Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 16 de febrero de 2019

Fábulas para un centenario



Fábulas irónicas
Juan Eduardo Zúñiga
Nórdica, 2018

                La inusual fortuna de poder celebrar el centenario del nacimiento de Juan Eduardo Zúñiga cuando aún está vivo, debería desentumecer de una vez por todas la tan a menudo anquilosada visión de ese “mundillo literario” demasiado ensimismado en destacar siempre a los cuatro o cinco escritores que tanto resuenan. Bien es cierto que Juan Eduardo Zúñiga, que cumplió cien años el pasado enero, nunca se ha preocupado por estar presente en los círculos literarios donde parece que se corta el bacalao, pero hay que estar muy ciego para no darse cuenta de que –junto a tres o cuatro autores más- está en la cumbre de los escritores españoles vivos. Con solo tres obras de relatos –reunidas hace unos años bajo el título de La trilogía de la Guerra Civil (Galaxia Gutenberg, 2011)-, donde magistralmente narra la condición humana asediada por la Historia, la desolación y el dolor en medio de la barbarie, Zúñiga debería pasar con los mayores honores a formar parte de los grandes escritores de nuestro tiempo. A ello hay que añadir otros conjuntos de relatos, como Misterios de las noches y los días (1992) o Brillan monedas oxidadas (2010), cuatro novelas -entre ellas la espléndida Flores de plomo (1999), homenaje a la literatura con el suicidio de Larra como telón de fondo- y, por supuesto, sus traducciones y su obra ensayística centrada sobre todo en la literatura eslava, con títulos como El anillo de Pushkin (1983) o Las inciertas pasiones de Iván Turgueniev (1996), reunidos hace poco en el volumen Desde los bosques nevados (2010). 
Juan Eduardo Zúñiga

                Ahora Zúñiga nos presenta Fábulas irónicas (Nórdica, 2018), una gavilla de relatos en los que se sirve del fraseo austero, preciso y acotado que exigen los cuentos clásicos, un estilo, por tanto, alejado de la complejidad formal a la que nos tenía acostumbrados con los textos de la Trilogía. Sin embargo, el autor sigue siendo fiel a cierta estética transparente con los sucesos contados, de manera que aquellos relatos y estas fábulas nos traen –en la verdad que traslucen las palabras- ecos que revelan sabidurías antiguas. A través de la recreación de algunos episodios históricos, Zúñiga nos habla de las “Benéficas aguas del olvido”, necesarias para hundir el recuerdo de una noche nupcial en el lecho del frío; de los “Miles ojos cegados” por un malvado bizantino que anticipó modernas formas de gobierno; de “Una tenaz desobediencia” que fuerza al tirano a seguir siendo lo que es; de “Un escrito en las paredes” sobre las crueldades de un rey al que no le queda más remedio que adentrarse solitario en el desierto; de la “Huelga de hambre en Roma” que ingenuamente apuntala el designio cruel de Nerón; de “El magnate y el bufón”, quien se sirve de la codicia del rey para detener para siempre el puño que le golpea la cabeza; del “Sublime ejemplo” del magnate que, al emular al Estilita, acabó sufriendo las mismas bajezas que cualquier mortal; de “Arquímedes, intelectual comprometido”, tan ensimismado en su quehacer científico que perdió de vista su propia vida; de “Odio y amor, puñales” que necesariamente se deben lanzar para cumplir la venganza; de “Venenos e idiomas” que inmunizan la boca del rey políglota, pero no su garganta atravesada por la espada.
                Al placer de la lectura se suma el exquisito cuidado de esta edición, más lucida aún con las espléndidas ilustraciones de Fernando Vicente, imágenes que contribuyen a que el lector vaya descubriendo la ironía que subyace en cada fábula.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 16 de febrero de 2019)


domingo, 3 de febrero de 2019

El otoño de la casa de los sauces



El otoño de la casa de los sauces
Fulgencio Argüelles
Editorial Acantilado. Barcelona, 2018


                Podría considerarse casi un subgénero literario aquellas obras en las que, transcurridos unos años, se reencuentran unos personajes que tuvieron una relación en el pasado. Suelen convocarse para celebrar un acontecimiento o una efeméride, dedican unos primeros momentos a recordar los tiempos vividos y, después de desvelarse algún secreto o surgir una cuestión no resuelta o que parecía ya olvidada, normalmente todo acaba como el rosario de la aurora. El esquema se amolda bien con la estructura de las obras dramáticas, ya sean en forma de representación teatral o cinematográfica.
Esa cualidad dramática parece estar en el origen de “El otoño de la casa de los sauces” (Acantilado, 2018), obra que Fulgencio Argüelles (Aller, 1955) escribió primero para ser representada y que ahora nos ofrece en forma de novela. La diferencia con ese tipo de obras que podríamos llamar de “reencuentro” es que el conflicto que va a surgir entre los personajes y que de forma inevitable desembocará en un desenlace plagado de disputas, aparece ante el lector ya en el primer capítulo, cuando se nos presenta a Zígor –el hombre que ha invitado a sus antiguos compañeros a pasar el fin de semana en su casa señorial- como un enfermo terminal y a los convocados como viejos camaradas de un comando terrorista. De ahí que, desde el principio, asistamos a esa dramática condición que une a los personajes y al anuncio de la sorpresa -no desvelada hasta el final de la novela- que les tiene preparada el convocante que ya ve cercana su muerte. 
Fulgencio Argüelles
 La situación, sumergida bajo una sospechosa atmósfera acotada en un tiempo y un espacio muy determinado, es propicia para que los personajes, lejos de ser presentados como héroes de tiempos convulsos, se sientan obligados a exteriorizar, junto a la íntima traición a su pasado infame, las miserias que acarrea el cotidiano vivir y el sobrevenido horror de tener que enfrentarse de repente a su propia muerte. Personajes que, encerrados en un forzoso psicodrama, deben dejar a un lado “el bálsamo de los deseos” para traer también a la memoria aquello que no quieren recordar, asumiendo que, a pesar de que por pura supervivencia “el dolor no se recuerda”, sí permanecen el tiempo y el espacio donde surgió, y sobre todo “las manos que lo provocaron”. Se les revela entonces, cuando la amenaza de la propia muerte despierta en ellos aquellas voces que durante años permanecieron en la sombra, la obligada expiación de la culpa por el sufrimiento causado, imperiosa necesidad a la que cada uno de ellos se enfrentará de desigual manera, pero al final cayendo en la certeza, expresada en la agonía de Zígor, de que “morir es un fracaso, pero matar es un fracaso más grande”. 

En esta magnífica novela se despliega la maestría literaria a la que nos tiene acostumbrados Fulgencio Argüelles. A esa fluidez narrativa con fraseo de largo aliento, a la habilidad de insertar sin guiones los diálogos en el párrafo, a la elegancia de una prosa poblada de sugerentes imágenes –“El atardecer estaba caluroso y azul, como una magulladura”-, a la inteligente imbricación de los sucesos y las tramas de la ficción en una realidad sin fechas ni lugares reconocidos o a la inusitada profundidad moral que siempre confiere a su obra, se añade ahora el labrado perfil de unos personajes –su pasado, sus vivencias, sus emociones, su vida actual, sus deseos, sus miedos, sus relaciones…- que, tras ser obligados a convivir en el desamparo, estarán condenados para siempre a huir de ese doloroso, insufrible “reencuentro” consigo mismos.

