Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 1 de junio de 2019

El rapto del corazón



Ninfa rota
Alfredo Gómez Cerdá
Anaya, 2019



                Hace unos meses reseñaba en esta misma sección una novela de características similares a la que ahora nos ocupa. Se trataba de El bloc de las edades (Edelvives, 2018), de Manuel J. Rodríguez, y hacía referencia entonces a que podría englobarse dentro de una suerte de subgénero que se ha venido en llamar Psicoliteratura, donde se encontrarían obras que tratan explícitamente sobre temas que preocupan a nuestra sociedad, como las drogas, el alcoholismo, el acoso escolar o –como es el caso que comparten estas dos obras- la violencia de género. Bien podríamos pensar que se trata de una moda en la que, llevadas por esa corriente que reivindica más que nunca los derechos de la mujer, las editoriales se han lanzado a publicar novelas que aborden asuntos que tanto conciernen a la defensa de esos derechos y, por tanto, a la denuncia de los que los menoscaban. Así, no es extraño que precisamente estas dos obras estén galardonadas con dos de los premios más importantes destinados a la Literatura Infantil y Juvenil en nuestro país, entonces el Premio Alandar 2018 para El bloc de las edades, y ahora el Premio Anaya de LIJ para Ninfa rota, de Alfredo Gómez Cerdá (Madrid, 1951). 
Alfredo Gómez Cerdá

                Escrita a modo de un diario que un psicólogo ha aconsejado redactar a Marina, la protagonista adolescente, en la novela se va narrando en primera persona la relación de la chica con Eugenio, el compañero de clase que le “ha robado el corazón”. Esta especie de rapto emocional –vinculado muy bien en el texto con la ninfa “tonta de remate” y el fauno “grotesco y repulsivo”, personajes que Marina ha conocido en los relatos mitológicos que le cuenta su madre-, en el que la chica se deja llevar por la actitud cada vez más controladora de su amado, es el que impide que Marina vea los hechos como son, una realidad que en vano se empeña en desvelarle Nerea, su amiga del alma. Así, el argumento mantiene la línea habitual en la que la protagonista es la última en reconocer que se encuentra en peligro, primero de perder a sus amigos de siempre y después de caer en la humillación, el desprecio e incluso en el maltrato físico si no se pliega a los chantajes emocionales o coacciones cada vez más duras y exigentes del chico. Sin embargo, esta consabida trama se desarrolla bajo unos aspectos formales que enriquecen la calidad de la obra, como son el formato de diario del relato –indicado para que el lector pueda ponerse en la propia piel de la protagonista-, la inclusión de diálogos por whatsapp entre Eugenio y Marina –donde se asiste de forma más objetiva a los peligros de la relación-, los poemas que forman algunos capítulos –muestras del desahogo emocional de la chica-, el relato de los sueños siempre habitados por la ninfa y el fauno –metáfora de la profunda, inconsciente “zozobra” de Marina-, y sobre todo el curioso final que deja al lector no sólo perplejo, sino  atrapado en la maraña de un cierto desasosiego.
A ello hay que añadir el acierto de incluir un episodio que nos evoca El curioso impertinente -cuento que Cervantes intercala en el Quijote-, y que logra que Marina se dé cuenta del ser maléfico que habita dentro de Eugenio. Un personaje que es el modelo de ese tipo de chico que, bajo la falsa idea del arrebatado enamoramiento, maltrata y aleja de sus amigos a tantas chicas que a menudo necesitan obras como ésta para tomar conciencia del peligro que corren.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 1 de junio de 2019)



