Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 10 de octubre de 2015

El silencio blanco


LA QUIMERA DEL ORO
Jack London
Anaya. Madrid, 2015
274 pág.


          Jack London (1876-1916) es un aguerrido narrador de la estirpe de Verne, Stevenson, Conrad, Melville o Poe. Además de algunas semejanzas biográficas, comparte con ellos -en mayor o menor medida- una similar poética, aquella que trata de revelar lo que le sucede a ese tipo de personaje que, situado ante una intensa experiencia, decide desprenderse del natural encogimiento del miedo para atreverse a forcejear con el destino que le ha tocado vivir. No se trata de resaltar la combativa condición del héroe, sino, más bien al contrario, de indagar en los abismos a los que en ocasiones nos arroja al común de los mortales nuestra propia e incierta existencia.
          Conocido sobre todo por sus novelas “La llamada de lo salvaje”, “El lobo de mar”, Martin Eden, “El talón de hierro” o “Colmillo blanco” -ésta aún más famosa a partir de sus exitosas versiones cinematográficas-, lo mejor de la obra de Jack London puede estar, sin embargo, en el conjunto de las breves narraciones que forman “La quimera del oro” y “Los relatos de los mares del Sur”. En su origen está sin duda la azarosa vida de su autor, que lo llevó a los 19 años a embarcarse en busca del oro que había aparecido en Klondike, cerca de la frontera con Alaska, y a los 30 a navegar por la Polinesia.
Jack London
          Los relatos incluidos en “La quimera del oro” (Anaya, 2015) están unidos por la llamada fiebre que llevó a tantos buscadores a Alaska durante la segunda mitad del siglo XIX. En ellos la fuerza narrativa que despliega el autor está acorde con la extrema severidad de la naturaleza y con el propio ímpetu que el hombre debe sostener para afrontar tales inclemencias, con el convencimiento de que a menudo resistir es la única forma posible de lucha y que la victoria se conforma -en su doble acepción- con la agónica conquista de la supervivencia. Así, la sardónica crueldad de un perro y la vengativa maldad de un hombre se reflejan de forma magistral en el relato titulado “Diablo”; el decidido propósito de conseguir dinero fácil por medio de una descabellada empresa asombra y divierte al lector en la por momentos disparatada fábula “Las mil docenas”; la tragedia lírica que sucede en el corazón verde del cañón rompe la silenciosa belleza del sereno “El filón de oro”; la encarnizada lucha por la supervivencia entre un lobo y un hombre hambrientos estremecen en el dramático “Amor a la vida”; el dilema moral entre el ideal de justicia que debe imponerse a sí mismo el hombre blanco y el íntimo temor que provocan los propios pensamientos ante un hecho repentino se dirime en el magnífico “Lo inesperado”; la tenacidad por encender un fuego como único remedio para resistir en medio de la soledad de la nieve se impone en el angustioso “La hoguera”; el ingenio de un condenado a muerte para salvarse de la tortura alivia también al lector en el cuento “El burlado”.
          Vicente Muñoz Puelles abre el libro con una breve -y acertada para los jóvenes lectores- presentación sobre la vida y la obra de Jack London y lo cierra con un apéndice que, a modo de relato escrito en primera persona, narra algunas andanzas biográficas del autor norteamericano del que el próximo año se cumple el centenario de su muerte. El volumen se completa con unas expresionistas ilustraciones en blanco y negro de Enrique Flores.
          Para seguir disfrutando de la lectura que sin duda producirán estos relatos ambientados en “el silencio blanco”, nada mejor que continuar leyendo las asombrosas aventuras narradas en “Los relatos de los mares del Sur”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 10 de octubre de 2015)

