Marcelo Matas de Álvaro
Cuento publicado en la Revista Estudios Bejaranos, nº XXVI. Diciembre, 2022
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Ilustración de Daniel Castaño |
Como están
confinados en sus casas debido al estado de alarma decretado por el Gobierno de
la nación, los tertulianos del Casino Obrero de Béjar deciden llevar a cabo de
forma virtual la reunión que suelen hacer todos los jueves en el viejo ateneo. Acogidos
bajo los proverbiales valores de instrucción, moralidad y recreo, se congregan siempre
cinco participantes, número impar por si se da la circunstancia de que deban
desempatar en una de las disputas en las que a menudo se encalla la
conversación. Pero en la virtualidad del coloquio mediante videoconferencia sólo
son cuatro, porque don Primitivo Cano, tan reacio no sólo al uso de las
llamadas nuevas tecnologías sino en general renuente a todo lo que pueda
asociarse a un progreso que, según él, no sirve más que para deshumanizar al
hombre, no ha querido prestarse a una reunión en la que no estuvieran presentes
en carne y hueso sus compañeros de tertulia. Los cuatro que se han convocado
por medio de sus respectivas pantallas son tres hombres y una mujer, quien no
ocupa la plaza por ninguna cuota femenina tan en boga en los últimos tiempos,
sino por su consabida habilidad dialéctica, sin duda producto del profundo
conocimiento que le otorga ser la Catedrática de Lógica y teoría de la
argumentación en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Salamanca. A
doña Eulalia Maestro se unen don Restituto Lanzadera, industrial de reconocida
probidad y recto proceder, don Pío Buenadicha, antiguo sacerdote de la
parroquia de San Juan, quien ha decidido desplegar la bondad de sus virtudes en
la vida civil, y don Justo Pérez de la Maza, juez jubilado del partido judicial
de Béjar, que ahora se conforma con dictar las sentencias al reducido círculo
de sus contertulios.
La actualidad
siempre manda y en esta ocasión, con todo el país en estado de alarma por la
epidemia del coronavirus, la conversación se ve forzada a transcurrir por los
consabidos derroteros de la emergencia sanitaria, el obligado confinamiento, la
falta de libertades en las sociedades democráticas, las consecuencias
económicas y sociales, las inevitables derivadas políticas, las limitaciones
del estado de bienestar, la ingénita vulnerabilidad del ser humano, en fin, por
todos los grandes asuntos sobre los que giran las noticias en torno a la
pandemia. Pero sin saber cómo, tan doctos tertulianos se ven de pronto abocados
a bajar al prosaico terreno de tener que dilucidar las motivaciones, enigmáticas
donde las haya, que en esos días llevan a la gente a apropiarse, además de
otros productos de primera necesidad, de ingentes cantidades de papel
higiénico. Para abordar tal misterio pegado a las pedestres costumbres del
pueblo llano, no tienen más remedio que elevar sus razonamientos hasta intentar
pergeñar una aproximada teoría del papel higiénico.
- En
mi pueblo se decía en tono jocoso “Embarrado te veas y el agua lejos”. Bueno
–se justifica don Restituto-, no se decía precisamente “embarrado”, sino otra
palabra más vulgar y próxima a lo que estamos debatiendo. Pero en estos tiempos
la gente ya no se limpia con agua después de hacer de cuerpo o tirar de correa,
como solía decirse, sino que es de uso generalizado el papel higiénico. Por
ello, temiendo largas jornadas de confinamiento, se previene la negra posibilidad
de encontrarse embarrado y no encontrar el modo de limpiarse. A este
razonamiento, claro está, se le podría llamar Teoría del embarrado.
- Ateniéndonos
a la caracterización semántica -sostiene doña Eulalia-, en la cual se postula
que si las premisas son verdaderas, entonces la conclusión también lo es, deberemos
establecer como válido el siguiente argumento: El papel higiénico es un bien de
primera necesidad; En el confinamiento la gente acapara bienes de primera
necesidad; Ergo, La gente acapara papel higiénico en el confinamiento. A ello
hay que añadir que la urgencia del aprovisionamiento también tiene que ver con
la escasez de la celulosa, lo cual conlleva, ante la previsión, tal vez poco
probable pero ciertamente posible, de que se agoten, el deber de abastecerse de
productos no caducos. Yo lo llamaría la Teoría de la celulosa.
- Hablando
de celulosa –tercia don Justo-, los chinos, como ocurre con todos los bienes de
consumo, son los mayores productores de celulosa del mundo. Tal vez no se puede
considerar de iure, pero seguro que sí de facto el hecho de que
nos han enviado primero el mal, es decir, el virus, y después el remedio, en
este caso el papel higiénico, indispensable para un largo y constreñido período
de confinamiento. Esa, como sucede con todas las crisis, es la Teoría de la
conspiración.
- Siguiendo
con los chinos –con su habitual voz meliflua concluye don Pío esta primera
ronda de intervenciones-, corre por ahí la especie según la cual fueron estos
hermanos orientales quienes, debidamente organizados, empezaron a llevarse a
raudales el papel higiénico de los supermercados para que el resto de
consumidores, movidos por el pánico, los imitaran llenando sus carros
compulsivamente. En la Carta a los Filipenses, Capítulo 3, Versículo 17, se
dice: Hermanos, sed imitadores míos, y observad a los que andan según el
ejemplo que tenéis en nosotros. Es, por tanto, la Teoría de la imitación.
A partir de
esa primera aproximación al debate, cada tertuliano va desarrollando, en la
pantalla del ordenador cuarteada en partes iguales, los diferentes argumentos
para apoyar la teoría que ha postulado. Después de enfrentarse a las diversas
explicaciones, premisas y consideraciones y de haber transcurrido el tiempo que
habitualmente siempre se conceden para llegar a una conclusión acordada por
todos, esta vez los contertulios resuelven que, debido a la imposibilidad de
armonizar posturas sobre tales escatologías, el debate se queda ahí, alcanzando
tan solo a formular de forma tácita la Teoría de la mera excusa para ir
entreteniendo la vida.
Otra versión de este cuento se publicó en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés el 22 de mayo de 2020
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