Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 3 de marzo de 2012

Vida del pequeño Dickens


LA FÁBRICA DE BETÚN
Vicente Muñoz Puelles
Editorial Anaya, Madrid, 2012


            Como suele ocurrir cuando se conmemora una fecha señalada –generalmente el nacimiento o muerte- en la vida de un famoso escritor, las editoriales aprovechan el acontecimiento para sacar nuevas ediciones de sus obras, desempolvar algunos papeles olvidados o publicar recientes ensayos o biografías al respecto. A pesar de la habitual saturación que conllevan estas efemérides, también es de celebrar que, asomando entre la maraña de lo ya manido, de vez en cuando salga a la luz alguna original propuesta. Tal es el caso de “La fábrica de betún” (Editorial Anaya, 2012), donde Vicente Muñoz Puelles -Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, 1999- consigue acercar a los jóvenes lectores la figura de Charles Dickens, que –como todo el mundo sabe- el pasado 7 de febrero cumplió sus primeros doscientos años.
            En esta novela, a John Forster -amigo y agente literario de Dickens- se le aparece el espectro del escritor cuando precisamente se encuentra enfrascado en la tarea de escribir una biografía de su amigo recientemente fallecido. Ante la estupefacción de Forster, el fantasma de Dickens no se limita a contarle los pasajes de su vida que él desconoce, sino que lo lleva de la mano –literalmente volando por el cielo- a visitar no sólo los lugares, sino el tiempo donde transcurrió su infancia. Así, Forster es testigo privilegiado del nacimiento de Charles en el seno de una familia más o menos acomodada y de algunas escenas de su infancia dorada en la ciudad de Chatham, donde aparecen sus primeras lecturas –Alí Babá, Don Quijote, Gulliver, Robison Crusoe-, las representaciones navideñas en las que demostraba su capacidad para recitar a Shakespeare y el regalo premonitorio que le hizo el director de su escuela: “El paraíso perdido”, de John Milton. En capítulos sucesivos, el lector asiste –con Forster, que va viendo la vida de Dickens como si fuera una película- a la pérdida de ese mundo feliz de la infancia, que poco a poco se va desmoronando a medida que crecen las deudas de su padre y el pequeño Charles se ve obligado primero a empeñar sus queridos libros y después a trabajar en una fábrica de betún. Las duras condiciones de ese empleo y el sórdido ambiente de la “cárcel de deudores”, donde al final han recluido a su padre hasta que pueda satisfacer las deudas que ha contraído, van llenando a Dickens de argumentos para sus futuras novelas.
Vicente Muñoz Puelles ha logrado escribir una novela plenamente dickensiana, de forma que para contarnos la vida del autor inglés toma prestado el ambiente de sus narraciones, la inconfundible atmósfera de la sociedad victoriana que es la base de la denuncia de la miseria y la injusticia en la que habitan sus desgraciados personajes, pero también nos revela el humor que se destila en tantas obras de Dickens, en este caso “encarnado” en el espectro –figura en la que aparece el biografiado-, tan característico de sus más célebres cuentos. A este homenaje también contribuyen las acertadas ilustraciones de Irene Fra, que envuelve a los pequeños lectores en la atmósfera –también espectral- de la vida del pequeño Dickens.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 3 de marzo de 2012)


