Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 1 de octubre de 2011

Polizones en "El libro de las maravillas"



MARCO POLO NO FUE SOLO
Autores: Pilar Lozano Carbayo y Alejandro Rodríguez
Editorial: Bruño
Madrid, 2011
158 páginas

 

            Mateo es un chico de ocho años que sobrevive como aprendiz de zapatero en la Venecia del final del siglo XIII. En los recados que suele hacer por la ciudad -que presume de ser la más animada y rica del mundo- se entretiene escuchando las extraordinarias historias que cuentan los viajeros que vuelven de Oriente. Hablan de la existencia de terribles animales de dos cabezas, de feroces guerreros más altos que una iglesia y de algo tan extraño para un veneciano como la nieve, ese inimaginable “manto blanco y helado que cae desde el cielo”. Mateo, enredado de pronto por las malas artes y las pillerías de una niña llamada Patrizia, se embarca como polizón nada más y nada menos que en la galera que lleva al joven Marco Polo hacia Oriente. Con él –escondida en un baúl de pescado en salazón- ha subido también a bordo Patrizia, quien asegura tener poderes mágicos. De esta forma, los dos jóvenes comienzan a vivir una serie de aventuras donde, tras servir como criados de los tripulantes del barco y como escuderos de un caballero un tanto chiflado por las cruzadas, se ven obligados –por petición desesperada de la familia de Marco Polo- a pasar unas pruebas para poder hacerse con aceite de las lámparas del Santo Sepulcro de Jerusalén. Para ello tienen que demostrar –ante los excéntricos monjes que custodian el santo lugar- que son portadores de tres cualidades muy comunes, pero difíciles de hallar a la vez en una sola persona: inteligencia, bondad y valentía. ¿Conseguirán hacerse con el aceite sagrado? Es el reto al que se tienen que enfrentar para que de esa forma la familia de Marco Polo cumpla la exigencia del Gran Kan, emperador de China, para poder regresar a su corte.  

            En esta novela histórica para pequeños (a partir de 9 años), los autores imaginan que las aventuras de Mateo y Patrizia forman también parte de “El libro de las maravillas”, que fue dictado por Marco Polo a su compañero de celda cuando –por culpa de la guerra entre Venecia y Génova- fue apresado en 1298 a la vuelta de su viaje a Oriente. Así, a través de las peripecias de los personajes -que combinan bien el misterio y el humor- los jóvenes lectores podrán descubrir tanto las maravillas de Oriente como la vida y costumbres de la Edad Media.

            Con esta novela Pilar Lozano Carbayo y su hijo Alejandro Rodríguez han ganado el Premio Lazarillo 2010, que concede la Organización Española para el Libro Infantil y Juvenil, patrocinado por el Ministerio de Cultura. La autora ha escrito una quincena de libros de narrativa, poesía y teatro, alguno de los cuales han sido galardonados con premios en el ámbito de la LIJ. Un cierto afán didáctico del libro se refleja en el glosario que se incluye en las páginas finales. Hay que destacar las ilustraciones de Jordi Vila Delclós, pues poseen tal calidad artística que se podrían valer por sí solas para narrar visualmente lo que cuenta el texto.

 (Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 1 de octubre de 2011)

sábado, 3 de septiembre de 2011

El secreto del bosque



 

DIENTE DE LEÓN
Mónica Rodríguez
Editorial Edelvives. Zaragoza, 2011

 

 

            El secreto está en el bosque. En el bosque real o imaginario de la infancia siempre habita un secreto, un misterio en el que la mayoría de los cuentos clásicos indaga. A menudo en estos cuentos un joven protagonista debe adentrarse en el bosque para encontrar el secreto y de esa manera encontrarse a sí mismo. Es la resolución del enigma o del misterio lo que le hace crecer, un paso que forzosamente ha de dar para despertar a la vida. Pero de este proceso de iniciación no se sale indemne, pues de entre los riesgos que uno debe afrontar –el miedo a lo desconocido, el impulso temerario, la traición a lo que más se ama, la irrupción del odio, la posibilidad del fracaso-, es inevitable enfrentarse al mayor de todos ellos: el dolor de saber que para hacerse el dueño del secreto es ineludible pagar –y ya para siempre- el consabido precio de la pérdida de la inocencia.

