Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 1 de julio de 2017

Asesinato en la antigua Roma


Titus Flaminius. La fuente de las vestales
Jean-François Nahmias
Edelvives, 2016


Muchas de las llamadas novelas históricas tienden a escorarse hacia uno de los dos lados que, en rigor de lo que exige el género, deben conformar el relato: la realidad histórica y la trama inventada. Así, unas suelen utilizar la historia como mero trasfondo o soporte para ambientar una trama ajena a ese marco, mientras que otras se sirven de una ficción pasajera para narrar un episodio histórico que nada tiene que ver con las peripecias de los personajes inventados. Se podría decir que las primeras son figuras con paisaje –histórico- y las segundas son paisaje con figuras –noveladas-. Sin embargo, se debe reclamar que se intente mantener ese difícil equilibrio entre la fidelidad a los hechos históricos y la propia cualidad de la ficción, y más aún si se trata de una obra destinada al público juvenil, pues –querámoslo o no- este tipo de obras siempre se guían por una cierta pretensión didáctica muy del agrado de padres y profesores. Es una intención acomodada a lo que se ha venido en llamar “enseñar deleitando”, un principio que postula que la mejor forma de que los jóvenes –a los que en general se entiende reacios a meterse entre pecho y espalda un manual de historia o un ensayo sobre algún acontecimiento o época puntual- aprendan algo de historia, es envolviéndosela en el papel de celofán de una trama novelesca. Nada que objetar a tal pretensión, si por el camino no se van dejando caer los jirones de la indispensable calidad que siempre hay que exigir a toda obra literaria. 
Ilustración de Luis Doyague

La colección de novelas “Titus Flaminius”, del autor francés Jean-François Nahmias (Cannes, 1944), logra este delicado equilibrio en el que la ficción –en este caso una trama de tipo policiaca o detectivesca- se imbrica bien con el tiempo histórico en el que se desarrolla -la Roma del final de la República-. Así, en esta nueva entrega titulada “La fuente de las vestales” el joven abogado patricio Titus Flaminius se encuentra ante el deber personal de descubrir al asesino de su madre. Para ello cuenta con la ayuda de Floro, uno de los cómicos que mejor saben utilizar sus dotes de interpretación y transformismo, además de ser un buen conocedor de los suburbios y los bajos fondos de la ciudad. Las primeras pistas conducen a una perla robada a la amante de Julio César y a una tablilla donde está grabado parte del nombre de la bella vestal Licinia. A partir de ahí se suceden más asesinatos, aventuras, momentos donde peligran la vida de los protagonistas, escaramuzas amorosas, traiciones, en definitiva lances de la trama propios de una novela de género que, al tiempo que entretiene, introduce con acierto al joven lector en el ambiente de la Roma de la mitad del siglo I antes de Cristo. De esta manera, el lector tiene la oportunidad de sumergirse en el paisaje urbano y en la característica arquitectura de la casa romana, de encontrarse entre sus calles con las diferentes clases sociales que habitan la ciudad, de asistir a las ceremonias o fiestas que se dan en el tiempo de los idus o las calendas, de aprender sobre las representaciones y atributos de las divinidades romanas y, más específicamente en esta entrega de la serie, sobre la peculiar existencia de las vestales, sacerdotisas que deben mantener siempre viva la llama del fuego sagrado. A esta labor didáctica también contribuye el apéndice que al final del libro explica algunas de las referencias históricas que han ido apareciendo en la novela.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 1 de julio de 2017) 

