Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 17 de noviembre de 2018

El verdadero amor no mata



El bloc de las edades
Manuel J. Rodríguez
Edelvives, 2018


La función de los cuentos tradicionales siempre ha sido indagar, a través de su contenido simbólico, en los conflictos internos a los que debemos enfrentarnos los seres humanos. Así, en Caperucita Roja se afronta el peligro que puede acechar tras una engañosa seducción, en Hansel y Gretel el miedo primordial a ser abandonado por tu propia familia o en La Cenicienta la inevitable rivalidad fraterna. La ficción, que gracias a su componente simbólico tiene la cualidad de poder penetrar con mayor facilidad en la vida emocional del lector, ha sido tradicionalmente el medio más efectivo para contribuir al crecimiento personal de los niños y jóvenes, favoreciendo de paso la necesaria participación en los valores de la sociedad a la que pertenece.
En la actualidad, donde los cuentos tradicionales continúan teniendo la misma función de siempre, se puede decir que se está dando dentro de la literatura infantil y juvenil una especie de subgénero bautizado por algunos autores como “psicoliteratura” y que consistiría, en líneas generales, en obras que tratan explícitamente sobre temas o problemas que preocupan a la sociedad contemporánea. Así, se pueden abordar cuestiones como el divorcio, las drogas, el alcoholismo, la homosexualidad, la inmigración, el acoso escolar, la violencia de género, etc. Suelen ser obras realistas –alejadas del fantástico mundo de los cuentos de hadas- que sirven –al igual que aquellos- para afrontar las dificultades que ofrece el medio en el que vivimos. 
Manuel J. Rodríguez

A esta categoría podríamos apuntar la excelente novela El bloc de las edades (Edelvives), de Manuel J. Rodríguez (Madrid, 1965) –galardonada con el Premio Alandar 2018-. Laura es una adolescente a quien le ha traicionado su imaginación. Se dejó llevar por una sospecha y fue castigada por ello. Primero por la justicia y después por sus padres, que durante una temporada la dejaron sin salir a la calle con sus amigas. Sin embargo, pese a la dureza del castigo, es esa misma circunstancia la que le ayudará a resolver un grave problema que se verá obligada a afrontar en el futuro. Gracias al “cautiverio” tendrá más tiempo para dibujar, sobre todo en el misterioso “bloc de las edades” que le ha comprado su tía a un anticuario de Florencia. En sus láminas, a medida que se va dibujando junto a sus amigas, va apareciendo el futuro, un tiempo en el que –para su asombro- alguna de ellas se ha desvanecido. El miedo se va apoderando de Laura cuando va viendo indicios de que el futuro se aproxima con las mismas imágenes que se han ido mostrando en el bloc. Sobre todo le aterra que María –su amiga del alma que es quien ha desaparecido de las láminas- empiece a salir con un chico que no la trata como se supone que uno debe tratar a la persona que quiere. Será el mismo vecino que la denunció por entrometerse en su vida –el motivo de su castigo- quien, después de recobrar la amistad, tendrá la solución para que en el futuro siga apareciendo su amiga María.
El autor utiliza hábilmente los resortes narrativos para atrapar a los jóvenes en una lectura que aborda con valentía un problema tan dramático –y a menudo, tan silenciado- como la violencia de género entre los adolescentes. Por ello, este libro es muy apropiado para despertar entre los jóvenes –especialmente las chicas- la conciencia de que el verdadero amor no mata, de que hay que huir de quien te insulta, te maltrata y te aleja de tus amigos bajo la falsa idea del arrebatado enamoramiento.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 17 de noviembre de 2018)


