Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

viernes, 25 de marzo de 2016

En busca del árbol de pamarandá


El fuego contador de historias
Carlos López
Edelvives. Zaragoza, 2016


          Seguramente una de las razones por las que el lector -y no sólo el infantil o juvenil- se siente fascinado por eso que llamamos literatura, es la infinita capacidad que tienen las palabras para, al unirse entre ellas por el necesario arbitrio del escritor, poder crear cualquier realidad imaginable. Es lo que entendemos como ficción, un artificio que hemos convenido aceptar bajo ciertas reglas implícitas en la propia obra literaria que le da sentido. Así, desde los cuentos fantásticos transmitidos de forma oral u escrita hasta la literatura más surrealista o de ciencia-ficción, pasando -claro está- por la considerada más realista, cualquier narración literaria debe regirse por el principio de verosimilitud, algo así como atenerse a una verdad que sólo tiene cabida en el propio texto, dentro del cual cobra un significado a menudo diferente para cada lector que a él se aproxime. En la literatura infantil y juvenil esta circunstancia se hace aún más exigente que en la destinada al público adulto, pues al estar los jóvenes lectores -en general- más predispuestos a introducirse en territorios alejados de la realidad, los innumerables relatos donde aparecen personajes o sucesos “inverosímiles” (animales que hablan, princesas que duermen cien años o niños que se convierten en coches) pueden caer en la tentación de introducir todo aquello que al escritor se le pase por la cabeza, aún a riesgo de que el cuento se deshilache, como los tejidos sin apresto, en jirones de tramas sólo unidas por el ingenioso título del cuento.
          Este es el riesgo que esquiva con acierto “El fuego contador de historias”, de Carlos López, pues a pesar de que el libro está tan lleno de historias fantásticas que, abriéndolo al azar por cualquier página, el lector puede encontrar algún fabuloso episodio que se incluye dentro del argumento general del relato, éstos no hacen sino enriquecer, sobre todo por la maravilla de sorprendernos ante tal desborde imaginativo, este precioso cuento que seguramente hará las delicias de los jóvenes lectores.
          Siguiendo la estructura de las narraciones clásicas, asistimos al nacimiento del protagonista en forma de “fuego contador de historias”, una rama que se incendió al caer un rayo sobre el árbol de pamarandá, extraña especie de la que sólo existe un ejemplar en el mundo. A la mañana siguiente, un pastor que pasaba por allí recogió la rama de pamarandá ardiendo y se la llevó para que lo calentara en las frías noches de invierno, pero el fuego además le ayudó a cocinar y, sobre todo, le entretuvo contándole historias. A partir de entonces, el madero encendido emprende un viaje donde se mezclan las fantásticas historias que cuenta él mismo con las maravillas que va encontrando por ahí, como los campesinos que recogían en grandes sacos la sombra que daba un castaño, o el carretero que instalaba arcoiris y comerciaba con los rayos del sol, o aquel río que tenía una sola orilla o este otro que no soportaba el frío. Pero el conflicto aparece cuando el fuego va consumiendo la rama y no le queda más remedio que ir en busca del árbol de pamarandá para seguir alimentando la llama con su madera. Es el destino que espera al protagonista al final del viaje, escondido en el extraño y exuberante Jardín de la Oca.
          Así, este cuento nos enseña una nueva realidad imaginable, aquella que dice que las historias ya no se cuentan alrededor de una lumbre, sino que es la propia lumbre la que cuenta las historias que debemos estar atentos a escuchar.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 25 de marzo de 2016)