sábado, 3 de junio de 2017

Aquellos maravillosos años


La sonrisa de los peces de piedra
Rosa Huertas
Anaya, 2017



Toda la mitología fundada a partir de la llamada “movida madrileña”, aquella supuesta explosión de creatividad que surgió en los años ochenta del pasado siglo a raíz de la muerte del dictador, está presente en “La sonrisa de los peces de piedra” (XIV Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil), de Rosa Huertas. Así, tal puede parecer que la pretensión de esta novela no sea otra que la de introducir a los jóvenes lectores en el ambiente de pregonada ebullición creativa que en aquella década –llamada por algunos “prodigiosa”- se produjo en la capital de España, como respuesta liberadora y fértil ante el yermo oscurantismo padecido en los anteriores decenios. No en vano por sus páginas desfilan los más célebres personajes de aquel tiempo –Antonio Vega, Ouka Leele, García-Alix, Almodóvar-, los grupos musicales que pusieron la banda sonora de la época –Nacha Pop, Radio Futura, Tino Casal, etc.-, las canciones que se convirtieron en himnos de toda una generación –La chica de ayer, Eloíse- y los  locales –Rock-Ola, Penta, La Vía Láctea- donde cada noche se exaltaba la vida con el vigor y la urgencia que toda juventud precisa. De ahí a la mirada nostálgica –entendida como la añoranza de que cualquier tiempo pasado fue mejor- no hay más que un paso, que, sin embargo, esta entretenida novela logra esquivar con acierto.
El relato de las experiencias vividas en aquellos “maravillosos años” se lo cuenta Julia en una larga carta a su hijo Jaime, en respuesta a las inquietudes que sobre su identidad le han surgido al joven después de un casual encuentro en el cementerio donde acaba de ser enterrado su abuelo. Allí, sentada en una tumba donde la madre de Jaime –de forma inesperada para su hijo, pues un nombre desconocido para él está escrito en su lápida- acaba de expresar su dolor, ha coincidido con Ángela, hija del hombre que yace en el sepulcro. Ciertas afinidades entre los dos jóvenes, la aparición de algunos misterios en torno al cementerio y el deliberado silencio de la madre, despiertan en el joven la sospecha de haber vivido entre secretos y mentiras tramadas para hurtarle uno de los capítulos –sino el mayor- más importante de su vida. A partir de ahí, Jaime y Ángela van estrechando una relación que corre el riesgo de convertirse en algo más que una mera amistad. Peligro que tiene al chico en vilo ante el temor de que precisamente esa chica por la que empieza a experimentar sentimientos desconocidos hasta ahora, sea en realidad su hermana, hija del hombre al que su madre lloraba en su tumba. 

La obra se desarrolla en dos planos narrativos. El del tiempo presente de la novela, donde Jaime indaga sobre su identidad a la vez que va descubriendo a través de Ángela la peculiar personalidad de quien sospecha que es su padre, y el de la época de la movida madrileña, contado por la madre en un largo escrito que va presentando por entregas a su hijo, demorando de esta forma la resolución final.
Rosa Huertas narra con su pericia habitual una buena historia para el disfrute de los jóvenes lectores, una novela de aprendizaje en la que el protagonista descubre esas verdades necesarias para poder avanzar en la vida. A destacar igualmente las ilustraciones de Javier Olivares, fieles a la estética pop que se desplegaba en las revistas y fanzines de la época que retrata la novela.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 3 de junio de 2017)