sábado, 27 de abril de 2019

El libro de la selva



Mowgli de la selva
Edelvives, 2019



                Las adaptaciones cinematográficas de algunas obras literarias tienen el pernicioso efecto de que los posibles lectores, antes de lanzarse a leer el libro que acaban de ver trasformado en imágenes, se conformen con la idea de que lo han leído porque ya saben de qué va la historia. Este riesgo suelen correrlo los jóvenes lectores que han tenido ocasión de ver una película de Disney basada en cuentos clásicos –Cenicienta, Blancanieves, La Sirenita, etc.- o en otro tipo de obras literarias –Peter Pan, Robin Hood o, como el caso que nos ocupa, El libro de la selva-. Así, la influencia de este tipo de películas es tan grande entre el público infantil y juvenil –y aún en el adulto- que en el imaginario colectivo se asocia la obra de Rudyard Kipling –escrita en 1894- con el bonachón oso Baloo, que se pasa el día cantando y comiendo, con los simpáticos monos que bailan a ritmo de jazz y, sobre todo, con la pegadiza canción “Busca lo más vital”.
                Por ello es de celebrar que se publique una versión dirigida a los pequeños lectores –de 6 a 8 años-, teniendo en cuenta además que la obra de Kipling no fue directamente escrita para ellos. En esta adaptación de Michel Laporte –traducida al español por Isabel Soto y publicada por Edelvives (2019) con el título “Mowgli de la selva”- se ha propuesto un nuevo orden de los capítulos con la intención de seguir la evolución del niño, continuidad cronológica que no se contempla en el original. Así, los relatos comienzan con el hallazgo del “cachorro de hombre” por parte de una manada de lobos y continúan con su adopción frente a las malvadas pretensiones del tigre Shere Khan, los sabios consejos del oso Baloo para sobrevivir en la selva, el secuestro de los monos, la caza de la serpiente Kaa, el robo del fuego –conocido como “flor roja”- del poblado de los hombres, el encuentro con Messua -la mujer a la que Mowgli tanto se parece-, el pastoreo de los búfalos, la victoria ante Shere Khan, la batalla contra los Perros Rojos y el regreso final del joven a la manada a la que pertenece, cumpliendo de esta forma el dicho de que “El Hombre siempre acaba volviendo con el Hombre”.
Rudyard Kipling

Esta versión –como acertada adaptación del relato original de Kipling- nos remite al mito del niño salvaje, aquel que nace y/o se cría fuera de la sociedad a la que pertenece y que normalmente sobrevive gracias a los cuidados de los animales. Se empareja de esta manera con mitologías y leyendas como las de Endiku –Epopeya de Gilgamesh- o Rómulo y Remo -fundadores de la antigua Roma-, y con obras literarias posteriores, como Tarzán. Consecuentemente, es un relato de iniciación o aprendizaje en el que el protagonista debe superar una serie de pruebas –los peligros y las aventuras a las que se ve obligado a enfrentarse- para lograr volver a “la aldea del Hombre”, es decir, para ser aceptado por la sociedad a la que pertenece. En este camino que, en definitiva, es el que debemos transitar en la lucha por la vida, es indispensable la ayuda de otros personajes, del apoyo y la compañía de los seres que nos rodean. Las ilustraciones de Olivier Latyk, que incluyen en su interior seis páginas troqueladas, contribuyen a hacer más atractivo este libro a los pequeños lectores.
Otras obras de la misma colección son “El mago de Oz” y “El maravilloso viaje de Nils Holgersson”, inspirado también en los cuentos de animales de Rudyard Kipling. 


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 27 de abril de 2019)



sábado, 23 de marzo de 2019

Personajes heridos



Genios
M. J. Lorente – A. Lorente
Edelvives, 2018



Si entendemos el término genio en el sentido en el que lo define el diccionario de la RAE en una de sus acepciones -“gran ingenio, fuerza intelectual extraordinaria o facultad capaz de crear o inventar cosas nuevas y admirables”-, bien pudiéramos albergar dudas sobre la idoneidad de algunos de los personajes retratados en este libro para incluirlos en tal categoría. Es cierto que todos ellos han destacado –algunos de forma muy relevante- en sus respectivas facetas artísticas o literarias, pero de igual manera se nos puede ocurrir una relación mucho más amplia de nombres que se debería añadir a esta lista. Por ello sorprende que, como representante de la literatura, se recurra a Hemingway o Pizarnik y se olvide, pongamos por caso, a Faulkner o Joyce. O que en pintura se cite a la omnipresente Frida Khalo y se obvie, entre otros, a Matisse o Duchamp. Igualmente, nos viene a la cabeza –por ejemplo, en el ámbito científico del que incomprensiblemente no se incluye ningún representante- un puñado de “genios” más notorios que Hugo Pratt, Freddie Mercury o Chavela Vargas. Sin embargo, en descargo de los autores del libro, diremos que esta peculiar selección viene motivada en el Prólogo como el ofrecimiento al lector de un “retrato visual y literario de veinte celebridades de la cultura del siglo XX”, de forma que, ateniéndonos a este criterio de fama o popularidad –y no sólo al engañoso título del libro-, esta colección de personajes se aviene bien con esa condición, pero más aún con la de quienes sufrieron “las consecuencias de su extravagante forma de vida”. Y es precisamente este rasgo, el de sobrellevar una íntima herida en su biografía, el que define el puñado de figuras que aquí se presentan. 
Ilustración de Antonio Lorente

