Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 21 de octubre de 2017

Una obra maestra


Huracán en Jamaica
Richard Hugues
Alba. Barcelona, 2017


                Tal vez podría decirse que “Huracán en Jamaica” es la novela de aventuras más inquietante jamás contada. Y no tanto por los hechos narrados, por la zozobra que pueda provocar la agitada cadena de sucesos o por el propio ritmo que suele encoger el corazón de quien se engancha a este tipo de intrigas, sino por la sospecha de un acontecimiento no expuesto, la existencia de algo oculto que de forma permanente hace temblar la mirada del lector.
Así, la trama propiamente dicha no se aleja mucho del esquema típico de las novelas de piratas. A mediados del siglo XIX la familia inglesa Bas-Thornton y la familia criolla Fernández viven con sus cinco hijos en la isla de Jamaica, una especie de paraíso donde los niños se mueven con una libertad seguramente ya desconocida en la vieja y lejana Europa, repleta de colegios, prohibiciones y normas. Pero un huracán, precedido de un terremoto y una tormenta que entusiasman a los pequeños, devasta la isla y entonces a los padres no les queda más remedio que enviar a sus hijos a Inglaterra. Ya en el barco los niños, que tienen “pocas facultades para distinguir entre un desastre y el curso ordinario de sus vidas”, no sólo se adaptan rápidamente a la nueva situación, sino que tampoco se sorprenden cuando son asaltados por unos piratas. Acostumbrados desde siempre a una vida de juego, continuas peripecias y aventuras, los chicos –y las chicas- se desenvuelven en el “ambiente pirata” con una soltura que parece convertir en normal cualquier episodio por duro o truculento que sea. Es precisamente esa normalidad con la que el narrador cuenta –a veces a través de la omisión deliberada, la mera insinuación o el breve trazo- lo que desasosiega al lector, en ocasiones turbado ante la perversa seducción de la inocencia y la banalidad con la que se despacha un suceso trágico. 
Cartel de la película

Publicada inicialmente en 1929, Richard Hughes (1900-1976) indaga con “Huracán en Jamaica” –llevada al cine en 1965 por Alexander Mackendrick y titulada en español como “Viento en las velas”- en la peculiar perspectiva moral de los niños, en esa distancia –a menudo abismal- que hay entre la conducta desprejuiciada de la edad infantil y la severa autocorrección que se impone en el mundo del adulto. Incluso en el barco se ve reflejada esa brecha generacional, pues los propios piratas, que continúan de una forma decadente una “tradición vocacional”, ejercen por inercia un oficio ya desprovisto de maldad, mientras que los niños parecen asumir como un juego más de su infancia ciertos comportamientos malignos que deberían ser propios de sus imprevistos captores.
Los jóvenes –y los adultos- lectores de nuestro tiempo pueden disfrutar de la manejable y atractiva edición –en impecable traducción de Amado Diéguez- que nos presenta ahora la editorial Alba de esta obra maestra de la literatura. Un clásico de las novelas de aventuras que ofrece otras lecturas más allá del mero divertimento: el habitual afán de los adultos para manipular la verdad con el fin de lograr lo que ya tenían prefijado; la educación como medio para domesticar la natural tendencia de la infancia a saltarse las normas; el desmentido de la supuesta inocencia de los niños; la equivocada rotundidad que atribuimos al significado de ciertos contrarios (verdad-mentira, bondad-maldad, realidad-imaginación). Y todo narrado desde un punto de vista donde el humor, al pretender el distanciamiento irónico ante algunos hechos dramáticos, ahonda más en el desasosiego del lector cuando presiente la presencia larvada de lo innombrable.



(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 21 de octubre de 2017)

sábado, 23 de septiembre de 2017

Aprender a jugar con el lenguaje


Con el diccionario a diario: jugando con las palabras
Juan José Lage
Octaedro. Barcelona, 2017



Traemos hoy aquí, a este espacio habitualmente dedicado a reseñar obras de literatura infantil y juvenil, un libro que no es de ficción, pero que tiene como finalidad contribuir a desarrollar en los niños y niñas las habilidades necesarias para, entre otros beneficios relacionados con la lectura, poder disfrutar de manera plena de las obras literarias.
Uno de los requisitos necesarios para lograr que los niños se conviertan en buenos lectores, es decir, que adquieran la capacidad de decodificar y comprender textos escritos, es que tengan la oportunidad de desarrollar unas habilidades metalingüísticas básicas. Dicho de una manera llana, que sean capaces de jugar con todas las posibilidades que nos brinda el lenguaje. Así, no es suficiente el conocimiento de las letras y su correcta asociación con los fonemas que representan, para que se considere que un niño “sabe leer”. Como mucho, puede decirse que adquiere la “mecánica lectora”, una habilidad sin duda imprescindible para el desarrollo posterior de la lecto-escritura, pero leer supone algo más, implica establecer “representaciones mentales” a partir de la palabra escrita, es decir, alcanzar el significado, la intención última de llegar a la comprensión de lo leído. Esto lo saben – o deberían saberlo- los educadores en quienes confiamos para que enseñen a leer a nuestros niños.
Como decíamos, para favorecer la adquisición de estas competencias, el profesor asturiano Juan José Lage (director de la revista Platero, dedicada a la literatura infantil y juvenil) ha escrito este interesante y útil “Con el diccionario a diario: jugando con las palabras” (Octaedro, 2017). En la primera parte del libro se presenta una serie de actividades que se puede llevar a cabo en el aula o en casa en torno al diccionario. Desde algunos juegos más conocidos, como palabras encadenadas (casa-saco-coma…), palíndromos o palabras capicúa (somos), parónimas (afectivo-efectivo), anagramas (cuenta-cuneta) o familias de palabras, a otros más originales, como encontrar las palabras más largas del diccionario, palabras robadas (juego inventado por Cortázar en “Rayuela”), monovocalismos (carcajada) o tautogramas (frases cuyas palabras empiezan por la misma letra: María miraba mis manos). En la segunda parte, titulada “Jugando con las palabras”, se continúa proponiendo tareas como comparaciones (roja como un cangrejo), pentavocalismos (murciélago), retruécanos, neologismos, pleonasmos, etc.       
Lage, que fue galardonado en 2007 con el Premio Nacional al Fomento de la Lectura, se ha servido de toda su dilatada experiencia como profesor, bibliotecario, crítico literario, experto en animación a la lectura y escritor de varios libros de divulgación literaria, para desempolvar el diccionario –ese tocho que a menudo duerme en las estanterías a la espera de que alguien vaya a buscar el significado de alguna palabra- y plantear en torno a él variadas y múltiples actividades que puedan servir a los docentes para su trabajo cotidiano en el aula, pero también a las familias que quieran emplear el tiempo libre para jugar con las palabras, tratando así de despertar en los niños y niñas su creatividad y el gusto lúdico por el lenguaje. A ello también contribuye la inserción de fragmentos de textos literarios de diferentes autores, muy apropiados para ilustrar cada tarea que se propone.

