De los tres valores supremos que la
filosofía clásica identificó como las propiedades fundamentales del ser, tal
vez ya sólo nos quede la belleza. A la verdad, que busca el conocimiento de la
realidad del mundo, se la intenta deslegitimar con el término “verdad
alternativa” con el que cínicamente se califica a la mentira. A la bondad, que
debería regir la relación entre las personas, se la trata de anular al atribuir
como denostado buenismo a la conducta humanitaria de las gentes de bien. A la
verdad de su dolorosa situación en los campamentos de refugiados y de los
derechos que legítimamente asisten al pueblo saharaui, se enfrentan todas las
falacias que traman los gobiernos del mundo. A la bondad de tantas personas que
apoyan sus justas reivindicaciones, se contraponen los que sólo pretenden que
permanezcan los muros y los desiertos sin fin.
Así, tal vez ya sólo nos quede la
belleza, la búsqueda de aquello que nos asombra y emociona. La belleza de esos
niños y niñas que fijan su mirada en los libros de las bibliotecas Bubisher. La
belleza de esas mismas bibliotecas construidas con paredes de sombra y jardines
de luz. La belleza de los libros que nos siguen contando todas las historias de
siempre jamás. La belleza de los recuerdos de un pasado siempre vivo en la
memoria. La belleza de lo que existe y de lo que imaginamos posible y de lo que
inventamos a partir de las vidas imposibles. La belleza del paisaje infinito
del Sáhara, del cielo que busca en la noche los ojos de la tierra, de las casas
levantadas en el desierto por las bellas manos de las mujeres y los hombres.
La belleza, como cantó el añorado
Luis Eduardo Aute, que reivindica “el espejismo de ser uno mismo, ese viaje
hacia la nada que consiste en la certeza de encontrar en tu mirada la belleza,
la belleza, la belleza”.
(Publicado en el Boletín Sáhara Bubisher de agosto de 2026)