sábado, 20 de octubre de 2018

Búsqueda de la luz



Cuaderno andaluz
Raúl Castañón del Río
Ediciones Tantín. 2018


                Suele decir Raúl Castañón del Río que no sabría decir qué le atrae de Andalucía, cuál es la razón por la que cada cierto tiempo se ve obligado a coger un autobús y plantarse en el sur. Precisamente él, tan orgulloso de ser ovetense y oviedista –adjetivos que califican a quien no se deja vencer por la melancolía de ciertas derrotas-, dice sorprenderse de esa seducción, más aún al sentirse tan alejado de todos aquellos tópicos que suelen cautivar a quienes pregonan su amor por Andalucía. Así, se muestra poco o nada interesado por ese folklorismo que habla de toros, flamenco, bailes de sevillanas, caballos cartujanos o trajes de lunares y faralaes. Y posiblemente sea esa búsqueda de los motivos que le impulsan una y otra vez a cruzar la península de arriba abajo, la íntima razón que le ha hecho concebir este libro, y de esta manera, a través de la escritura de los relatos que lo conforman, sea cómo el autor trata de indagar en esa secreta fascinación por las tierras del sur.
                Este Cuaderno andaluz (galardonado con el XX Concurso de Cuentos Manuel Llano que convoca el Gobierno de Cantabria) es un libro que juega con la idea de si a la circunstancia del viaje le precede la voluntad de contarlo o si, por el contrario, la necesidad de escribir surge posteriormente, al revelársele al viajero la exigencia de plasmar lo vivido. Pero poco importa la naturaleza de esta intención si, en todo caso, la mirada del viajero logra mantenerse atenta a lo que ocurre, tanto si está dentro de lo previsible o esperable como si de repente es sorprendida por un acontecimiento inusual. Y eso es lo que consigue Raúl Castañón con las catorce estampas que nos presenta en este libro, la virtud de no permitir que la mirada se nuble, que se disperse por ningún otro ámbito que no sea el de la imaginación.
                Relatos de diferente factura, en los que alterna la narración en primera persona con la tercera en la que a veces aparece el personaje de Víctor Pulido, posiblemente un alter ego que permite al autor el distanciamiento que precisa para contar lo que necesita ser contado. Relatos que hablan de un recepcionista de hotel que en su día de descanso viaja hasta encontrar el sosiego que le aportará la memoria futura; de disfraces y máscaras para un amor que no necesita rostro; de despedidas que no deben demorarse; del imposible olvido de aquella última tarde de agosto, junto a ella y Borges; de montañas que hay que subir y precipicios a los que asomarse, en Ronda; de la leyenda de la Casa Cervantes de Vélez-Málaga; de sabios taberneros de la vieja escuela; de la esperanza de poder instalarse en la “paz blanca y soleada” del sur; de soñar con volver al amor soñado; del agradecimiento de un viejo corazón que se despide; de una semana de embrujo andaluz; de la navegación por “aquel río de corriente sin retorno”, en Sevilla; de este libro incompleto, aproximado reflejo de una vida.
                Raúl Castañón –premiado precisamente por la sevillana Fundación Alberto Jiménez-Becerril contra el Terrorismo y la Violencia por su novela Sueños en conserva-, se sirve de una “escritura artesanal y viajera” para emprender con este libro un “viaje dentro del viaje” hacia ese sur real e imaginado, un lugar que en definitiva sólo se encuentra en el interior del autor, el íntimo territorio donde le llevan las palabras en esa incesante búsqueda de la luz.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 20 de octubre de 2018)

sábado, 8 de septiembre de 2018

Veinte años de Kika Superbruja



Kika Superbruja
Knister
Editorial Bruño. 2018



                En la literatura infantil y juvenil –cuestión que difícilmente tendría cabida en la literatura escrita para adultos- la crítica debería estar muy atenta a los gustos del público al que va dirigida una obra, de manera que si ésta goza de la rara condición de ser devorada por una nutrida legión de infantes, ninguna reseña o comentario que se haga podrá ir en contra de esa voracidad lectora que tienen la suerte de suscitar algunas pocas, elegidas obras, si no quiere quedar en ridículo. Así, cuando un libro, que en no pocas ocasiones forma parte de una serie, entra en el privilegiado club de los más vendidos o es de los más solicitados en las bibliotecas escolares, el crítico debe echarse a un lado y dejar que prevalezca el criterio de los jóvenes lectores, pues es precisamente el placer que les provoca su lectura lo que les lleva a seguir comprando o sacando de las estanterías todos los títulos de la saga, aspecto que se debe destacar sobre otras consideraciones más específicamente literarias. De esta forma, a la función de orientar a los pequeños sobre las posibles lecturas, que deben asumir tanto las familias, los profesores como los reseñistas o críticos, no le queda más remedio que ceder su cometido a la cadena boca-oreja que de manera imbatible será el hilo que lleve a alcanzar el éxito de una obra. 
Knister