El libro se completa con unos apéndices que incluyen citas relacionadas con el conocimiento y el lenguaje, juegos de pareados, ortografía de homófonos, y unas viñetas humorísticas. De gran utilidad es también la bibliografía, donde aparecen todo tipo de diccionarios, así como libros que contienen propuestas para jugar con las palabras y algunas novelas juveniles que tratan de divertir al lector a través del uso lúdico del lenguaje.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 23 de septiembre de 2017)


sábado, 26 de agosto de 2017

Cuentos de Miguel Hernández



Cuentos para mi hijo Manolillo
Miguel Hernández
Nórdica Libros. Madrid, 2017



            En la vida de Miguel Hernández, tan cargada de sucesos dramáticos, conmueve hasta las lágrimas la escena en la que el poeta, al terminar una visita de Josefina Manresa en la cárcel de Alicante, quiere entregarle a su hijo un libro que ha escrito para él. Podemos imaginar, en medio de la oscura soledad del poeta, el rayo de ilusión que le ofrecía la posibilidad de ver la risa de su hijo, la “luz que proclama la victoria del trigo sobre la grama”. Pero, con el mismo desdén y frialdad del desalmado régimen al que sirve, el carcelero se lo quita y se lo da a Josefina, evitando así la íntima satisfacción que para Miguel Hernández suponía dar el libro en propia mano a su hijo, transmitir de piel a piel la profunda cualidad de lo creado. Podemos hacernos una somera idea de la desolación del poeta al ser privado del contacto físico, incluso de la mínima cercanía para poder entregarle emocionado (a través de ese libro acompañado tal vez por algunas palabras “hondas como un beso”) un legado de esperanza dentro del dolor de la enfermedad y de la muerte, que ya tan próxima barruntaba.
El libro, encuadernado por el mismo poeta con tapas duras, se titulaba “Dos cuentos para Manolillo”, con el añadido entre paréntesis “Para cuando sepa leer”. Los cuentos eran “El potro obscuro” y “El conejito”, que Miguel Hernández había traducido del inglés. Su compañero de celda Eusebio Oca pasó a limpio los textos del poeta y se encargó de realizar unas sencillas ilustraciones con acuarelas para resaltar la belleza del texto. 
Portada original de Miguel Hernández

“El potro obscuro” cuenta cómo precisamente “Potro-Obscuro” lleva sobre sus lomos a niños, niñas y animales a la gran ciudad del Sueño. Tiene reminiscencias del famoso cuento “Los músicos de Bremen”, y el eco que se repite, como una cantinela en la boca de los personajes (“Llévame, caballo pequeño, a la gran ciudad del sueño”), no es otro que la búsqueda de la libertad, el deseo de llegar a un lugar “donde no hay dolor ni pena”. “El conejito” es una fábula en la que un conejo se ve atrapado en un huerto por culpa de su glotonería. La referencia es “El cuento de Perico, el conejo travieso”, publicado por Hellen Beatrix Potter en 1902. A la agilidad de la narración contribuyen los pensamientos del conejo expresados en el texto en forma de diálogos, y a través de los cuales el pequeño lector puede sentir el deseo, la felicidad y el temor que el conejo va sintiendo.
En este año en el que se cumplen los 75 de la muerte de Miguel Hernández, la editorial Nórdica nos presenta esos dos cuentos y dos más –“Un hogar en el árbol” y “La gatita Mancha y el ovillo rojo”- que también había escrito el poeta en la cárcel y cuya existencia no se dio a conocer hasta la celebración del centenario de su nacimiento en 2010. Los textos se acompañan con ilustraciones de Damián Flores, Sara Morante, Adolfo Serra y Alfonso Zapico. Esta primorosa edición se completa con un sucinto prólogo de Víctor Fernández y un apéndice con documentos originales de los cuentos y dibujos de Miguel Hernández.
Son cuentos muy breves, de sonoridad poética, muy apropiados para contar a niños pequeños que aún no saben leer o para primeros lectores, que seguramente encontrarán ese placer inicial que les pueda llevar a adentrarse en el amor por la lectura. 

