Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 30 de abril de 2011

En el taller de Daniela Zanzoni

La elegancia del espacio



“Me imagino mi obra expuesta en grandes espacios minimalistas”,
afirma Daniela Zanzoni en el taller desde el que casi se pueden ver,
a través de un ventanal orientado al mediodía, los blancos costillares
que el arquitecto Santiago Calatrava concibió para llenar el espacio vacío
donde se ubicaba en Oviedo el campo de fútbol de Buenavista.

Como estamos acostumbrados a leer en las novelas románticas –y raramente sucede en la vida real-, Daniela Zanzoni dejó su Roma natal por amor. Allí había estudiado en el Liceo Artístico y en la Facultad de Arquitectura, donde obtuvo el título de Arquitecto, y allí había empezado a trabajar en el estudio de arquitectura de su padre cuando un asturiano, que cursaba Filosofía y Letras, hizo que su mirada cambiara las nobles ruinas de la antigua capital del Imperio por las piedras cubiertas de verdín del Prerrománico Asturiano. Al fin y al cabo, se trataba de cambiar de lugar, pero apenas de espacio, pues a ambos territorios los unía –y los une- una parecida arquitectura.
En las paredes del taller cuelgan los títulos expedidos por la Universitá di Roma, que avisan al visitante de que la formación de la artista exige conceder un valor privilegiado –en su obra y en su lugar de trabajo- al orden y al equilibrio de las formas. Frente a la entrada, una reproducción del Guernica de Picasso, reinterpretado por la propia Daniela con un pequeño cuadrado rojo que en medio de la obra rompe la monotonía de los grises, enmarca el taller desde la multiplicidad de perspectivas que trasluce el cubismo y se convierte en referente de las geometrías que habitan el espacio. La disposición de las mesas de trabajo acota el lugar a la vez que sus superficies blancas ocultan a ratos la colorida cuadrícula que forman las baldosas del suelo. En la estantería reposan, colocados en horizontal o vertical, libros y revistas de arte, bocetos para nuevas ideas y pequeños cuadros de alguna época anterior, donde figuras recortadas en cartón parecen querer escaparse de un laberinto entramado de hilos. De un libro que abre Daniela aparecen también formas recortadas, arquitecturas en miniatura que surgen del interior troquelado de las páginas.
            A través de la ventana que está justo encima de su mesa de trabajo, se ve la línea de la calle sobre la que se yergue la verticalidad de los edificios de enfrente, los que ocultan la visión del Calatrava. “El afán de las ciudades por hacerse con obras de famosos arquitectos tiene que ver con el deseo de proporcionar una identidad a una ciudad que no la tiene. A Bilbao ya no se la puede entender sin el Gugenheim, que le dio una identidad propia. Quizá también le suceda lo mismo a Avilés con el Niemeyer, pero no todas las ciudades tienen por qué seguir ese camino. Oviedo ya tenía y tiene una identidad con la catedral y los monumentos del prerrománico. Y que conste que a mí me gustan las obras de Santiago Calatrava, la luminosidad y limpieza de sus líneas, pero no este Calatrava”, advierte Daniela Zanzoni en un castellano casi perfecto, tan solo mejorado por la dulce sonoridad de su acento italiano.  
            “Realmente lo que hace falta en Oviedo son más espacios donde poder hacer exposiciones. Por este motivo, para tratar de difundir nuestras obras, creamos hace años la Asociación Cultural Artística Panta Rei”, explica. El grupo lo forman Paz Balmori, Pedro García, Agustín García, Puri Trabanco, Teo Hernando y Daniela Zanzoni. Se conocieron en el “Taller Experimental de Humberto”, donde Daniela asegura que adquirió una nueva visión de concebir el arte, una idea que contribuyó de manera decisiva a su afán por experimentar continuamente con nuevas formas artísticas. Seguramente es la misma visión que hace que cada miembro del grupo desarrolle su propia obra desde una propuesta absolutamente individual, sin más vinculación con el resto que la innegociable condición de ser independiente.
            En su afán de constante innovación, la obra de Daniela Zanzoni ha pasado por diferentes etapas. Una inicial fase expresionista a la que sucede en 1997 la experimentación con las formas geométricas en la que, bajo la denominación de Planoetrías, investiga con “volúmenes que evolucionan en un único plano”. En el año 2000, tal vez sugerida por la redonda cifra del cambio de siglo, empieza una etapa que la propia Daniela califica de “Desmaterialización”. En ella introduce el ordenador, herramienta de trabajo que en esos años aún pocos artistas se atreven a utilizar, lo cual supone un cambio radical en la evolución de su obra: “La introducción de la impresión digital en material transparente que me permite crear formas etéreas que se disuelven y desvanecen en el espacio”. El empleo de acetatos transparentes superpuestos sobre una superficie roja, blanca o negra da una idea de volumen, de una forma tridimensional dispuesta para que cambie según las múltiples perspectivas que pueda, caprichosamente, contemplar un observador inquieto. Así, el cuadro pasa de ser un clásico soporte estático a convertirse en un espacio variable, dotado de la cualidad dinámica que le otorga el espectador en movimiento. De esa interacción entre el objeto y la mirada surgen “las formas que se deshacen, la pesada materia que se desvanece en sus contornos, en definitiva, la muerte de la forma”, explica Daniela.