                Una de esas series a las que hago referencia es “Kika Superbruja”, creada por el músico y escritor Knister (Alemania, 1952) hace 20 años, traducida a cincuenta idiomas y, sobre todo, motivo de disfrute para varias generaciones de jóvenes lectores. En los 26 títulos que se han publicado hasta el momento, Kika -una niña “inteligente y muy decidida, simpática, sensible y lo bastante fuerte como para imponerse a sus padres y maestros”- utiliza su capacidad de hacer magia para vivir grandes aventuras, acompañada de su hermano pequeño Dani –quien le suele poner un poco nerviosa-, su mascota Héctor –un pequeño y descarado dragón-, su profesora Marina –que da unas clases fantásticas y divertidas- y sus mejores amigos Mónica y Andrés. En las aventuras el lector puede acompañar a Kika en sus viajes por la historia –desde la prehistoria a la Edad Media o al salvaje oeste americano-, visitar mundo mágicos –El País de la Primavera, del Verano y del Otoño, el exótico reino de Mandolán-, conocer personajes literarios –Don Quijote y Sancho, el conde Drácula- y, por supuesto, ver cómo utiliza sus dotes de “superbruja”, gracias a que posee un libro mágico lleno de trucos, para salir airosa de todas las aventuras a las que se enfrenta. 

Para celebrar estos 20 años, la editorial Bruño ha sacado una edición especial con los dos primeros volúmenes de la serie: “Kika Superbruja, detective” y “Kika Superbruja y Don Quijote de la Mancha”. En el primero Kika investiga el misterioso robo de la bicicleta de su madre y en el segundo se enfrenta al desaguisado que provoca la extraña aparición de Don Quijote y Sancho en la ciudad donde vive. Como es de suponer, en ambas aventuras se sirve de los trucos que saca de su libro mágico, trucos que se enseñan al lector en un apéndice al final del libro. Con un estilo ágil, donde la acción y el suspense se mezclan con situaciones divertidas, esta serie ha logrado la fórmula mágica que más cuesta obtener en los libros infantiles: la de conseguir enganchar a miles de pequeños lectores.


 (Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 8 de septiembre de 2018)

sábado, 28 de julio de 2018

Leyenda de mar y tierra



Terráneo
Marino Amodio (texto)
Vicenzo del Vecchio (ilustraciones)
Edelvives, 2017




                Todo el mundo que se fía más de las evidencias científicas que de ciertas verdades reveladas, sabe que la tierra tal como la conocemos en la actualidad es producto de la evolución, de un continuo proceso de cambio que en cientos de millones de años la ha ido transformando de tal manera que, siguiendo un transcurso a menudo imperceptible pero constante, los sucesivos fenómenos geológicos o climáticos (terremotos, volcanes, glaciaciones, etc.) han dado lugar a la configuración del planeta que ahora nos cobija. Sin embargo, la concepción científica de este proceso –constatable sobre todo a partir de las evidencias empíricas de los últimos tiempos- no debe hacernos despreciar las versiones mitológicas que han tratado de explicar tanto la cosmogonía como el proceso posterior, pues ellas –como cualquier otra forma artística- son también fuente de aproximación al conocimiento. 
Ilustración de Vicenzo del Vecchio

                Esta es la idea que nos presenta el maravilloso libro ilustrado “Terráneo” (galardonado con el VI Premio Internacional Álbum Ilustrado Edelvives), con texto de Marino Amodio e ilustraciones de Vicenzo del Vecchio. El relato empieza contando que “hubo un tiempo en el que una sola tierra unía las costas del Mediterráneo”, es decir que en el mismo lugar que hoy ocupa el mar que fue surcado por todos los pueblos que dieron origen a la llamada cultura occidental, en tiempos remotos se hallaba una tierra que se extendía exactamente por el mismo espacio que más tarde le usurpó el mar. La llamada “Isla de Terráneo” ocupaba la misma dimensión, pero lo más llamativo es que en sus confines se encontraban ciudades o accidentes geográficos que son familiares a los habitantes del Mediterráneo actual. Así, en el extremo occidental de aquella gran isla estaba Gibraltar, el antiguo finisterre que marcaba “el punto exacto donde se acababa el mundo”. En el centro de la isla, junto al Lago del Etna, se encontraba Escilacaríbdis, ciudad que “revela la atracción y el miedo de sus habitantes por ese mar que la circunda”. En la otra orilla de la Bahía Itálica aparecía Venecia, sus calles de agua como un intento de sus ciudadanos para habitar el mar. El Cairo, situado en el suroriente, disponía la arquitectura de las pirámides con la pretensión de sus habitantes por alcanzar el cielo. Atenas, situada en la Bahía Helénica, híbrido de hombre y pez, “manifiesta el encuentro de la tierra y el mar”. Estambul, en la orilla del Mar de la Capadocia, es el lugar donde, según la leyenda, nacieron todos los habitantes de Terráneo. La isla, rodeada, entre otros, por el Mar de Argelia, el Océano Sahara y el Mar del Norte, se transformará, ante la curiosidad y los temores de sus habitantes por conocer el más allá de las aguas, en el mar que, según la idea de la época, estaba situado en el medio de la tierra.
                En este álbum, que despliega el mapa de la isla en la sobrecubierta, se cuenta una preciosa historia que no sería posible sin las maravillosas ilustraciones de Vicenzo del Vecchio. En ellas, las ciudades y los territorios son rostros y cuerpos humanos construidos con los elementos de una ciudad (edificios, calles), configurando de esta manera una singular geometría que mira hacia el mar y hacia la tierra, una frontera de límites difusos, como es la propia condición –húmeda y sólida- de los habitantes de este planeta. He ahí la innegable importancia de continuar inventando cuentos o leyendas que –junto a las investigaciones científicas- puedan indagar en el significado de la existencia.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 28 de julio de 2018)