(Publicado en la revista digital Literarias el 3 de febrero de 2019)

https://www.escritoresdeasturias.es/literarias/resenas/la-ultima-novela-de-fulgencio-arguelles.html 


sábado, 26 de enero de 2019

Sucesos delirantes



La balada de los unicornios
Ledicia Costas
Anaya, 2018



                Hay que agradecer a Ledicia Costas (Vigo, 1979) su tendencia a alejarse de la moda de edulcorar las historias destinadas al público infantil y juvenil. Ya en su novela Escarlatina, la cocinera cadáver (Anaya, 2015) tuvo la osadía de contar que un niño recibe, como regalo de cumpleaños, un paquete enviado por el “Servicio de paquetería del Inframundo” que contenía un ataúd con un cadáver en su interior. La difunta era Escarlatina, una cocinera muerta hacía muchos años que, para mayor sorpresa, venía desmontada en piezas que el niño debía unir siguiendo las instrucciones que acompañaban al curioso paquete regalo. El humor negro que destilaba aquella disparatada historia seguro que hizo pasar un buen rato a muchos jóvenes lectores. Siguiendo las huellas del mismo personaje, ha publicado este otoño Los archivos secretos de Escarlatina (Anaya), un álbum ilustrado –con macabras imágenes realizadas por Víctor Rivas- donde aparece el periódico “Escalofríos del más allá”, una nutrida “Galería de ánimas, espectros y leyendas urbanas”, la tétrica programación de la televisión del inframundo, unas “ideas geniales para una tarde terrorífica” o las instrucciones para “El juego de la oca fúnebre”. Sin duda este tipo de historias e imágenes truculentas es del agrado de muchos lectores que se sienten atraídos por lo horrendo, macabro y luctuoso. De Ahí el éxito que actualmente tienen las adaptaciones “zombies” de algunos relatos clásicos. 

                Sin embargo, en La balada de los unicornios –la obra que ahora nos presenta Ledicia Costas y que ha recibido el Premio Lazarillo de Creación Literaria- este gusto por lo escatológico se le va de las manos. Es una novela de aventuras con tanta fantasía gratuita y tantos episodios truculentos, que hay que estar muy entregado a este tipo de historias para que el libro no se te caiga de las manos por inverosímil. Ya no es sólo que a la protagonista su abuela malvada le sacara los ojos porque con ellos podía adivinar el futuro ni que, para solucionar el problema, su abuelo le construyera unos ojos nuevos con una maquinaria dentada. Tampoco porque el abuelo sea un ermitaño que vive en la cabeza de un gigante que tiene 20 kilómetros de diámetro. Ni que en La Ciudad de los Perros sus cánidos habitantes paseen por las calles a humanos atados con correas. O que Jack el Destripador tenga afición a rebanar el cuello de las prostitutas y a sembrar el pánico en los callejones oscuros con el siniestro cántico de “Que asomen los intestinos, quiero ver tu hígado, quiero tus riñones, también tu corazón”. Tampoco que al ermitaño le guste alimentarse con los coleópteros mecánicos que habitan en la Cueva de los Escarabajos. Ni, en fin, que por doquier asedien arañas mecánicas o que el personaje malvado sea en realidad un cuervo. Es que todo ello unido no hace más que extraviar al lector en un rosario de sucesos delirantes, ensartados por una autora que en cada argumento sólo parece querer huir un poco más de lo políticamente correcto.
Cuando en un solo texto se pretende congeniar las artes mágicas de Harry Potter –en una Escuela de Artefactos y Oficios que vagamente parece emular al Colegio Howarts de Magia y Hechicería-, el disparatado experimento del Dr. Frankenstein –volver un cadáver a la vida por medio de artilugios mecánicos- o las fantásticas peripecias de Alicia, mezclado todo ello con elementos de la novela gótica, ocurrencias para un mundo futuro o la sucesión de aventuras sin fin, la abultada receta –procedimiento al que es tan aficionada la autora- puede ser indigesta para el común de los mortales.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 26 de enero de 2019)

sábado, 5 de enero de 2019

Historia del sudor



TOMOKO
Alfredo Hernández García
Luna de Abajo. Oviedo, 2018


                Después de la trilogía El relato total –compuesta por las novelas El fósil vivo, la venganza del objeto y Residencia de quemados-, en la que Alfredo Hernández García (Valencia, 1959), sirviéndose de las caprichosas piruetas que permite el lenguaje, de una osada complejidad formal y de la ironía como manera de comprender el mundo, proponía, entre otras críticas y denuncias, un radical cuestionamiento de una literatura acomodada, presenta ahora una suerte de “novela circular”.
Esa es la intención de Charles Sánchezlan, autor de Sudor oriental, la novela que se va insertando en estas páginas a medida que la va leyendo un periodista que pretende hacer la biografía del escritor. Esta novela, dividida en “Escenas”, cuenta, desde la libertina mirada de Tomoko, la “historia del sudor” en la que se moverá Silvestre, atractivo muchacho español que viaja a Japón para adentrarse en el misterioso, solemne y sufrido mundo del judo. Tomoko es una joven japonesa que, en su tarea de servir de intérprete al “Hispano”, se ve arrastrada por un íntimo apasionamiento que choca con las comedidas costumbres de su país. Precisamente en el texto se sucede un juego de dualidades –“una cosa se ve desde todo lo contrario”- en el que tratan de aunarse la contención casi mística de Japón con los desmedidos aspavientos de occidente; la refinada belleza de Tomoko con el arrebatador primitivismo de Silvestre; el sudor –“la sangre de la lucha”- con el conocimiento –“pensar es violentar la vida”; la soledad –“la espuma de su miedo”- del judoka con el acompañamiento de un amor secreto; el fracaso con la victoria –lucida “sólo por el miedo atroz que le tenemos a la derrota”; la vida –“lo más importante en la vida es la vida”- con la muerte –la pertinencia de un “suicidio bueno, el de las personas que se matan por reafirmarse”-. 
Alfredo Hernández García

Pero el más significativo desdoblamiento –y la íntima discordia que conlleva- se da en el interior de Silvestre, donde la lucha se produce entre su propia soledad “combatiendo consigo misma en el tatami”. Disputa que, en definitiva, no es sino la metáfora del eterno conflicto del ser humano entre la tendencia a vivir libre en su naturaleza “asilvestrada” y la necesidad de domesticarse en un hábitat más civilizado y próspero. Para ello el luchador debe superar una especie de “egoísmo estomacal”, regido por el rudimentario mandato “para comer he nacido”, y seguir la regla de esta época de “ojos trasplantados” –“el poder de nuestros ojos no es ver, sino crear”- con el fin de lograr construirse a sí mismo “de una manera que le guste”.
Hernández García propone con esta nueva novela un cierto cambio con respecto a su obra anterior, pero no abandona del todo algunas de sus señas de identidad. Así, la particular cualidad de un lenguaje que, aunque se muestra ahora más contenido, se regocija en la creación de palabras singulares; un lenguaje que, al burlarse de ciertas ataduras formales, logra también desplegar nuevos significados; la presencia de personajes extravagantes y situaciones inauditas que adoptan a ratos una perspectiva esperpéntica; en definitiva, una apuesta por una literatura comprometida que, para serlo, no debe dejar de ser una parodia de sí misma.
La “novela circular” –también llamada Penelopez por el autor de la obra insertada en el texto— pretende ser un nuevo género literario que sólo puede tener un final de “vuelta de tuerca”, aquel en el que –siguiendo a Henry James- sorpresivamente se concluye con una revisión del punto de vista que hace que el lector –en el mismo “teje y desteje” que se muestra en la novela- también se vea obligado a reconsiderar el sentido que hasta ese momento le ha suscitado la obra.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de enero de 2019)

               


jueves, 20 de diciembre de 2018

Béjar imaginada: Castro Duro, Puertopomares y Téjar



Marcelo Matas de Álvaro

(Publicado en la Revista de Estudios Bejaranos. Nº XXII. 2018)