            En el año 2004 da un paso más en su investigación con las formas creando espacios donde la luz emerge como la característica primordial de la obra. Llama a esta propuesta “Et fiat lux”, evocando las primeras palabras del Génesis, con lo cual parece querer cumplir la función principal del creador: dar luz, iluminar desde una nueva mirada las formas que habitan el mundo.
            Arrinconadas en un pequeño cuarto que tiene junto al lugar de trabajo, están las obras que le van quedando de las numerosas exposiciones en las que ha participado. Aparte de Oviedo, Gijón, Avilés y otros puntos de Asturias, ha expuesto individualmente en galerías de Madrid, Cáceres y Valencia, y ha formado parte de exposiciones colectivas en galerías, salas de arte y centros de cultura de media España, participando asimismo en 2004 en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Turín (Italia) y en 1997 en la Galería Cataluña de Gante (Bélgica). “Sí, he expuesto en muchos sitios”, deja caer Daniela como quien dice, rutinariamente, que ha estado paseando por el parque, con una modestia que es el fiel reflejo de la suavidad con la que se mueve por el taller, seguramente también consecuencia de una manera de ser en la que quita importancia a todo lo que no sea el mero hecho de trabajar e investigar con las formas. “A mí lo que más me interesa es poder estar aquí todas las tardes haciendo lo que más me gusta”, dice Daniela, ahora sí, ahora con el brillo del entusiasmo en su cara.
            Por eso también cuesta que se refiera a los certámenes, premios y menciones que ha recibido. Baste decir que, con motivo de la consecución de alguno de estos méritos, hay obras suyas colgadas en las paredes de la Junta General y de la Consejería de Cultura del Principado de Asturias, en la Comunidad de Madrid, en la Diputación de Cáceres, en la Caja de Ahorros de Asturias y en la Feria Internacional de Arte de Turín.
            Pero, como dirían sus antepasados, Daniela Zanzoni no se duerme en los laureles y, siguiendo al pie de la letra el nombre del grupo del que forma parte, tiene presente que tanto en la naturaleza como en el arte “todo fluye”, con lo cual su pensamiento inquieto –a pesar de la tranquilidad que transmite su persona- le lleva a seguir investigando. “Tengo la sensación de que se agotó lo que estaba haciendo y que a partir de la última exposición que acabo de hacer en la galería Dasto, estoy en un período de reflexión en el que quiero dejar la impresión digital y volver a trabajar con materiales más tradicionales: papel, cartulina, libros, hilos… Todavía no sé si de todo esto saldrá algo que merezca la pena”, duda Daniela mientras enseña sus últimos trabajos: Libros o revistas a los que ha cortado en tiras las páginas, una herida de la que brota, formando una creciente melena de hilos negros, la sangre de las palabras, la propia tinta que, gota a gota, va formando un charco –imaginario o real- sobre el suelo cuadriculado del taller. “Investigo nuevas maneras de destruir las formas”, dice Daniela Zanzoni, bajando la voz para que pueda escucharse la música clásica que, en sus precisas notas, rubrique la elegancia del espacio que habita.
(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 30 de abril de 2011)

sábado, 16 de abril de 2011

Para animar a leer


ANTOLOGÍA DE CUENTOS Y ALGUNOS POEMAS
Juan José Lage Fernández
Ediciones Octaedro
Barcelona, 2011



            En Asturias tenemos la suerte de contar con uno de los mayores expertos en Literatura Infantil y Juvenil (LIJ). Es una suerte y un privilegio, pues seguramente pocos autores podrían hacer una selección de cuentos y poemas para el público infantil con tanta solvencia como la que Juan José Lage presenta en este libro. Como profesor y bibliotecario en diferentes centros educativos de Asturias, su profundo amor por la LIJ le llevó a fundar en 1985 la revista Platero –galardonada con el Premio Nacional al Fomento de la Lectura en el año 2007- con el doble objetivo de dinamizar las bibliotecas escolares como espacio de animación a la lectura y de difundir entre la comunidad educativa la literatura que se publica para los más pequeños, es decir, la que en definitiva se dirige a todos los alumnos de los colegios.