A pesar de lo apuntado anteriormente, este libro tiene el indudable mérito literario y artístico de destacar, a través de un breve relato que ocupa apenas un par de páginas, lo más significativo de cada personaje. María Jesús Lorente -autora de los textos- se sirve de diferentes técnicas narrativas, como cambios del punto de vista según la “celebridad” retratada, cartas apócrifas, escenas dialogadas, entrevistas, monólogos interiores, breves biografías, etc., con la intención de resaltar precisamente aquello que, en el imaginario común, se reconoce como el aspecto –generalmente transido por un particular dolor- que define al personaje. Así, Camille Claudel en el solitario delirio del manicomio, Isadora Duncan viajando con su amor hacia un absurdo final, María Blanchard atrapada en su cuerpo enfermo y deforme, Coco Chanel en el orfanato esperando al padre que nunca llega, Federico García Lorca escuchando trágicas historias en su infancia, Ernest Hemingway introduciéndose en su boca el cañón de la escopeta, Walt Disney inventando la infancia que no tuvo, Salvador Dalí bajo la sombra del hermano muerto, Frida Kahlo siempre dolorida en su cuerpo roto, Bette Davis poseída por la perversa Baby Jane, Julio Cortázar escribiendo su autonautas de la cosmopista con Carol Dunlop; Billie Holiday cantando a esas extrañas frutas que cuelgan de los árboles del sur, Chavela Vargas apurando botellas de tequila, María Callas recordando la indiferencia de su madre, Alejandra Pizarnik “pisando cuerdas en llamas” o Rudolf Nureyev saltando hacia el lado de la libertad.
Semblanzas que, con la prosa –y la extraordinaria cualidad de las ilustraciones de Antonio Lorente- bien ajustada a cada personaje retratado, refleja acertadamente esa íntima herida que los define, lo cual supone un indudable mérito en el propósito de acercar sus biografías a los jóvenes lectores.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 23 de marzo de 2019)




sábado, 23 de febrero de 2019

Relatos por la igualdad



Como tú
Varios autores
Anaya, 2019


                A pocos días de volver a celebrar el día de la mujer, que tanto éxito tuvo el año pasado en dar visibilidad a las justas reivindicaciones en defensa de la igualdad entre hombres y mujeres y en la denuncia de situaciones de acoso y violencia de género, algunas editoriales se suman a tales reclamaciones y protestas con publicaciones que de una manera u otra, en forma de breves biografías o narraciones de ficción, reflejan esta creciente preocupación de la sociedad.
                En el campo de la literatura escrita para jóvenes lectores, la editorial Anaya publica bajo el título Como tú una interesante veintena de relatos “por la igualdad” acompañados de sus correspondientes ilustraciones. Están escritos por veinte autores reconocidos en el ámbito de la LIJ que, a su libre elección, han optado por diferentes formas literarias, como narraciones cortas, un guion de cine, un texto teatral, dos poemas y un hilo de Twitter. Destinados al público juvenil con la intención –expresada en el Prólogo escrito por Fernando Marías, coordinador de la obra- de contribuir a la educación en la igualdad, los relatos hablan de acoso sexual y violencia de género entre adolescentes, del drama que puede conllevar la obsesión por el propio aspecto físico, de la sabiduría que pueden y deben alcanzar también las mujeres, del derecho a la educación de todos, del cinismo de ciertos comportamientos, de la distopía de una sociedad donde se cambian los tradicionales roles y derechos de los hombres y las mujeres, de la conflictiva y confusa relación entre amor y sexo, de la comprensión del acoso y la falta de respeto cuando uno de repente se pone literalmente en la piel de una mujer, de la necesidad y el valor de decir basta. 
Ilustración de Sara Morante
              Cabe destacar los relatos Melhfa, de Gonzalo Moure, en el que desvela a la prejuiciosa visión occidental el destacado rol y los derechos de la mujer en los campamentos saharauis; Naufragio, de David Lozano, donde a bordo del Titanic el consabido “las mujeres y los niños primero” deja paso al amor de la mujer que decide acompañar a su marido hasta la muerte; La libertad de Penélope, de Antonio Lozano, en el que la mujer de Odiseo, tras larga espera, cae en la cuenta de que no es “mujer para tejer y destejer ni velos ni desvelos”; García y García, de Ana Alcolea, la resolución de un acertijo que revela que las palabras a menudo engañan sobre la realidad a la que dicen representar; Se acabó, madre, se acabó, de Antonio García Teijeiro, un poema en el que la hija grita basta ya al pasado de lluvia negra para que vuelva a relucir “aquella claridad olvidada que soñamos algún día en nuestra casa”. Estos cinco relatos -y algunos más en un volumen donde, como cabría esperar, se dan significativas diferencias de calidad literaria- hacen que la lectura del libro pueda ser atractiva para nuestros jóvenes lectores.
                El mismo sello editorial publica Mujeres de la cultura, de Rosa Huertas, diez relatos sobre mujeres: escritoras, pintoras, filósofas, políticas, investigadoras o actrices, que intervinieron en la cultura españolas de finales del siglo XIX y comienzos del XX; Pioneras, de Espido Freire, breves semblanzas de veinte mujeres españolas e hispanoamericanas que contribuyeron a la lucha por la igualdad entre los géneros; Grandes mujeres que cambiaron el mundo, de Kate Pankhurst, álbum ilustrado con trece mujeres de fama mundial como protagonistas. Libros que contribuyen a visibilizar y reivindicar a la mitad de la población que tan a menudo ha estado silenciada en los libros de historia. 


