Jugar es una cosa muy seria. Uno
juega para divertirse, claro, para pasarlo bien, y eso es una cosa muy seria.
Quizá la más seria de todas las cosas serias. Porque cuando juegas siempre lo
haces con alguien, con un amigo, una amiga o varios. Y no hay cosa más seria
que tener amigos y amigas, que compartir con ellos y ellas los buenos momentos
que pasamos jugando. Además, siempre aprendemos cuando jugamos. Y eso es
también una cosa muy seria. Aprender jugando. Es un engaño eso de los juegos
didácticos, un invento para tranquilizar las conciencias de los padres que
creen que los niños pierden el tiempo cuando están jugando. Todo juego es
didáctico o no lo es. Nos enseñan a relacionarnos, a compartir y a competir, a
ganar y perder, a divertirnos cuando nos gusta mucho y a aburrirnos cuando nos
resignamos a jugar sin ganas. En fin, nos enseñan a convivir, esa cosa tan
seria. A veces incluso aprendemos todas esas cosas que las maestras se empeñan
en enseñarnos en la escuela: las formas, los colores, los números, las letras,
los días de la semana, las partes del cuerpo humano o el ciclo del agua.
También el mapa del mundo, donde, de la forma más seria posible, jugamos a
situar de nuevo al pueblo del Sáhara en el lugar que, por derecho, le
corresponde.
(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher en enero de 2026)