sábado, 27 de febrero de 2016

Los maravillosos años del vapor


Los descazadores de especies perdidas
Diego Arboleda – Raúl Sagospe
Anaya, 2015


          Después de su celebrada obra “Prohibido leer a Lewis Carroll” (Anaya, 2013, galardonada con el Premio Lazarillo), el escritor Diego Arboleda y el ilustrador Raúl Sagospe vuelven a sorprendernos con otra historia donde la originalidad del relato, las situaciones inverosímiles y el desfile de personajes estrafalarios se ponen de acuerdo para lograr el primer objetivo que debe perseguir cualquier obra destinada a los jóvenes -y a los mayores- lectores: conseguir que disfruten con su lectura, que lo que se cuenta y la forma de contarlo atraigan de tal manera que el lector sienta la imperiosa necesidad de seguir leyendo.
          En “Los descazadores de especies perdidas” (Anaya, 2015) nos encontramos en los “años del vapor”, un tiempo en el que “existió un tipo de gente excepcional que nunca aparece en los libros de historia”. Como Minerva Vapour -última descendiente de una familia de genios-, que se sirve del aparato de inteligencia artificial llamado “Mismo mecanismo” para enviar desde su torre mensajes escritos en hojas de otoño a los “niños borrosos” que juegan en el patio de la escuela. Como el señor Bisiesto -llamado así por haber nacido un 29 de febrero-, que vive en un pequeño pueblo del Pirineo conocido como Val de V porque allí de una manera u otra todo está relacionado con la letra V: la forma del valle, el vino que sale de las viñas que se cultivan en la vega y sobre todo los nombres y apellidos de todos los vecinos, cuyas iniciales deben ser una V, menos las del señor Bisiesto, quien, tal vez para compensar esa carencia, en el día de su cumpleaños recibe un paquete con una misteriosa válvula. Como Victoria Vapour -una inventora con melena de rizos pelirrojos-, que se rebeló contra la ley de la gravedad al inventar una máquina voladora que después de sobrevolar en misión secreta sobre la Ciudad Prohibida de China, fue a aterrizar al recóndito valle Val de V.
Como Iris Vapour -bisabuela de Minerva e inventora del brazo articulado “Mismo mecanismo”-, que presenta en la Exposición Universal de París de 1867 el artefacto conocido como Atenea, la lechuza autómata, con tanto éxito que logró llamar incluso la atención del mismísimo Napoleón III. Como William Aimer de Murk -heredero de una estirpe de nobles cazadores ingleses-, que entre estornudo y estornudo logró sacar una fotografía al zorro blanco de las ciénagas de Murk, el fantasma de una especie de zorros dada por desaparecida. Como Zazia -nieta de Zazel, la primera mujer bala de la historia-, que se lanzó al espacio para encontrarse en pleno vuelo con su amigo el dibujante Benvenuto Farini, también conocido como el Invisible Chico Tímido. 
          Algunos de estos personajes vuelven a aparecer en el último capítulo, donde ciertos hechos aparentemente disparatados que han ido sucediendo en el libro se encuentran para dar sentido al título de la novela. Así, los animales que se dan por desaparecidos en la “Galería ilustrada” -el caracara, el guará, el dodo y otros incluidos en el “Catálogo de especies perdidas”- que inicia cada capítulo, van a ser “descazados” utilizando uno de aquellos extraños ingenios.
          En este libro las expresivas ilustraciones de Raúl Sagospe no cumplen la mera función de acompañar al divertido texto de Diego Arboleda, sino que forman parte de la propia trama, de una historia magnífica que sin duda hará las delicias de unos lectores que también podrán entender la novela como una maravilla más de aquellos años del vapor.


(Publicado en el suplemento Cuturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 27 de febrero de 2016)

miércoles, 17 de febrero de 2016

Prohibido penetrar a personas no autorizadas


ESTILO RICO, ESTILO POBRE
Luis Magrinyà. Debate, Barcelona, 2015



         Todo escritor es un crítico literario. No hay otra manera de afrontar la escritura -al menos para quien no se guía por los postulados mercantiles que dictan algunas editoriales- que partiendo de un criterio propio sobre cómo articular todo el entramado del que se sirve el arte de la narración: el comienzo del relato, el punto de vista, el espacio, el tiempo, la estructura narrativa, los personajes, el lenguaje, el final de la novela, etc. Cualquier escritor que presuma de serlo debe decidir cómo abordar todos estos aspectos sobre los que se sustenta la novela y, lo más importante, cómo armonizarlos para que pueda aspirar a ser una obra de arte. Por ello, algunos autores (David Lodge con “El arte de la ficción” o Vargas Llosa con “Cartas a un joven novelista”, entre otros) han querido aportar su propia visión al respecto, con el sano propósito, además, de poder servir de orientación para el resto de escritores.