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 23 de febrero de 2019)


sábado, 16 de febrero de 2019

Fábulas para un centenario



Fábulas irónicas
Juan Eduardo Zúñiga
Nórdica, 2018

                La inusual fortuna de poder celebrar el centenario del nacimiento de Juan Eduardo Zúñiga cuando aún está vivo, debería desentumecer de una vez por todas la tan a menudo anquilosada visión de ese “mundillo literario” demasiado ensimismado en destacar siempre a los cuatro o cinco escritores que tanto resuenan. Bien es cierto que Juan Eduardo Zúñiga, que cumplió cien años el pasado enero, nunca se ha preocupado por estar presente en los círculos literarios donde parece que se corta el bacalao, pero hay que estar muy ciego para no darse cuenta de que –junto a tres o cuatro autores más- está en la cumbre de los escritores españoles vivos. Con solo tres obras de relatos –reunidas hace unos años bajo el título de La trilogía de la Guerra Civil (Galaxia Gutenberg, 2011)-, donde magistralmente narra la condición humana asediada por la Historia, la desolación y el dolor en medio de la barbarie, Zúñiga debería pasar con los mayores honores a formar parte de los grandes escritores de nuestro tiempo. A ello hay que añadir otros conjuntos de relatos, como Misterios de las noches y los días (1992) o Brillan monedas oxidadas (2010), cuatro novelas -entre ellas la espléndida Flores de plomo (1999), homenaje a la literatura con el suicidio de Larra como telón de fondo- y, por supuesto, sus traducciones y su obra ensayística centrada sobre todo en la literatura eslava, con títulos como El anillo de Pushkin (1983) o Las inciertas pasiones de Iván Turgueniev (1996), reunidos hace poco en el volumen Desde los bosques nevados (2010). 
Juan Eduardo Zúñiga