sábado, 2 de junio de 2018

Cómo limpiar los miedos



Apestoso tío Muffin
Pedro Mañas
Editorial Anaya, 2018



                Esta es la asombrosa historia de Mr. Muffin, un hombre que tenía la extraña cualidad de atraer la porquería. Curiosa circunstancia que, sin embargo, no hacía de él la persona más sucia del mundo, sino que en realidad lo convertía en la más limpia, pues por ese motivo no paraba de asearse en todo el día. Así, nada más levantarse por las mañanas, desayunaba dentro de la bañera al mismo tiempo que se daba su primer baño diario. Después se cepillaba los dientes, se recortaba las uñas y se echaba colonia antes de acudir a su trabajo en la fábrica. Casualmente –o tal vez no tanto- el lugar donde trabajaba era una fábrica de artículos de limpieza, con lo cual estaba más que familiarizado con detergentes, jabones, champús, perfumes y todos los productos que le podrían servir para su higiene y aseo personal. Cuando regresaba a casa, después de las ocho horas de trabajo en la fábrica, Muffin desprendía tal olor –fácilmente identificable con el del pescado podrido- que no le quedaba más remedio que sumergirse de nuevo en la bañera para tratar de quitarse la peste que llevaba consigo. Sus uñas se habían vuelto negras, sus calcetines apestaban, telarañas aparecían entre sus dedos y pelusas monstruosas habitaban bajo su bigote. Tanto es así que el agua de la bañera se volvía tan negra “como si alguien hubiera cocido allí dentro una familia de calamares” en su tinta. Como consecuencia del continuo hedor que desprendía, se había convertido en el hazmerreír de sus vecinos, sobre todo del estirado Mr. Cooper, de quien tenía que soportar las bromas incluso en el trabajo, pues también era compañero en la fábrica, y de las estrambóticas hermanas Fidenburger, dos ancianas que en vez de tomar el sol, tenían la costumbre de tomar la luz de la luna. Todo esto había hecho que Muffin tuviera tan baja autoestima que había llegado al punto de no soportar compartir la cama ni consigno mismo. Hasta que de la noche a la mañana –en realidad sucedió una noche en la que estaba sumergido en la bañera- apareció Emma, una misteriosa niña que dijo ser su sobrina, rara circunstancia en alguien que ni siquiera tenía hermanos, y ayudó a Muffin para que su vida diera un cambio radical. 
Ilustración de Vícor Rivas

                “Apestoso tío Muffin” –galardonada con el XV Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil-, de Pedro Mañas (Madrid, 1981) es una divertida novela que en el atrevimiento de algunos elementos de la trama, en el perfil extravagante de los personajes y en el humor que impregna toda la narración nos trae ecos de Roald Dahl. Apreciación que también se deja ver en las afortunadas ilustraciones de Víctor Rivas, maravillosamente estrafalarias, expresivas y disparatadas como el mismo texto al que hacen referencia.
El autor tiene el mérito de haber creado un personaje –Mr. Muffin- tan frágil como cualquiera de nosotros, lleno de miedos procedentes de una niñez demasiado acartonada por una educación que no le permitió disfrutar plenamente de su infancia. Así, la suciedad se convierte en una metáfora de esos miedos que padece, una porquería que se le pega tanto a la piel que “se huele de lejos”. Para librarse de esa inmundicia llena de miedos –entre ellas el miedo a los niños- debe servirse de la ayuda de los demás, curiosamente de la amistad con una niña. Esa es la enseñanza de esta alocada historia que sin duda dibujará una higiénica sonrisa en el rostro de los jóvenes lectores.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 2 de junio de 2018)


sábado, 5 de mayo de 2018

Versos del desierto



Silbo del dromedario que nunca muere
Gonzalo Moure
Lóguez Ediciones. Salamanca, 2017