Como consecuencia casi natural de este empeño, Lage ha ido publicando algunos libros con la intención de seguir orientando al profesorado en su difícil tarea de adentrarse en el espeso bosque de la literatura infantil y poder guiarse a través de los pocos árboles verdaderamente imprescindibles para no perderse. Así, como manuales necesarios en este intrincado –y lleno de maravillas- camino hacia la LIJ, publicó “Animar a leer desde la biblioteca” (CCS, 2005) y “Diccionario histórico de autores de la literatura infantil y juvenil contemporánea” (Octaedro, 2010). Ahora aparece, como continuación de estos libros y formando parte de una especie de trilogía sobre el fomento de la LIJ, este volumen recopilatorio de una serie de cuentos y poemas de los mejores autores.

La primera parte del libro está dedicada a la antología de cuentos e incluye cuentos de autores españoles (Gloria Fuertes, Antoniorrobles, Carlos Murciano, etc.), extranjeros (Oscar Wilde, H.C. Andersen, Gianni Rodari, etc.) y cuentos populares recogidos por diferentes autores, como Fernán Caballero o los Hermanos Grimm. El segundo capítulo es una extensa antología de poemas escritos para el público infantil, entre los que figuran algunas poesías de Gloria Fuertes, Carmen Gil y otros. En el tercer apartado del libro, Lage nos descubre su faceta más creadora al incluir unas “historias populares rimadas”, que son como pequeñas adaptaciones en verso de cuentos clásicos e incluso de la más famosa novela jamás escrita (“Esta es la historia de un caballero/y la de su fiel escudero”). En simpáticos pareados, que seguro harán la delicia de los niños, el autor se atreve a condensar en un puñado de versos la emoción y la trama de “La sirenita”, “Pulgarcito”, “Caperucita Roja” y otros cuentos que se encuentran en el imaginario común de todos los niños del mundo.

El objetivo del libro es plenamente didáctico, de manera que los profesores y los padres se puedan servir de estos cuentos y poemas para leerlos en voz alta a los niños (“la narración oral es la mejor estrategia de animación a la lectura que conozco”, afirma el autor en el prólogo) y, por tanto, contribuyan a la adquisición de su gusto por la lectura. Para completar esta propuesta, Lage incluye un cuarto capítulo donde presenta, en forma de talleres de cuento y poesía, una serie de juegos con las posibilidades del lenguaje, en las que los niños encontrarán el verdadero placer de sentir la maravilla de crear y de imaginar a través del inagotable mundo de las palabras. Concluye el libro con un Decálogo del buen contador de cuentos y una imprescindible Bibliografía Básica.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 16 de abril de 2011)

sábado, 19 de marzo de 2011

Misterios del tío Fermín




El hombre con el pelo revuelto
Daniel Nesqueens
Editorial Anaya. Madrid, 2010.
103 páginas.

            Daniel Nesquens (Zaragoza, 1967) tiene apellido de futbolista holandés y de ahí tal vez le venga la habilidad para regatear con maestría -con la elegante filigrana que inspiró siempre a los futbolistas de la selección naranja- entre las zancadillas que a menudo impone la realidad y la ficción. A la barrera de la realidad Nesqueens la sortea con una buena bolea de surrealismo que hace inútil la estirada atónita del portero. A la ficción desaforada la sujeta con el pase en corto del humor, que siempre deja sentado de culo al contrario. Esas son las claves de “El hombre con el pelo revuelto”, el libro que ha merecido el VII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil.  