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 26 de agosto de 2017)




sábado, 29 de julio de 2017

El peligro de los misterios


Miralejos
Daniel Hernández Chambers
Edelvives, 2017


                
           Hay un tipo de historias que podrían considerarse una suerte de subgénero dentro de la literatura dedicada al público juvenil. Son aquellas en las que uno de los protagonistas –tanto da si es masculino o femenino- acude, como todos los años, a pasar las vacaciones de verano al pueblo de sus padres. Allí, al tiempo que de la mano de un personaje entrado en años –generalmente el abuelo- aprende aspectos importantes de la vida, descubre un misterio que deberá desentrañar con la ayuda de otro personaje de edad parecida a la del protagonista, pero, eso sí, de diferente sexo. Las aventuras que ambos deben correr para descubrir la naturaleza de ese secreto, así como las confidencias, afinidades y complicidades que día a día comparten, harán que la amistad entre los dos jóvenes se vaya estrechando hasta convertirse en algo más, en ese extraño y maravilloso sentimiento desconocido por ellos hasta entonces.
                Ese patrón es el que sigue “Miralejos”, de David Hernández Chambers (Santa Cruz de Tenerife, 1972), obra galardonada con el Premio Alandar 2017. En este caso el joven Julio recibe de un amigo de su abuelo Gustavo un catalejo -bautizado por el muchacho como “Miralejos”-, con el que puede ver desde la casa todo el pueblo, el mar y las montañas, los tejados de tejas anaranjadas del centro de Gorgos y, entre un montón más de cosas, un monstruo, un fantasma y un tesoro. Con todo eso va trazando un mapa que un día tras otro amplia con los elementos nuevos que va descubriendo con su miralejos. A cada lugar va nombrándolo como mejor le parece, de manera que en el mapa va dando cabida al Bosque de los Espectros, al Mirador de los Náufragos o a la granja de los Orgaz, lugares que, según se comenta en Gorgos, están rodeados de leyendas habitadas de fantasmas y misterios. Pero a través del miralejos, sentada en la rama de un árbol, Julio también ve a Irene, una chica de su edad vecina del pueblo con la que enseguida empieza a compartir las cosas extrañas que divisa con el catalejo. ¿Qué será esa sombra que a veces aparece en las ventanas de la casa en ruinas de los Orgaz? ¿Tendrá relación con la leyenda de Lepo, el Señor de los Bosques?
Daniel Hernández Chambers

                A la resolución de esa intriga y algunas más se añade la extraña vida de Irene, que apareció en el pueblo tras un dramático suceso, un eslabón más de una trágica historia familiar que se remonta a una maldición ocurrida durante la Guerra de los Treinta Años (siglo XVII). Así, después de las aventuras que los dos protagonistas deben pasar para resolver el enigma de la casa y el bosque, el sorprendente final tiene que ver no sólo con el peligro que tiene desentrañar ciertos misterios ocultos, sino también con la propia predestinación a la que está abocada Irene.
Como ya hiciera en su último libro “El secreto de Enola” (Premio Ala Delta 2016), el autor se atreve a utilizar algún elemento que pudiera sorprender a ciertas mentes demasiado preocupadas por preservar la supuesta inocencia de nuestros infantes. Si en aquella obra el desencadenante de la acción era la aparición de algo en principio no muy agradable como el esqueleto de una paloma, en ésta el imprevisible final es ciertamente emotivo y poético, pero también turbador, envuelto en una sensación de terror a la que, por otra parte, suelen ser tan aficionados los jóvenes lectores.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 29 de julio de 2017)


sábado, 8 de julio de 2017

Contar la música


Los bolsillos de Bach
Pepe Monteserín
Ediciones del Viento, 2017



                De pocos escritores se puede decir lo que sin temor a equivocarnos es preciso afirmar de Pepe Monteserín (Pravia, 1952), y es que, lejos de acomodarse en discurrir por caminos ya transitados, en cada nueva obra parece querer olvidarse de todo lo que ha escrito anteriormente –que no es poco, dada su dilatada producción- para afrontar el riesgo de adentrarse por territorios ignorados. Desde su primera novela “Mar de fondo” (1993) –una suerte de manual para empresarios narrada bajo la forma de un proyecto de fin de carrera- hasta “Bendice estos animales que vamos a recibir” (2014) –original propuesta de diario argumental o divulgativo-, pasando por las recopilaciones de artículos, los libros de relatos, los cuentos ilustrados o los ensayos-, Monteserín no sólo recurre a un amplio abanico temático, sino que –lo que seguramente es más relevante- apuesta por el empleo de variados registros formales que sin duda enriquecen una obra concebida bajo el designio de la calidad literaria.
                Así, en “Los bolsillos de Bach” (Ediciones del Viento, 2017) –subtitulada “Desconcierto y concierto de una coral polifónica”- el escritor praviano nos presenta una novela que de nuevo despliega un tema original en su obra, como es la narración del último ensayo, de los prolegómenos y de la propia interpretación que una coral de aficionados hace del Magnificat de Bach nada más y nada menos que en La Thomaskirche de Leipzig, iglesia donde trabajó como cantor el mismo Bach y donde reposan sus restos mortales, con el añadido un tanto surrealista de tener que hacerlo delante del papa Benedicto XVI. 
Estatua de Bach en La Thomaskirche de Leipzig