“Cuando era un niño, Kinti encontró bajo una acacia los huesos de un camello grande, un cayado muy usado y un zurrón de cuero casi cubierto por la arena”. Así comienza este precioso álbum ilustrado en el que Gonzalo Moure parece haber destilado todo su conocimiento, su gratitud y su amor por ese territorio tan olvidado –sobre todo por la hipocresía y desidia de los Estados- que es el Sahara. Ese es el tono lírico, de acariciadora y arrebatada belleza, que se desliza en un texto escrito para ser dicho, declamado en voz alta y clara o cantado como si fuera el eco del “silbo del dromedario que nunca muere”. Contar con el susurro del desierto la historia de un niño que pastoreando sus cabras encuentra un zurrón con dos libros y una honda de cuero. El Corán y un libro de poesía escrita en una desconocida lengua. Dos libros que el abuelo lee al niño con una música distinta, el Corán que parece hablar del cielo y los incomprensibles versos que suenan “como las piedras del camino, como el rumor de los pasos del camello”. Palabras que el abuelo reconoce en su viejo español aprendido en “los tiempos antiguos”, versos que hablan de colores, de azahares y de trinos de grana. Una lengua que el niño va aprendiendo a escribir letra a letra hasta convertir la palabra pan en el olor de la masa y el fuego, en “la harina y las manos de su madre”. Hasta saber el nombre del poeta español –el de las tres heridas- y convertir esa lengua lejana en la suya misma, en la nueva lengua con la que escribirá sus primeros poemas en un cuaderno de páginas blancas. Ligar las palabras nuevas con el nombre de las cosas de siempre, los verbos y adverbios aprendidos con el día y la noche del desierto. 
Ilustración de Juan Hernaz

Gonzalo Moure se sirve de su genio poético para mostrar una vez más su compromiso con el Sahara, su idilio con la dura y hermosa geografía y con el pausado lamento de su gente. Y lo hace a través de una emocionante historia que muestra el pasado compartido con España, un vínculo en el que el idioma común se convierte también en el nexo que emparenta a todos los poetas cabreros o cabreros poetas que en el mundo han sido. Un relato circular que no se sirve de las ilustraciones para meramente acompañar al texto, sino que son las propias imágenes las que podrían plasmar por sí solas, con su mágica explosión de colores y formas, una cualidad narrativa desprovista de palabras. Pero este álbum ilustrado sólo puede alcanzar su auténtico sentido, la maravilla de su verdadera condición artística, en la acertada armonización de las magníficas ilustraciones de Juan Hernaz, el poético texto de Gonzalo Moure y la cuidada edición de Lóguez.
Igual que el abuelo de Kinti va desentrañando ante el niño las palabras del libro encontrado en el zurrón de cuero, la hermosa música que suena en ese idioma distinto, el lector adulto de esta dulce y triste historia no podrá sustraerse al hechizo de tener que recitar a un niño estos versos que, con la luz y la sombra del desierto, nos traen resonancias de los relatos de las mil y una noches.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de mayo de 2018)