                Ahora Zúñiga nos presenta Fábulas irónicas (Nórdica, 2018), una gavilla de relatos en los que se sirve del fraseo austero, preciso y acotado que exigen los cuentos clásicos, un estilo, por tanto, alejado de la complejidad formal a la que nos tenía acostumbrados con los textos de la Trilogía. Sin embargo, el autor sigue siendo fiel a cierta estética transparente con los sucesos contados, de manera que aquellos relatos y estas fábulas nos traen –en la verdad que traslucen las palabras- ecos que revelan sabidurías antiguas. A través de la recreación de algunos episodios históricos, Zúñiga nos habla de las “Benéficas aguas del olvido”, necesarias para hundir el recuerdo de una noche nupcial en el lecho del frío; de los “Miles ojos cegados” por un malvado bizantino que anticipó modernas formas de gobierno; de “Una tenaz desobediencia” que fuerza al tirano a seguir siendo lo que es; de “Un escrito en las paredes” sobre las crueldades de un rey al que no le queda más remedio que adentrarse solitario en el desierto; de la “Huelga de hambre en Roma” que ingenuamente apuntala el designio cruel de Nerón; de “El magnate y el bufón”, quien se sirve de la codicia del rey para detener para siempre el puño que le golpea la cabeza; del “Sublime ejemplo” del magnate que, al emular al Estilita, acabó sufriendo las mismas bajezas que cualquier mortal; de “Arquímedes, intelectual comprometido”, tan ensimismado en su quehacer científico que perdió de vista su propia vida; de “Odio y amor, puñales” que necesariamente se deben lanzar para cumplir la venganza; de “Venenos e idiomas” que inmunizan la boca del rey políglota, pero no su garganta atravesada por la espada.
                Al placer de la lectura se suma el exquisito cuidado de esta edición, más lucida aún con las espléndidas ilustraciones de Fernando Vicente, imágenes que contribuyen a que el lector vaya descubriendo la ironía que subyace en cada fábula.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 16 de febrero de 2019)


domingo, 3 de febrero de 2019

El otoño de la casa de los sauces



El otoño de la casa de los sauces
Fulgencio Argüelles
Editorial Acantilado. Barcelona, 2018


                Podría considerarse casi un subgénero literario aquellas obras en las que, transcurridos unos años, se reencuentran unos personajes que tuvieron una relación en el pasado. Suelen convocarse para celebrar un acontecimiento o una efeméride, dedican unos primeros momentos a recordar los tiempos vividos y, después de desvelarse algún secreto o surgir una cuestión no resuelta o que parecía ya olvidada, normalmente todo acaba como el rosario de la aurora. El esquema se amolda bien con la estructura de las obras dramáticas, ya sean en forma de representación teatral o cinematográfica.
Esa cualidad dramática parece estar en el origen de “El otoño de la casa de los sauces” (Acantilado, 2018), obra que Fulgencio Argüelles (Aller, 1955) escribió primero para ser representada y que ahora nos ofrece en forma de novela. La diferencia con ese tipo de obras que podríamos llamar de “reencuentro” es que el conflicto que va a surgir entre los personajes y que de forma inevitable desembocará en un desenlace plagado de disputas, aparece ante el lector ya en el primer capítulo, cuando se nos presenta a Zígor –el hombre que ha invitado a sus antiguos compañeros a pasar el fin de semana en su casa señorial- como un enfermo terminal y a los convocados como viejos camaradas de un comando terrorista. De ahí que, desde el principio, asistamos a esa dramática condición que une a los personajes y al anuncio de la sorpresa -no desvelada hasta el final de la novela- que les tiene preparada el convocante que ya ve cercana su muerte. 
Fulgencio Argüelles
 La situación, sumergida bajo una sospechosa atmósfera acotada en un tiempo y un espacio muy determinado, es propicia para que los personajes, lejos de ser presentados como héroes de tiempos convulsos, se sientan obligados a exteriorizar, junto a la íntima traición a su pasado infame, las miserias que acarrea el cotidiano vivir y el sobrevenido horror de tener que enfrentarse de repente a su propia muerte. Personajes que, encerrados en un forzoso psicodrama, deben dejar a un lado “el bálsamo de los deseos” para traer también a la memoria aquello que no quieren recordar, asumiendo que, a pesar de que por pura supervivencia “el dolor no se recuerda”, sí permanecen el tiempo y el espacio donde surgió, y sobre todo “las manos que lo provocaron”. Se les revela entonces, cuando la amenaza de la propia muerte despierta en ellos aquellas voces que durante años permanecieron en la sombra, la obligada expiación de la culpa por el sufrimiento causado, imperiosa necesidad a la que cada uno de ellos se enfrentará de desigual manera, pero al final cayendo en la certeza, expresada en la agonía de Zígor, de que “morir es un fracaso, pero matar es un fracaso más grande”. 