                El desconcierto al que se refiere el subtítulo tiene que ver con el variopinto elenco de personajes que componen el coro y con las singulares historias que protagonizan. Peripecias narradas en cada capítulo bajo el nombre propio de cada uno de ellos y que se van entrelazando de manera tal que efectivamente producen en el lector una sensación de desbarajuste que amenaza con el fracaso más estrepitoso el día del concierto. Pero, precisamente ahí está una de las claves de la novela, en la importancia –o la necesidad- de poder “armar un coro con pedazos de emoción, ilusiones frustradas y proyectos a medias”. Así, el coro –y el propio concierto- sirve como metáfora de la vida misma al subrayar la idea de que la individualidad, por muy desvalida y limitada que se presente, siempre puede contribuir al éxito de una empresa colectiva. El íntimo convencimiento de que “nadie quiere estar solo, aunque sea solista” conduce a la necesidad –entendida como destino insoslayable- de vernos obligados a tener que incorporarnos a un grupo con una aspiración o un proyecto común.
De esta manera Monteserín nos presenta una novela coral –concepto redundante con la trama de la obra- compuesta con las voces solistas de los personajes y articulada en torno a una estructura en cierto modo teatral, empezando por un inicial “Dramatis personae”, continuando con los numerosos diálogos y actos dramáticos o cómicos que aparecen en el texto y terminando con el propio espacio escénico en el que al final se representa la función. Como apuntamos anteriormente, original propuesta que, sin embargo, mantiene algunas señas de identidad propias del autor, como son el empleo del humor, la ironía, los juegos de palabras, los guiños metaliterarios, etc. Recursos que, junto a ciertas incursiones didácticas, contribuyen a que no sea estéril el loable empeño del autor por “contar la música”.



(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 8 de julio de 2017)





sábado, 1 de julio de 2017

Asesinato en la antigua Roma


Titus Flaminius. La fuente de las vestales
Jean-François Nahmias
Edelvives, 2016


Muchas de las llamadas novelas históricas tienden a escorarse hacia uno de los dos lados que, en rigor de lo que exige el género, deben conformar el relato: la realidad histórica y la trama inventada. Así, unas suelen utilizar la historia como mero trasfondo o soporte para ambientar una trama ajena a ese marco, mientras que otras se sirven de una ficción pasajera para narrar un episodio histórico que nada tiene que ver con las peripecias de los personajes inventados. Se podría decir que las primeras son figuras con paisaje –histórico- y las segundas son paisaje con figuras –noveladas-. Sin embargo, se debe reclamar que se intente mantener ese difícil equilibrio entre la fidelidad a los hechos históricos y la propia cualidad de la ficción, y más aún si se trata de una obra destinada al público juvenil, pues –querámoslo o no- este tipo de obras siempre se guían por una cierta pretensión didáctica muy del agrado de padres y profesores. Es una intención acomodada a lo que se ha venido en llamar “enseñar deleitando”, un principio que postula que la mejor forma de que los jóvenes –a los que en general se entiende reacios a meterse entre pecho y espalda un manual de historia o un ensayo sobre algún acontecimiento o época puntual- aprendan algo de historia, es envolviéndosela en el papel de celofán de una trama novelesca. Nada que objetar a tal pretensión, si por el camino no se van dejando caer los jirones de la indispensable calidad que siempre hay que exigir a toda obra literaria. 
Ilustración de Luis Doyague

La colección de novelas “Titus Flaminius”, del autor francés Jean-François Nahmias (Cannes, 1944), logra este delicado equilibrio en el que la ficción –en este caso una trama de tipo policiaca o detectivesca- se imbrica bien con el tiempo histórico en el que se desarrolla -la Roma del final de la República-. Así, en esta nueva entrega titulada “La fuente de las vestales” el joven abogado patricio Titus Flaminius se encuentra ante el deber personal de descubrir al asesino de su madre. Para ello cuenta con la ayuda de Floro, uno de los cómicos que mejor saben utilizar sus dotes de interpretación y transformismo, además de ser un buen conocedor de los suburbios y los bajos fondos de la ciudad. Las primeras pistas conducen a una perla robada a la amante de Julio César y a una tablilla donde está grabado parte del nombre de la bella vestal Licinia. A partir de ahí se suceden más asesinatos, aventuras, momentos donde peligran la vida de los protagonistas, escaramuzas amorosas, traiciones, en definitiva lances de la trama propios de una novela de género que, al tiempo que entretiene, introduce con acierto al joven lector en el ambiente de la Roma de la mitad del siglo I antes de Cristo. De esta manera, el lector tiene la oportunidad de sumergirse en el paisaje urbano y en la característica arquitectura de la casa romana, de encontrarse entre sus calles con las diferentes clases sociales que habitan la ciudad, de asistir a las ceremonias o fiestas que se dan en el tiempo de los idus o las calendas, de aprender sobre las representaciones y atributos de las divinidades romanas y, más específicamente en esta entrega de la serie, sobre la peculiar existencia de las vestales, sacerdotisas que deben mantener siempre viva la llama del fuego sagrado. A esta labor didáctica también contribuye el apéndice que al final del libro explica algunas de las referencias históricas que han ido apareciendo en la novela.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 1 de julio de 2017) 