sábado, 27 de mayo de 2017

El pudor y la herida


Las mujeres de la calle Luna
Javier Lasheras
Algaida. Sevilla, 2017



                Acostumbrados estamos a leer o ver historias en las que nos tiene en vilo un asesino en serie, un trasunto de Jack el Destripador que no sólo tiene fijación por ir eliminando mujeres, sino que además pone todo su empeño exterminador en hacerlo de la manera más truculenta posible. Igualmente, en este tipo de tramas, a la urgencia por descubrir al ejecutor antes de que cometa el próximo crimen, se une la peculiar naturaleza de los personajes, generalmente un áspero agente que purga en su conciencia oscuros desencuentros con el pasado, una femme fatale que desata pasiones con su sola presencia y una variedad de sospechosos que pisa el barro de los bajos fondos o las alfombras de la alta sociedad. Estos tópicos –junto a los resultados inmediatos exigidos por los mandos superiores, a la vertiginosa ironía de los diálogos, a los inesperados giros de la trama o a la veloz resolución que se requiere en las últimas escenas- conforman la narrativa de un thriller como “Las mujeres de la calle Luna” (LXIII Premio de Novela Ateneo Ciudad de Valladolid). Pero Javier Lasheras (Don Benito, 1965) no sólo utiliza con maestría estos recursos para presentarnos una magnífica novela de género, sino que los utiliza como pretexto para –por así decirlo- introducir el texto o argumento que verdaderamente quiere contar.
                A la historia del asesino en serie se une el robo del cuadro “El origen del mundo” de Gustave Courbet del Museo de Orsay de París, paralelismo que va configurando la doble idea del “pudor y la herida” con la que se titula el segundo capítulo y que –en un original acierto- conforma un haiku con el encabezamiento de los otros dos (“Gotas de lluvia,/el pudor y la herida/bajo la luna”). Así, ante un cuadro que más que representar una realidad parece exhibir con toda la persuasión posible la realidad misma, la mirada atenta del espectador advierte tanto el pudor propio –sofocado por no poder sustraerse a esa “epifanía del deseo carnal”- como el de la mujer –“aguijón o escudo de su arsenal más secreto”- que oculta su rostro en la pintura. 
          La herida se expresa de manera rotunda en la crueldad con que el asesino mutila a sus víctimas, pero también está presente en la vida de los personajes, a duras penas supervivientes de los zarpazos del pasado –la muerte de la mujer del comisario Danglade, las tragedias familiares del palestino Sayed y del exguerrillero Gimbe o la superviviente del campo de concentración Astrid Kwakklestein- y que en el presente del relato actúan de alguna manera condicionados por aquellas viejas fracturas. Herida y pudor que se mezclan o confunden con otras dicotomías que salpican la trama, como la dificultad de encontrar el amor –o caer en su sinsentido- más allá de la urgente satisfacción sexual, o la función del arte limitada a ser expresión del misterio de la vida, o el necesario reenfoque de la mirada del hombre hacia la situación de la mujer, o el deseo de imaginarnos en una ficción que pueda ponernos a salvo de una realidad al mismo tiempo pudorosa e hiriente.
                Javier Lasheras recurre a sus dotes de poeta para amoldar el lenguaje a lo que cada situación narrativa exige, logrando apartarse al mismo tiempo de la prosa funcional –y funcionarial- de los thrillers más comunes como del lirismo alambicado en el que caen ciertos vates metidos a novelistas. Este logro ya se aprecia en su anterior novela (“El amor inútil”, Algaida, 2004), con la que ésta comparte algunas de las reflexiones apuntadas.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 27 de mayo de 2017)

                

sábado, 6 de mayo de 2017

La aventura de la ciencia


Los niños de la viruela
María Solar
Anaya, 2017


                El 30 de noviembre de 1803 zarpaba del puerto de La Coruña rumbo a América la corbeta María Pita. En ella iba embarcada la llamada “Real Expedición Filantrópica de la Vacuna”, formada por el doctor Balmis, prestigioso cirujano de la Corte, un séquito de ayudantes sanitarios, Isabel  Zendal, rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, y 22 niños huérfanos.  La ambiciosa empresa –sufragada por el erario público a expensas del rey Carlos IV- pretendía nada más y nada menos que llevar la vacuna de la viruela a América, sirviéndose para ello de una cadena humana integrada por niños sanos que irían siendo inoculados con el virus extraído de las pústulas de los vacunados la semana anterior.  De esta forma, al carecerse en aquella época de sistemas adecuados de mantenimiento y refrigeración, se trataba de conservar el valioso fluido en el organismo de los pequeños.
Algunos escritores y directores de cine han tomado esta aventura científica como referencia para sus propias creaciones. Así, entre las más relevantes cabe destacar las novelas “Los héroes olvidados” (Roca Editorial, 2011), de Antonio Villanueva y “A flor de piel” (Planeta, 2015), de Javier Moro, así como la película “22 ángeles”, de Miguel Bardem. Ahora la escritora gallega María Solar (1970) nos presenta “Los niños de la viruela” (Anaya, 2017), una obra destinada al público juvenil que narra los prolegómenos de tan apasionante como incierto viaje. 
Busto de Balmis en la Facultad de Medicina
 de la UMH en San Juan de Alicante.

Partiendo de un escenario digno de Dickens, la novela empieza contando con crudo realismo la miserable vida que arrastran los niños del orfanato de A Coruña en esa fecha tan lejana de principios del siglo XIX. Los pequeños y cotidianos pillajes a que se ven abocados los pequeños para esquivar los zarpazos del hambre, a menudo les lleva a callejones donde se dan de bruces con la violencia, la enfermedad o la muerte. Amenaza de una tragedia que se respira tanto fuera como dentro del orfanato, donde también sus paredes pueden ser atravesadas por esa epidemia tan temible que, cuando se presenta, sólo queda encomendarse a Dios para que después de la fiebre, apenas deje algunas marcas en la piel y pase de largo. Es esa rueda del azar la que pretende detener el doctor Posse Roybanes, médico que atiende a los niños de la inclusa, con la aplicación de esa vacuna que, según ha leído en alguno de los numerosos libros que tiene en su consulta, es el único remedio para prevenir la enfermedad de la viruela. Con ese mismo propósito va a presentarse en A Coruña el doctor Balmis, decidido a reclutar a unos cuantos de esos niños desahuciados por la sociedad para transportar en sus brazos la vacuna con destino a América. 