sábado, 7 de abril de 2018

Metamorfosis



La cazadora de ranas
Víctor R. Alfaro
Editorial Mueve Tu Lengua. Madrid, 2017


                
                Constituye casi un subgénero literario dentro de la LIJ aquella historia en la que el personaje central, un chico o una chica que vive durante todo el año en una gran ciudad, se ve obligado a pasar las vacaciones de verano en el pueblo de sus padres. Este deber que generalmente es impuesto por las necesidades familiares, se suele agravar debido a ciertas características propias del protagonista, como pueden ser el disgusto por tener que alejarse de sus amigos de la ciudad, la escasa atracción que siente por la vida rural o las dificultades, por problemas de cobertura, para comunicarse con el mundo exterior a través del omnipresente móvil. Pero una vez resignado a pasar las vacaciones en el pueblo, las circunstancias cambian con la presencia de ciertos personajes interesantes y la inevitable aparición de un misterio.
                Con estos mimbres Víctor R. Alfaro (La Paz, 1983), escritor y locutor de la peculiar emisora Radio SOL XXI que dedica parte de su programación al público infantil y juvenil, ha tejido una bella y conmovedora historia. 
Víctor R.Alfaro
El padre de Martina, una chica de 12 años acostumbrada a la buena vida, se ha quedado en paro y por eso, en lugar de ir a campamentos urbanos o viajes al extranjero como otros veranos, a la joven no le queda más remedio que quedarse en el pueblo en compañía de su abuela y de sus primos.  A Martina le parece insoportable tener que estar cerca de tres meses lejos de las comodidades de la ciudad, de sus amigas del colegio y, sobre todo, sin posibilidad de conectarse a internet. El pueblo es lo más parecido al infierno para ella, sin playa, sin tiendas de ropa, sin cine y sin una triste piscina. Hay un río, es verdad, donde puede bañarse con sus primos, pero ella ni loca se mete en el agua porque le da mucho asco nadar entre las ranas. La vida allí cada vez se le hace más insufrible, sobre todo después de provocar un incidente con las vacas de su tío. Su abuela, que es quien mejor comprende las sensaciones de Martina en esta especie de castigo que supone pasar el verano en el pueblo, trata de consolarla con una frase que se puede entender en un doble sentido. “Esto también pasará”, le dice, lo cual no sólo supone que los malos momentos siempre se dejan atrás, sino sobre todo que hay que tratar de disfrutar de los buenos, porque una vez ocurridos nunca más volverán. De esta lección, que valió para animar a Martina, se sirvió cuando por casualidad se encontró en el cementerio con Guillermo, un chico pelirrojo y con el pelo mojado, que vestía ropas anticuadas y tenía una cara muy blanca y las manos extrañamente frías para ese día tan caluroso del verano. 

                La aparición de Guillermo, que remite a un suceso ocurrido en el pueblo hace veinte años, envuelve la novela en un cierto halo fantástico donde la muerte y la pena se hacen presentes, pero también la posibilidad de reparar algunos hechos que a veces no son como nos cuentan. Martina contribuye a resolver ese misterio provocando, al igual que ocurre con las ranas, la necesaria metamorfosis en su amigo Guillermo, la misma transformación que ella ha experimentado en su propia piel desde su llegada al pueblo. Por ello, “La cazadora de ranas” (Editorial Mueve tu lengua, 2017) es una emocionante historia que contiene todos los ingredientes para que puedan disfrutarla los jóvenes lectores.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 7 de abril de 2018)


sábado, 10 de marzo de 2018

Reseña de Yolanda Izard Anaya

          Esta es la reseña que sobre mi obra Ingenio lego  ha publicado Yolanda Izard Anaya, escritora y profesora de literatura de la Universidad Europea Miguel de Cervantes,  en el suplemento La sombra del ciprés de El Norte de Castilla el 10 de marzo de 2018.