         En esta línea se publica ahora “Estilo rico, estilo pobre” (subtitulado con el demasiado pretencioso “Todas las dudas: guía para expresarse y escribir mejor”) del escritor y editor Luis Magrinyà. Sin embargo, su intención no es ocuparse de la particular artesanía que precisan los términos técnicos apuntados más arriba, sino que se centra en los aspectos puramente lingüísticos, pues -para el autor de este libro- “pensar la lengua es la primera condición del estilo”. Concebido precisamente el estilo como “la identificación de lo prescindible”, de lo que no se dice o se elimina, Magrinyà defiende que, a pesar de que a los escritores se nos ha enseñado que no está bien repetir, a menudo es mejor volver a poner la misma palabra antedicha que forzar el uso de un sinónimo que chirría. Esto ocurre, por ejemplo, con verbos de uso muy frecuente como ir, ser, decir, tener, hacer o entrar, de manera que, al no vencer la tentación de sustituirlos, se puede caer en malentendidos del tipo “Prohibido penetrar a personas no autorizadas”. Así, el escritor que se esfuerza en desplegar un “estilo rico”, se exige a sí mismo el uso de unos pretendidos “verbos finos” que, más que elevar el rango de la escritura, pueden llegar a ridiculizarla con expresiones como poseo caspa, realizar limpiezas o acude al cine. Se fija Maginyà en términos que se reproducen en los textos casi de forma automática, como los presuntamente elegantes repuso, espetó, masculló, con los que se acotan los diálogos con la intención de evitar el vulgar dijo, sin caer en la cuenta de que esos verbos rara vez se utilizan en el lenguaje convencional, el que curiosamente empleamos en los diálogos de la comunicación espontánea. Igualmente, tres “verbos difíciles” como tamborilear, perlar y tintinear pueblan generosamente las páginas de tantos escritores que los usan de forma incorrecta, tal vez porque son sólo “tópicos de novela sin la menor correspondencia con un estado real de la lengua”.

          Al contrario que el “estilo rico”, que se esfuerza por no repetir palabras, el “estilo pobre” estaría lastrado por la continua presencia de “verbos comodín”, como provocar y usar, que de vez en cuando podrían ser cambiados por un término más preciso, más acorde con las posibilidades de la lengua que todo escritor debe explorar. De la misma forma, se usan las palabras pesada o pesadamente, las expresiones no importa, sin problema o hiperónimos como lugar, habitación o ropa, de manera tan reiterativa que se olvida el precepto de que “siempre hay otra forma de decir las cosas, siempre la hay”.

          Más observaciones contiene este interesante libro de Magrinyà, quien, valiéndose de numerosos ejemplos sacados de traducciones y de textos de escritores en español -para nuestro consuelo muchos considerados grandes, incluyendo a académicos de la RAE o premiados con el Nobel-, advierte a los escritores de que hay que huir a la vez de la pretensión de alcanzar un “estilo elevado” que sólo tenga como criterio apartarse de la norma y del “estilo empobrecido” por la pereza que puede dar la búsqueda de un término más preciso para contar lo que se quiere contar.   

(Publicado en la Revista digital Literarias. 17 de febrero de 2016)
https://www.escritoresdeasturias.es/literarias/resenas/prohibido-penetrar-a-personas-no-autorizadas-critica-del-libro-estilo-rico-estilo-pobre-de-luis-magrinya.html