A las puertas de esa heroica misión –en la multitudinaria despedida que se da en el puerto de A Coruña a la tripulación con los 22 “ángeles”- se queda esta magnífica novela, en la que tienen cabida la amistad -necesario refugio para sobrevivir en un mundo hostil-, las primeras palpitaciones del amor, la piedad ante los más desfavorecidos, y sobre todo, la reivindicación de la ciencia como el medio imprescindible para el progreso de la humanidad.
Igualmente, es de agradecer –en estos tiempos de historias edulcoradas para no herir la fina piel de nuestros tiernos infantes- la honestidad narrativa de una autora que no esquiva los duros episodios de la miseria, la enfermedad y la muerte, lo cual, lejos de ahuyentar a los jóvenes lectores, es una buena muestra de que se les trata con el respeto y consideración que merecen.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de mayo de 2017)




viernes, 5 de mayo de 2017

El triunfo de la palabra


Reseña  que el escritor David Fueyo ha publicado en la revista digital Literarias sobre mi libro de relatos Ingenio lego. 5 de mayo de 2017


Dice el escritor Eloy Tizón, —quizá uno de los que más ha teorizado sobre el cuento en los últimos años— que todo aquel que no se pliegue dócilmente a los dictados del mercado debe ser consciente de que no va a tenerlo fácil; ha escogido un camino en rampa, áspero, lleno de dificultad y con muchos escollos. Ese es la senda elegida por Marcelo Matas a la hora de llevar a cabo su Ingenio Lego, la del triunfo de la palabra sobre cualquier otra consideración, —mercantil, estilística o simplemente dejándose llevar por las modas— fuera de lo meramente literario.
Conozco a Marcelo, sé de su sensibilidad con el cuento infantil, de hecho tuve el placer de presentar El niño que se convirtió en coche (Juglar, 2015), un cuento para contar y disfrutar en familia, accesible y a la vez delicado. Lo compartí con niños y comprobé que disfrutaban conmigo; sin embargo he de confesar que no me esperaba la profundidad, complejidad y delicadeza que el mismo autor iba a sugerirme apenas un año después con éste, su Ingenio Lego, aunque durante el tiempo que le conozco puso ante mi diversas pistas de este talento literario en forma de cuento corto en varias antologías en las que participamos ambos, promovidos por la Asociación de Escritores de Asturias (Pravia con todas las letras, Mina de palabras, u Oviedo, libro abierto). Ahora me doy cuenta de que, de un coleccionista de Quijotes como es Marcelo, puedes esperar —literariamente hablando— cualquier asombrosa aventura literaria. 
Contraportada de "Ingenio lego"

Ingenio Lego, impecablemente editado por la Diputación de Salamanca, contiene catorce cuentos que van desde el monólogo interior hasta el lenguaje cervantino, del humor al desasosiego, de la prosa poética sin ni un solo punto seguido a la transcripción oral del lenguaje del pueblo, sus chascarrillos y sus muletillas, consiguiendo así la obra ser una polifonía llena de escollos bien superados muy lejos de lo que Tizón busca para el cuento moderno —picante, con cierta acidez, veloz y ligero— pero por encima en calidad y equilibrio de mucho de lo que se publica hoy en día.
Los catorce cuentos sugieren. Creo que ese es “El Piropo” con mayúsculas que puede definir un buen cuento. Desde el impresionante relato que da nombre al volumen, en el cual Marcelo parece tomar la pluma encarnado en un noble que, siguiendo escrupulosamente el tono cervantino, dice que prefiere ser olvidado que reconocido a pesar de conocer a Cervantes e incluso haberle regalado sus propios versos para que este pudiera conformar su prestigio en el futuro, —sencilla y retorcidamente lúcido— hasta el humor de guante blanco presente en Cuento de Navidad, una historia cotidiana que nos lleva un paso más allá en la vida de un soldado.
Hay lugar para la metaliteratura y el olor a librería de viejo, fonda y paraíso de aquellos que creemos que los libros son un tesoro, máxime si son encontrados entre un montón de saldos amarillentos o, mejor aún, en un contenedor de basura (Agua de palabras y Gesticulan voces). También para el monólogo, para el cuento torrencial (La casa en el camino de los juegos y el impresionante Al final el silencio, con el que se cierra el volumen), para la luz y la esperanza de dos enamorados unidos en todo menos en dimensión, —él en la real, Clarín, y ella, Ana Ozores, su creación, en la literaria—, y para la oscuridad, la venganza y la crudeza (Por la piel y El peluquero zurdo), historia (Rubén Darío se lava con Heno de Pravia), vida como trayecto (La vaca Jueves) y la muerte que en el fondo es un viaje de ida sin retorno, (El regreso, y vuelvo a citar otra vez Al final el silencio).
Los catorce cuentos están trabajados con la paciencia y precisión del orfebre. No hay escritura rápida, no hay prisas, no hay estruendo ni alharaca, tampoco extraños artificios ni Deux ex machina. El camino es en rampa áspera, pero sabe a dónde llevarnos: literatura pura y consistente, juego canónico donde no hay un canon preestablecido más allá de poner a funcionar las palabras con una cuidadosa fascinación por el lenguaje. Ingenio Lego no podría ser escrito por alguien que no ama la literatura y la comprende como vehículo de belleza y emoción. No podíamos esperar otra cosa de un coleccionista de Quijotes.  Otro triunfo para la palabra que a buen seguro sabrá saborear el avezado lector.