martes, 7 de febrero de 2012

Charles Dickens


            Como muestra de pequeño, privado homenaje a Charles Dickens en el día en que se cumplen los primeros doscientos años desde su nacimiento, he hojeado algunos de los ejemplares de su obra que tengo en mi librería con la intención de releer esos famosos pasajes que a menudo gustan de permanecer en la memoria. Entre ellos el conocido inicio de “Historia de dos ciudades”, aquel que yo recordaba como “Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos…”. Pero la sorpresa me asalta cuando compruebo que las dos versiones que tengo no sólo no coinciden, sino que contradicen el sentido de lo traducido.
            En la edición de Bruguera de 1974, la traducción de Carlos Sempau dice: “Era la peor y la mejor de las épocas, era el siglo de la razón y de la locura, la época de la fe y de la incredulidad, era un período de luz y de tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación, lo teníamos todo ante nosotros y el horizonte se cerraba delante nuestro, se iba directamente al cielo y por el camino más corto al infierno; en resumen, aquella época era tan distinta a la nuestra que algunas de sus más respetables autoridades opinaban que sólo se debe hablar de ella en grado superlativo, ya sea para bien o para mal”. (p. 9)
            En la edición de Unidad Editorial (Colección Millenium) de 1999, la traducción de Salustiano Masó dice: “Era el mejor de los tiempos y el peor; la edad de la sabiduría y la de la tontería; la época de la fe y la época de la incredulidad; la estación de la luz y la de las tinieblas; era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación; todo se nos ofrecía como nuestro y no teníamos absolutamente nada; íbamos todos derechos al cielo, todos nos precipitábamos en el infierno. En una palabra, a tal punto era una época parecida a la actual que algunas de sus autoridades más vocingleras insistían en que, para bien o para mal, se la tratara sólo en grado superlativo”. (p. 11)
            Las cursivas son mías y tal vez indiquen, con la ironía que tan a menudo se desprende de la obra de Dickens, que ahí resida precisamente la clave que convierte a un escritor en un autor universal, en la libre interpretación –a menudo contradictoria- que en las diferentes generaciones suscita su lectura.

            ("It was the best of times, it was the worst of times, it was the season of Light, it was the season of Darkness, we had of everything before us, we had nothing before us... in short, it was a period very like the present...")

sábado, 4 de febrero de 2012

Un cuento vertical

 Casualidad
Texto de Pepe Monteserín
Ilustraciones de Pablo Amargo
Editorial: Barbara Fiore Editora
32 páginas

            “Casualidad”, con texto de Pepe Monteserín e ilustraciones de Pablo Amargo, es un cuento corto porque se lee en un suspiro y un cuento largo porque después de leído sigue habitando en uno mismo; es un cuento estrecho porque ocupa un mínimo lugar en la página y un cuento ancho porque amplía los márgenes de nuestra imaginación; es un cuento bajito al lado de los dibujos estilizados que lo acompañan y un cuento alto porque en su vuelo nos eleva sobre un paisaje de sensaciones y recuerdos; es un cuento acabado, con su planteamiento, nudo y desenlace, y un cuento interminable que enlaza con la continua maravilla de las historias sin fin; es un cuento para pequeños acostumbrados todavía a leer poco e imaginar mucho y un cuento para mayores que desean que la lectura larga comience cuando se acaba de leer el cuento; es, en definitiva, un cuento que son dos: el que se puede leer (o escuchar si nos lo cuentan) en las páginas pares y el que se puede ver en las imágenes que aparecen en las páginas impares.
            Pepe Monteserín es un autor con una trayectoria larga, ancha y alta (casi interminable en la variedad de trabajos que como escritor frecuenta), que logra condensar en este texto algunas de sus cualidades como narrador. Así, nos ofrece un cuento donde el amor, el humor y el rumor del viento tejen con su hilo poético una leve trama que vuela sobre la casualidad como disculpa de lo que nos acontece. Pablo Amargo, que goza de reconocido prestigio como diseñador gráfico, no se limita a ilustrar el texto, a aportar un mero soporte visual a lo narrado, sino que con sus sorprendentes dibujos en blanco y negro imagina o sueña un mundo diferente, un relato que a través de las páginas va recorriendo una ciudad vertical donde sus vecinos habitan un extraño paisaje de altos edificios y alargados parques, de chimeneas y embarcaderos imposibles, bajo un viento que siempre mueve a su antojo todas las veletas, cometas y molinos del mundo.
En estos atribulados tiempos en los que parece que ya está todo confabulado para la desaparición del libro de papel en beneficio del libro digital, es de celebrar la arriesgada empresa de editar un precioso volumen como éste, merecidamente galardonado con el Premio Internacional CJ Picture Book Award (Corea, 2011). Aunque tal vez los autores y la editorial no lo hayan concebido con esa intención, su diseño también puede pretender llevarle la contraria al viento que, casualmente o no, quiere llevarse volando los libros impresos lejos de la estantería, donde siempre destacará “Casualidad” –por su contenido y formato- entre el resto de los volúmenes que pervivan.
(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 4 de febrero de 2012)

sábado, 7 de enero de 2012

El fuego de la verdad

Cuentos al amor de la lumbre
Antonio R. Almodóvar. Editorial Anaya, Madrid, 2011
2 Volúmenes (292 p. y 271 p.)