            De este proceso de transición trata fundamentalmente la deliciosa novela con la que Mónica Rodríguez acaba de ganar el Premio Ala Delta, galardón que se une a otros concedidos a otras obras, como el Premio de la Crítica de Asturias en LIJ en 2007 por “Los caminos de Piedelagua”. Nacida en Oviedo y licenciada en Ciencias Físicas, desde hace algún tiempo disfruta de una excedencia en su trabajo para dedicarse solamente a escribir para los más pequeños. Buena prueba de ello es la decena larga de libros publicados, entre ellos la serie Candela (Anaya).

            Además de lo señalado, en “Diente de león” interesa resaltar el atrevimiento de la autora para utilizar –en una obra destinada a niños a partir de 10 años- una estructura narrativa en la que se alterna la historia (en un contexto actual) de Manuel, un jubilado que por casualidad se encuentra con una anciana enferma en un hospital, con el relato (ambientado en la posguerra) sobre un importante acontecimiento de su infancia que durante varios días el mismo Manuel le irá contando a Nicolasa, la anciana que en silencio le escucha en la cama del hospital. Ahí aparece la necesidad de contar como una forma de confesión que saque a la luz sus fantasmas del pasado, sobre todo el sentimiento de culpa que aún sufre por una traición involuntaria, lo cual le permitirá a Manuel una nueva transición, la definitiva para afrontar en paz un futuro que cada vez se le hace más corto. Sin embargo, en ese tiempo que aún le queda puede contar con el recuerdo de las manos de Mirta (la amiga del bosque) y Nicolasa, que le han “hecho volar como un diente de león por el aire”.

La emocionada elegancia del texto, que se pincela a menudo con la belleza de imágenes poéticas, se complementa bien con la sobriedad narrativa de las ilustraciones en blanco y negro de Ximena Maier.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 3 de septiembre de 2011)

sábado, 6 de agosto de 2011

El mayor espectáculo del mundo



TRES TRUCOS DE MAGIA
Textos: Eva Mª Alonso Ruisánchez
Ilustraciones: Dolores Álvarez Quesada
Editorial: Diputación de Badajoz. 2011
Páginas: 77



            En las reseñas de libros de Literatura Infantil y Juvenil habitualmente se deja para el final la obligada mención a las ilustraciones que acompañan al texto, lo cual muchas veces es injusto, pues la calidad de las mismas exigiría una referencia más destacada en el comentario que se hace sobre la obra. Es el caso del libro que nos ocupa, donde se nos impone ya desde el principio resaltar la relevancia que tienen las ilustraciones para disfrutar por entero de la calidad del cuento. Por ello no es de extrañar que el libro acabe de recibir el Premio de Cuentos Ilustrados de la Diputación de Badajoz, cuyo jurado valoró “el aspecto ingenioso, imaginativo y divertido de la obra”, así como las ilustraciones “realizadas en la línea de Tim Burton”. En efecto, los dibujos de la asturiana Dolores Álvarez Quesada recuerdan en sus exagerados rasgos –piernas como palillos, grandes ojos que destacan en medio de cabezas desproporcionadas- y en el llamativo gesto de los rostros, el escalofriante expresionismo de las animaciones del cineasta norteamericano. El sencillo trazo que define a cada personaje se destaca por medio de un detalle –la narizota roja del payaso, las gafotas del niño científico, los enormes bigotes del dueño del circo, el rizo del aprendiz de mago, etc.-, pero ¿cómo se dibuja un niño partido por la mitad o un personaje invisible? Para saberlo y sobre todo para captar la emoción de las imágenes, habrá que adentrarse en la magia que nos ofrece este maravilloso libro.

            El texto escrito por la también asturiana Eva Mª Alonso Ruisánchez tiene todos los ingredientes que se debe exigir a un buen cuento infantil: la calidad de una escritura sencilla –que no simple- plagada de ocurrentes diálogos que hilan la trama de una forma natural, la imaginación puesta al servicio de lo que muchos niños alguna vez han soñado y a la vez temido, el humor -disparatado o sutil- destinado a divertir a lectores inteligentes (que son todos los que tienen la costumbre de leer), y la aparición de situaciones sorprendentes que tal vez pondrán la piel de gallina a algunos padres –o maestros- demasiado preocupados por alejar a los niños del “peligro” de enfrentarse a ciertos miedos que, sin embargo, seguramente harán las delicias de los jóvenes lectores (a partir de 8 años), atraídos siempre por el desasosiego que provocan las emociones a las que les llevan los temores más profundos (abandono de los padres, pérdida de la integridad física, etc.).