sábado, 12 de septiembre de 2015

Los primeros Quijotes



          En un lugar de la escuela de cuyo nombre pocos quieren acordarse, no ha mucho tiempo que vivía un libro de los de tapa dura, ancho lomo y larga lectura. Rara vez el libro tenía todos los capítulos del original escrito por Cervantes, de manera que tan solo incluía los que eran más conocidos del público o los que pudieran ser más entretenidos y divertidos para los jóvenes lectores. De esta forma, la sola presencia de aquellos volúmenes en la biblioteca de la escuela podía llevar al momento propicio en el que un niño -debidamente llevado por el oportuno consejo de su maestro o sus padres- se acercara a aquel libro del que se decía que era inmortal.
          Y fue precisamente esa idea de inmortalidad, que en cierto modo sugería un encuentro solemne con el texto, -unida, bien es cierto, a la nociva costumbre de obligar a su lectura- la que, andando el tiempo, hizo engolar algunas voces para denunciar que el Quijote no era apropiado para los jóvenes lectores. Como consecuencia de esta especie de protección tanto del libro sagrado como de las tiernas cabecitas que pudieran leerlo, prácticamente se vaciaron los estantes de las aventuras del ingenioso hidalgo, hurtando, por consiguiente, la oportunidad de que pudieran disfrutar de ellas las nuevas generaciones. Pero a raíz de la celebración en 2005 del cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, la mayoría de las editoriales que publican para el público infantil y juvenil ha venido editando y reeditando adaptaciones del texto, Quijotes con menos capítulos o directamente el original cervantino debidamente anotado para hacerlo más accesible a todos los lectores. Entre las nuevas ediciones -surgidas también ahora con ocasión del cuarto centenario de la publicación de la segunda parte-, traemos aquí una pequeña selección.
          Para los más pequeños han aparecido “Mi primer Quijote” (Anaya, a partir de 5 años) y “Aventuras de Don Quijote de la Mancha” (Anaya, entre 8 y 12 años), ambos adaptados por Ramón García Domínguez e ilustrados por Emilio Urberuaga para recrear pasajes como el de los molinos o el yelmo de Mambrino. Edebé publica “El Quijote contado a los niños” (a partir de 8 años), de Rosa Navarro Durán y con ilustraciones de Francesc Rovira. “Las aventuras de Don Quijote” (Lumen, entre 5 y 8 años) es un álbum de gran formato que reproduce los episodios más conocidos (los molinos, las marionetas), incluyendo además una pequeña biografía de Cervantes. “Mi primer Quijote” (Espasa, entre 5 y 8 años) es una adaptación de la primera parte a cargo de José María Plaza, con divertidas ilustraciones de Julius. En su colección Adarga, Edelvives publica “El caballero Don Quijote” (a partir de 10 años), de Consuelo Jiménez e ilustrado por Xan López Domínguez.
          Para más mayores hay que destacar la edición para uso escolar de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” realizada por Arturo Pérez-Reverte para la RAE (Santillana), en la cual se han eliminado del texto cervantino algunos obstáculos y digresiones con el fin de facilitar su lectura y al mismo tiempo respetar la integridad y el sentido del original. Con la misma intención de acercar el libro inmortal a todos los lectores, en “Don Quijote de la Mancha” (Destino) Andrés Trapiello ha acertado a “traducir” al castellano actual el texto íntegro que escribió Cervantes.
          Con estas ediciones y otras que seguramente irán apareciendo hasta el próximo año en el que se cumpla el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, no habrá excusas para que puedan seguir cabalgando por las bibliotecas -escolares y domésticas- el Caballero de la Triste Figura y el Gobernador de la ínsula Barataria.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 12 de septiembre de 2015)