            Se reeditan los celebrados “Cuentos al amor de la lumbre” que en 1983 publicó Antonio Rodríguez Almodóvar (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1941) en dos volúmenes. No se trata de una reedición más que haya que sumar a las veintiséis anteriores, sino de una auténtica edición revisada en la que el autor amplía el contenido de la introducción y el epílogo con nuevas aportaciones que le han ido surgiendo en su continuo, incansable y apasionado estudio de los cuentos populares. A ello también ha contribuido la esmerada factura de la editorial Anaya que ha enriquecido la presentación de los dos volúmenes con renovadas ilustraciones de Pablo Auladell, Carmen Segovia y Xosé Cobas.
Sin embargo, con respecto a las ediciones anteriores, no ha habido una variación en el número de cuentos, pues, como apunta el autor en el prólogo, algún añadido habría alterado el orden y desfigurado la clasificación de los relatos. De esta forma, se sigue la inicial organización de los cuentos bajo tres grandes epígrafes: Cuentos maravillosos, que ocupan todo el primer volumen, y Cuentos de costumbres y de animales, que se reparten en el segundo volumen. La propia metodología de A.R. Almodóvar, que concibe su trabajo como una “recopilación de arquetipos”, le lleva a agrupar los diferentes textos en torno a unos rasgos comunes que les sirven como patrón de referencia. Entre los Cuentos maravillosos –entendidos por el autor como aquellos que poseen siete personajes: el héroe, el falso héroe, el agresor, el donante del objeto mágico, la víctima, el padre de la víctima y los auxiliares del héroe- se recogen textos englobados en  arquetipos como Blancaflor, El príncipe encantado, La princesa y el pastor, Los niños valientes, etc. Los Cuentos de animales desarrollan un argumento –muchas veces crítico y humorístico- enmarcado en la realidad histórica y social, careciendo, por tanto, de elementos extraordinarios. Algunos de estos textos se recopilan bajo los arquetipos de Niños en peligro, Pícaros, Pobres y ricos, Tontos, etc. En los Cuentos de animales nos encontramos aquéllos que tienen como protagonistas a animales que hablan y que presentan alguna cualidad asimilable a conductas propias del hombre: la astucia de la zorra, la presunción del león, etc. Se agrupan en torno a arquetipos como Correrías del lobo y la zorra, Andanzas y desventuras del lobo, etc.
Esta nueva edición es una excelente oportunidad para que se acerquen a una obra imprescindible todos aquellos que estén interesados por los cuentos populares españoles. Es ineludible para los amantes de la literatura –no sólo infantil o juvenil-, que encontrarán en la sobria erudición que el autor despliega en los dos volúmenes, una impagable introducción al estudio de los cuentos clásicos. Del mismo modo será placentera su lectura para aquellos adultos que quieran recordar los cuentos de su infancia y que, a su vez, deseen transmitir este rico patrimonio oral a sus hijos, quienes seguramente se sorprenderán al escuchar o leer historias que les traerán formas y ecos de cuentos que ya conocen, como Blancanieves o Cenicienta, en versiones que es necesario seguir contando de generación en generación.
Al escuchar o leer estos cuentos –ojalá pudiera ser efectivamente “al amor de la lumbre”- uno se adentra, a través del misterio de lo narrado, en el bosque que conduce a los conocimientos más profundos, aquellos que no eluden los pasajes más disparatados o truculentos para acercarnos –como bien dice Caballero Bonald en el prólogo- al “fuego de la verdad”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 7 de enero de 2012)