            De los tres trucos de magia a los que alude el título del libro se da cuenta en tres capítulos distintos en los que tres niños –cada uno por su lado- son protagonistas de tres acontecimientos extraordinarios. Las historias se entrecruzan en una divertida sucesión de aventuras más o menos disparatadas, llenas del ingenio y la imaginación que conlleva la magia, a través de la cual nos introducimos en el maravilloso mundo del circo, bajo cuya carpa –como se dice en el texto- “siempre son felices los niños”.

            Hay que resaltar la importancia de las instituciones públicas en el fomento de la creación a través de premios y certámenes que den la oportunidad de desarrollar nuevos valores literarios y artísticos. En este caso, es necesario reconocer a la Diputación de Badajoz la primorosa edición de esta obra de LIJ en la que se da a conocer a dos jóvenes creadoras asturianas, que gracias a ello ya son una feliz realidad en el campo de la literatura y la ilustración.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 6 de agosto de 2011)

sábado, 9 de julio de 2011

Juan Farias o la aventura de escribir


 
Juan Farias


 

            Hace apenas un mes fallecía Juan Farias Díaz-Noriega, un escritor que traemos a este rincón de “Páginas para pequeños” por su relevancia en la Literatura Infantil y Juvenil española del último medio siglo. Nacido en 1935 en Serantes (La Coruña), de madre gallega y padre asturiano, su vida, como la de tantos otros, se vio marcada por las dramáticas consecuencias de la contienda civil y la posguerra. La profesión de su padre (ingeniero militar) obligó a la familia a un peregrinaje por diferentes ciudades, lo cual parece dejar una huella para determinar su futura afición por los viajes. De hecho, ya a los 15 años decide embarcarse de grumete en un velero que se dedicaba a la pesca del bacalao por la costa irlandesa. Así empieza su carrera como marinero, que, en diferentes singladuras, le llevará a dar tres veces la vuelta al mundo en el mítico “Juan Sebastián Elcano”.

            De esta experiencia marinera sacará la materia para su posterior carrera como escritor, pues gran parte de su obra huele a mar y salitre, a recuerdos de aventuras ocurridas a bordo de un barco o a la orilla siempre misteriosa del mar. En este sentido, seguramente no será casual que su primera novela (“Después amanece”) la escriba en Canarias –rodeado de agua- y que reciba en 1960 el Premio de Narrativa de la Universidad de La Laguna. Será el primer galardón de una larga serie de reconocimientos en su dilatada trayectoria como escritor. Entre estos premios cabe destacar  el Premio Ciudad de Oviedo en 1964 por “Los niños numerados”, Finalista del Premio Nadal en 1966 por “Los buscadores de agua”, Premio Nacional de Televisión en 1972 como guionista de la serie “Crónicas de un pueblo”, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 1980 por “Algunos niños, tres perros y más cosas” y Primer Premio Iberoamericano de LIJ en 2005 al conjunto de su obra.

            Su estilo se caracteriza por un realismo próximo al costumbrismo (“suelo escribir sobre la gran aventura: lo cotidiano”), con personajes populares (“son historias que ocurren en un mundo habitado por gente común”), trazado por medio de una prosa concisa y natural, pero provista de una sugerente originalidad, de una suerte de poesía que a menudo se adentra en los territorios de la imaginación y la fantasía. El tema que subyace en la mayoría de sus obras es el amor (“querer, amar, es mi cuento preferido”), introducido en una trama que tiende a la transgresión, a la insobornable intención de contravenir las normas más convencionales.  
 