Portada de la Revista 


“Diríase que las ciudades no están del todo acabadas,
 al menos en la memoria colectiva,
hasta que no son colonizadas imaginariamente por algún escritor”
(Luis Landero)

Muchos escritores ambientan sus novelas en territorios imaginarios que coinciden con una delimitación geográfica concreta. Seguramente deciden cambiar el topónimo oficial del lugar donde se desarrolla la trama con el fin de disponer de más libertad para manejar a su antojo los diferentes puntos de ese espacio. También, al renunciar al nombre real, se puede pretender una universalización del ámbito geográfico al que el escritor se refiere. Algunos críticos literarios han ido más allá y han definido esta idea –tal vez de una forma un tanto ampulosa- como la creación de un espacio mítico donde el autor pueda desplegar todo su mundo literario. Así, William Faulkner bautizó con el endiablado nombre de Yoknapatawpha un condado ficticio del noroeste de Misisipi o Juan Benet recurrió al común Región para designar una comarca situada en el norte de León. Otros autores acotan más ese espacio inventado tomando como referencia una ciudad real donde desarrollar la trama. Es el caso, entre otras, de Oviedo, nombrada como Vetusta por Clarín o Pilares por Ramón Pérez de Ayala, o Pontevedra, bautizada como Castroforte por Gonzalo Torrente Ballester. Y es también el de Béjar, imaginada como Castro Duro por Pío Baroja, Puertopomares por Eduardo Zamacois o Téjar por Emilio Muñoz.

Castro Duro
                César o nada, (las referencias completas de las obras citadas se incluyen en el apéndice bibliográfico) novela publicada en 1910 –primero por entregas en el periódico El Radical antes de publicarse completa en la editorial Biblioteca Renacimiento- por Pío Baroja (1872-1956), forma parte de la trilogía Las ciudades junto El mundo es ansí y La sensualidad pervertida. Se podría decir que es una novela de tesis que trata de denunciar el caciquismo de la España rural en la época de la Restauración borbónica, un tipo de despotismo local que sería el directamente responsable del secular atraso del país. Ya en el Prólogo –capítulo inusual en una novela- el propio autor explicita lo que considera “el carácter del héroe”, abogando por la individualidad como el principio original que debe constituir el elemento “perturbador y revolucionario” capaz de cambiar la miserable historia de los pueblos. A partir de ahí Baroja crea a César Moncada, el protagonista del relato para quien “la moral individual consiste en adaptar la vida a un pensamiento, a un plan concebido”. Bajo esta premisa en la que la acción se constituye como la obligada palanca para forzar la necesaria transformación de la sociedad, César y su hermana Laura se desplazan a Roma –largo capítulo que constituye la primera parte de la obra-, una ciudad que recorren de la mano de algunas amistades y que van descubriendo entre la admiración –por parte de la hermana- de todo su esplendoroso pasado todavía patente en tantos edificios y monumentos, y la mirada escéptica de César Moncada ante la obscena demostración de tanto poderío. El juicio crítico de un individuo que piensa por sí mismo se agudiza sobre todo cuando se interna en los entresijos del Vaticano y asiste a la hipócrita vida de la curia, representada en el relato de la famosa historia de los Borgia. Sin embargo, el lema de esa ambiciosa y depravada familia –“Aut Caesar aut nihil’- le inspirará a César el regreso a España con el propósito de alcanzar el poder necesario para organizar una suerte de “individualismo extrarreligioso” capaz de desplazar el tradicional oscurantismo, que es la causa principal del secular atraso de estas tierras castellanas, por un racionalismo liberal que permita el progreso de la sociedad. Gracias a la amistad que entabla en Roma con un cacique zamorano, César consigue introducirse en los círculos políticos y sociales de Castro Duro –título de la segunda y última parte de la novela-, y a partir de ahí llevar a la práctica el experimento de comprobar si sus habitantes “resisten el suero del liberalismo”. Después de lograr salir elegido diputado bajo el paraguas protector de los próceres del pueblo, nuestro protagonista hace valer sus verdaderas intenciones anticlericales y regeneracionistas con su empeño de construir una escuela, dotar de una biblioteca al Centro obrero, sanear el agua, fomentar las comunicaciones y el transporte, en definitiva, poner en funcionamiento lo que él llama “la política del pan”. Pero esta suerte de traición a las privilegiadas fuerzas vivas que le han permitido auparse al poder, tendrá graves consecuencias para quien se ha propuesto ser “César o nada”. 

                Como suele ocurrir con las novelas de tesis, esta obra de Pío Baroja tiene más valor político, ideológico, social e histórico que puramente literario, pero como no es objeto de este artículo hacer un análisis más pormenorizado de este relato y ni mucho menos esbozar una crítica, sino rastrear las pistas que nos puedan traer ecos de Béjar, pasamos a ello. Para empezar, hay que decir que parece que en este asunto Baroja –tan poco dado a los divertimentos literarios- juega al despiste con el fin de dificultar la ubicación exacta de la ciudad inventada, pues junto a referencias evidentes que pueden hacer coincidir Castro Duro con Béjar, hay otros datos que invitan a cuestionarnos esta idea.
Los apuntes que hacen coincidir ambas ciudades –la real y la imaginaria- se centran sobre todo en aspectos geográficos y urbanos. Así, en la descripción que hace de Castro Duro al comienzo de la segunda parte de la novela, se dice que “El cerro que sirve de asiento a la histórica ciudad tiene muy diversos aspectos: por un lado aparece escalonado en graderías, formadas por pequeñas parcelas de tierra sostenidas con muros de pedruscos. En estos rellanos hay matas de viñas y algunos almendros”. Se confirma esta coincidencia cuando más adelante dice que “Los dos principales monumentos de Castro Duro son la iglesia mayor y el palacio”. La iglesia bien pudiera tratarse de Santa María la Mayor, pero Baroja imagina una iglesia con características que podrían asemejarse a la bejarana con otras que nos alejan de esta apreciación. Así, la describe como “románica, de color pardo amarillento, dorada por el sol. Se levanta en un extremo del cerro, como centinela que espía el valle. Tiene la vieja fábrica, sólida y fuerte, filas de aspilleras debajo del tejado, que denuncian su carácter guerrero (…) En el interior de la iglesia, lo más notable que puede verse es el retablo del Renacimiento”. Efectivamente, Baroja “acierta” con la ubicación y con la sólida construcción, pero el templo no es románico, sino protogótico, con un ábside de ladrillo mudéjar. El estilo del retablo está más cerca del Barroco que del Renacimiento y las filas de aspilleras que Baroja imagina debajo del tejado no aparecen, salvo una muestra en mitad de la torre. Con respecto al palacio cuenta que “La segunda obra arqueológica del pueblo es el antiguo palacio de los duques de Castro Duro. El palacio, gran fábrica de piedra y de ladrillo ennegrecido se levanta al lado del Ayuntamiento, y tiene, como éste, una hilada de arcos a la plaza. En el balcón central muestra columnas de adornos, y sobre ellas, dos gigantes de piedra carcomidos, con grandes mazas, que parecen vigilar el escudo; un extremo del edificio lo alarga una torre cuadrada. (…) Por las inscripciones de sus varios escudos se puede colegir que fue construido por el duque de Castro Duro, y por su mujer, doña Guiomar. Por la parte de atrás del palacio, como alto mirador edificado sobre la muralla, aparece una galería formada por diez arcos de medio punto, apoyados en esbeltas pilastras. Debajo de la galería quedan los restos de un jardín con rampas y plataformas y algunas viejas estatuas. Al pie casi de los jardines llega el río”. Como puede verse, junto a claras referencias al palacio de los Zúñiga, como la de su mujer Guiomar, la alta edificación sobre la muralla, la construcción en piedra o la cercanía del Ayuntamiento, hay otros apuntes que la alejan del palacio bejarano, como la hilada de arcos a la plaza o las columnas con adornos del balcón central, aunque sí se puede aventurar que los dos gigantes con grandes mazas bien pudiera ser una alusión a los hombres de musgo.
Entre los aspectos geográficos que aluden de una forma inequívoca a Béjar están algunos topónimos como el “Tranco del Diablo, un desfiladero por donde pasa el río entre unos acantilados rojos llenos de quebraduras” o un pueblo de la comarca “llamado Val de San Gil”. Igualmente es significativa la mención a las fondas en las que puede hospedarse el protagonista cuando llega a Castro Duro:
-          “¿Van ustedes a la fonda del Comercio? –preguntó un mozo.
-          No; van a la fonda de España –dijo otro.”
La fonda “El Comercio” –situada en la calle Solano y regentada por la viuda de Ignacio Rodríguez- ya existía cuando se escribió la novela. De hecho allí se crio Jesús Izcaray, periodista, dirigente comunista y escritor bejarano que recibió el Premio Nacional de Literatura en 1938 por su obra Madrid es nuestro. La “Fonda España” también estaba en funcionamiento por aquel entonces, publicitándose en la prensa de la época como “Fonda España de Venancio Rodríguez”. Además, Pío Baroja la conoce de primera mano, pues en ella solía hospedarse las veces que se acercaba a Béjar, como aquella en la que quiso conocer a Furris –pintoresco personaje de la época- u otra en la que le acompañó José Ortega y Gasset (Muñoz de la Peña, 1961). ¿Se inspirará en este Furris cuando en la novela habla de “un tabernero a quien llaman el Furibis, contrabandista y hombre de pelo en pecho”? De igual manera, ¿tomará como referencia al escritor, editor y anarquista bejarano José María Blázquez de Pedro al contar que César conoce en una librería cerca de la plaza –precisamente, el librepensador regentaba también “una tienda de objetos de escritorio y puesto de periódicos”- a un anarquista descrito como “hombre flaco, melenudo, con patillas”, aspecto que coincide con la fisonomía del bejarano? No sería inverosímil, pues se conoce aquella vez en que Baroja “fue a Béjar con el propósito de pararse unas horas, topó a Blázquez de Pedro y se detuvo varios días” (Valero Martín, 1911). Otro dato a añadir a la confirmación de esta sospecha es la mención que se hace en la novela al semanario El Rebelde, publicación donde ambos (Baroja y Blázquez) “comparten página a finales de noviembre” de 1904 (Soriano e Íñiguez, 2017).
Pío Baroja