https://www.escritoresdeasturias.es/literarias/resenas/index.html

sábado, 22 de abril de 2017

El relato total


Residencia de quemados
Alfredo Hernández García
Luna de abajo. Oviedo, 2016


                
                Si “El fósil vivo” (2012) –primera parte de la trilogía- se adentra en la aparente paradoja de indagar en la memoria de un mundo futuro y “La venganza del objeto” (2014) –segunda entrega- denuncia el esperpento de la ciencia en su afán por inventar la verdad, “Residencia de quemados” (Luna de abajo, 2016), propone transformar “la conciencia de los propietarios de la culpa” echando mano de la arrolladora fuerza de la propia voluntad, “la más valiosa y peligrosa de cuantas facultades usamos”. Para ello, Alfredo Hernández García (Valencia, 1959) articula la novela en torno a dos planos narrativos. En uno aparece Clara, una psicóloga clínica que, ejerciendo de “enfermera de su misma enfermedad”, trata a cuatro pacientes –los quemados- con patologías ya expresadas en sus respectivos pseudónimos: “El Hombre de Oro”, compulsivo especialista en enriquecerse y arruinarse de la noche a la mañana, “El Hombre Adivina Qué”, ensimismado en la avaricia de su propio silencio, “Sazonado Corazón”, servicial lacayo de la ruda tiranía de su cónyuge, y “La Mujer Fantástica”, amarrada a las correas de su tiempo perdido. En el otro plano se cuenta la historia de Ruta, una princesa que construye su leyenda a base de fuerza, de una furibunda voluntad sólo guiada por el precepto de que “el mundo será lo que nosotros queramos”. De la lectura de ese relato que casualmente –o tal vez no tanto- cae en las manos de Clara, surge el cambio de la protagonista, quien, queriendo emular a la implacable personalidad de la princesa, acomete su particular empresa contra la “industria psicológica” a la que hasta ese momento había servido. 
Alfredo Hernández García

                Sin embargo, esta simplificación de la trama no debe ocultar toda la complejidad de una obra que nos lleva de nuevo por los difíciles senderos por los que suele obligarnos a transitar Alfredo HG. Como en sus anteriores novelas, el peculiar estilo del autor -reconocido en los ocurrentes y divertidos neologismos (“lacayosis”, “revientaorgías”, “curasienes”…), en el original lirismo de ciertas imágenes (“ceremonia de lágrimas”), en los continuos juegos del lenguaje (“charlas en las que nos va la vida antes que la vida nos vaya”), en las frases esculpidas a la manera de un laborioso orfebre de la lengua- exige del lector no sólo el grado de atención que supone toda lectura, sino más aún una decidida disposición a no entenderlo todo, a dejarse llevar por una intuición que ponga “aquello que a la comprensión le falta”.
                Reflexiones sobre la libertad, la verdad, la felicidad, la dignidad, la moral, la Historia, la política, la filosofía, la literatura –con osadías metaliterarias como la inclusión en el texto de dos críticas sobre la propia novela- y sobre todo la psicología (“que quiso ser ciencia y sólo es una mantenida”) cuajan una novela que aspira nada más y nada menos que a “El relato total” –título de la obra que crea Ruta-, pero no aquel, como se apunta en el libro, que pretende abarcarlo todo, sino que tiene un fin moral: el que logra liberar al que lo lea de toda servidumbre, entendiendo la conquista de la libertad como el definitivo logro de no hacer lo que uno no quiere hacer.
                Con esta novela Alfredo HG culmina una trilogía –tal vez enmarcada dentro de la llamada “Escuela de la dificultad”- que, sirviéndose de la ironía como herramienta de aproximación al mundo que pretende criticar, ha logrado el ambicioso propósito que en su día seguramente proyectó su autor. Aquel que, a mi parecer, tiene que ver con el radical cuestionamiento de una literatura cada vez más hundida en la molicie, tratando de salvar, de paso, a un escritor atrapado en la paradoja de ser “hijo del mismo tiempo que quiere destruir”.



