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Veneno y sombra y adiós. Alfaguara, 2007 |
“Es la forma de nuestra muerte lo
que debemos cuidar”, se dice en El hombre sentimental (1986), idea
en la que continúa incidiendo Javier Marías en la novela Veneno y sombra y
adiós (último volumen de la trilogía Tu rostro mañana), cuando el
personaje K-M (Killing-Mordering o Kennedy-Maskield) reflexiona sobre los que
dejan huella no por su vida, sus actos, sino por la forma de su muerte, lo cual
le lleva a preocuparse por la manera en que a uno le recuerdan (“la memoria es
un dedo tembloroso y no siempre acierta a señalarnos”) o le olvidan (“rápido el
llanto, pero más veloz el olvido”), más allá de la inevitable muerte (“llegará
un mañana en el que todo rostro será calavera o cenizas”).
Javier Marías ha continuado -no sabemos
si concluido y culminado- con esta magistral, voluminosa novela (la trilogía
completa) aquello que ha estado escribiendo desde su primera obra (“se queda
sin misterio lo que jamás lo ha tenido en realidad”, se dice en Los dominios
del lobo (1970)), pues sigue narrando la dificultad de lo vivido, lo
recordado, lo olvidado y lo contado, siendo todo uno y distinto en la
existencia (“todo lo que existe no existe o lleva en sí su no existencia”),
paradoja sustentada en la propia experiencia de uno mismo (“no darnos por
descontados, ni siquiera por presentes”).
Que la novela sea la misma que
siempre ha escrito o tratado de escribir no deja de ser uno de sus méritos, pues
bien se sabe que una de las mayores virtudes de un escritor es alcanzar a
poseer esa voz que se pueda reconocer como propia a lo largo de su obra, ese
territorio mental que la necesidad u obligación se empeña una y otra vez en habitar.
Para ello, Marías se sirve de la singularidad de un estilo definido por el
fraseo de amplio aliento, por las largas digresiones cargadas de reflexión y
crítica, por una trama que a menudo encuentra paralelismos en muchas de sus
novelas (recurrentes los triángulos amorosos), por los perfiles de los
personajes (a pesar de que muchos de ellos suelen hablar de similar manera, con
el mismo estilo alambicado y culto, a veces demasiado literario, intercambiable
con la propia prosa “mariasiana” del narrador), y sobre todo por esa particular
forma de imbricar en la narración la poesía y el pensamiento, la belleza y el
conocimiento que es la esencia del arte (“sólo somos todos como nieve sobre los
hombros, resbaladiza y mansa, y la nieve siempre para”; “suerte
en el imaginario y en la realidad desgracia”).
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