Después de haber escrito un buen puñado de libros infantiles –entre ellos algunos álbumes ilustrados-, en 2008 creó la serie “Marcos Mostaza” (Editorial Anaya), cuyo protagonista es un niño de casi diez años que va contando en primera persona sus aventuras, fantasías y secretos, todo ello adobado con un peculiar sentido del humor que ha hecho las delicias de un gran número de jóvenes lectores. Otra obra a destacar en su dilatada carrera como escritor –en apenas 10 años desde que comenzó a publicar- es “Hasta (casi) 100 bichos” (Editorial Anaya), libro en cierto modo inclasificable, una especie de bestiario que disecciona -con el arma blanca del humor que permiten los absurdos verbales, las arriesgadas metáforas y los juegos de palabras- el mundo animal desde una particular visión que, aparte de a los niños, ha hecho reír a muchos adultos que se atreven a saltar la artificiosa barrera entre los géneros.

            “El hombre con el pelo revuelto” está en la línea de los libros anteriores de Daniel Nesqueens. Digamos que es marca de la casa, pues en él se recurre a las historias surrealistas y al humor más o menos absurdo para narrar las visitas sorprendentes que el tío Fermín hace a su sobrino. El tío aparece y desaparece como un Gato de Cheshire que va contando a su sobrino historias raras, misteriosas y divertidas, con un lenguaje paradójico que amplia su vida cotidiana con otros mundos donde la imaginación es la reina de la casa. De ese personaje extravagante –y a la vez tan cercano- el niño va descubriendo la felicidad que puede transmitir todo aquello que podemos crear con las palabras y que, de hecho, es a menudo más interesante que la realidad que pisamos con los pies en el suelo. Sin pretender una moraleja, el autor nos muestra la verdad de la ficción, más auténtica si cabe cuando en la improbabilidad de lo inventado se mezcla, a gusto del consumidor, el original ingenio de lo maravilloso y el imprevisible chispazo del humor. Las magníficas ilustraciones a las que nos tiene acostumbrados Emilio Urberuaga contribuyen a llenar de color la imaginación de los lectores de todas las edades (a partir de 8 años).

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 19 de marzo de 2011)




Netvibes


sábado, 12 de febrero de 2011

Dos cuentos de Miguel Hernández


“DOS CUENTOS PARA MANOLILLO “
MIGUEL HERNÁNDEZ
Editorial Pictografía. Murcia, 2009.
Edición facsímil



            En la vida de Miguel Hernández, tan cargada de sucesos dramáticos, conmueve hasta las lágrimas la escena en la que el poeta, al terminar una visita de Josefina Manresa en la cárcel de Alicante, quiere entregarle a su hijo un libro que ha escrito para él. Podemos imaginar, en medio de la oscura soledad del poeta, el rayo de ilusión que le ofrecía la posibilidad de ver la risa de su hijo, la “luz que proclama la victoria del trigo sobre la grama”. Pero, con el mismo desdén y frialdad del desalmado régimen al que sirve, el carcelero se lo quita y se lo da a Josefina, evitando así la íntima satisfacción que para Miguel Hernández suponía dar el libro en propia mano a su hijo, transmitir de piel a piel la profunda cualidad de lo creado. Podemos hacernos una somera idea de la desolación del poeta al ser privado del contacto físico, incluso de la mínima cercanía para poder entregarle emocionado (a través de ese libro acompañado tal vez por algunas palabras “hondas como un beso”) un legado de esperanza dentro del dolor de la enfermedad y de la muerte, que ya tan próxima barruntaba.

El libro, encuadernado por el mismo poeta con tapas duras, se titulaba “Dos cuentos para Manolillo”, con el añadido entre paréntesis “Para cuando sepa leer”. Los cuentos eran “El potro obscuro” y “El conejito”, que Miguel Hernández había traducido del inglés y escrito a mano con letra redondilla y clara para que pudiera ser perfectamente legible por un niño pequeño. Unas sencillas ilustraciones realizadas por él mismo con acuarelas y ceras resaltan la belleza del texto.

“El potro obscuro” cuenta cómo precisamente “Potro-Obscuro” lleva sobre sus lomos a niños, niñas y animales a la gran ciudad del Sueño. Tiene reminiscencias del famoso cuento “Los músicos de Bremen”, y el eco que se repite, como una cantinela en la boca de los personajes (“Llévame, caballo pequeño, a la gran ciudad del sueño”), no es otro que la búsqueda de la libertad, el deseo de llegar a un lugar “donde no hay dolor ni pena”. “El conejito” es una fábula en la que un conejo se ve atrapado en un huerto por culpa de su glotonería. La referencia es “El cuento de Perico, el conejo travieso”, publicado por Hellen Beatrix Potter en 1902. A la agilidad de la narración contribuyen los pensamientos del conejo expresados en el texto en forma de diálogos, y a través de los cuales el pequeño lector puede sentir el deseo, la felicidad y el temor que el conejo va sintiendo. Son cuentos muy breves, de sonoridad poética, muy apropiados para contar antes de acostarse a niños pequeños que aún no saben leer o para primeros lectores, que seguramente encontrarán ese placer inicial que les llevará a adentrarse en el amor por la lectura. 