Al “Círculo Obrero”-antecedente del actual Casino Obrero- que se inauguró en 1882, seguramente alude Baroja cuando escribe “El Centro [obrero] había sido fundado por los obreros de una fábrica de hilados, ya cerrada. El número de socios era muy pequeño, y lo sostenían principalmente los obreros y empleados del tren y algunos tejedores”.
Otro detalle inequívoco, ya fuera de lo geográfico o urbanístico, que nos permita situar su ficción en Béjar es cuando el autor se refiere a un vino “espeso, oscuro, que siempre tiene gusto a la pez, y otro claro, que encabezan con alcohol y que llaman aloque”.
Hasta aquí todos estos datos nos hablan de la posible equivalencia de Castro Duro con Béjar, pero Pío Baroja, seguramente en un deliberado propósito para que nadie pueda ubicar con seguridad su ciudad inventada, nos deja otras pistas para que desechemos esa idea y que, sobre todo los bejaranos, nos quedemos con un palmo de narices. Así, prefiere cambiar el nombre de Candelario por el de un topónimo de la provincia de Soria: “subió por las callejuelas de Cidones, horriblemente empinadas, sombrías y en cuesta”. El pueblo soriano de este nombre está situado al pie de Pico Frentes, en la Sierra de Cabrejas, pero sus calles son llanas como la palma de una mano. También se dice que don Calixto García Guerrero –el prócer con el que César se encuentra en Roma- es “senador y gran cacique de la provincia de Zamora”, a la vez que se afirma que “el palacio [de Castro] pertenece a don Calixto”, de lo cual se infiere que Castro Duro está en Zamora y no en Salamanca, donde debería estar si Béjar fuera la referencia real. Igualmente sorprende para un bejarano leer que “sus casas son bajas, de adobes”, que “por la falta de riego no se puede cultivar más que una zona, muy pequeña”, que “hay acaparadores de grano, que encarecen el trigo” o que “Castro Duro es un pueblo principalmente de agricultores y trajineros”, llegando a afirmar que “El vino y los frutos de las huertas constituyen la principal riqueza”, de manera que “Los procedimientos de la industria de Castro son primitivos; todo se elabora a brazo. (…) En los alrededores del pueblo hay una fábrica de electricidad, otra de ladrillos, varios molinos y horno de cal y de yeso”. Ninguna alusión –salvo la breve referencia cuando se ha referido a la fundación del Casino- a las fábricas textiles que eran tan abundantes a principios del siglo XX. Para compensar menciona, como de pasada, que bajo los soportales de la calle Mayor “se ven las lencerías, las pañerías, las tiendas de gorras”. Pero ahí se queda, y ya como dato a añadir a ese distanciamiento entre Castro Duro y Béjar, el autor no duda en situar como alcalde a un “agricultor rico”, cuando cualquier bejarano de a pie sabe que los alcaldes de su ciudad siempre fueron ricos, sí, pero industriales textiles.
A pesar de estos apuntes que Baroja incluye para tratar de “despistar” sobre la verdadera equivalencia de su ciudad inventada, creemos que hay suficientes indicios para pensar que Baroja se inspiró, al menos en parte, en Béjar para ubicar su Castro Duro. Sin embargo, no nos debería cegar –en todo caso, comprensible para los vecinos de la ciudad textil- esta complaciente idea para dejar de considerar la afirmación que hace José-Carlos Mainer (2012) en su biografía del escritor vasco: “Estuvieron [Baroja y Maeztu] en Viana, en Navarra (que, andando el tiempo, le inspiraría la ambientación de César o nada)”. Efectivamente, Viana está situada en un cerro, conserva aún parte de su recinto amurallado que desde lejos deja ver las ruinas de un castillo y la iglesia de Santa María de la Asunción, pero la iglesia no es románica, como apunta Baroja en la novela, sino gótica con una importante portada renacentista y un retablo barroco. También Viana tiene viñas, un Convento de San Francisco, Plaza y Calle Mayor y, sobre todo, no hay que desdeñar que en el exterior de la iglesia de Santa María está enterrado César Borgia, a quien Baroja dedica un importante capítulo en su libro. 
Vista panorámica de Béjar