sábado, 15 de agosto de 2015

La rara belleza de Nefertiti


El sueño de Berlín
Ana Alonso – Javier Pelegrín
Editorial Anaya. Madrid, 2015


         Dentro de la literatura infantil y juvenil hay un tipo de libros que, aunque no se indique expresamente en la solapa de promoción, son de autoayuda. No se presentan de forma explícita -como si se tratara de un manual al uso- las decisiones que debe tomar o los recursos que debe emplear el lector para librarse del mal que le aqueja, sino que es a través de los mecanismos de la ficción -entendida también como metáfora de la realidad- como el lector presuntamente dañado accede al remedio más efectivo. Se parte del problema que sufre un personaje, de una patología o de alguna característica personal -física o psíquica- que lo aparte de la norma establecida por la sociedad, para seguidamente plantear una solución. Estas historias suelen desarrollarse dentro de un esquema general marcado por el protagonista que padece el problema, los padres, maestros o compañeros que agravan el sufrimiento (lo que se llama en psicología “la segunda herida”, aquella que más duele, pues se añade a la propia que causa el padecimiento) y otro personaje que entra en escena para ayudar a remediarlo.
          En “El sueño de Berlín” (XII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil), de Ana Alonso y Javier Pelegrín, se sigue este modelo para afrontar el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). En primera persona se presenta Ana, una adolescente que “necesita repetir algunos comportamientos para evitar una crisis de ansiedad”, de modo que, entre otras cosas, se ve obligada a subrayar determinadas palabras, escribirlas varias veces seguidas o a lavarse las manos una y otra vez. Su imposibilidad para vencer estas manías la llevan a concebirse a sí misma como una enferma, con la consiguiente desvalorización personal y la dolorosa conciencia de sentirse prácticamente incapacitada para llevar una vida normal y poder realizar tareas tan comunes al resto de la gente como exponer en clase o visitar otro país. Con todo, lo peor son los problemas que tiene para relacionarse normalmente con sus compañeros, quienes se muestran desconcertados ante las conductas repetitivas de Ana. Por eso parece extraño que se acerque a ella Bruno, un nuevo compañero del instituto al que no sólo no parecen importarle las rarezas de Ana, sino que, poco a poco, se va a convertir en el amigo que necesitaba para ir normalizando su situación. Para ello, deberá rebajar las resistencias de la madre de Ana, demasiado protectora por el temor de lo que le pueda pasar a su hija, y sobre todo convencer a su amiga de que el mejor camino para vencer las dificultades es, en lugar de esquivarlas o dejarlas en manos del azar como ha hecho hasta ahora, tener el valor de afrontarlas. Así es como planea el viaje de toda la clase a Berlín con el fin de que Ana pueda ver en su museo arqueológico el busto de Nefertiti, figura por la que siente una curiosa atracción, tal vez porque se identifica con la belleza de su rostro, levemente desfigurado por la rara imperfección de un ojo despintado. Es su visión la que, ejerciendo la labor terapéutica de las metáforas, le servirá a Ana para verse reflejada y, de esta forma, atreverse a aceptarse tal como es.
          Alternando capítulos en los que escriben Ana o Bruno, esta entretenida novela traza bien la dificultad de entender un problema -el TOC o cualquier otro- desde fuera de quien lo sufre, así como destaca la comprensión y el apoyo de los demás como elementos necesarios para ayudar a superarlo.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 15 de agosto de 2015)