Con motivo de la celebración del centenario del nacimiento de Miguel Hernández, esta edición facsímil incluye una preciosa introducción de Jesucristo Riquelme, quien también acompaña estos cuentos, en volumen aparte, con una breve biografía y una antología de sus poemas más conocidos, divididos en cuatro capítulos que corresponden con las épocas de su poesía.

Para completar el conocimiento de la obra y la vida de Miguel Hernández, se puede ofrecer a los jóvenes lectores biografías y antologías para niños, como “Mi primer libro sobre Miguel Hernández” (Anaya), de José Luis Ferris, “La vida y poesía de Miguel Hernández contada a los niños” (Edebé), de Rosa Navarro, “Miguel Hernández para niños” (Susaeta), “Miguel Hernández y los niños” (Everest), “Miguel Hernández para niños y niñas… y otros seres curiosos” (Ediciones La Torre).

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 12 de febrero de 2011)

sábado, 29 de enero de 2011

El Rey tartamudo


Colin Firth en "El discurso del rey"

            El reciente estreno de la magnífica película “El discurso del rey” suscita una serie de reflexiones en torno a la tartamudez. Como saben quienes hayan tenido oportunidad de verla o de leer alguna sinopsis, se relata la historia del acceso al trono del rey Jorge VI de Inglaterra, obligado por la renuncia de su hermano, el primogénito que debía suceder al fallecido rey Jorge V. Pero el relato, con el telón de fondo de ese período histórico previo a la Segunda Guerra Mundial, se centra en el drama personal del rey, que se ve atrapado entre el ineludible deber de tener que aceptar tan alta responsabilidad y la ansiedad que le produce cada vez que se ve obligado a hablar en público. El rey es tartamudo y sufre por ello.

Seguramente todos hemos conocido a lo largo de nuestra vida a alguna persona que tartamudea, pues es relativamente sencillo detectar los síntomas cuando hablamos con algún tartamudo. Sabemos que se trata de un problema del habla en el que se dan alteraciones del ritmo, bloqueos, repeticiones de sílabas o palabras y, en ocasiones, gestos o muecas que los acompañan. Eso es lo que se ve, la parte del iceberg que sale a flote cuando se tartamudea, pero es más voluminosa –en el sentido de que pesa más que las meras disfluencias- la parte oculta que sólo los tartamudos saben que existe: los sentimientos que provoca la imposibilidad de hablar sin tartamudear. Las situaciones comunicativas de todos los días suelen causar, en mayor o menor grado, cierta ansiedad que a veces se traduce en evitar o escapar de esas situaciones, lo cual genera sentimientos de frustración, de vergüenza, de culpa o de miedo. Es decir, provoca en el tartamudo un sentimiento general de sufrimiento, tanto por las disfluencias en sí, como por “los daños colaterales” que suele conllevar esa forma de hablar. Dependiendo de la situación comunicativa, de cómo la perciba el tartamudo, de las demandas del entorno y de las destrezas conversacionales que exijan los diferentes contextos, puede sufrir un mayor o menor grado de estrés comunicativo, que a su vez redundará en que el volumen del iceberg crezca, tanto por arriba como por abajo del nivel de visibilidad.