sábado, 30 de enero de 2016

El pasado y el presente ocultos


Sombras de la Plaza Mayor
Rosa Huertas
Edelvives. Zaragoza, 2015


          Las buenas historias sólo suceden en el lado oscuro de la vida. A la luz del día, en los lugares transitados por la gente corriente, no ocurre nada que sea digno de ser contado. Sobre este discutible tópico -serían innumerables los ejemplos de obras maestras de la literatura que se han creado a partir de lo que pasa en el “lado de acá”, justamente en esos prosaicos momentos en los que parece no pasar nada-, Rosa Huertas ha escrito, sin embargo, una apreciable novela destinada el público juvenil.
          Gonzalo, un estudiante de bachillerato que suele pasar a menudo por la Plaza Mayor de Madrid en busca de ideas para cumplir su deseo de ser escritor, se encuentra allí un día con un misterioso pintor que precisamente le habla del poco “interés literario” que tiene a esa hora de la tarde un escenario sólo poblado de camareros y turistas. Le advierte de que sólo en ese tiempo en el que “aparecen las sombras, los desheredados, los criminales, los que realmente tienen una historia intensa a sus espaldas, los muertos vivientes, los tipos que reniegan de la luz y se escudan en la oscuridad para protegerse de la vida”, es cuando el joven aspirante a escritor, que lleva un cuaderno por si en el momento menos esperado le viene la inspiración, podrá encontrar “algo digno de contar”. Para comprobarlo es invitado por Rodrigo, el extraño pintor, a que se pase por la Plaza Mayor el próximo miércoles a las cinco de la madrugada, pero sus intenciones, como sabrá más adelante, serán otras.
          Esa noche Gonzalo descubre la existencia de los “habitantes de las tinieblas”, los indigentes que a duras penas pueden guarecerse del frío bajo los soportales de la plaza. Forman una especie de poblado nocturno de fantasmas que parecen tener su equivalencia con otros fantasmas que, según le cuenta Rodrigo, todavía arrastran el dolor de su existencia pasada bajo los adoquines de la plaza. Así parece haber un paralelismo entre las sombras que ahora deambulan en la noche y las sombras que proceden de los relatos y leyendas de la Historia. Muchos de ellos son desconocidos para la mayoría de la gente que a diario circula por las calles de Madrid, como la noticia de los gorriones atrapados en el interior de la estatua de Fernando III que se erige en el centro de la Plaza Mayor, o el sangriento suceso ocurrido en 1834 en el Instituto San Isidro, relatado por Galdós en el “episodio nacional” Un faccioso más y algunos frailes menos. En ese instituto precisamente estudia Gonzalo y es donde conoce a Inés, una nueva alumna aficionada a las historias truculentas, por la que empezará a sentir una atracción más allá de la mera amistad. La misteriosa relación que tienen Inés y Rodrigo, la dramática biografía del pintor, la siniestra aparición de algún personaje con las trazas y las intenciones de un vampiro, el jeroglífico que los llevará a perderse por los pasadizos olvidados bajo la plaza, lograrán, entre otros descubrimientos, que Gonzalo sea testigo y protagonista de una serie de historias que se suceden tanto en su vida actual como en la imaginación alimentada por los relatos que hace Rodrigo, de manera que pasado y presente, realidad y ficción se van imbricando en la vida del joven estudiante hasta conformar, curiosamente, la novela que aspiraba a escribir.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 30 de enero de 2016)








jueves, 7 de enero de 2016

Mina de palabras


Relatos de Marcelo Matas de Álvaro incluidos en el libro Mina de Palabras.
 AEA. Oviedo, 2015

DITIRAMBO BATE A ROCABRUNO

A Gonzalo Suárez

            En la playa de Arnáu los futbolistas jugaban como curas con sotana, buscando todo el tiempo el balón enredado en el nudo de sus propios pies. No alzaban la vista para otear los improbables desmarques de algún compañero ni mucho menos para advertir el acoso o la casual llegada de un contrario. En su descargo, primero traté de disculparlos con la excusa del viento, el mayor enemigo de la pelota en las playas del Norte, pero en seguida pensé que eso no les podía ocurrir a dos equipos tan duchos en estas lides. Se trataba nada más y nada menos que del Ditirambo y del Rocabruno, dos clubes acostumbrados a bregar en los más prestigiosos campeonatos amateur con los que cuenta la Cornisa Cantábrica. 
Partido de fútbol en el Campo de la Mina. Arnáu
            Entonces me acordé de una película en la que dos boxeadores se pasan el combate mirándose los pies, como si en el torpe jeroglífico que dibujaban sus cortos pasos no estuviera tanto la clave de la victoria como el arcano que debían descifrar para eludir la derrota. Peleaban H.H., el “Mago”, y G.S., el “Resbaladizo”. Los dos venían sin pasado, esto es, de un pasado desconocido por el espectador, a quien los púgiles se le aparecían en la pantalla apenas como dos sombras que simulaban luchar en el empeño de no encontrarse con el otro. Se esforzaban los puños por prodigar sólo al aire sus golpes certeros, mientras que sus respectivas miradas se tambaleaban al tratar de esquivar la presencia del rostro del contrario. Como dos boxeadores sonados, en cada asalto se abrazaban cinco segundos antes de que se oyera la campana del ring.
            Al final el Ditirambo ganó al Rocabruno sin saber cómo. Cuando quise preguntar, todos los jugadores y el público ya habían alzado la vista del suelo para seguir bebiendo. Brindé por el Mago y el Resbaladizo, por el embriagador hallazgo de lo no sospechado.
Gonzalo Suárez