            De los libros dedicados por Juan Farias a la LIJ, destacamos a partir de 6 años: “Las cosas de Pablo” (SM, 1993), “Cuando Arturo se escapó de casa” (Edelvives, 1993); a partir de 9 años: “Algunos niños, tres perros y más cosas (nueve cuentos)” (Oxford, 2006), “Un cesto lleno de palabras” (Anaya, 2000), “Por donde pasan las ballenas” (Espasa, 1997), “El grumete” (Espasa, 1992), “Un tiesto lleno de lápices” (Oxford, 2004); a partir de 12 años: “A la sombra del maestro” (Alfaguara, 1995), “Los corredoiras” (Gaviota, 2003), “Crónica de la Media Tarde” (Trilogía compuesta por “Años difíciles”, “El barco de los peregrinos”, “El guardián del silencio”, Ed. Gaviota 1996), “Ronda de suspiros” (Gaviota, 2003), “El último lobo” (Everest, 2003), “Por tierras de pan llevar” (Gaviota, 1999); a partir de 14 años: “Ismael, que fue marinero” (Everest, 2000), “Los niños numerados” (Lóguez, 1996), “El paso de los días” (Alfaguara, 2000), “Los pequeños nazis del 43” (Lóguez, 1987). La mayoría de ellos cuentan con estupendas ilustraciones, como “El árbol, el árbol y el camino” (SM, 1994), que obtuvo el Premio Internacional de álbum ilustrado por las colaboraciones de Juan Ramón Alonso.

            En su “Autorretrato”, incluido en su libro “Los buscadores de agua” (Caralt, 1966), Luis Farias decía: “Sé lo que quiero. Lo conseguiré si no estiro la pata antes de tiempo”. Me permito afirmar que seguramente consiguió lo que quería, a pesar de haber fallecido, para todos los amantes de la LIJ, antes de tiempo.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 9 de julio de 2011)
 

sábado, 2 de julio de 2011

En el taller de Purificación Trabanco

Ventanas hacia el interior

Parece que de Peñaflor (Grado), donde nació Purificación Trabanco,
se ha traído la artista un pequeño jardín para situarlo justo
debajo de la ventana de su taller en Oviedo,
con la intención de siempre seguir habitando en el origen,
en aquel rincón de la infancia al que se asoma en cada obra.