La necesidad del amparo



Djadi, el niño refugiado
Peter Härtling
Anaya, 2018


                
                  Las ficciones demasiado pegadas a la actualidad corren el riesgo de confundirse con cualquier historia real que acabamos de leer en el periódico, de manera que a menudo el lector se queda con la sensación de que estas novelas no añaden al entendimiento del mundo más que el número de páginas que nunca podrá alcanzar la prensa escrita. Así, algunos escritores perezosos, empeñados en perseguir ese juego literario que consiste en adelgazar hasta llegar a borrar totalmente la delgada línea que separa la ficción de la realidad, prescinden deliberadamente de cualquier sospecha de imaginación para pretender contar las cosas tal como son. Pero ya sabemos que las cosas nunca son como son, sino como las contamos que son, es decir, como nos inventamos que son. Y es precisamente esta suerte de figuración de la realidad la que salva a esta novela escrita desde la urgencia a la que parecen obligar las dramáticas noticias de la actualidad.
                Djadi es un niño de once años que, después de haber pasado una serie de penalidades al tener que cruzar en un mísero bote el Mediterráneo, ha llegado a Frankfort huyendo de la guerra de Siria. Es, por tanto, un refugiado, pero en realidad parece no existir para las autoridades alemanas, pues es considerado como un apátrida, un huérfano sin acompañantes o, como se dice en el frío argot administrativo, un MNA, un menor no acompañado. Hasta ahí la escueta –y conmovedora- noticia a la que tan acostumbrados nos tienen los telediarios, pero la originalidad de la propuesta de Peter Härtling (Alemania, 1933-1917) es rodear la historia del niño refugiado con los personajes de la peculiar casa que acabará por acoger al pequeño Djadi. No se trata del hogar habitado por la típica familia de acogida que normalmente se presta a amparar a los menores desprotegidos, sino de un piso compartido por tres parejas sin hijos: un trabajador social que conoció a Djadi en el centro de acogida para jóvenes, una psicóloga infantil, dos asesores fiscales y dos profesores jubilados, que son precisamente con los que el pequeño refugiado llega a trabar una relación más profunda. 
Peter Härtling
A partir de ahí se suceden los habituales problemas de adaptación al país de acogida, a su lengua, a una ciudad desconocida, al colegio donde debe escolarizarse, a las costumbres de su nueva familia, circunstancias que se agravan cuando siente el rechazo de cierta gente hacia los inmigrantes. Todo ello genera en el muchacho el normal miedo al desamparo, aún más sobrecogedor cuando su cabeza de vez en cuando se remueve con los dramáticos recuerdos del pasado que le ha tocado sufrir. A superarlos contribuye la especial relación que empieza a tener con Wladi, uno de los profesores jubilados con quienes va a pasar las vacaciones escolares a una isla.
                “Djadi, el niño refugiado” es una emocionante novela que habla sobre todo de la necesidad que tenemos de sentirnos amparados, condición que felizmente puede verse recompensada por ciertas personas que sienten también el deber moral de dar “refugio” al necesitado.  Sin embargo, que Peter Härtling sea un autor galardonado con los más importantes premios literarios de su país y sobradamente reconocido en el ámbito de la literatura infantil y juvenil, con obras tan celebradas como “Muletas” o “Ben quiere a Anna”, no convierte a esta obra en un clásico moderno para leer en el siglo XXI, como de forma un tanto pretenciosa anuncia la editorial.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 10 de marzo de 2018)


sábado, 10 de febrero de 2018

Los bolsillos del recuerdo y del olvido



Suerte de colibrí
Germán Machado
Edelvives, 2017


                En este libro se entrecruzan tres de los argumentos que suelen ser del agrado de los jóvenes lectores y que, por tanto, a menudo tienen en cuenta los escritores para incluirlos en las novelas destinadas expresamente para este sector del público. Por un lado, la relación que se establece entre un niño o un adolescente con un anciano, normalmente su abuelo o un extraño personaje del barrio o el pueblo, que va abriéndole los ojos a ciertas cosas importantes de la vida; por otro lado, la presencia de un animal más o menos desvalido que necesita de la atención del joven protagonista para sobrevivir; y por último, la repentina aparición de un íntimo cosquilleo, de esa desconocida sensación a la que los adultos llaman amor.
                Con estos tópicos Germán Machado –nacido en 1966 en Montevideo y afincado actualmente en Cataluña- ha escrito una deliciosa novela que nos habla de la maravilla de la reconciliación. En el patio de la casa de Roberto, un viejo que vive solo, únicamente rodeado de los recuerdos de su glorioso pasado como futbolista, aparece de pronto un colibrí que no puede levantar el vuelo y que, por tanto, no puede libar el néctar de las flores que necesita para sobrevivir. Al otro lado de la tapia del patio está Mateo, un adolescente que vive con su madre y que tiene prohibido hablar con el viejo desde que entre las dos familias ocurrió un desagradable suceso hace ya cinco años, un incidente que hizo que la buena vecindad fuera a parar a “los bolsillos del recuerdo y del olvido”. 
Ilustración de Gustavo Aimar
                    Sin embargo, un pequeño accidente del anciano en su patio hace que Mateo se vea en la necesidad de socorrerle y, de paso, de ayudarle a solucionar el problema de la alimentación del colibrí del que Roberto se ha hecho cargo. Así, los dos vecinos reanudan su relación gracias a la atención que deben prestar al pájaro desvalido, lo que también permite que Mateo se vaya enterando de los tristes episodios del pasado que han conducido a que Roberto se vea obligado a vivir en soledad. Al mismo tiempo, Mateo va contando por las redes sociales todo lo referente a la historia del colibrí, lo que están haciendo el viejo y él para alimentarle, sube sus fotos, etc., de manera que aumentan sus seguidores, pero también las pesadas bromas de un amigo que parece que no sólo quiere quitarle el protagonismo y el mérito, sino también entrometerse en la especial relación que tiene con Leonor, una amiga por la que siente algo más que la consabida amistad. 
                     Al final, un acontecimiento inesperado logrará que la reconciliación entre los vecinos, que en cierto modo se ha ido cosechando gracias al colibrí, se amplíe hacia otro ser muy querido por el viejo Roberto. De esta forma la sola presencia del ave más pequeña que existe, es capaz de restablecer unos lazos afectivos que se desunieron al verse enredados en antiguos rencores. Pero, al Igual que dos son las alas del pájaro, también se necesita que las dos partes implicadas se empeñen en alzar el vuelo de la amistad.
                Hay que señalar la presencia de modismos lingüísticos (vos, querés, sabés, etc.) propios del país de origen de Germán Machado, lo cual no sólo no supondrá ningún impedimento para que los jóvenes puedan disfrutar de su lectura, sino que más aún debería ser un motivo para poder conocer y apreciar las diferentes formas del castellano que se dan en otros países.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 10 de febrero de 2018)