sábado, 18 de julio de 2015

Te cuento

Te cuento
Varios autores
Fotografías de Clemente Bernad
Editorial Alkibla

          Como ocurre con los mitos y las leyendas tradicionales, los cuentos clásicos han experimentado a través de los tiempos nuevas versiones en las que, sin variar lo sustancial -los personajes, la estructura, la trama y el propio sentido de la historia-, se han ido adaptando a las visiones impuestas en cada momento y lugar. Igualmente han sido una fuente inagotable de nuevas creaciones a partir de algunos de sus elementos esenciales, de manera que uno de los personajes puede cobrar vida en otra obra, un episodio formar parte importante de un argumento mayor o el mismo significado del cuento reflejarse en la intención última de la nueva creación, ya sea una obra de teatro, una novela, una película de dibujos animados o el libreto de una ópera.
          Este es el propósito de la colección “Te cuento” que nos presenta la editorial Alkibla, el de tomar estos textos antiguos como referencia para contar historias actuales que, a diferencia de los cuentos maravillosos tradicionales, nos muestran una realidad más cercana y a menudo también más desconocida, ficciones con la suficiente fuerza narrativa para ser capaces de despertar en el lector -a partir de 10 años según el editor, pero en algunos de los relatos habría que añadirle alguno más- el espíritu crítico con el que deberá construir una conciencia moral. Hasta el momento se han publicado seis cuentos de los doce que prevé el proyecto, cada uno escrito por un autor diferente, pero unidos todos por las imágenes en blanco y negro del fotógrafo y cineasta documentalista Clemente Bernad.
          La colección se abre con “Caperucita Roja”, cuento del que se sirve Patxi Irurzun para relatar en “Kaperu” el peligro de la calle -la jungla, en las advertencias que continuamente le hace su abuela- para una joven que, en sus correrías por la ciudad para pintar grafitis, se encuentra atrapada en el miedo de unos pasos que la persiguen. Bajo el título de “La sirenita” José Ovejero escribe “El hombre de la casa”, un relato en el que una mujer embarazada que acaba de llegar en patera conoce a un hombre, alguien que la ayuda, que le concede una esperanza ensombrecida por la decepción. En “Las palabras que ensucian el ruido del mundo”, Marta Sanz presenta un precioso cuento fantástico en el que el espejo de “Blancanieves” toma la palabra para contar la verdad, aquella que está “por debajo de las cosas”. Isabel Bono actualiza el cuento de “El patito feo” con “Puedes llamarme Pato”, un amargo relato sobre el drama que vive una joven anoréxica entre la indiferencia de sus compañeras del colegio de monjas. “Los tres cerditos” se convierten en “Lobo y los tres cerditos” en la extraordinaria historia que, en una “combinación entre lo repetido y lo irrepetible”, escribe Emilio Silva para contar cómo se salva un desahucio en un mar de lágrimas. En “La crisis, a terapia”, Javier López Menacho retoma el cuento “Juan sin miedo” para narrar en primera persona la angustia de un escritor, sus pesadumbres que culminan en la revelación de que “la vida es la pesadilla del sueño”.
          De calidad desigual, como es de prever en cualquier colección, estas versiones actualizadas de algunos cuentos clásicos mantienen en general un buen nivel literario que, al complementarse con la fuerza expresiva de los reportajes fotográficos -no sólo imágenes que ilustran el texto, sino por si solas capaces de trazar un relato visual sobre temas de actualidad-, vuelven muy atractivo este interesante proyecto de la editorial Alkibla.



(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 18 de julio de 2015)