Como fiel integrante –y fundadora- de la Asociación Cultural Artística Panta Rei, la actividad artística de Purificación Trabanco fluye continuamente de la pintura a la escultura, de lo figurativo a lo abstracto, de la tradición a la vanguardia, de lo cotidiano a lo extraño, en definitiva de la necesidad de abarcar en cada obra la unicidad que concrete –y amplíe- a los contrarios.
“Empecé en el taller de César Pola haciendo paisajes”, dice Purificación Trabanco, “como algo natural que tenía que ver con el mundo rural en el que había nacido y vivido cuando era niña. Curiosamente, los paisajes siempre tenían un camino, que era como una especie de salida del cuadro o un sitio por donde seguir”. Ahora, desde la ventana del taller donde trabaja todas las tardes, también se ve un camino, aunque tal vez no tan bucólico –o tan misterioso- como los que pintaba en sus primeros cuadros. Es la avenida plagada de coches que van y vienen del Occidente, desde o hacia la carretera de Grado, a la que algunos llaman de Galicia. Pero el tráfico que rueda afuera se amortigua a este lado de la ventana con la música clásica que continuamente sale de la pequeña radio que está sobre la mesa del estudio.
“También casi al mismo tiempo que hacía los paisajes, comencé a hacer en unos cursos que se impartían en Taller 3 (Escuela Municipal de Artes Plásticas del Ayuntamiento de Oviedo) unas bolas graciosísimas de cerámica con insectos, tal vez porque siempre he sentido una curiosa atracción por los bichos”. Para demostrarlo enseña un cuaderno donde ha ido dibujando insectos, como si se tratara del cuaderno de campo de un entomólogo. “Pero fue en el Taller Experimental de Humberto donde aprendí nuevas técnicas artísticas y a manejar diferentes materiales que me permitieron realizar una serie de obras más atrevidas, pero a la vez, creo, sin dejar de ser cercanas a un mundo que me ha sido propio desde siempre. Por ejemplo, a mí me gustaba hacer cacharros de cerámica: vasijas, cuencos, tazas…, es decir, utensilios cotidianos hechos de barro, de forma artesanal a partir de gres blanco. Pero en un momento dado, voy introduciendo esos cacharros en grandes piezas construidas con madera y cristal. De ahí surge la idea de la colección que llamé “Acumulaciones contenidas”, donde voy añadiendo diversos materiales, como madera, cerámica, cristal, cera y pintura”. De esta forma, Purificación Trabanco hace confluir una estética más tradicional basada en una suerte de representación hiperrealista de los objetos más comunes de su entorno con una vocación más decididamente experimental. A la vez es como si la artista sintiera la necesidad de crear piezas que no agoten sus posibilidades en la utilización de un solo elemento y se dejara llevar por una inclinación a trabajar con todos los materiales que la propia obra le sugiera. Pero, como bien dice el nombre dado a esta colección, las acumulaciones no se amontonan de una manera confusa y desordenada, sino que lo que más las define es precisamente la contención, es decir, el ajuste preciso de todos los elementos al sentido evocador –o provocador- que la artista insufla en cada pieza.
En una de las estanterías del taller, pequeñas figuras humanas de cerámica reposan en diferentes posiciones: sentadas sobre una balda con los pies colgando hacia el vacío, tumbadas de costado o de espaldas, curvadas en posturas de descanso imposible. Las figuras no parecen estáticas, sino que en su aparente inmovilidad dan la sensación de verse abocadas a buscar continuamente el equilibrio al que les obliga su misma condición inestable. “Ese equilibrio también está en las propias figuras cuando las he metido en las cajas con las que he realizado algunas esculturas –dice Purificación Trabanco-. En esas piezas los hombrecillos parece que danzan, que se mueven buscando una armonía, un equilibrio que tal vez no tienen por sí solos”. También sugiere la idea de la fragilidad de las formas, de cómo al juntarse las pequeñas figuras humanas dentro de la caja de la escultura se mezclan hasta casi confundirse, hasta difuminarse los límites de los cuerpos en una amalgama de posturas a la vez opuestas y complementarias. ¿Con estas piezas pretende la artista plasmar la idea de que sólo en la aglomeración de las formas –por si solas ensimismadas en su inestable posición-, en el contacto e incluso en la unión de los cuerpos, podemos abandonar la fragilidad que nos define como humanos? ¿O tal vez esa propia necesidad de tener que lograr el equilibrio a través de la fusión de los contrarios es la que más nos aterra –a todos los hombrecillos atrapados en el interior de las cajas- al hacerse más visible aún la absoluta derrota de su soledad?
Entre los objetos que se encuentran por la mesa o en las estanterías, Purificación Trabanco enseña unos “Libros de artista”, donde aparecen también unos hombrecillos en diferentes posiciones, como si quisieran alcanzar o seguir algo que se hallara tras una ventana abierta en el papel. “En casi toda mi obra, ya sea pintura, escultura o en estos cuadernillos que hago, pongo alguna ventana. Es como los caminos que siempre hacía en mis primeros cuadros de paisajes”. En estos libros, las ventanas abiertas son pequeños cuadrados a los que parecen intentar asomarse las figuras humanas que andan por allí. En las esculturas, la ventana es la propia pieza, la caja con cristal a la que se asoma el espectador de la obra para ver las cerámicas que la habitan: hombrecillos, utensilios, cacharros que se han deformado o roto forzados por la acumulación a la que obliga el límite del espacio. En los cuadros, las ventanas rompen la geometría trazada con diferentes colores, tonos y matices para componer, a través de un elaborado juego de luz y sombras, una múltiple perspectiva de líneas y formas que pugnan por salir de los límites de la propia pintura.
“También se puede decir que tenía ventanas la pieza que me premiaron en Luarca. Se llamaba “Lectura de color” y se trataba de una especie de silla con respaldo alto, hecha con madera y plomo. Estaba pintada con colores que formaban unos cuadrados que sí, que bien pudieran semejarse a ventanas”. Con esta obra Purificación Trabanco ganó el Primer Premio de Escultura XXX Certamen Nacional de Arte de Luarca en 1999. Es curioso pensar en poder sentarse en una silla con un respaldo que nos sugiera una ventana, un espacio por el que, si nos giramos, podamos asomarnos a lo que hay al otro lado, quizá a la propia vida que nos va dejando por la espalda. Además de en el Ayuntamiento de Luarca, algunas obras suyas están en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo, en el Hospital Comarcal de Jarrio (Navia) y en colecciones particulares. Ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas en diversas salas, galerías y centros de cultura, de las que, aparte de las realizadas en Asturias, cabe destacar las llevadas a cabo en Santander, Cáceres, Madrid, Gante (Bélgica) y Essen (Alemania).
Enseña Purificación Trabanco un cuadro enorme en el que aparece pintada una pila de utensilios blancos colocados en un difícil equilibrio. Es como la pintura de una obra escultórica a punto de venirse abajo, una montaña de cacharros que amenaza en su inevitable e inminente caída con un estruendo que apague para siempre la serenidad que se respira en el taller. “Últimamente siento que me interesa continuar más con la escultura, pero sin dejar totalmente de lado la pintura. De hecho, he empezado a experimentar con manchas de tinta, óleo y acuarela, siempre con un insecto colocado por ahí, como revoloteando”, dice la artista, mientras enseña un cuadro que al visitante le recuerda las manchas del test de Rorschach, con su capacidad de despertar en el observador sueños, deseos o temores, pero también la de sugerir la visión de nuevos mundos, que a menudo no son más que un reflejo de aquellos primeros paisajes a los que nos asomábamos –siempre a través de la ventana- en la infancia. Las ventanas de ahora son los caminos de los primeros paisajes. O los caminos de entonces son las ventanas de ahora, la misma ventana por la que se ve la carretera que lleva a Galicia, es decir, por la que sigue la artista en su viaje interminable a Peñaflor.
 (Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 2 de julio de 2011)