sábado, 17 de diciembre de 2011

En el taller de Tadanori Yamaguchi

Arte sin adjetivos

La leve reverencia con la que Tadanori Yamaguchi
saluda al visitante es uno de los pocos indicios
que avisan de que entramos en un espacio
donde trabaja un artista japonés.
Naturalmente, también nos advierten sus rasgos físicos, su nombre y el peculiar acento de su habla, pero el taller instalado en una vieja nave que hasta hace poco fue usada como carpintería, es un gran espacio donde los utensilios, las formas y los ecos no proceden del lejano oriente, sino que su origen diverso está dispuesto para crear una obra de decidida voluntad universal.
            A la inevitable pregunta de qué hace un japonés en Pravia, Yamaguchi recorre ante el visitante una azarosa secuencia de acontecimientos en cuyo origen está un simposium internacional sobre talla en granito celebrado en 1995 en Kasama (Japón). Allí conoce a un artista que se interesa por su obra y le pone en contacto con el arquitecto gijonés Vicente Díaz Faixat. En 1997 interviene en el taller “Intervenciones Contemporáneas en el Patrimonio Arquitectónico” que imparte el arquitecto asturiano, quien, después de ver su catálogo, le propone que solicite una beca para continuar su formación en España. De esta manera, Yamaguchi, nacido en Nagoya (Japón) en 1970 y licenciado en Arte Creativo por la Universidad de Arte de Kyoto, es becado en 1997 como investigador por el gobierno español para cursar el módulo de Artes Aplicadas de la Piedra en la Escuela de Arte de Oviedo. Un año después obtiene una beca para el Museo de Escultura de Candás y más tarde una subvención de la Fundación Municipal de Cultura de Gijón.
En la actualidad reside en Pravia, donde también tiene el taller en una de las parroquias que rodean la villa. Durante este tiempo ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas en diferentes puntos de España y ha sido reconocido por diversos premios, entre los que destacan la mención especial en la convocatoria de proyectos de intervención artística “Madrid Abierto 2004” y “Madrid Abierto 2005”, el Premio en el concurso de ideas para la Autovía Minera (2003), el Primer premio en el concurso de ideas sobre la silla para la Revista artística Mínima (Asturias, 2003), Primer premio IV Bienal de Escultura San Martín del Rey Aurelio (2003) y Primer premio en la V beca del Museo Bartola de Gijón (2007). Además, en el año 2000 fue premiado en el concurso Advan imaginación arquitectónica de Tokyo y en 2006 obtuvo una de las Becas AlNorte que concede el diario EL COMERCIO.
Tadanori Yamaguchi afirma que no cree que haya un arte definido por los países ni por las técnicas ni por los materiales ni por los estilos. A pesar de que alguna vez le dijeron que en su obra se notaba la huella de su país de origen, no se atreve a determinar qué significa eso en realidad. Piensa que no se puede hablar de arte japonés, como tampoco de arte español o arte asturiano. “Hay un arte sin adjetivos de la misma manera que tampoco se puede concebir un artista ceñido únicamente a la pintura, a la escultura, a la fotografía o, como en la actualidad, al videoarte o al ciberarte”. Por supuesto que hay quien es sólo o principalmente pintor, escultor o fotógrafo, pero Yamaguchi no quiere etiquetas que limiten su labor como artista. Igualmente los materiales deben considerarse sólo un medio que sirva de manera precisa para la expresión de lo que el artista concibe y siente. El hierro, la madera, la piedra, el papel o el lienzo se deben adecuar al propósito concreto y único de la obra. Y aún va más allá cuando afirma que tampoco le interesa hacer distinciones entre arte figurativo, abstracto, conceptual, minimalista o de cualquier otro tipo, entendiendo tal vez que sólo son calificativos a los que recurren los historiadores o los críticos para ser más didácticos, en definitiva para enmarcar y así tal vez ayudar a explicar una obra, pero que poco tienen que ver con la propia e íntima creación del artista. “El arte es arte y punto”, concluye Yamaguchi en un castellano que en su sencilla rotundidad parece haber aprendido en las conversaciones con sus vecinos de Pravia.