Todo esto se puede apreciar muy bien en la película “El discurso del rey”, en la que, más que el grado de fidelidad a la historia verdadera, importa la magistral aproximación al drama personal del rey. A ello contribuye la buena interpretación del actor inglés Colin Firth, que no se deja llevar por llamativas exageraciones de los síntomas ni por fáciles histrionismos, en los que pudiera haberse visto tentado a caer para atraer a un público más dispuesto a la comedia. También es acertado el guión, donde cobra un papel relevante el terapeuta que, sin ser doctor ni especialista titulado en trastornos del habla, es capaz de combinar métodos logopédicos (control de la respiración, impostación de la voz, cambio de patrón de habla, ensordecimiento, ejercicios bucofonatorios…) con lo que al final es más importante: dar confianza a la persona que tartamudea para que hable lo mejor que pueda, o como decía un estudioso de la tartamudez, aprender a tartamudear de forma más sencilla y tranquila. Como bien dice el terapeuta, no es un problema mecánico o de dicción, porque el rey puede hablar solo o cantar. Es un problema que se da en la interacción comunicativa (¡qué mayor interacción que tener que dar un discurso ante toda la nación!) y es en esa interacción donde se deben dar dos condiciones indispensables para que el tartamudo se sienta más seguro: respeto y paciencia. Respeto a esa peculiar forma de hablar y paciencia para que el interlocutor conceda el tiempo que el tartamudo necesita para terminar la palabra o la frase que a veces no le sale como quisiera. De ahí procederá la dignidad para el colectivo de tartamudos, desde una perspectiva de normalización en la cual no necesitan compasión, sino comprensión. Es la comprensión que los colaboradores del rey le muestran cuando éste va camino hacia la sala donde tiene que dar el discurso, y el respeto de su pueblo en el aplauso final con el que reconocen su esfuerzo y su valentía por lograr llegar a ser un hombre normal.

(Publicado en El Comercio y La Voz de Avilés. 29 de enero de 2011)






sábado, 15 de enero de 2011

Dos narraciones con poeta

 
Los premios que la editorial Edelvives concede a la literatura infantil y juvenil han recaído el pasado año 2010 en dos obras cuya trama gira en torno a dos poetas.


Con el Ala Delta de Literatura Infantil se ha premiado “Una vaca, dos niños y trescientos ruiseñores”, de Ignacio Sanz. En él se cuenta el viaje que el poeta chileno Vicente Huidobro hizo a Europa con su familia, compuesta por su mujer, sus hijos, algunos sirvientes y una vaca llamada Jacinta. El empeño por viajar con la vaca en el barco se explica por la extravagante necesidad que tienen los hijos del poeta de tomar diariamente la deliciosa leche que da Jacinta. Pero más extravagante aún es el viaje de vuelta hacia Chile, en el que Vicente Huidobro y toda su familia –vaca incluida- se embarca con trescientos ruiseñores a fin de repoblar el continente americano y así deleitar a sus paisanos con el maravilloso cántico de esos pájaros. En la larga travesía se plantea el problema de cómo alimentar a los trescientos ruiseñores cautivos en sus trescientas jaulas. Para agravar más la situación ya de por sí tan pintoresca, el poeta, en un arrebato creador, se recluye en su camarote para dedicarse a escribir, delegando en sus hijos toda la responsabilidad del cuidado de los pájaros. ¿Podrán Nela y Vicentito cumplir con lo mandado y llevar a buen puerto el sueño de su padre? En esa tarea, en el mero empeño de llevarla a cabo, está la clave de este hermoso cuento, pues al final, más que el éxito de la empresa, importa la confianza que el padre ha puesto en sus hijos para que éstos se sientan verdaderamente capaces de alcanzar su sueño. Basada en hechos reales, puede leerse (a partir de 8 años) como un relato de iniciación, un viaje en el que la realidad se enriquece con la ilusión de poder lograr los deseos más fantásticos. El texto se acompaña con sobrias ilustraciones en blanco y negro de Patricia Metola.

Con el Premio Alandar de Literatura Juvenil se ha premiado “Tuerto, maldito y enamorado”, de Rosa Huertas. Es una historia de fantasmas, a la que actualmente tan acostumbrados están nuestros jóvenes lectores, pero con el atractivo añadido de que el espectro tuvo que ver con la vida de Lope de Vega. Cuando Elisa, estudiante de 16 años, se adentra en la biblioteca del instituto para hacer un trabajo sobre el poeta, se encuentra, atrapado en sus estantes, con un aparecido que no puede acabar de morir del todo hasta que no se libere de una maldición. Precisamente debe ser Elisa la que ayude al fantasma en ese camino hacia la liberación, para lo cual debe resolver el doble misterio de la identidad del aparecido y el nombre de la amada por la que murió. De esta forma, la narración se mueve por territorios cotidianos (el barrio de los escritores de Madrid, el instituto, la casa de la chica…) y por el pasado (la información extraída de los libros, la casa de Lope) donde debe resolverse la historia. Además, como sucede en las buenas novelas, se desarrollan algunas tramas paralelas (la loca que grita por las noches, la separación de los padres de Elisa, la relación con su amigo Ricardo…) que en cierta manera se van articulando con la historia principal del relato. Esta obra gustará a los lectores (a partir de 14 años) que estén interesados por las historias de fantasmas que transcurran lejos de escenarios góticos, jóvenes a quienes no les asuste que un espectro pueda aparecer de repente entre las páginas de un libro, tan misterioso y entretenido como éste.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 15 de enero de 2011) 