sábado, 13 de enero de 2018

Mar de palabras


Zambullidas
Yolanda Izard
 Renacimiento. Sevilla, 2017



En la “Nota previa” con la que Yolanda Izard nos introduce en esta pequeña -por el espacio físico que ocupa no por la dimensión artística que representa- joya literaria, la autora afirma que a la minificción ya se la reconoce como “el cuarto género narrativo tras la novela, la novela corta y el relato” y que sus límites se difuminan con los del poema en prosa. Consecuente con ello, a estas microficciones no les quedaba más remedio que adquirir una naturaleza líquida, una suerte de cualidad que hiciera posible ese trasvase entre los géneros. Esta capacidad de hibridación que, en sus textos más afortunados, conduce a una cierta desfiguración de la narratividad para sumergirse de lleno en las profundidades de la expresión poética, lo consigue Yolanda Izard precisamente por medio de palabras escritas para poder fluir entre caudales tan próximos como –en aparente paradoja- difíciles de hacer concurrir.
Así, la identidad húmeda de este excelente libro cala en el lector que se atreva a zambullirse de lleno en unos textos que nos desasosiegan cuando un brazo se reposa sobre “las escamas húmedas de sus pechos”; que nos contagian la “alegría de tierra sembrada”; que nos transforman en un jardín acariciado por una mano de pétalos; que nos angustian al sentir el aleteo de una mosca en la garganta; que nos evocan la lectura de otros cuentos, Caperucita, Alicia, Adán y Eva; que nos inquietan ante la existencia de bebés fantasmas; que nos envuelven en “el sonido tibio de los propios pasos”; que nos escogen palabras para no perdernos “cuando la noche del alma”; que nos construyen una “ventana en medio de la calle”; que pueden hacernos llorar con “lágrimas rotas”, pero también reír “en medio del llanto”. 
Ilustración de Yolanda Izard

Cada “zambullida” posee su propia forma de ser contada, concebida para que el pequeño espacio que ocupa en el papel –y el breve tiempo que se tarda en leerlo- se ajuste como un guante al contenido de lo narrado (“Una frase de más y la mataría. Una palabra de menos y no sería verosímil”, se dice en uno de los cuentos). La habitual controversia entre la sorpresa de los finales inesperados o la incertidumbre que pueden suscitar los relatos abiertos, aquellos en los que parece que no pasa nada, se resuelve en lo que creo debe ser el propio territorio del cuento –de la microficción, en este caso-, que es el de ser capaces de provocar la emoción contenida en un espacio y un tiempo rigurosamente acotados. Es la revelación del misterio –aquel que habita en las pequeñas cosas-, el mismo que seguramente suspendía el ánimo de nuestros antepasados cuando alguien contaba un cuento alrededor de la lumbre. Esa especie de rapto emocional –el secuestro del lector mientras lee- es lo que consigue de forma magistral Yolanda Izard con este mar de palabras lleno de poesía, imaginación y belleza.
Con esta obra la autora da una vuelta de tuerca a sus anteriores libros narrativos. Si en “Paisajes para evitar la noche” (2003) se adentraba en el enigmático universo infantil para afrontar desde la imaginación la grave enfermedad de una madre, y en “La mirada atenta” (2003) buceaba en el más allá de la relación entre una joven y su madre, en “Zambullidas” se sirve también de su condición de poeta para –entre otras inmersiones- sumergirse aún más en el cenagoso ámbito de los vínculos familiares.
Sin apartarnos del pensamiento líquido esta obra cumple con el célebre postulado de Kafka según el cual “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Estas microficcciones son esa hacha, pero también son las “olas heladas” de nuestra propia conciencia.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 13 de enero de 2018)