Buena prueba de que estamos ante un artista sin adjetivos es la variedad de materiales que habitan el espacio donde trabaja. Lo primero que llama la atención cuando se entra en la nave son los grandes bloques de mármol que le envían desde Carrara. De esa preciada piedra blanca –que parece arrancar de la cantera italiana el espíritu que tanto atrajo a los maestros clásicos-, Yamaguchi extraerá la obra de arte que en su interior el mármol ya contiene. En un taller cerrado dentro de la nave para que el polvo blanco no contamine con su humo irrespirable todo el espacio, provisto de una máscara y unas gafas protectoras hace los primeros cortes más bastos con la sierra radial, para después ir dibujando sobre la piedra la figura que más tarde sacará con el cincel, a golpes cada vez más firmes y certeros. La apariencia de rudo trabajador, de obstinado cantero en su severo oficio de artesano, parece contradecir la finura con que se empeña en el acabado. Igualmente, la dureza de la piedra contrasta con la blandura que sugiere una figuración tierna como “La maternidad”, que realizó en 2009 –en colaboración con la escultora Castora de Diego- por encargo de la “Fundación Cerezales Antonino y Cinia” de León. (Se puede ver cómo trabaja en un video colgado  http://www.tadanoriyamaguchi.com/)
            Situado cerca de la puerta de la entrada porque las dimensiones de la pieza no permitían adentrarlo más hacia el interior de la nave, un gran bloque de granito negro traído de África aguarda que el artista se ponga con él manos a la obra. “Lo pedí justo de este tamaño y forma para hacer algo que tengo en la cabeza”, dice Yamaguchi, pero no va más allá, no quiere dar más pistas sobre lo que para él encierra esa especie de plancha de piedra de aproximadamente cuarenta centímetros de alto, dos metros de ancho y cuatro de largo. “Mi propósito es ir eliminando de la piedra sólo lo que sobra para tratar de expresar mucho con los mínimos elementos”.
            Dentro de la nave hay otro espacio cerrado que guarda a modo de exposición permanente algunas obras del artista. En la puerta, como si se tratara de una columna que flanqueara la entrada a un templo clásico, descansa en un pedestal la maqueta de hierro que Yamaguchi presentó para un concurso de ideas que se convocó hace unos años sobre el entorno del Cabo Peñas. “Pretendía ser un laberinto en forma de silbato que la gente podría recorrer y así escuchar el sonido del viento cuando soplara entre sus paredes. Sería una pieza monumental, al modo de las que concibe Richard Serra como espacios para ser paseados por la gente. Además la obra se cubriría con una gran plataforma a la que se podría subir a través de unas escaleras para poder mirar desde allí el horizonte. Quedó seleccionada para el concurso, pero no lo ganó, tal vez porque su construcción hubiera sido demasiado costosa”.
            La exposición contiene una muestra de sus obras y es en sí misma una síntesis de la variedad de su quehacer como creador. Sobre las estanterías metálicas reposan esculturas con luz interior, piezas de mármol o de granito con las que ensaya diferentes formas geométricas, varias “propuestas” de cerámica artística, algunas “existencias” talladas en piedras de alabastro, una “explosión” de hierros que surgen como el nacimiento de una célula y una serie de “cuadros escultóricos” que enmarcan juegos de formas con papeles de colores. De las paredes cuelga alguna fotografía de gran tamaño en la que una bola de papel arrugado parece flotar como una estrella más en un espacio negro e infinito.
            El trabajo con la fotografía lo lleva a cabo en el interior de una cámara oscura que ha construido en el otro extremo de la nave y donde Yamaguchi asegura que no se asoma nadie más que él, seguramente para preservar un reducto de intimidad en ese espacio tan amplio y abierto, tan expuesto a la curiosa mirada del visitante. “De vez en cuando me encierro en esta cámara, un poco para descansar del duro trabajo con la piedra y otro poco porque suelo hacer varias cosas a la vez. Me cansa centrarme en una sola cosa, y así, cuando estoy concentrado realizando alguna tarea, me surgen ideas para trabajar en otra que tengo entre manos. También se puede deber a que nunca estoy satisfecho con lo que hago, lo cual es la única forma de avanzar, de buscar el arte total, que es lo que verdaderamente te enriquece como persona”.
           