sábado, 3 de junio de 2017

Aquellos maravillosos años


La sonrisa de los peces de piedra
Rosa Huertas
Anaya, 2017



Toda la mitología fundada a partir de la llamada “movida madrileña”, aquella supuesta explosión de creatividad que surgió en los años ochenta del pasado siglo a raíz de la muerte del dictador, está presente en “La sonrisa de los peces de piedra” (XIV Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil), de Rosa Huertas. Así, tal puede parecer que la pretensión de esta novela no sea otra que la de introducir a los jóvenes lectores en el ambiente de pregonada ebullición creativa que en aquella década –llamada por algunos “prodigiosa”- se produjo en la capital de España, como respuesta liberadora y fértil ante el yermo oscurantismo padecido en los anteriores decenios. No en vano por sus páginas desfilan los más célebres personajes de aquel tiempo –Antonio Vega, Ouka Leele, García-Alix, Almodóvar-, los grupos musicales que pusieron la banda sonora de la época –Nacha Pop, Radio Futura, Tino Casal, etc.-, las canciones que se convirtieron en himnos de toda una generación –La chica de ayer, Eloíse- y los  locales –Rock-Ola, Penta, La Vía Láctea- donde cada noche se exaltaba la vida con el vigor y la urgencia que toda juventud precisa. De ahí a la mirada nostálgica –entendida como la añoranza de que cualquier tiempo pasado fue mejor- no hay más que un paso, que, sin embargo, esta entretenida novela logra esquivar con acierto.
El relato de las experiencias vividas en aquellos “maravillosos años” se lo cuenta Julia en una larga carta a su hijo Jaime, en respuesta a las inquietudes que sobre su identidad le han surgido al joven después de un casual encuentro en el cementerio donde acaba de ser enterrado su abuelo. Allí, sentada en una tumba donde la madre de Jaime –de forma inesperada para su hijo, pues un nombre desconocido para él está escrito en su lápida- acaba de expresar su dolor, ha coincidido con Ángela, hija del hombre que yace en el sepulcro. Ciertas afinidades entre los dos jóvenes, la aparición de algunos misterios en torno al cementerio y el deliberado silencio de la madre, despiertan en el joven la sospecha de haber vivido entre secretos y mentiras tramadas para hurtarle uno de los capítulos –sino el mayor- más importante de su vida. A partir de ahí, Jaime y Ángela van estrechando una relación que corre el riesgo de convertirse en algo más que una mera amistad. Peligro que tiene al chico en vilo ante el temor de que precisamente esa chica por la que empieza a experimentar sentimientos desconocidos hasta ahora, sea en realidad su hermana, hija del hombre al que su madre lloraba en su tumba. 

La obra se desarrolla en dos planos narrativos. El del tiempo presente de la novela, donde Jaime indaga sobre su identidad a la vez que va descubriendo a través de Ángela la peculiar personalidad de quien sospecha que es su padre, y el de la época de la movida madrileña, contado por la madre en un largo escrito que va presentando por entregas a su hijo, demorando de esta forma la resolución final.
Rosa Huertas narra con su pericia habitual una buena historia para el disfrute de los jóvenes lectores, una novela de aprendizaje en la que el protagonista descubre esas verdades necesarias para poder avanzar en la vida. A destacar igualmente las ilustraciones de Javier Olivares, fieles a la estética pop que se desplegaba en las revistas y fanzines de la época que retrata la novela.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 3 de junio de 2017)




sábado, 27 de mayo de 2017

El pudor y la herida


Las mujeres de la calle Luna
Javier Lasheras
Algaida. Sevilla, 2017



                Acostumbrados estamos a leer o ver historias en las que nos tiene en vilo un asesino en serie, un trasunto de Jack el Destripador que no sólo tiene fijación por ir eliminando mujeres, sino que además pone todo su empeño exterminador en hacerlo de la manera más truculenta posible. Igualmente, en este tipo de tramas, a la urgencia por descubrir al ejecutor antes de que cometa el próximo crimen, se une la peculiar naturaleza de los personajes, generalmente un áspero agente que purga en su conciencia oscuros desencuentros con el pasado, una femme fatale que desata pasiones con su sola presencia y una variedad de sospechosos que pisa el barro de los bajos fondos o las alfombras de la alta sociedad. Estos tópicos –junto a los resultados inmediatos exigidos por los mandos superiores, a la vertiginosa ironía de los diálogos, a los inesperados giros de la trama o a la veloz resolución que se requiere en las últimas escenas- conforman la narrativa de un thriller como “Las mujeres de la calle Luna” (LXIII Premio de Novela Ateneo Ciudad de Valladolid). Pero Javier Lasheras (Don Benito, 1965) no sólo utiliza con maestría estos recursos para presentarnos una magnífica novela de género, sino que los utiliza como pretexto para –por así decirlo- introducir el texto o argumento que verdaderamente quiere contar.
                A la historia del asesino en serie se une el robo del cuadro “El origen del mundo” de Gustave Courbet del Museo de Orsay de París, paralelismo que va configurando la doble idea del “pudor y la herida” con la que se titula el segundo capítulo y que –en un original acierto- conforma un haiku con el encabezamiento de los otros dos (“Gotas de lluvia,/el pudor y la herida/bajo la luna”). Así, ante un cuadro que más que representar una realidad parece exhibir con toda la persuasión posible la realidad misma, la mirada atenta del espectador advierte tanto el pudor propio –sofocado por no poder sustraerse a esa “epifanía del deseo carnal”- como el de la mujer –“aguijón o escudo de su arsenal más secreto”- que oculta su rostro en la pintura. 
          La herida se expresa de manera rotunda en la crueldad con que el asesino mutila a sus víctimas, pero también está presente en la vida de los personajes, a duras penas supervivientes de los zarpazos del pasado –la muerte de la mujer del comisario Danglade, las tragedias familiares del palestino Sayed y del exguerrillero Gimbe o la superviviente del campo de concentración Astrid Kwakklestein- y que en el presente del relato actúan de alguna manera condicionados por aquellas viejas fracturas. Herida y pudor que se mezclan o confunden con otras dicotomías que salpican la trama, como la dificultad de encontrar el amor –o caer en su sinsentido- más allá de la urgente satisfacción sexual, o la función del arte limitada a ser expresión del misterio de la vida, o el necesario reenfoque de la mirada del hombre hacia la situación de la mujer, o el deseo de imaginarnos en una ficción que pueda ponernos a salvo de una realidad al mismo tiempo pudorosa e hiriente.
                Javier Lasheras recurre a sus dotes de poeta para amoldar el lenguaje a lo que cada situación narrativa exige, logrando apartarse al mismo tiempo de la prosa funcional –y funcionarial- de los thrillers más comunes como del lirismo alambicado en el que caen ciertos vates metidos a novelistas. Este logro ya se aprecia en su anterior novela (“El amor inútil”, Algaida, 2004), con la que ésta comparte algunas de las reflexiones apuntadas.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 27 de mayo de 2017)