De igual manera no hay que dejar de lado la mención que algunos autores –por ejemplo, Rodríguez (2006), Cusac Sánchez y Muñoz Domínguez (2011)- hacen a Toro como ciudad que, en parte, pudiera tomarse como referencia real de Castro Duro. En este caso concurren aspectos significativos, el primero es la adscripción de don Calixto como senador y gran cacique de la provincia de Zamora, pero también los restos de una muralla, la colegiata de Santa María la Mayor –a veces llamada iglesia y otras colegiata en el texto, esta sí “románica de color pardo amarillento, dorada por el sol”-, “un larguísimo puente, de más de veinte arcos” sobre el río Duero, la Ermita de Santa María de la Vega –nombre casi coincidente con el de la “iglesia de la Vega “ donde se casa César Moncada-, el Alcázar –posible referencia del palacio, pero en este caso su fisonomía y ubicación se alejan de la descrita en la novela-, el Mirador del Duero –llamado “El Miradero” por el autor-, las Trincheras –toponimia que se repite en el texto- y, claro está, las menciones a las viñas o a “la llanura sin fin, plana y desierta, que rodea a Castro”.
Por ello, bien se podría conjeturar que Pío Baroja se inspira en estas tres ciudades –y seguramente en alguna más que se nos escapa- para ubicar su Castro Duro, circunstancia que tal vez no satisface por completo a los vecinos que, atrapados en el disculpable orgullo del localismo, bien quisieran ver su ciudad como claro escenario de una novela de tan insigne autor, pero que también debería dejar paso a la íntima satisfacción de saber que se habita algún rincón de una ciudad imaginada.
Puertopomares
                El misterio de un hombre pequeñito es una novela publicada en la editorial Renacimiento en 1914 por Eduardo Zamacois (1873-1971), periodista, editor y prolífico escritor que desarrolla su obra literaria entre 1893 y 1938. Por tanto convive con los escritores realistas de finales del siglo XIX, con las generaciones del 98, del 14 y del 27, con el modernismo y las vanguardias, y con otros escritores al margen de esos grupos o movimientos. Esto hace que Zamacois se muestre “permeable a todo tipo de influencias, españolas y extranjeras. La singular mezcla que de estas hace, y sus evidentes dotes como escritor, dan como fruto una obra más precursora que seguidora de movimientos literarios. Zamacois, Felipe Trigo y Blasco Ibáñez han sido considerados como “escritores frontera” o “escritores bisagra”, sin los cuales no puede entenderse el paso de la novelística del siglo XIX a la novela posterior” (Cordero Gómez, 2007). El misterio de un hombre pequeñito pertenece a la segunda época del escritor, junto con otras obras con las que tuvo gran éxito, como Memorias de un vagón de ferrocarril o Una vida extraordinaria.
                El misterio de un hombre pequeñito, considerada una de las mejores novelas de Zamacois, tiene el mérito de ambientar una historia fantástica en un contexto realista. Tanto es así que hay quien se ha aventurado a ver en esta obra una precursora del realismo mágico. Este ambiente reconocible en muchos pueblos y ciudades castellanas de la época lo constituye la geografía –natural y urbana- y la sociedad de Puertopomares, formada por la “aristocracia” del pueblo, que habitualmente se congrega en las tertulias del Casino, y por otros personajes que tratan de sobrevivir en los márgenes. Entre esos dos escenarios se mueve la figura de don Gil Tomás, un hombre un tanto repulsivo físicamente, de muy baja estatura y que vive algo retirado, pero que goza de la extraña cualidad de tener un espíritu que por las noches abandona su cuerpo para poseer el cuerpo –o sus espíritus- de las mujeres que apaciblemente duermen. El hombre pequeñito se aprovecha –de manera involuntaria, pues él no es consciente de las correrías de su espíritu en la noche- de esta insólita propiedad que tiene, para vengarse del asesinato de su padre por parte de una pareja de hermanos buhoneros. Así, en la historia se entrecruza el secreto deseo que atormenta los sueños de doncellas y casadas con los dramáticos sucesos que deben avenirse para consumar la venganza. 

                Zamacois escribe una espléndida novela, a veces un tanto lastrada por la tendencia a la adjetivación ampulosa –“la voz abracadabra del trueno tableteó horrísona en los arcarnos serrinos”-, pero también lucida por el uso de algunos vocablos hoy casi perdidos u olvidados que enriquecen el texto con la precisión de ciertos narradores antiguos. La monótona cotidianeidad de un pueblo de provincias se ve asaltada por un elemento que perturba las aburridas mentes –y cuerpos- de los vecinos –“flaco y muy para poco es el deseo que sintiéndose correspondido con redoblados ahíncos no suplica y procura”-, lo cual da pie al autor a hacer entretenidas digresiones psicológicas, a poder adentrarse con maestría en el interior de cada personaje –llegando a mostrar sin mucho pudor las fogosidades oníricas que desazonan a las señoras-, a dejar caer a los amantes en el atavismo de las tentaciones del diablo, a sufrir la irremediable fuerza de la culpa –en la línea de Crimen y castigo, de Dostoievski-, en definitiva, a diseccionar con el bisturí de los buenos escritores la vida social, a menudo llena de hipocresías, secretos y falsedades, de cualquier pueblo de entonces.
                Un análisis más detallado de los elementos literarios –narración, espacio, personajes, estructura formal, estilo- de esta novela se encuentra en el imprescindible estudio que al respecto realizó Antonio Gutiérrez Turrión para la revista del CEB (2015).  
Puertopomares es el nombre del pueblo del que, como sucedía con la obra de Baroja, Zamacois aporta suficientes datos para que se pueda identificar fácilmente con Béjar, pero al mismo tiempo omite o deja caer otros que parecen querer alejarnos de esta evidencia. Ya en la inicio de la novela ubica Puertopomares como “un lugarejo salmantino de seis mil habitantes, situado en las ondulaciones menos ariscas de la fragosa sierra de Gredos”. La descripción geográfica del lugar, que ocupa las primeras páginas del relato, cuenta que está “enclavado sobre el lomo de un altozano estrecho y largo, circuído por una breve campiña que, muy luego, arrepentida de su humildad apacible, trepa veloz y ambiciosa por todos lados hasta ser orgullosa montaña; y así el pueblo queda hundido en el centro de un anfiteatro ciclópeo alrededor del cual los altos cerros coronados de castañares, de alisos, de copudos tejos, de nogales y de chopos, componen fabulosas graderías. En aquel escenario abrupto, puesto a cerca de mil metros sobre el nivel del mar, los accidentes atmosféricos tienen energía extraordinaria: las nevadas son terribles…”. Cualquier observador –nativo o foráneo- podría reconocer en esta panorámica la peculiaridad geográfica de Béjar. Pero por si hubiera alguna duda, el narrador sigue contando que “La parte Sur, que enfrenta la estación del ferrocarril, es más apacible, hay menos peñascales y los bosques de castaños y de frenos muéstranse lozanos y tupidos. (…) La estación es pequeña, tranquila y tiene un andén de arena. (…) Al pie del monte un túnel abre la tiniebla de su medio círculo, y luego, doblándose como un alfanje, pasa al otro lado; toda la servidumbre, por tanto, del arruinado castillo, gravita sobre él”. A ello añade unas breves pinceladas históricas que concluyen con “Dominando la parte más altiva hiciéronse al fin los muros aspillerados de un castillo románico, cuyos salones sirven hogaño de Casa Consistorial y de cuartel, y cuyas ruinas, fuertes todavía, constituyen la armazón o esqueleto de todo el villorrio”. Ciertamente, el palacio ducal de Béjar en su origen fue un castillo construido en la época en que se desarrolló el estilo románico, según constata José Muñoz Domínguez (2013) al afirmar que “la alcazaba bejarana fue fundada (…) entre 1180 y 1293 (con mayor probabilidad en los primeros años)”, autor que también confirma en ese mismo trabajo que “Durante las primeras décadas del siglo XX, la mayor parte del Palacio se utilizó como cuartel y sede del Ayuntamiento”, período que coincide con el “hogaño” de Zamacois. Sin embargo, otras afirmaciones, como “el formidable aparejo que domina la parte Norte son romanos”, se contradicen con las aportaciones hechas por los historiadores: “El amurallamiento de Béjar fue construido en época cristiana y no existe ninguna evidencia de una muralla árabe o musulmana anterior como, en ocasiones y sin ningún fundamento, se ha llegado a asegurar” (Avilés Amat, 2017). 
Eduardo Zamacois