En esta magnífica novela se despliega la maestría literaria a la que nos tiene acostumbrados Fulgencio Argüelles. A esa fluidez narrativa con fraseo de largo aliento, a la habilidad de insertar sin guiones los diálogos en el párrafo, a la elegancia de una prosa poblada de sugerentes imágenes –“El atardecer estaba caluroso y azul, como una magulladura”-, a la inteligente imbricación de los sucesos y las tramas de la ficción en una realidad sin fechas ni lugares reconocidos o a la inusitada profundidad moral que siempre confiere a su obra, se añade ahora el labrado perfil de unos personajes –su pasado, sus vivencias, sus emociones, su vida actual, sus deseos, sus miedos, sus relaciones…- que, tras ser obligados a convivir en el desamparo, estarán condenados para siempre a huir de ese doloroso, insufrible “reencuentro” consigo mismos.

(Publicado en la revista digital Literarias el 3 de febrero de 2019)

https://www.escritoresdeasturias.es/literarias/resenas/la-ultima-novela-de-fulgencio-arguelles.html 


sábado, 26 de enero de 2019

Sucesos delirantes



La balada de los unicornios
Ledicia Costas
Anaya, 2018



                Hay que agradecer a Ledicia Costas (Vigo, 1979) su tendencia a alejarse de la moda de edulcorar las historias destinadas al público infantil y juvenil. Ya en su novela Escarlatina, la cocinera cadáver (Anaya, 2015) tuvo la osadía de contar que un niño recibe, como regalo de cumpleaños, un paquete enviado por el “Servicio de paquetería del Inframundo” que contenía un ataúd con un cadáver en su interior. La difunta era Escarlatina, una cocinera muerta hacía muchos años que, para mayor sorpresa, venía desmontada en piezas que el niño debía unir siguiendo las instrucciones que acompañaban al curioso paquete regalo. El humor negro que destilaba aquella disparatada historia seguro que hizo pasar un buen rato a muchos jóvenes lectores. Siguiendo las huellas del mismo personaje, ha publicado este otoño Los archivos secretos de Escarlatina (Anaya), un álbum ilustrado –con macabras imágenes realizadas por Víctor Rivas- donde aparece el periódico “Escalofríos del más allá”, una nutrida “Galería de ánimas, espectros y leyendas urbanas”, la tétrica programación de la televisión del inframundo, unas “ideas geniales para una tarde terrorífica” o las instrucciones para “El juego de la oca fúnebre”. Sin duda este tipo de historias e imágenes truculentas es del agrado de muchos lectores que se sienten atraídos por lo horrendo, macabro y luctuoso. De Ahí el éxito que actualmente tienen las adaptaciones “zombies” de algunos relatos clásicos. 

                Sin embargo, en La balada de los unicornios –la obra que ahora nos presenta Ledicia Costas y que ha recibido el Premio Lazarillo de Creación Literaria- este gusto por lo escatológico se le va de las manos. Es una novela de aventuras con tanta fantasía gratuita y tantos episodios truculentos, que hay que estar muy entregado a este tipo de historias para que el libro no se te caiga de las manos por inverosímil. Ya no es sólo que a la protagonista su abuela malvada le sacara los ojos porque con ellos podía adivinar el futuro ni que, para solucionar el problema, su abuelo le construyera unos ojos nuevos con una maquinaria dentada. Tampoco porque el abuelo sea un ermitaño que vive en la cabeza de un gigante que tiene 20 kilómetros de diámetro. Ni que en La Ciudad de los Perros sus cánidos habitantes paseen por las calles a humanos atados con correas. O que Jack el Destripador tenga afición a rebanar el cuello de las prostitutas y a sembrar el pánico en los callejones oscuros con el siniestro cántico de “Que asomen los intestinos, quiero ver tu hígado, quiero tus riñones, también tu corazón”. Tampoco que al ermitaño le guste alimentarse con los coleópteros mecánicos que habitan en la Cueva de los Escarabajos. Ni, en fin, que por doquier asedien arañas mecánicas o que el personaje malvado sea en realidad un cuervo. Es que todo ello unido no hace más que extraviar al lector en un rosario de sucesos delirantes, ensartados por una autora que en cada argumento sólo parece querer huir un poco más de lo políticamente correcto.
Cuando en un solo texto se pretende congeniar las artes mágicas de Harry Potter –en una Escuela de Artefactos y Oficios que vagamente parece emular al Colegio Howarts de Magia y Hechicería-, el disparatado experimento del Dr. Frankenstein –volver un cadáver a la vida por medio de artilugios mecánicos- o las fantásticas peripecias de Alicia, mezclado todo ello con elementos de la novela gótica, ocurrencias para un mundo futuro o la sucesión de aventuras sin fin, la abultada receta –procedimiento al que es tan aficionada la autora- puede ser indigesta para el común de los mortales.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 26 de enero de 2019)

