Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

domingo, 1 de marzo de 2026

Una telaraña de presencias y olvidos

 

El adiós de los perros

Inés González

Velasco Ediciones, 2025



            El tiempo en el que transcurre esta magnífica novela es el de la reciente pandemia, episodio que aquí no se nos presenta como excusa para reflejar las anómalas experiencias sufridas en esa peculiar circunstancia -demasiado trilladas en tantas narraciones que merecen el olvido-, sino que se nos muestra como el ambiente propicio donde se mueven unos personajes perdidos en el enfermizo laberinto de la conciencia y la memoria. El espacio de la narración es uno de esos pueblos anegados bajo las aguas de un pantano, unas cuantas casas en ruinas que se salvaron de la inundación y que ahora serán el lugar rodeado de misterio -a veces angustioso- al que va a ir a parar un grupo de ancianos. La protagonista es una mujer que, como regente de una ONG, ha reclutado a esos quince hombres y mujeres para acogerlos en los meses del confinamiento.

            A partir de ahí, vamos asistiendo a cómo el pasado de cada personaje se va enredando en una telaraña de presencias y olvidos, de acontecimientos que aparecen y desaparecen, se imaginan o se inventan en una convivencia ahogada en el perdido pueblo que habitan. Un lugar donde los viejos permanecen aislados para salvarse del contagio que también asfixia a una sociedad sumergida en las turbias aguas del progreso. A esta acumulación de símbolos -tiempo, espacio y conciencias anegados- se une la propia condición misteriosa de Lucía, la mujer que se ha hecho cargo del grupo con el loable propósito de socorrer a personas tan vulnerables, pero que encierra motivos ocultos que el lector irá descubriendo a medida que la novela avance, razones alimentadas en un pasado que va apareciendo con las mismas señales de inquietud que nos sobrecogen al asomarnos a las oscuras aguas del pantano y a la borrosa mente de los ancianos.

            El adiós de los perros (Velasco Ediciones, 2025) nos habla de las huellas indelebles que permanecen en la memoria -perros que ladran y nos amedrantan y vuelven-, una sombra que viene de una infancia carente de afectos y rodeada de episodios desgraciados que necesitan ser resarcidos por medio de la venganza, sin caer tal vez en la cuenta de que en sí misma no es más que un “deseo de permanecer con quien cambió nuestra vida para siempre, con ese que nos configuró irremediablemente”. Por eso al final -con ese punto de incertidumbre con el que se cierran los buenos relatos- parece que la venganza se vuelve contra quien la practica, pues “Ni en la muerte ni en la vida la paz existe. Es solo una alucinación que nos distrae de la verdad”.

            Inés González (Venezuela, 1965) escribe con una prosa elegante y precisa, llena de imágenes que se acomodan bien a una narración cargada de sugerencias que se quiebran, una novela en la que alguno de sus breves capítulos -incluso más de un párrafo- se puede leer como un cuento completo.


Publicado en el nº 325 de la revista Qué leer (marzo de 2026)