Después de decir que “entre todas [las techumbres de las casas] componen un perfil giboso, un lomo de camello”, el autor se adentra en la ciudad para seguir por “La calle Larga, donde estaban los principales comercios, la botica, el Casino y la Casa Correos, siguiendo el eje longitudinal del monte atraviesa el pueblo de Este a Oeste y constituye su espinazo”. Fácil es asimilar esta calle Larga con la calle Mayor de Béjar, de la misma forma que resulta familiar a cualquier bejarano leer que “el pueblo [es] un caserío original de contextura arbitraria, de balconajes volados y grandes como galerías, (…) de hostigos cubiertos de tejas”. A ello se une la aparición de topónimos que coinciden con lugares reales o que pueden sin dificultad vincularse a ellos: Nava de Pomares (Nava de Béjar), Candelario, Cantagallos, La Olla (La Hoya), Palomares, Navahonda, la Glorieta del Parque, el Parador del Sol, la Fonda del Toro Blanco o el Café de la Amistad, que según Rodríguez Martín (2008), “identificarían los más viejos del lugar”. Y, por supuesto, Salamanca, como capital de la provincia, y su “diario conservador” El Adelantado, que los parroquianos hojean o leen en el Casino.
Sin embargo, aparte de todas estas correspondencias geográficas o urbanas con la ciudad de Béjar, apenas hemos encontrado algún apunte que pueda reflejar la historia, las costumbres, personajes u otros aspectos de la industria o la sociedad bejarana. Los datos históricos, como bien observa Gutiérrez Turrión (2015), “obedecen casi exclusivamente a la imaginación del autor y pertenecen a su libertad creadora”. Es cierto que aparece un Casino, descrito con algunas características parecidas a las de los dos Casinos bejaranos (Obrero e Industrial o de los Señores), pero se trata de un ámbito cultural y de tertulia también propio de otros lugares y que suele encontrarse en las narraciones de esa época (precisamente en la novela Jarrapellejos (también de 1914), de Felipe Trigo, aparece asimismo un “casino de los señores” donde se reúnen algunos personajes relevantes de la trama). Igualmente, la estratificación social dibujada en el texto, donde “El Casino era el lugar predilecto de lo más conspicuo y benemérito de la población”, “La Fonda del Toro Blanco (era) menos etiquetero y mirlado” y “El café de la Amistad pertenecía al pueblo”, reservando a “la mujer” la preferencia que tiene por “caminar (hasta llegar) a la estación”, no suponen una gradación privativa de Béjar, sino común a la sociedad urbana de entonces. Con todo, lo que más sorprende al lector bejarano es que ninguno de los personajes de la novela sea empresario (patrón, fabricante o industrial, como se decía en la época) u obrero textil, de forma que son escasas las referencias a la principal actividad económica de Béjar. Al principio de la novela aparece tan solo la mención al retrato colgado en el Casino y que representa a un tal Martínez Rodríguez, quien “fue alcalde, restauró a sus expensas la torre de la iglesia y tuvo varios telares”. Hay que llegar hasta la pág. 263 (de la tercera edición que manejamos), cuando se cuenta que “Toribio todas las madrugadas, apenas despuntaba el día, aparejaba el burro, cargábalo bien de paños, mantas y percales, y salía a recorrer los pueblos comarcanos”, y sobre todo a la pág. 355, donde se alude a “la fábrica de tejidos de Pepe González” (355) y a la apreciación sobre ella que hace un personaje -“¡Pues valiente telar han ido a enseñarles! Apuesto la cabeza a que no hay trabajando allí ni cincuenta obreros. ¡Si les hubiesen llevado a la hilandería de mi suegro!”-, para inferir que hay una industria textil importante en Puertopomares.
De ahí que, a pesar de las puntualizaciones que acabamos de hacer, debamos concluir, de acuerdo con Gutiérrez Turrión (2015), que “El misterio de un hombre pequeñito debe ser considerada una novela en Béjar, que el autor pensó en los lugares que nos rodean para desarrollar una historia imaginada y desconcertante”.

Téjar
                Rincón de provincia, publicada por Emilio Muñoz (1885-1966) en 1935 en la Editorial Juventud, es “la novela de Béjar por excelencia”, según la califica con acierto Antonio Gutiérrez Turrión (1994) en su discurso de ingreso en el CEB (texto de obligada referencia para cualquier estudio que pretenda indagar en esta obra). Tal es así que la trama -de escaso interés salvo en algunos episodios puntuales, como el buen relato que conforma el capítulo XII- está al servicio del único personaje que interesa al autor: la ciudad de Béjar, expresamente apuntado en el “Umbral” que escribe al inicio de la obra. “He querido hacer –afirma Muñoz- la novela de mi tierra nativa. Destacar su hermosura, su “historia de señora y su honrada vida de obrera”, que dijo Gabriel y Galán; sus luchas, sus costumbres, sus tradiciones piadosas y civiles, su pasión generosa por la libertad. Y entrecruzar sobre este noble fondo –como se liga en sus telares la urdimbre y la trama- los hilos de una fábula, que tuviese interés y emoción”. El autor cumple sobradamente con su propósito, pues el lector –al menos el que esto suscribe- a veces siente que está ante un folleto turístico de Béjar, y no sólo por las precisas descripciones de su paisaje urbano y de su privilegiado entorno natural, sino también por la explícita y extensa narración de su historia, “sus luchas, sus costumbres, sus tradiciones piadosas y civiles”. Pero Muñoz va más allá cuando, al advertir los riesgos de quedarse “a merced de un solo cliente” (el Ejército), anticipa soluciones que se dieron posteriormente, como la búsqueda de “rutas nuevas”, “la esperanza en el veraneo”, o la existencia de un “Museo de la Industria, que es preciso fundar”. Así, más parecería un ensayo –eso sí, disimulado bajo una trama novelesca- sobre la ciudad de Béjar que una novela, pero, como veremos, el autor se toma las debidas licencias para que no quede duda de que estamos ante una obra de ficción.  

Emilio Muñoz García, a cuyo nombre todavía anteponen el “don” nuestros contemporáneos que tuvieron la ocasión de conocerlo, fue un bejarano que perteneció a una de las familias con más relevancia social de la época (“muy presentes en las seis primeras décadas del siglo XX bejarano”, como afirma José Antonio Sánchez Paso en una nota que recoge Palomeque López (2016) y de la que extraemos algunos de los méritos de esta saga familiar). Hijo del industrial Francisco Muñoz Domínguez y Elisa García Nieto, Emilio era hermano de Julio –cofundador con Toribio Zúñiga del periódico Béjar en Madrid-, Francisco –escritor de dos libros de poesía y presidente de la Diputación de Salamanca- y Juan –cronista oficial, hijo predilecto de Béjar, académico de la Real de la Historia y “autor prolífico de trabajos de divulgación y obras de creación literaria en torno todo ello a la historia local” (Sánchez Paso)-. Emilio Muñoz destacó en el ámbito político -llegando a ser alcalde de Béjar en un corto período durante la Guerra Civil-, empresarial –propietario de una conocida fábrica de botones y presidente de la Cámara de Comercio-, y cultural –presidente del Casino Obrero, defensor del patrimonio artístico, mecenas y autor de novelas, obras dramáticas y libros de poesía-. Con respecto a la labor literaria, que es el aspecto que aquí importa, es obligado resaltar los numerosos artículos que Emilio Muñoz publicó en la prensa local y provincial, particularmente en Béjar en Madrid y en la revista Cultura y tolerancia (Gutiérrez Turrión, 1994).
                Rincón de provincia –título un tanto melancólico que ya apunta al espacio geográfico como eje sustancial de la novela- se desarrolla en Téjar, topónimo que hábilmente conjuga el nombre real de la ciudad que toma como referencia –Béjar- con la actividad industrial que la ha caracterizado a través de los siglos –textil, tejer-, y aún más se podría relacionar con una particularidad arquitectónica propia, como son las “tejas” que recubren las fachadas de las casas para defenderlas del hostigo. Esta similitud fonética con el topónimo de referencia y las resonancias semánticas que son representativas de Béjar, no dejan lugar a dudas sobre el ámbito geográfico real al que se ciñe la novela, pero, sin embargo, la decisión del autor de “enmascarar” ese espacio bajo un nombre inventado, le hace sentirse libre para poder desligarse de esa realidad. Así, como veremos, Emilio Muñoz utiliza este ardid para tratar de alcanzar lo que cualquier novelista que se precie siempre debe pretender: la creación de una realidad distinta, aunque, como en este caso, se limite a un ámbito tan reconocido y evidente.
                Nos lleva por esta pista Gutiérrez Turrión (1994) cuando afirma que en la novela se desarrolla “una serie de sucesos más propios de las novelas de caballería de los siglos XV y XVI que de nuestro siglo”, de manera que Cecilio y Tebita –los protagonistas de la obra- “nos parecen dos de aquellos pastores literarios del Renacimiento que van lamentando sus penas vitales a lo largo de toda la primera parte de la novela, o dos caballeros que cumplen sus pruebas impuestas por el capricho de una dama, de la que consiguen los amores, en la segunda”. Esta suerte de anacronismo argumental –en pugna con las tramas de inicios del siglo XX, que es el tiempo en el que se desarrolla la novela- sólo puede darse en una obra de ficción que cuente también con otros elementos que le permitan despegarse del ámbito conocido. Elementos que posibilitarán al autor la libertad que necesita para configurar un mundo ideal –a menudo, idílico- y lograr su propósito de “hacer la novela de mi tierra nativa”.
            