                

sábado, 6 de mayo de 2017

La aventura de la ciencia


Los niños de la viruela
María Solar
Anaya, 2017


                El 30 de noviembre de 1803 zarpaba del puerto de La Coruña rumbo a América la corbeta María Pita. En ella iba embarcada la llamada “Real Expedición Filantrópica de la Vacuna”, formada por el doctor Balmis, prestigioso cirujano de la Corte, un séquito de ayudantes sanitarios, Isabel  Zendal, rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, y 22 niños huérfanos.  La ambiciosa empresa –sufragada por el erario público a expensas del rey Carlos IV- pretendía nada más y nada menos que llevar la vacuna de la viruela a América, sirviéndose para ello de una cadena humana integrada por niños sanos que irían siendo inoculados con el virus extraído de las pústulas de los vacunados la semana anterior.  De esta forma, al carecerse en aquella época de sistemas adecuados de mantenimiento y refrigeración, se trataba de conservar el valioso fluido en el organismo de los pequeños.
Algunos escritores y directores de cine han tomado esta aventura científica como referencia para sus propias creaciones. Así, entre las más relevantes cabe destacar las novelas “Los héroes olvidados” (Roca Editorial, 2011), de Antonio Villanueva y “A flor de piel” (Planeta, 2015), de Javier Moro, así como la película “22 ángeles”, de Miguel Bardem. Ahora la escritora gallega María Solar (1970) nos presenta “Los niños de la viruela” (Anaya, 2017), una obra destinada al público juvenil que narra los prolegómenos de tan apasionante como incierto viaje. 
Busto de Balmis en la Facultad de Medicina
 de la UMH en San Juan de Alicante.

Partiendo de un escenario digno de Dickens, la novela empieza contando con crudo realismo la miserable vida que arrastran los niños del orfanato de A Coruña en esa fecha tan lejana de principios del siglo XIX. Los pequeños y cotidianos pillajes a que se ven abocados los pequeños para esquivar los zarpazos del hambre, a menudo les lleva a callejones donde se dan de bruces con la violencia, la enfermedad o la muerte. Amenaza de una tragedia que se respira tanto fuera como dentro del orfanato, donde también sus paredes pueden ser atravesadas por esa epidemia tan temible que, cuando se presenta, sólo queda encomendarse a Dios para que después de la fiebre, apenas deje algunas marcas en la piel y pase de largo. Es esa rueda del azar la que pretende detener el doctor Posse Roybanes, médico que atiende a los niños de la inclusa, con la aplicación de esa vacuna que, según ha leído en alguno de los numerosos libros que tiene en su consulta, es el único remedio para prevenir la enfermedad de la viruela. Con ese mismo propósito va a presentarse en A Coruña el doctor Balmis, decidido a reclutar a unos cuantos de esos niños desahuciados por la sociedad para transportar en sus brazos la vacuna con destino a América. 

A las puertas de esa heroica misión –en la multitudinaria despedida que se da en el puerto de A Coruña a la tripulación con los 22 “ángeles”- se queda esta magnífica novela, en la que tienen cabida la amistad -necesario refugio para sobrevivir en un mundo hostil-, las primeras palpitaciones del amor, la piedad ante los más desfavorecidos, y sobre todo, la reivindicación de la ciencia como el medio imprescindible para el progreso de la humanidad.
Igualmente, es de agradecer –en estos tiempos de historias edulcoradas para no herir la fina piel de nuestros tiernos infantes- la honestidad narrativa de una autora que no esquiva los duros episodios de la miseria, la enfermedad y la muerte, lo cual, lejos de ahuyentar a los jóvenes lectores, es una buena muestra de que se les trata con el respeto y consideración que merecen.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de mayo de 2017)