MI CORAZÓN BAJO EL AGUA

Interior del castillete de la Mina de Arnáu
         Mi abuelo me contó tantas veces la vida en esta mina que podría recorrerla de memoria, sin necesidad de que tú y yo tengamos que ir ahora de la mano siguiendo las indicaciones del guía, unidos a un grupo que seguramente habrá entrado aquí por el mismo interés con el que todos los turistas visitan cualquier otro museo o paraje que les indique el folleto que les entregaron en el hotel, sin saber de antemano lo que yo a ti también te he contado tantas veces y que ahora me dispongo a enseñarte, la majestuosa presencia del centenario castillete de madera por donde se baja al pozo abuelo, llamado así por ser el primer pozo vertical que se construyó en una mina de esta región, las galerías con ladrillos ennegrecidos por la carbonilla que se desprendía de las vagonetas tiradas por mulas ciegas, el olor a huevos podridos que aún se desprende de la humedad y de lo que entonces llamaban el gas mofeta, el eco de los picos contra la pared, de los martillos clavando los postes que sujetan el techo, de los guajes recogiendo el carbón caído entre los raíles, de las voces del capataz siempre advirtiendo de la obligación de trabajar más y más rápido, del silencio, sobre todo el eco del silencio que endurecía los oídos después de una explosión, alguna de aquellas de las que no le daba tiempo a avisar al penitente o al canario para que pudieran correr todos hacia la salida de la mina que daba al mar, hacia la puerta de la salvación y también del deseo, de la posibilidad de soñar con viajar más allá, al lejano territorio de donde volvían enriquecidos los indianos..., pero ahora yo veo también las últimas galerías sumergidas bajo el agua y lamento no poder enseñarte el corazón que mi abuelo dejó grabado con su navaja en un puntal, el mismo corazón que en este momento, cuando los turistas están distraídos escuchando al guía, yo vuelvo a grabar en este poste con aquellas letras, las mismas iniciales que llevamos nosotros en nuestros nombres, tanto en el mío como en el de mi esposa muerta.

Galerías de la Mina de Arnáu







sábado, 2 de enero de 2016

Las recetas del Inframundo


Escarlatina, la cocinera cadáver
Ledicia Costas
Anaya, 2015


              En esta novela que acaba de recibir el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2015 se unen -ya desde el título- dos de los temas que están más de moda en los últimos tiempos. Por un lado, el repentino y acaso desmedido interés que este país ha encontrado por todo lo que tenga que ver con los asuntos culinarios, de manera que no hay cadena de televisión que no cuente con su propio programa dedicado a la cocina o la gastronomía, entre cuyos destinatarios últimamente se encuentra un público infantil al que se ha ascendido a la categoría de chef. Por otro lado, el ya cansino aluvión de publicaciones escatológicas, ésas que llevan su argumento a un mundo de ultratumba poblado por vampiros enamorados, fantasmas pueriles o personajes zombis, a menudo sin pretender aspirar a la nobleza de la novela gótica, sino simplemente a conformarse con que vivamos -o muramos- en un continuo Halloween.
               De estos dos tópicos se nutre “Escarlatina, la cocinera cadáver”, de Ledicia Costas (Vigo, 1979) -escrita originalmente en gallego y traducida al castellano por la propia autora-, pero es precisamente la unión de lo culinario con el desconocido mundo del más allá la arriesgada receta que la escritora sabe cocinar con buen gusto para agradar al exigente paladar de los jóvenes lectores. La novela cuenta la historia de Román Casas, un niño de diez años que sueña con llegar a ser un gran cocinero. Por eso les ha pedido a sus padres un curso de cocina como regalo para el día de su cumpleaños, fecha que curiosamente coincide con el dos de noviembre, Día de los Difuntos. Pero lo que recibe no es un regalo normal, sino un paquete enviado por el “Servicio de paquetería del Inframundo” y que contiene nada más y nada menos que un ataúd con un cadáver en su interior. La difunta es Escarlatina, una cocinera muerta hace un mogollón de años que, para mayor sorpresa, viene desmontada en piezas que el pequeño Román deberá unir siguiendo las instrucciones que acompañan al curioso paquete regalo. Una vez enroscadas las piezas, la “cocinera cadáver” volverá a la vida y Román podrá recibir sus ansiadas clases de cocina, para las que sólo dispone de tres horas, las que cuenta Escarlatina antes de tener que volver al Más Allá. A no ser que la difunta vuelva definitivamente a la vida, para lo cual es preciso que cocine con un humano nacido el Día de Difuntos un manjar que guste por igual a vivos y muertos, cuestión harto difícil si se tiene en cuenta que los “habitantes del Más Allá” tienen unos gustos gastronómicos que harían vomitar a los vivos con sólo pensarlo. Para ello Román debe viajar con Escarlatina al Inframundo, donde se encontrarán con sorpresas agradables -el reencuentro con el divertido abuelo de Román, muerto hace unos años- y otras horribles, como el malvado Amanito y sus secuaces, que tratarán de impedir con sus malas artes que los dos jóvenes consigan el fin que se proponen.
         Si consiguen sortear la aversión que puedan producirle el mundo de los muertos –incluida la peculiar dieta que llevan los habitantes del Más Allá-, los pequeños lectores se divertirán con esta disparatada historia llena de aventuras y sorpresas, además de enterarse de cuál es la receta de la que pueden disfrutar por igual los vivos y los muertos. Las fúnebres ilustraciones de Víctor Rivas también contribuyen, en aparente paradoja, a dar una viva expresión al relato.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 2 de diciembre de 2016)