    Así, como iremos viendo, junto a los datos reales que inundan el texto para hacer un relato veraz sobre el espacio geográfico, los monumentos, la historia, las costumbres, la industria textil, los personajes y la vida social de Béjar, el autor inventa o tergiversa otros con la intención de que el lector no olvide que está habitando el territorio de la ficción.
                En el ámbito geográfico, las numerosas referencias reales se podrían resumir en esta larga cita que aparece al principio de la novela: “Ante ellos, una cuenca anchurosa abría su regazo, manchado de praderas, cortada por el río, cerrada al fondo lejano por la crestería de una sierra vestida de azul. La vertiente al mediodía tenía carácter ciclópeo: estaba casi toda invadida por enormes peñas entreveradas de roble y de viñas, plantada en estrechos bancales. Una carretera y un camino de hierro sajaban largamente durísimas canteras que mostraban la entraña de azulado granito. Al lado opuesto, se erguía vasto monte de castaños bravíos. Al naciente, otra sierra cercana que, todavía, sobre la carne morena de sus flancos, conservaba jirones del blanco alquicel impoluto que echó sobre sus hombros el invierno. También en la misma dirección, se veía en parte y de través, montada sobre el dorso de un cerro larguísimo, el anverso de Téjar, ciudad que, de la parte opuesta, ofrece otra visión –el reverso- también interesante, aunque severa. Sobresalían las torres espaciadas de los templos y la mole rectángula de un viejo palacio. El sol, destellaba en los cristales de balcones y galerías…”. Por si esta semblanza paisajística aún pudiera ser insuficiente para fijar claramente la verdadera ciudad a la que se refiere o pudiera confundirse con algún otro lugar de parecidas características, el autor baja más al terreno propio de Béjar al mencionar expresamente “la iglesia románica de Santiago”, “la fonda del Comercio”, “la Puerta de la Traición” de las murallas, el “palacio ducal, de hermosa traza renacentista”, el Casino “de los Señores”, el camino de “Los Rodeos” para subir al monte, la fuente de la “Sábana” de El Bosque, “Hoyamoros”, etc. Sin embargo, son más numerosos los topónimos inventados, a menudo tan parecidos a los reales que a ningún bejarano puede escapársele su correspondencia con el verdadero nombre. Baste para ello citar algunos ejemplos: “Fuente de la Raposa” (Fuente del Lobo), “Cruz del Cancho” (Peña de la Cruz), “Salto del Diablo” (Tranco del Diablo), “Calle Real” (Calle Mayor), río “Varón” (Cuerpo de Hombre), “Círculo Artesano” (Casino Obrero), “Barrio Alegre” (Barrio Recreo), “Puerta Ojiva” (Puerta del Pico), “Montehermoso” (Monte de El Castañar) o “La Floresta” (El Bosque). En este sentido, es curioso que siempre cambie el nombre de pueblos y ciudades próximos, como “Helmántica, la capital de la provincia” (Salamanca) –también “El Avance, diario de la capital” (El Adelanto)-, “baños de Monteluengo” (Baños de Montemayor), “Erizosa” (Candelario), “Valdesampedro” (Valdesangil), “Miróbriga” (Ciudad Rodrigo) o “Puerto de Téjar” (Puerto de Béjar). Sin embargo, otros lugares más lejanos conservan su verdadero nombre: Sierra de Francia, Gata, Gredos, Plasencia, Tornavacas, río Tormes, la Vera, la Abadía o el Pico Almanzor. A veces, tal vez por despiste, utiliza en la novela el topónimo real y el inventado. Es el caso del “monte Castañar” (pág. 179) y de “Valdesangil” (pág. 244).
                Más fiel o, si se quiere, más cercano a la realidad bejarana, se muestra Emilio Muñoz al reflejar ciertas costumbres, hechos históricos, personajes u otros aspectos de la vida social y cultural. Así, encontramos a lo largo del texto alusiones al aloque o a platos típicos como el calderillo o el zorongollo; leyendas como la célebre de los hombres de musgo, que “se non e vero, e ben trovato”; numerosas referencias sobre la industria textil, mencionando la producción casi exclusiva destinada al Ejército y explayándose en los capítulos XXXI y XXXII sobre el proceso de fabricación textil, desde la llegada del “vellón amarillento” de lana hasta la confección de la característica capa; la historia de la aparición de la Virgen –aquí llamada “Nuestra Señora de Montehermoso”-, el templo que se erigió en su honor y todo lo que tiene que ver con “la Novena y la Fiesta que, vencido el verano rinden los tejarenses y los comarcanos a la imagen veneranda”;  modismos lingüísticos como “¡Tó!, exclamación privativa de Téjar”, o “angarilla” utilizado con el significado de portilla “que da entrada al monte bravío”; personajes históricos como don Francesillo de Zúñiga -“bufón famoso de Carlos V”-, Andrés Dorantes –“conquistador tejarense”-, el torero Julián Casas el Salamanquino –“nacido y criado en Téjar”-, Duques de Béjar (o Téjar), como Manuel de Zúñiga –muerto en la “Cruzada de Buda contra los turcos”-, Francisco y su esposa Guiomar –que inscriben sus iniciales “en la fachada principal del palacio”, además de una “grande cartela” en el palacete de La Floresta (El Bosque)-, Álvaro I y su segunda esposa Leonor Pimentel, Isabel de Zúñiga –casada con “el segundo duque de Alba”-, Leonor de Toledo y Zúñiga –casada con “el primer Gran Duque de Florencia”- o el innombrado duque “a quien Cervantes dedicó, por desdicha con escasa fortuna, el Quijote”; acontecimientos históricos como la revolución de 1868, “por la cual se luchó gallardamente en Téjar” y que causó las llamadas “víctimas de la Libertad”, la primera guerra carlista, que se libró en Téjar cuando el general Pardiñas entró para echar a los “faciosos”, la famosa huelga textil de 1913-1914, tildada por el autor como la “más dilatada y temible”. Todo ello le confiere el honor de ser distinguida con los títulos de “Muy Noble, Muy Leal, Liberal y Heroica ciudad de Téjar”. 
Imagen de "la gran huelga textil de los siete meses"