sábado, 22 de abril de 2017

El relato total


Residencia de quemados
Alfredo Hernández García
Luna de abajo. Oviedo, 2016


                
                Si “El fósil vivo” (2012) –primera parte de la trilogía- se adentra en la aparente paradoja de indagar en la memoria de un mundo futuro y “La venganza del objeto” (2014) –segunda entrega- denuncia el esperpento de la ciencia en su afán por inventar la verdad, “Residencia de quemados” (Luna de abajo, 2016), propone transformar “la conciencia de los propietarios de la culpa” echando mano de la arrolladora fuerza de la propia voluntad, “la más valiosa y peligrosa de cuantas facultades usamos”. Para ello, Alfredo Hernández García (Valencia, 1959) articula la novela en torno a dos planos narrativos. En uno aparece Clara, una psicóloga clínica que, ejerciendo de “enfermera de su misma enfermedad”, trata a cuatro pacientes –los quemados- con patologías ya expresadas en sus respectivos pseudónimos: “El Hombre de Oro”, compulsivo especialista en enriquecerse y arruinarse de la noche a la mañana, “El Hombre Adivina Qué”, ensimismado en la avaricia de su propio silencio, “Sazonado Corazón”, servicial lacayo de la ruda tiranía de su cónyuge, y “La Mujer Fantástica”, amarrada a las correas de su tiempo perdido. En el otro plano se cuenta la historia de Ruta, una princesa que construye su leyenda a base de fuerza, de una furibunda voluntad sólo guiada por el precepto de que “el mundo será lo que nosotros queramos”. De la lectura de ese relato que casualmente –o tal vez no tanto- cae en las manos de Clara, surge el cambio de la protagonista, quien, queriendo emular a la implacable personalidad de la princesa, acomete su particular empresa contra la “industria psicológica” a la que hasta ese momento había servido. 
Alfredo Hernández García

                Sin embargo, esta simplificación de la trama no debe ocultar toda la complejidad de una obra que nos lleva de nuevo por los difíciles senderos por los que suele obligarnos a transitar Alfredo HG. Como en sus anteriores novelas, el peculiar estilo del autor -reconocido en los ocurrentes y divertidos neologismos (“lacayosis”, “revientaorgías”, “curasienes”…), en el original lirismo de ciertas imágenes (“ceremonia de lágrimas”), en los continuos juegos del lenguaje (“charlas en las que nos va la vida antes que la vida nos vaya”), en las frases esculpidas a la manera de un laborioso orfebre de la lengua- exige del lector no sólo el grado de atención que supone toda lectura, sino más aún una decidida disposición a no entenderlo todo, a dejarse llevar por una intuición que ponga “aquello que a la comprensión le falta”.
                Reflexiones sobre la libertad, la verdad, la felicidad, la dignidad, la moral, la Historia, la política, la filosofía, la literatura –con osadías metaliterarias como la inclusión en el texto de dos críticas sobre la propia novela- y sobre todo la psicología (“que quiso ser ciencia y sólo es una mantenida”) cuajan una novela que aspira nada más y nada menos que a “El relato total” –título de la obra que crea Ruta-, pero no aquel, como se apunta en el libro, que pretende abarcarlo todo, sino que tiene un fin moral: el que logra liberar al que lo lea de toda servidumbre, entendiendo la conquista de la libertad como el definitivo logro de no hacer lo que uno no quiere hacer.
                Con esta novela Alfredo HG culmina una trilogía –tal vez enmarcada dentro de la llamada “Escuela de la dificultad”- que, sirviéndose de la ironía como herramienta de aproximación al mundo que pretende criticar, ha logrado el ambicioso propósito que en su día seguramente proyectó su autor. Aquel que, a mi parecer, tiene que ver con el radical cuestionamiento de una literatura cada vez más hundida en la molicie, tratando de salvar, de paso, a un escritor atrapado en la paradoja de ser “hijo del mismo tiempo que quiere destruir”.



(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 22 de abril de 2017)

sábado, 25 de marzo de 2017

El trinomio fantástico


El secreto del abuelo
Carles Cano
Anaya, 2017


          
           El escritor italiano Gianni Rodari se propuso elaborar con su obra “Gramática de la fantasía” una suerte de “introducción al arte de inventar historias”, ateniéndose a la idea de que la capacidad creativa no es un don insuflado por los dioses a ciertos hombres y mujeres elegidos para ser portadores de tal privilegio, sino que todo ser humano, por el mero hecho de serlo, posee la cualidad de acceder a ese proceso creativo que en última instancia le permita inventar historias. Para ello, en su célebre ensayo Rodari propone el uso de una serie de técnicas que pueden servir para que cualquiera sea capaz de echar a volar la mariposa de su imaginación. Así, presenta el famoso “binomio fantástico”, que consiste, como bien saben todos los que han acudido a algún taller de escritura creativa, en combinar dos palabras que aparentemente no tienen ninguna relación y buscarles un maridaje que sea capaz de iluminar nuestra inagotable capacidad de inventiva.
            Ahora el escritor Carles Cano (Valencia, 1957) va un paso más allá de Rodari y crea lo que podría llamarse el “trinomio fantástico”, la combinación al azar de tres palabras que no tengan nada que ver y “hacer saltar entre ellas una chispa, un puente que las relacione”. Es lo que hace el protagonista de “El secreto del abuelo” (Anaya, 2017), obra galardonada con el Premio Lazarillo de Creación Literaria. Partiendo del tópico del abuelo ingenioso que inventa historias para sus nietos, esta obra contiene cinco cuentos que surgen precisamente del empleo de ese “trinomio fantástico”, que el abuelo tiene la habilidad de utilizar para mayor divertimento de los pequeños. 
Gianni Rodari
Así, de situaciones cotidianas, como volcar la caja de juguetes para encontrar tres cosas que no deberían estar ahí (un peine, una carta del rey de bastos y una piedra de la playa), surge el cuento “El rey Pelón”, la historia de un rey calvo que un día encuentra a una lamia (una especie de sirena) peinándose sentada en una piedra junto a la orilla de un río. En la caja de herramientas que el abuelo tiene en el garaje también hay tres cosas que no encajan con el resto (un llavero con la torre Eiffel, un cebo en forma de pez y un candado sin llave). Con esos objetos el abuelo inventa la historia “París, el pez y el candado”, un cuento que empieza con una pareja de enamorados en un puente sobre el río Sena y termina con un pescadero japonés abriendo un candado en un puente de Tokio. El cuento “La maga Staropolsky” surge de la inagotable cabeza del abuelo al salir de un circo con sus nietos y encontrarse con un pájaro cantando en un balcón y un gato esquivando las ruedas de un coche. Un día de playa se le ocurre al abuelo otra historia, “El mensaje en la botella”, un relato en el que aparecen tres extraños objetos (un escarabajo disecado, un botón metálico y una especie de hueso o semilla de fruta) dentro de una botella que el propio abuelo dice haber encontrado en una playa cuando hacía el servicio militar en el Sahara. En el último capítulo del libro uno de los niños se vacía los bolsillos para que a partir de los tres objetos que saca (una canica, un trozo de cuerda y un mono de plástico) el abuelo se invente el cuento “La pirata”.
En definitiva, un entretenido libro que también enseña a los niños un sencillo truco para poder inventar ellos mismos cualquier historia.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 25 de marzo de 2017) 