(Publicado en El comercio y La Voz de Avilés. 17 de diciembre de 2011)

sábado, 10 de diciembre de 2011

Una esquirla en el corazón


LA REINA DE LOS HIELOS
Autora: Marie Díaz
Editorial Edelvives. Zaragoza, 2011
63 páginas
Entre las cualidades de los cuentos clásicos está la facilidad que a menudo muestran para adaptarse no sólo a los modos propios de cada época, sino a la individual forma de narrar que cada persona posee. Esta capacidad se da sobre todo en los más populares, aquellos que los padres transmiten a sus hijos buscando el difícil equilibrio entre el atrevimiento de incluir algunas variaciones en el texto y el cuidado de no traicionar la esencia de lo narrado. De hecho, para contar bien un cuento hay que apropiarse de él, es decir, el narrador debe insuflarle su particular impronta para atrapar al lector o al oyente y llevárselo con él en esa suerte de rapto emocional que supone su escucha o su lectura. Así, en la transmisión oral o escrita que se hace entre generaciones se suelen añadir elementos y sobre todo eliminar aquéllos que chirríen con la sensibilidad de los tiempos. Sin duda, esta ductilidad es una virtud, pero también un riesgo, sobre todo si tenemos en cuenta cierta tendencia actual a una supuesta corrección moral en la que, para no hacer sufrir a los pequeños, nos esforzamos por edulcorar –y, por tanto, desvirtuar- los cuentos clásicos.
              No cae en ese peligro “La reina de los Hielos” de Marie Díaz, que, basado en el popular cuento de H.C. Andersen “La reina de las Nieves”, es capaz de introducir algunos cambios narrativos manteniendo los personajes, la estructura, la trama y, sobre todo, el sentido del relato original. Dividido –al igual que el relato de Andersen-, en siete historias o capítulos, esta adaptación cuenta cómo una malvada bruja llamada la Reina de los Hielos se hizo con un espejo que tenía la cualidad de reflejar de forma horrenda toda la belleza del mundo. En su afán por vencer al Sol, su mayor enemigo, el espejo se estrelló contra el suelo y se rompió en mil pedazos que saltaron por todas partes. Uno de esos fragmentos se clavó en el corazón de Kay, que inmediatamente fue transformado en hielo. A partir de entonces su amiga Freya notó cómo a Kay también se le congelaba el carácter, hasta que un día de fuerte temporal un misterioso personaje lo atrapó con sus malas artes y se lo llevó en su trineo blanco volando al interior de una recia tormenta de nieve y ventisca. Pasado el invierno, Freya sale en busca de su amigo, y para ello se verá obligada a atravesar un largo camino lleno de vicisitudes, aventuras fantásticas y sorprendentes encuentros con personajes tan misteriosos como “la anciana del jardín”, “el caballero y la doncella”, “la hija de los bandoleros” y “la anciana del Norte”. Hasta llegar al inhóspito, grandioso y frío Palacio de la Reina de los Hielos donde, si se sigue leyendo, se sabrá lo que sucedió después.
            En esta bella historia que conserva los elementos que debe contener todo cuento de hadas que se precie –el héroe (en este caso una niña), el personaje encantado, la bruja que lo seduce con su hipnotizadora mirada de hielo, las pruebas que el héroe tiene que pasar para lograr desencantar al amado, etc.- habitan “los sueños que vienen a visitar a los durmientes”.
Sería bueno que la lectura de esta fiel adaptación –ilustrada por Miss Clara con expresivos collages que añaden más belleza a la calidad literaria del texto- condujera a los pequeños (a partir de 8 años) –y a los adultos- a leer el original y de ahí seguir el hilo encantado que lleva a adentrarse en todos los cuentos de H.C. Andersen.
(Publicado en El Comercio y La Voz de Avilés. 10 de diciembre de 2011

sábado, 3 de diciembre de 2011

La guerra y sus consecuencias




 “El fuego y las cenizas"
Jorge Ordaz
Editorial Pez de Plata. Morcín (Asturias), 2011
222 páginas. 18,50 euros.
          