                Sin embargo, al autor se le “escapan” ciertos errores en la relación de algunos de estos elementos. Cuando se refiere al largo conflicto laboral de 1913-1914 –cuya inclusión en Rincón de provincia es tildada por Palomeque López (2016) como “Una bella narración de esta huelga, de sus episodios de tensión y enfrentamiento”-, Emilio Muñoz escribe que “aquellos millares de seres habían resistido catorce meses”, justo el doble de duración de la llamada precisamente “la gran huelga textil de los siete meses”. Al no especificar en la ficción el año en que se dio este conflicto, el autor se permite licencias como esta de la duración y la posterior referencia, en la cronología del texto novelesco, de la muerte del escritor Juan Valera, sucedida en Madrid en 1905 y a cuyo entierro acude Cecilio, personaje que ese día se encuentra en la capital del Reino. Otro error de fechas –éste más explícito- tiene que ver con la Guerra Carlista. En la novela se afirma que “el año 1834, una considerable partida carlista, que mandaba un cabecilla famoso, invadió la villa”. Sin embargo, la historiadora Carmen Cascón Matas (2016) escribe que “El 3 de mayo de 1838 las tropas del general carlista Basilio García se dirigían con prontitud desde Extremadura a refugiarse entre las defensas amuralladas de Béjar. La plaza era segura, pues pocos meses antes había sido ocupada por facciones rebeldes que en ese momento campaban a sus anchas por las calles bejaranas”.
                Difícil es de creer que estos “errores”, no sólo disculpables sino más aún deseables en una obra de ficción que no lleve el calificativo de “novela histórica”, pudieran ser simples despistes del autor, pues de persona tan ilustrada como Emilio Muñoz no se espera más que precisión en los datos. De ahí que, al igual que sucede con los nombres inventados, estos “descuidos” apuntalen nuestra idea de que esta obra –al igual que las otras dos que hemos tratado de analizar- hablan de un lugar que al mismo tiempo es y no es Béjar, tal vez la única posibilidad de hacer verosímil una ciudad imaginada.
Bibliografía:
·         Avilés Amat, Antonio (2017). “Algunas aportaciones al estudio del urbanismo y de la vivienda medieval en Béjar (1ª parte)”. En Béjar en Madrid. Junio de 2017.
·         Baroja, Pío (1910). César o nada. Madrid: Biblioteca Renacimiento.
·         Cascón Matas, Carmen (2016). “Siguiendo el rastro del retrato del general Ramón Pardiñas (1ª parte). En Béjar en Madrid. 6 de mayo de 2016.
·         Cordero Gómez, José Ignacio (2007). La obra literaria de Eduardo Zamacois. Tesis doctoral. Universidad Complutense de Madrid.
·         Cusac Sánchez, Gabriel, y Muñoz Domínguez, José (2011). Los Hombres de Musgo y su parentela salvaje. Salamanca: Diputación de Salamanca.
·         Gutiérrez Turrión, Antonio (1994). Rincón de provincia. Discurso de ingreso en el Centro de Estudios Bejaranos.
·         Gutiérrez Turrión, Antonio (2015). “El misterio de un hombre pequeñito. Una novela en Béjar”. En Estudios Bejaranos nº 19. Centro de Estudios Bejaranos.
·         Mainer, José-Carlos (2012). Pío Baroja. Madrid: Taurus.
·         Muñoz de la Peña, Arsenio (1961). “Desconocida anécdota de Pío Baroja”. En ABC. Sevilla, 24 de abril de 1961.
·         Muñoz Domínguez, José (2013). “El palacio ducal de Béjar. Ocho siglos de historia”. En Piedra y Pedagogía. Béjar: Instituto Ramón Olleros Gregorio.
·         Muñoz García, Emilio (1935). Rincón de provincia. Barcelona: Editorial Juventud.
·         Palomeque López, Manuel Carlos (2016). Vuestros y de la clase obrera. La gran huelga textil de los siete meses en Béjar (1913-1914). Béjar: Centro de Estudios Bejaranos.
·         Rodríguez Martín, Luis (2006). “Barojiana bejarana”. En Ferias y fiestas. Béjar: Ayto. de Béjar y Cámara de Comercio e Industria de Béjar.
·         Rodríguez Martín, Luis (2008). “El misterio de un hombre pequeñito”. En ferias y fiestas. Béjar: Ayto.  de Béjar y Cámara de Comercio e Industria de Béjar.
·         Soriano Jiménez, Ignacio C., e Íñiguez, Miguel (2017). José María Blázquez de Pedro. Anarquista de ambos mundos (en Béjar, Panamá y Cuba). Zaragoza: Asociación Isaac Puente.
·         Trigo, Felipe (1914). Jarrapellejos. Madrid: Renacimiento.
·         Valero Martín, Alberto (1911). “Por tierras castellanas. Fiesta de la cultura”. En El Liberal, 9 de enero de 1911.
·         Zamacois, Eduardo (1914). El misterio de un hombre pequeñito. Madrid: Renacimiento.

sábado, 15 de diciembre de 2018

El libro ilustrado



           Fue efectivamente un "Encuentro genial" el que tuvo lugar este sábado en la preciosa biblioteca del Ateneo Cultural Casino Obrero de Béjar. 
         Mercedes Riba introdujo el encuentro comentando algunas ilustraciones que se iban proyectando en la pantalla. 
                Yolanda Izard dio una clase magistral sobre el libro ilustrado, centrándose en las diferentes maneras que hay de ilustrar un libro, ya sea desde la absoluta fidelidad al texto o desde la libertad que el ilustrador se toma para crear una historia paralela, pero no muy diferente, a lo escrito. Así, el texto puede dirigir totalmente las ilustraciones o limitarse a sugerir ciertas imágenes más despegadas de la historia narrada. Lo completó con un breve repaso por algunos ilustradores que son del agrado de Yolanda Izard, como Gustave Doré, Antoine de Saint-Exupéry o Ana Juan. 
Yolanda Izard en un momento de su exposición
                Marcelo Matas se refirió a la relación entre la narración oral y la ilustración, empezando por imaginar cómo los hombres prehistóricos se reunían en torno a un fuego para escuchar la historia que contaba uno de ellos, mientras otro bien podría ir pintando en las paredes de las cuevas lo que se iba narrando. Más tarde, las propias historias bíblicas, las parábolas se representaban en los templos por medio de imágenes. El sacerdote era el contador de los cuentos y la gente que no sabía leer se ilustraba con las imágenes, las esculturas, los cuadros o los bajorrelieves de los capiteles. Igualmente, los juglares iban por los pueblos, ciudades, castillos o palacios contando historias al tiempo que mostraban en pliegos dispuestos en un atril las escenas de lo que iban narrando. De ahí a los conocidos romances de ciegos y los pliegos de cordel, cuadernillos impresos sin encuadernar y exhibidos para su venta en tendederos de cuerdas. También recordó los títeres y los teatros de marionetas, para concluir que de toda esta tradición se nutre el cuento y la escenificación -realizada por María Jesús de Iscar- que se iba a presentar a continuación.
Marcelo Matas contando el cuento

                Marcelo Matas contó el cuento "El fantasma suicida", específicamente creado para presentarlo en ese espacio y en ese momento, de manera que seguramente nunca más se podrá volver a contar en público. 









Ilustraciones y escenografía creadas por María J. de Iscar


Yolanda Izard, Mercedes Riba, Carmen Carpio (presidenta del Casino) y Marcelo Matas

Marcelo Matas y María Jesús de Iscar
Público asistente