sábado, 11 de junio de 2011

Clásicos para niños



            La mayoría de las editoriales que dedica toda o parte de su producción al público infantil cuenta en su catálogo con algunos títulos o una colección entera en la que se adaptan obras de la literatura clásica para que sean accesibles a los más pequeños. Es, sin duda, una labor encomiable, pues a menudo la profusión de nuevos títulos provoca tal inundación del mercado que ahoga también las obras que siempre deberían permanecer a flote. Con las novedades que pueblan las librerías suele pasar, como en la metáfora de los árboles y el bosque, que al hacerse continuamente más visibles en la primera línea de las estanterías, tienden a ocultar el frondoso y rico bosque de la literatura clásica. En el empeño de las editoriales por no olvidarse de estos libros de referencia contribuyen, claro está, los planes de estudio, que suelen aconsejar a los profesores los textos que los alumnos deben leer en sus clases de lengua y literatura.

            Para facilitar este acceso de los jóvenes lectores a la literatura clásica, la editorial Edelvives creó hace unos años la colección Adarga (haciendo referencia y, por tanto, homenaje al inicio del “Quijote”). Con la colaboración de algunos autores actuales de prestigio ha ido sacando trece títulos, dedicado cada uno de ellos respectivamente a Espronceda, los hermanos Machado, el Mío Cid, Larra, Galdós, el Conde Lucanor, Miguel Hernández, los poetas del 27, la poesía castellana del siglo XV, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Gabriel Celaya y, cómo no, el Quijote.
 

            Los dos últimos títulos que han aparecido en esta colección son “Una sed de ilusiones infinita” (Antología de Rubén Darío) y “Vivir es fácil” (Antología de Gabriel Celaya). La selección de los poemas del autor nicaragüense ha estado a cargo del poeta granadino Luis Muñoz, quien, después de una breve introducción, organiza la antología en torno a cinco temas: Niñas y mujeres, El jardín interior, Animales, Retratos y La poesía. En su lectura, que bien puede hacerse en voz alta para deleitar el oído del niño con la bella musicalidad de los poemas, resuena el amor, las imágenes fantásticas, el mundo interior del poeta, los animales cercanos o exóticos, los retratos de personajes admirados (Machado, Juan Ramón, Cervantes…) y, en fin, la emocionada y feliz aventura de la poesía del autor más importante del Modernismo.
 

