualidad, que contribuye a relativizar los episodios más rotundos de la trama, se mueven los personajes, empezando por Remedes que, tras matar a su hermano Filipo y forzar a la hermosa Petria, se ve obligado a huir de El Mar del Sur, donde faenaba en la barca que compartía con su hermano, a través del vasto territorio formado por Los Valles del Oeste, Los Bosques del Este, Las Montañas, Los Desiertos, Las Ciénagas, el Oasis de las Esencias y La Región de los Hielos Azules habitada por los Bárbaros del Norte. En su huída se junta con Almudio, el cazador de alacranes, con el que correrá aventuras fantásticas entrelazadas por personajes como la hermosa Bel, Arturo el poderoso, Tobías y Melina los eternos, Arquín el sabio, Pit el enano y Pisón el gigante, Nerea la bruja, Valior el pescador, Doria la dulce, Telesforo el impetuoso, Orlando el flautista,  Pol el apuesto, Nirvania la princesa, Rex el poderoso, Rosalinda la hija predilecta de los Bosques del Este, Zalamías el chico, Gregor el juglar vagabundo y algunos más que, en su singularidad, contribuyen a alcanzar la verosimilitud que exige todo relato fantástico y a que el lector traspase, sin mayores sobresaltos, esa fina raya tras la que sabemos que suceden los hechos extraordinarios.

            El autor, siempre tan cuidadoso con los aspectos formales, utiliza en todo momento el punto de vista del narrador oral, al que introduce de vez en cuando en la trama del relato para justificar su propio relato y orientar a los oyentes –al lector- sobre algunos aspectos de lo narrado, a través de una bellísima prosa que continuamente trae y lleva al lector a través del tiempo y el espacio en el que transcurre la trama. Los diálogos están inmersos en el mismo cuerpo de la narración, un largo y único párrafo donde la ausencia de puntos y aparte no debería suponer un problema para la mirada atenta de los jóvenes lectores.

Se trata de una novela que, aunque no se presente bajo el sello de literatura juvenil, pueden leer los jóvenes lectores a partir de los 14 años, sobre todo, como su título indica, los que disfruten con las narraciones fantásticas de corte más clásico, aquellas en las que aparecen princesas y príncipes, héroes y guerreros, arrebatados por odios y amores desgarrados.


(Publicado en la revista Literarias, nº 22 (17 de noviembre de 2010). Otra versión de esta reseña se publicó en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés el 30 de octubre de 2010)



sábado, 6 de noviembre de 2010

En el taller de Mauro Rodríguez

 


POÉTICA DE LA MADERA


El taller del escultor está en el monte,
en el bosque, en la naturaleza donde la madera muerta,
caída después de ser rama tronchada por el viento
o tronco cortado por el hacha del hombre,
espera paciente la mirada y la mano de quien la devuelva a la vida.