sábado, 5 de diciembre de 2015

Los 150 años de Alicia


Alicia. Edición Completa
Lewis Carroll
Edelvives. Zaragoza, 2015


          El 4 de julio de 1862, en una excursión en barca por el río Támesis, las tres hermanas Liddell escuchaban embelesadas el extraordinario cuento que les contaba Charles Lutwidge Dodgson, un profesor de matemáticas amigo de la familia. Era un relato lleno de absurdas maravillas, de animales curiosos y personajes estrafalarios, de juegos de palabras y expresiones tan lógicas que desafiaban a la realidad, de situaciones increíbles y divertidas que además el profesor contaba con el mismo ritmo vertiginoso y confuso como el que sucede en los sueños. Una de las niñas, cuyo nombre -Alicia- compartía con la protagonista de la historia, estaba tan entusiasmada que insistió en que Dogson la escribiera, de manera que aquel amigo de la familia se pasó la noche siguiente gestando la historia, y los meses sucesivos caligrafiando con esmero el cuento que, acompañado de unos dibujos hechos por él mismo, regaló a la pequeña Alicia en la Navidad de 1864. Lo tituló Aventuras subterráneas de Alicia y fue tan celebrado entre los que tenían la suerte de leerlo, que un año más tarde el autor se animó a publicarlo bajo el sello del famoso editor MacMillan. Así, el texto, revisado y ampliado, salió hace 150 años con el título de Alicia en el País de las Maravillas, bajo el seudónimo de Lewis Carroll y con ilustraciones del prestigioso dibujante John Tenniel, las mismas con las que se ha seguido ilustrando el libro en la mayoría de las ediciones aparecidas hasta ahora. Debido al éxito de la obra, en 1871 Carroll publica una continuación del cuento con el título A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, libro que en opinión de algunos lectores es mejor que el primero, pero que tal vez por las caricaturas sociales y los intrincados juegos literarios, es menos apreciado por los niños.
          Para celebrar estos 150 años en los que cada nueva generación ha tenido la oportunidad de perseguir con la pequeña Alicia al escurridizo Conejo Blanco, algunas editoriales han lanzado nuevas publicaciones de esta obra que cumple ese paradójico privilegio de que todo el mundo la conoce sin necesidad de haberla leído. Al álbum de gran formato que hace tres años Edelvives dedicó a Alicia -en el que la desenfrenada libertad de la imaginación y la transgresión mágica que representa ese mundo maravilloso y absurdo se ajustaba como la horma de un zapato a la fantasía desbordante de la ilustradora francesa Rébecca Dautremer-, se une ahora “Alicia. Edición completa”, de la misma editorial. Además de los dos textos creados por Lewis Carroll, esta obra primorosamente editada incluye Una avispa con peluca -un episodio “suprimido” y poco conocido de A través del espejo-, poemas y prólogos escritos por el autor para las ediciones históricas y un epílogo donde se cuenta cómo se escribió Alicia, la génesis del relato en la imaginación y la pluma de Carroll y los pasos que dieron lugar a la primera edición, acompañados de curiosas imágenes de aquellos libros y de las estampas que aparecieron en la época. Pero seguramente lo más interesante de esta llamada “edición completa” sean las ilustraciones originales de John Tenniel coloreadas por el acuarelista Harry Theaker en 1911 y por el artista Diz Wallis en 1995. Ambos aportan la belleza plástica necesaria, los grados de calidez expresiva y de luminoso ingenio que sirven para realzar más si cabe las maravillas que son contadas en este cuento al mismo tiempo divertido e inquietante, una historia que ningún lector -ni pequeño ni adulto- se debería perder.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de diciembre de 2015)