            La antología de Gabriel Celaya –oportuna por celebrarse este año el centenario de su nacimiento- está preparada por el también poeta Felipe Juaristi. Como en el libro anterior, se presenta una breve semblanza del poeta y de su obra para, posteriormente, agrupar los poemas bajo cinco epígrafes: Coplas y canciones, El hombre, La tierra, La vida y La mar. Los niños podrán disfrutar con la lectura de cantares y romances de raigambre popular, del amor del poeta hacia algunos personajes (su mujer Amparitxu, Picasso, Charlot…), de la contemplación de los paisajes urbanos y rurales de su tierra vasca, de la alegría de vivir en un mundo que a cada paso nos asombra, y del mar –de la mar- como realidad y metáfora de la existencia.

            Hay que destacar la cuidada edición de todos los títulos que forman esta colección, encuadernados con tapa dura e ilustrados por autores que saben complementar perfectamente la cualidad individual de cada autor y su obra.

 
(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 11 de junio de 2011)

sábado, 14 de mayo de 2011

Cómo se hace una novela


MUJER MIRANDO AL MAR
Ricardo Gómez
Editorial SM. Madrid, 2010
128 páginas


             En uno de sus habituales paseos por el Rastro de Madrid, un escritor se ve atraído por una vieja carpeta roja que se expone en un puesto de fotos y postales antiguas. El letrero que aparece sobre la superficie de la carpeta (Cartas. Gaspar Baraona. 1954) y sobre todo lo que encuentra en su interior (un puñado de cuartillas mecanografiadas), le hacen pensar en la posibilidad de imaginar una historia a partir de esa colección de cartas. Apenas sin regatear el desorbitado precio que el dueño del puesto pide por la carpeta, se hace con el codiciado tesoro que dará lugar a la historia que el autor nos cuenta a continuación.

            Como si se tratara de un pequeño manual para enseñar a los más jóvenes cómo se hace una novela, Ricardo Gómez va desgranando las cuestiones que se plantea un escritor cuando se encuentra ante un material real que es susceptible de convertirse en ficción. Las cuartillas de la carpeta forman un largo poema narrativo que cuenta una historia de amor enmarcada en el duro y trágico ambiente de la posguerra. El material –los papeles mecanografiados- existe en las manos del escritor, ¿pero existió en verdad lo que cuenta? ¿El poema, como en los romances antiguos, glosa un acontecimiento real o es sólo la plasmación de una aventura inventada? En definitiva, para conseguir lo que el autor se propone, esta disyuntiva sobre la realidad y la ficción, sobre lo verdadero y lo falso poco debe importarle, a pesar de que para convertir la historia en novela se empeñe en indagar sobre los supuestos hechos reales. Con este afán, el escritor hace un viaje al territorio donde cree que se sitúa lo narrado en el poema, con la esperanza de encontrar algún indicio que le ayude a desarrollar la trama que quiere contar. Después de un periplo más o menos detectivesco, que sirve al autor para trasladarnos a algunos tristes acontecimientos de la contienda civil y de la posguerra, el escritor vuelve a casa sin añadir más datos a los que ya de por sí contienen las cuartillas, pero imbuido del ambiente propicio para escribir la historia que le ha sugerido su lectura.

            Ricardo Gómez, que logró con esta preciosa novela el Premio Gran Angular 2010 de Literatura Juvenil, consigue dar una vuelta de tuerca en las novelas dedicadas al público juvenil, pues a través del escritor-personaje hace un planteamiento metaliterario, en el cual se va reflexionando “sobre qué huellas reales se construye la ficción”. A ello también contribuyen los amarillentos facsímiles de los poemas encontrados en la carpeta, que se van insertando en el texto narrativo donde se cuentan las pesquisas que lleva a cabo el autor. En la estela de la novela Soldados de Salamanina, de Javier Cercas, Ricardo Gómez cuenta cómo va escribiendo la novela a la vez que indaga sobre la trama real de la misma. Al final del libro, en apenas treinta páginas se narra en tercera persona la historia de amor y duelo que desde el principio el escritor-personaje se ha empeñado en contar.

Sin duda, este libro será del agrado de los jóvenes lectores interesados en las cuestiones formales de la literatura, sobre todo aquellos que ya están pensando en escribir su propia historia.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 14 de mayo de 2011)