(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 22 de abril de 2017)

sábado, 25 de marzo de 2017

El trinomio fantástico


El secreto del abuelo
Carles Cano
Anaya, 2017


          
           El escritor italiano Gianni Rodari se propuso elaborar con su obra “Gramática de la fantasía” una suerte de “introducción al arte de inventar historias”, ateniéndose a la idea de que la capacidad creativa no es un don insuflado por los dioses a ciertos hombres y mujeres elegidos para ser portadores de tal privilegio, sino que todo ser humano, por el mero hecho de serlo, posee la cualidad de acceder a ese proceso creativo que en última instancia le permita inventar historias. Para ello, en su célebre ensayo Rodari propone el uso de una serie de técnicas que pueden servir para que cualquiera sea capaz de echar a volar la mariposa de su imaginación. Así, presenta el famoso “binomio fantástico”, que consiste, como bien saben todos los que han acudido a algún taller de escritura creativa, en combinar dos palabras que aparentemente no tienen ninguna relación y buscarles un maridaje que sea capaz de iluminar nuestra inagotable capacidad de inventiva.
            Ahora el escritor Carles Cano (Valencia, 1957) va un paso más allá de Rodari y crea lo que podría llamarse el “trinomio fantástico”, la combinación al azar de tres palabras que no tengan nada que ver y “hacer saltar entre ellas una chispa, un puente que las relacione”. Es lo que hace el protagonista de “El secreto del abuelo” (Anaya, 2017), obra galardonada con el Premio Lazarillo de Creación Literaria. Partiendo del tópico del abuelo ingenioso que inventa historias para sus nietos, esta obra contiene cinco cuentos que surgen precisamente del empleo de ese “trinomio fantástico”, que el abuelo tiene la habilidad de utilizar para mayor divertimento de los pequeños. 
Gianni Rodari
Así, de situaciones cotidianas, como volcar la caja de juguetes para encontrar tres cosas que no deberían estar ahí (un peine, una carta del rey de bastos y una piedra de la playa), surge el cuento “El rey Pelón”, la historia de un rey calvo que un día encuentra a una lamia (una especie de sirena) peinándose sentada en una piedra junto a la orilla de un río. En la caja de herramientas que el abuelo tiene en el garaje también hay tres cosas que no encajan con el resto (un llavero con la torre Eiffel, un cebo en forma de pez y un candado sin llave). Con esos objetos el abuelo inventa la historia “París, el pez y el candado”, un cuento que empieza con una pareja de enamorados en un puente sobre el río Sena y termina con un pescadero japonés abriendo un candado en un puente de Tokio. El cuento “La maga Staropolsky” surge de la inagotable cabeza del abuelo al salir de un circo con sus nietos y encontrarse con un pájaro cantando en un balcón y un gato esquivando las ruedas de un coche. Un día de playa se le ocurre al abuelo otra historia, “El mensaje en la botella”, un relato en el que aparecen tres extraños objetos (un escarabajo disecado, un botón metálico y una especie de hueso o semilla de fruta) dentro de una botella que el propio abuelo dice haber encontrado en una playa cuando hacía el servicio militar en el Sahara. En el último capítulo del libro uno de los niños se vacía los bolsillos para que a partir de los tres objetos que saca (una canica, un trozo de cuerda y un mono de plástico) el abuelo se invente el cuento “La pirata”.
En definitiva, un entretenido libro que también enseña a los niños un sencillo truco para poder inventar ellos mismos cualquier historia.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 25 de marzo de 2017)