Con su última obra, Jorge Ordaz (escritor barcelonés afincado en Asturias) parece cerrar una trilogía de novelas “filipinas”, que inició con “La perla de Oriente” (finalista del Premio Nadal, 1993) y siguió con “Perdido edén” (1998). Si aquéllas se ambientaban en el siglo XIX, aún durante la época colonial española, en “El fuego y las cenizas” la acción se desarrolla en plena Segunda Guerra Mundial, cuando el ejército japonés desembarca en Filipinas después del ataque a Pearl Harbor.
            Estructurada en tres partes encabezadas por sendas citas de autores filipinos que escribieron en castellano –además de un prólogo y un epílogo-, la novela nos relata las “maniobras clandestinas” que van urdiendo los personajes en los momentos previos a la invasión, “el fuego” de guerra y represión que se sucede en Filipinas “bajo la férula japonesa” y “las cenizas” que van quedando esparcidas en un país y una población que se ve condenada a habitar “entre ruinas”. En Manila, llevados por un instinto depredador producto a su vez de una innata necesidad de supervivencia, se mueven personajes extremos, que son al mismo tiempo víctimas y verdugos de la situación en la que están inmersos. Son arquetipos de tantas narraciones donde se desenvuelven espías, sicarios, prostitutas, periodistas, políticos, empresarios y diplomáticos sin muchos escrúpulos, pero uno de los méritos de esta novela es que el autor ha conseguido que estos personajes-modelo aparezcan ante el lector como seres de carne y hueso, que en su deambular firme o escurridizo por los consulados, las lujosas mansiones, los clubes nocturnos o las cárceles más siniestras, sintamos con ellos el pálpito de la intriga, la crueldad de la violencia más despiadada, la viscosidad de sus traiciones o la silenciosa llama del amor. Los hechos históricos son el soporte de lo novelado, pero la realidad y la ficción están tan imbricadas en la trama que apenas se distinguen –y ya se sabe que para la verosimilitud de una novela esto poco importa- los episodios verdaderos de los inventados, de igual manera que se aprecia cómo los posibles personajes reales “dialogan” en el mismo plano con los imaginados por el autor.   
            Con un estilo literario de resonancias cinematográficas, Jorge Ordaz suele introducir los capítulos con unas referencias ambientales o históricas que enmarcan la escena que se va a desarrollar a continuación, donde la fuerza narrativa logra que el lector mantenga la atención en vilo, aquélla que se debe exigir a una buena novela que combina con maestría técnicas comunes a varios géneros: negra, espionaje, aventuras, histórica. De igual manera, en un despliegue de riqueza narrativa, el autor utiliza diferentes registros, como el diario y los diálogos escritos a modo de texto teatral.
            Hay que agradecer a Jorge Ordaz que acerque una vez más al lector español un territorio tan olvidado por la literatura –ensayística y de ficción- en castellano, más aún si tenemos en cuenta que Filipinas fue la parte más oriental de aquel imperio donde nunca se ponía el sol. Igualmente hay que celebrar el valor –en el doble sentido de valentía y buena cualidad- de la joven editorial asturiana “Pez de plata”, no sólo por el especial cuidado que presta a la  edición de sus obras, sino por la singular apuesta que hace por ilustrar sus libros. En este caso hay que destacar los expresivos dibujos en blanco y negro de Enrique Oria, que, como si fueran planos cinematográficos, ilustran espléndidamente esta estupenda novela de Jorge Ordaz.  
(Publicado en Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 3 de diciembre de 2011)