El ritmo de la oralidad


Esta es la reseña que ha publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés el escritor Fulgencio Argüelles sobre mi libro de relatos "Ingenio lego" (Diputación de Salamanca, 2016)




miércoles, 15 de marzo de 2017

Oviedo, libro abierto

          Esta es la portada de "Oviedo, libro abierto" (Editorial Trea, 2017), promovido por el Ayuntamiento de Oviedo y la Asociación de Escritores de Asturias. En él participo con dos cuentos: "La heroica ciudad dormía la siesta" (fragmento del relato del mismo título incluido en mi libro "Ingenio lego", Diputación de Salamanca, 2016) y "El libro más viejo de El Fontán", que se puede leer aquí abajo.

Portada del libro

Currículo literario

Relato incluido en el libro

Momento de la presentación del libro, junto a Rivi, concejal de Cultura del Ayto. de Oviedo, el fotógrafo Miki López y los escritores Esther García y Armando Murias

sábado, 25 de febrero de 2017

Juegos verbales


Hasta (casi) 50 nombres
Daniel Nesquens
Anaya, 2017


            
          Daniel Nesquens (Zaragoza, 1967) seguramente ha elegido el campo de la literatura infantil y juvenil -si es que se puede acotar de forma clara y tajante el rango de edad para el que va dirigido una ficción- porque ello le permite desplegar con toda libertad las posibilidades (casi) infinitas que tiene como escritor. Así, su obra se reconoce por los continuos juegos de palabras que logran sortear -con un sinfín de filigranas y requiebros- la débil frontera entre la realidad y la ficción, y que inevitablemente conducen a un humor de tinte surrealista, aquel al que no le sorprende que las pinceladas que pintan la sonrisa en el rostro del niño -o del adulto- se puedan dar también con brocha gorda o -en similar paradoja- que los brochazos que colorean las carcajadas puedan retocarse también con fino pincel. Es ese humor absurdo -tal vez sea esta expresión un pleonasmo- el que fue motivo de celebración en sus anteriores obras, como la serie de “Marcos Mostaza”, “El hombre con el pelo revuelto” (Premio Anaya de LIJ 2010) o “Hasta (casi) 100 bichos”, de la cual es heredera esta “Hasta (casi) 50 nombres” que aquí comentamos.
Ilustración de la contraportada
Si el libro de los (casi) 100 bichos era en cierto modo inclasificable, una especie de bestiario que diseccionaba desde su particular visión, éste de los (casi) 50 nombres vuelve a saltar varias veces de un lado a otro la artificiosa barrera entre los géneros –de un seleccionado diccionario onomástico a microrrelatos de ficción, de ahí a pequeños episodios históricos o a breves biografías, etc.)- para presentar también una suerte de humano bestiario -esta expresión sí que es un pleonasmo- imaginado con todo el humor que puede originar la exhibición de absurdos verbales, de desaforadas metáforas, de etimologías reales o inventadas y de (casi) todos los divertimentos contenidos en las palabras. Desde los nombres más comunes (Mónica, Laura o Daniel) o los menos usuales (Onésimo, Estela, Úrsula...) hasta los directamente imposibles (Yunque, Tántalo, Xenofonte...), cada entrada de este peculiar diccionario no hace otra cosa que utilizar como coartada del nombre que la encabeza para desplegar todo lo que esa palabra sugiere. A partir de ahí -como en la metáfora de las cerezas que van tirando una de otra del cesto-, se va sucediendo un encadenamiento de palabras e ideas que logran despertar en la mente del lector imágenes (casi) nunca antes sospechadas. Así, uno se sorprende cómo de la entrada “Adelina” se llega a Yuri Gagarin y la perra Laika; o empezando por “Gema” se acaba citando a Urtain; o de “Melchor” al número de teléfono de Jennifer López; o, en fin, de Daniel –antropónimo del autor- al coeficiente intelectual de 170. 
Este libro hace inevitable traer a colación el célebre diccionario del humorista José Luis Coll, de quien a buen seguro Daniel Nesquens se siente en deuda. Pero es precisamente esta referencia la que puede poner en riesgo este libro dedicado, en principio, al público juvenil, pues, como ocurría en las surrealistas apariciones del dúo Tip y Coll, ciertas asociaciones de palabras o juegos verbales pueden conllevar el riesgo de alcanzar un nivel de absurdo tal que no sea comprendido –y. por tanto, disfrutado en toda su plenitud- por algunos lectores a quienes les falten las claves para llegar cabalmente a su significado. A destacar las maravillosas ilustraciones (casi) cubistas de Alberto Gamón, que añaden también una singular visión a las entradas de este (casi) diccionario.



(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 25 de febrero de 2017)







domingo, 19 de febrero de 2017