sábado, 18 de diciembre de 2010

Ana María Matute para niños





            Algunos de los autores galardonados con el Premio Cervantes han escrito algún libro para el público infantil y juvenil. Es el caso de Miguel Delibes, Gonzalo Torrente Ballester, Camilo José Cela o incluso el reciente Premio Nobel Mario Vargas Llosa, a quienes de vez en cuando se les ha escapado de la pluma algún cuento para niños, pero ninguno de ellos ha dedicado una parte relevante de su obra a la literatura infantil y juvenil como Ana María Matute, la última en recibir el mayor galardón literario que se concede a los autores que escriben en lengua española.

            Ana María Matute escribe la mayoría de su obra sobre la infancia y a veces para la infancia, partiendo del íntimo convencimiento de que el niño “no es un proyecto de hombre, sino un mundo en sí mismo”. Incluso va más allá en este reconocimiento a los primeros años de la vida, cuando afirma que “un hombre es lo que queda del niño que fue”, y es precisamente en esa búsqueda sobre la niña que fue donde se adentra Ana María Matute en casi toda su obra, en la indagación en su memoria para hallar ese mundo perdido de la infancia. Como en los cuentos clásicos, en ese regreso nuestra escritora va siguiendo las migas de pan que fue dejando por el camino que le ha traído de la infancia, y de nuevo a la vuelta las va recogiendo y contando para no perderse en el mundo adulto desde donde escribe. Cada miga es una historia sobre niños huérfanos, imaginativos, románticos, sensibles, desamparados, prácticos, huraños, bondadosos,… a menudo habitantes de un mundo incomprensible y hostil, donde la única salida a la pobreza o la marginación está en el refugio ilusionado de los cuentos.

            Así, haciendo un somero repaso de los libros que Ana María Matute ha dedicado al público infantil y juvenil, resaltamos a partir de 9 años “El país de la pizarra” (Editorial Lumen, 1978); a partir de 11 años: “El aprendiz” (Lumen, 1978), “Caballito loco y Carnavalito” (Lumen, 1962), “El polizón de Ulises” (Lumen, 1965. Premio Lazarillo de Literatura Infantil 1965), “El saltamontes verde” (Lumen, 1960), “Sólo un pie descalzo” (Lumen, 1983. Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 1984), “El verdadero final de la bella durmiente” (Lumen 1965); y a partir de 14 años: “Algunos muchachos” (Destino, 1998), “Historias de la Artámila” (Destino, 2010), “Libro de juegos para los niños de los otros” (Espasa, 2003), “La oveja negra” (Oxford, 2004). También a los jóvenes que disfruten con la literatura fantástica les encantará la lectura de la “trilogía medieval”, que incluye los títulos “La torre vigía” (Destino, 1971), “Olvidado Rey Gudú” (Destino, 1996) y “Aranmanoth” (Destino, 2000), donde, envueltas en territorios llenos de magia y misterio, se van tejiendo leyendas de caballerías, historias oscuras y maravillosas fábulas sobre la naturaleza del hombre.

Recientemente se han reunido sus cuentos en el volumen “La puerta de la luna. Cuentos completos” (Destino, 2010), pero es de esperar que con motivo de la concesión del Premio Cervantes las editoriales se decidan a reeditar algunas de estas obras que ya no se encuentran en las librería, de forma que los más pequeños puedan tener acceso a los libros de Ana María Matute. En ella encontrarán a una autora de referencias clásicas, aquellas que nos retrotraen a los cuentos de hadas, donde se entrecruzan historias y leyendas siempre en defensa de la fantasía, la imaginación y el misterio de la mejor literatura.

Si creyéramos en la estricta separación de los géneros literarios, podríamos decir con satisfacción que el Cervantes, por fin, ha reconocido el valor de la literatura infantil y juvenil premiando a Ana María Matute, pero en realidad ha galardonado a una autora que no conoce fronteras entre los géneros.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 18 de diciembre de 2010)