sábado, 5 de enero de 2019

Historia del sudor



TOMOKO
Alfredo Hernández García
Luna de Abajo. Oviedo, 2018


                Después de la trilogía El relato total –compuesta por las novelas El fósil vivo, la venganza del objeto y Residencia de quemados-, en la que Alfredo Hernández García (Valencia, 1959), sirviéndose de las caprichosas piruetas que permite el lenguaje, de una osada complejidad formal y de la ironía como manera de comprender el mundo, proponía, entre otras críticas y denuncias, un radical cuestionamiento de una literatura acomodada, presenta ahora una suerte de “novela circular”.
Esa es la intención de Charles Sánchezlan, autor de Sudor oriental, la novela que se va insertando en estas páginas a medida que la va leyendo un periodista que pretende hacer la biografía del escritor. Esta novela, dividida en “Escenas”, cuenta, desde la libertina mirada de Tomoko, la “historia del sudor” en la que se moverá Silvestre, atractivo muchacho español que viaja a Japón para adentrarse en el misterioso, solemne y sufrido mundo del judo. Tomoko es una joven japonesa que, en su tarea de servir de intérprete al “Hispano”, se ve arrastrada por un íntimo apasionamiento que choca con las comedidas costumbres de su país. Precisamente en el texto se sucede un juego de dualidades –“una cosa se ve desde todo lo contrario”- en el que tratan de aunarse la contención casi mística de Japón con los desmedidos aspavientos de occidente; la refinada belleza de Tomoko con el arrebatador primitivismo de Silvestre; el sudor –“la sangre de la lucha”- con el conocimiento –“pensar es violentar la vida”; la soledad –“la espuma de su miedo”- del judoka con el acompañamiento de un amor secreto; el fracaso con la victoria –lucida “sólo por el miedo atroz que le tenemos a la derrota”; la vida –“lo más importante en la vida es la vida”- con la muerte –la pertinencia de un “suicidio bueno, el de las personas que se matan por reafirmarse”-. 
Alfredo Hernández García

Pero el más significativo desdoblamiento –y la íntima discordia que conlleva- se da en el interior de Silvestre, donde la lucha se produce entre su propia soledad “combatiendo consigo misma en el tatami”. Disputa que, en definitiva, no es sino la metáfora del eterno conflicto del ser humano entre la tendencia a vivir libre en su naturaleza “asilvestrada” y la necesidad de domesticarse en un hábitat más civilizado y próspero. Para ello el luchador debe superar una especie de “egoísmo estomacal”, regido por el rudimentario mandato “para comer he nacido”, y seguir la regla de esta época de “ojos trasplantados” –“el poder de nuestros ojos no es ver, sino crear”- con el fin de lograr construirse a sí mismo “de una manera que le guste”.
Hernández García propone con esta nueva novela un cierto cambio con respecto a su obra anterior, pero no abandona del todo algunas de sus señas de identidad. Así, la particular cualidad de un lenguaje que, aunque se muestra ahora más contenido, se regocija en la creación de palabras singulares; un lenguaje que, al burlarse de ciertas ataduras formales, logra también desplegar nuevos significados; la presencia de personajes extravagantes y situaciones inauditas que adoptan a ratos una perspectiva esperpéntica; en definitiva, una apuesta por una literatura comprometida que, para serlo, no debe dejar de ser una parodia de sí misma.
La “novela circular” –también llamada Penelopez por el autor de la obra insertada en el texto— pretende ser un nuevo género literario que sólo puede tener un final de “vuelta de tuerca”, aquel en el que –siguiendo a Henry James- sorpresivamente se concluye con una revisión del punto de vista que hace que el lector –en el mismo “teje y desteje” que se muestra en la novela- también se vea obligado a reconsiderar el sentido que hasta ese momento le ha suscitado la obra.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de enero de 2019)