            Mauro Rodríguez Salvador pasea por los robledales que rodean Turón o por los encinares de las tierras zamoranas donde nació y pacientemente espera a que le provoque una raíz, un tronco o una rama muerta. Porque el escultor tiene su primer taller en la naturaleza, donde la materia prima de su obra duerme en las diversas, caprichosas formas con que la fue moldeando la vida. En ese taller, en el campo abierto impregnado del olor de la resina y de las hojas muertas, el escultor, olvidando el rastro de sus huellas perdidas, se detiene ante un trozo de madera que le reclama, que en silencio busca la complicidad de su mirada atenta. Cuando al escultor se le ha revelado, de manera aún muy nebulosa, alguna posibilidad de devolver a la vida la materia inerte, carga con la raíz, el tronco o la rama y lo lleva al taller entre paredes que tiene en Oviedo.
            Allí, en un rincón de ese espacio reposa la pieza en espera de una segunda provocación, aquélla en la que el artista va descubriendo el arte que la madera ya contiene. Así, mientras con la lija va puliendo con mimo alguna obra que ya tiene casi a punto de terminar, de vez en cuando alza la mirada y la posa sobre el nuevo tronco que parece abandonado en el rincón, pero que, en realidad no deja de llamarle para que el artista se levante del taburete y le busque la veta, la hendidura de donde surgirá la idea.
            La sobriedad del espacio donde se ubica el taller es sin duda el reflejo de la sencillez de Mauro Rodríguez Salvador, quien, desde una formación autodidacta, siente el trabajo artístico con la humildad de saber que sólo para sí mismo –para la labor callada del artista- debe quedarse el íntimo orgullo del privilegio que supone poder crear con sus propias manos, en complicidad tan solo con su mirada y su experiencia, que le hacen descubrir en la madera unas “formas que son tuyas, que tú ya tenías dentro cuando la pieza provocó tu atención en el campo”. Para ese camino en el “descubrimiento de las formas propias”, Mauro no necesita más que un puñado de herramientas y una mesa de mármol, material en el que apoya el tronco y que, a través del tiempo, parece traerle el eco de los escultores clásicos que, como él, sentían que la labor del artista no es otra que la de sacar a la luz las formas que ya escondía en su interior la obra.
En esa tarea únicamente la técnica depurada o el mero oficio de los artesanos (tan respetable su labor por el usual empeño en el trabajo bien hecho) no son suficientes para que Mauro pueda conseguir lo que modestamente nos propone con su obra: una “invitación a la sugerencia”. Para ello son necesarios a la vez la fuerza y el mimo de sus manos –el tacto que recoge de la materia inerte su cualidad más oculta para devolverla en expresión sentida, en pulida, acariciada y viva forma-, no sólo para alcanzar ese humilde propósito, sino que por medio de las herramientas que indagan en la profunda e incierta opacidad de la madera, se transforma esa modesta intención del artista en una auténtica “provocación a la sugerencia”.
No es únicamente la propia evocación sexual que las formas redondeadas y fálicas, los abrazos cálidos y los huecos de luz, puedan despertar en la imaginación del espectador atento, sino la misma provocación que, como una astilla más que salta de la gubia, debe desprenderse, de modo inexcusable, de toda manifestación artística que se precie de serlo. En este sentido, la obra de Mauro Rodríguez Salvador contiene toda la fuerza de la provocación, pues, frente a ella, nuestra mirada –es decir, nuestros sentidos y nuestro pensamiento- es golpeada con el mismo formón con que se perfila la madera, hasta vernos configurados como una forma más extraída del molde que ha creado el artista.
Para su propósito toda madera sirve. De la flexibilidad del olmo o la higuera a la dureza de la encina, el roble o el cerezo, Mauro ha ido esculpiendo, a lo largo de los años, una obra que ha expuesto, de forma individual o colectiva, en numerosas salas y  galerías de arte, casas de cultura y museos desperdigados por Madrid, Barcelona, La Coruña, Málaga, Salamanca, Zamora y Asturias. Sus obras han sido seleccionadas en Muestras, Certámenes y Bienales de arte y expuestas en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid (1995) y en el Museo de Arte Moderno de Barcelona (1997). Ha recibido el Primer Premio de Escultura en la “VII Semana América en Madrid” (1994) y en el “IV Certamen de Pintura y Escultura José Cubero “Yiyo” de Madrid (1998). Además sus obras han estado presentes en la Muestra de Arte Contemporáneo “Mac 21” de Marbella (Málaga, 2000) y en la VIII Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Salamanca, 2004) y hace pocos meses una escultura suya ha servido para crear el diseño de los trofeos que entrega en sus competiciones el Club Natación Ciudad de Oviedo.  
Pero en el taller no hay espacio para ninguno de esos reconocimientos, sino para el recogimiento, para la concentración de todos los sentidos del artista en el propio trabajo que, literalmente, se trae entre manos, en la elección de las herramientas más acertadas y precisas que le conduzcan a revelar lo que Mauro espera: la gubia para desbastar la madera, el formón para los cortes rectos, la escofina para los remates más delicados, la lija para pulir las formas creadas y la cera para dar el acabado definitivo de la pieza. Y por el camino hacia ese descubrimiento de las formas, la técnica del escultor tal vez haya debido recurrir a tareas más prosaicas, como el uso del barreno o la jeringuilla para introducir el líquido milagroso que mate a la carcoma.
Seguramente para que se mantenga intacta toda la capacidad de sugerencia que pretende con cada una de sus esculturas, Mauro Rodríguez Salvador no suele poner título a sus obras, pero a veces se aventura a ponerles un nombre para dar indicios al espectador sobre el ánimo que le ha llevado a lograr tal representación. Así, guiado por su gran afición al deporte, sus piezas se empezaron a llamar “Jugando con los aros” (Seleccionada en la XI Bienal Internacional del Deporte en las Bellas Artes. Madrid, 1995), “Deportista en equipo” (Seleccionada en la XII Bienal Internacional del Deporte en las Bellas Artes. Barcelona, 1997), “Salto” (Seleccionada en la I Bienal del Baloncesto en las Bellas Artes. Madrid, 1998), hasta llegar a estos momentos donde las obras reciben nombre más reflexivos: “El tiempo pasa y todo cambia” o “Elogio de la memoria”.
 Siguiendo fielmente un verso del celebrado “Don de la ebriedad” de su paisano Claudio Rodríguez (“La encina, que conserva más un rayo / de sol que todo un mes de primavera”), Mauro busca la luz y el tiempo encerrados en la naturaleza muerta, y del tronco encontrado en la tierra, el artista, como un demiurgo, extrae de nuevo la vida y la hace evolucionar ante nuestros ojos: el abrazo que enlaza los deseos primigenios fecunda con bolas móviles los huecos donde la luz interna del tronco –el “rayo de sol” del poema- alumbra un futuro más libre, pero también más frágil, amenazado de espumas. Así, el tronco no nace para morir, sino para transformarse continuamente y perdurar con su savia de nuevo esculpida, para siempre en la memoria del hombre. En la fugacidad de la vida el tiempo hace que las formas, como la cera de las velas, se derritan, pero sólo momentáneamente, pues antes de caer del todo se solidifican, generando nuevas formas, que, en alguna de sus últimas creaciones reposan sobre una piedra, volviendo de esta manera a un origen en el que el tronco se yergue erecto desde la tierra inerte de donde nació.
Su obra expresa –a través de una esencial poética de la madera- esa clara evolución desde la primera a la última pieza, pero también en cada escultura se sustancia la síntesis de todo ello, de ese dinamismo que a la vez es la metamorfosis sin fin de la naturaleza y la fuerza creadora del hombre, su necesaria prolongación que seguirá evolucionando hacia donde sólo Mauro Rodríguez Salvador sabe, siempre hacia el arte que ha elegido su mano para manifestarse.

(Publicado en El Comercio y La voz de Avilés. 6 de noviembre de 2010)