sábado, 20 de junio de 2015

200 números de la revista Platero

Nº 200 de Platero

          En octubre de 1985 un maestro de escuela llamado Juan José Lage elaboró un “Boletín informativo de la Biblioteca” para repartir entre sus compañeros del colegio público de Infiesto. Con el objetivo de dinamizar la poca activa biblioteca del centro, en sólo ocho páginas -tiradas a ciclostil- pretendía “informar sobre los autores, temas y libros de la entonces todavía incipiente Literatura Infantil y Juvenil (LIJ), fomentar hábitos lectores y mentalizar sobre la importancia de la biblioteca escolar como fuente de aprendizaje”. Al año de salir ese primer Boletín se formó en el Centro de Profesores de Oviedo un Seminario de LIJ que empezó a elaborar una revista con el nombre de Platero, en homenaje al personaje creado por Juan Ramón Jiménez. La periodicidad de su publicación era de siete números al año y se distribuía de forma gratuita en los centros educativos del Principado de Asturias.
          Desde entonces hasta la actualidad, en la que se celebran sus treinta años de existencia y la salida del número 200, la idea original de la revista no ha cambiado, de forma que sigue siendo un reducido grupo de profesores de educación infantil, primaria y secundaria quienes hacen las reseñas de los libros, entrevistan a autores, escriben reportajes o artículos de fondo con la intención de divulgar la LIJ entre la comunidad educativa. De vez en cuando, a menudo coincidiendo con alguna efeméride, se elabora un número monográfico dedicado a un autor o una obra, entre ellos Lewis Carroll, Roald Dahl, Ana María Matute, Edgar Allan Poe, los 300 años de Caperucita Roja o el centenario de la primera edición de “Platero y yo”, publicado en noviembre del año pasado. El reconocimiento a esta labor de divulgación llegó en el año 2007, en el que la revista Platero recibió, en manos de su fundador Juan José Lage, el Premio Nacional al Fomento de la Lectura, concedido por el Ministerio de Cultura. Igualmente ese mismo año se le entregó el Premio “Platero” de la Organización Española para el Libro Infantil.
          En un ámbito -el de la cultura- en el que la supervivencia de las publicaciones depende de un hilo, es digno de celebrar -sobre todo resaltando el empeño de Juan José Lage, una de las personas que mejor conoce en España la LIJ, colaborador en diferentes medios de comunicación y autor de algunos importantes libros sobre la literatura destinada a los más pequeños, como “Animar a leer desde la biblioteca” (CCS, 2010), “Diccionario histórico de autores de la LIJ contemporánea” (Mágina, 2010), “Antología de cuentos y algunos poemas” (Octaedro, 2011), “Bibliotecas escolares, lectura y educación” (Octaedro, 2013)- el camino que ha llevado la revista Platero hasta la publicación de este número 200, que con el título de “Ilustres ilustrados” incluye un sucinto repaso a “La historia de Platero”, una selección comentada de los que se consideran los mejores álbumes ilustrados del siglo XX y de lo que llevamos del XXI y -en las páginas centrales que habitualmente suelen ocupar las reseñas de los libros- una semblanza de los 15 “Maestros de lecturas” que ahora siguen con entusiasmo la encomiable labor de sacar cada dos meses una revista literaria.
          Como las orejas del burrito creado por Juan Ramón, en la actualidad también son gemelas las ediciones en papel -que sigue distribuyéndose gratuitamente entre los centros educativos de Asturias- y digital de la revista (http://blogdelarevistaplatero.blogspot.com.es/), donde aparte de ver el número del mes, se puede consultar una hemeroteca, leer citas de autores y textos seleccionados, y enlazar a otros blogs o páginas de interés.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 20 de junio de 2015)


sábado, 23 de mayo de 2015

La tarea del héroe


La princesa rana
Cuento tradicional ruso
Interpretado por Tatiana Davidovitch
Editorial Pobre Lobo. Madrid, 2014


          Este cuento popular ruso viene a demostrar que todos los relatos que han llegado por vía oral hasta nuestros días conforman, a pesar del empeño del hombre por elevar fronteras, un acervo común, de manera que debemos convenir que en un desconocido y lejano origen se produjo sobre una amplia geografía la serie de arquetipos literarios que hemos concebido bajo el nombre de cuentos tradicionales. Títulos tan conocidos como Blancanieves, Cenicienta o Caperucita Roja son sólo versiones -ajustadas al tiempo y al espacio que les son propios- de un caudal narrativo universal. Por ello, no es de extrañar que en su indispensable “Cuentos al amor de la lumbre” (Anaya, 2011), Antonio R. Almodóvar incluya en el volumen correspondiente a los “Cuentos maravillosos” el título “La princesa rana”, dentro del capítulo dedicado al arquetipo de “La princesa encantada”. Las diferencias entre la versión rusa que nos ofrece ahora Tatiana Davidovitch en la recién nacida editorial “Pobre Lobo” y la española que presentó en su día A. R. Almodóvar tienen que ver con la distinción que precisamente este autor hace entre lengua y habla, en el sentido de que la “lengua” sería el arquetipo, “la abstracción resultante capaz de explicar en síntesis la totalidad del cuento”, mientras que “las hablas del cuento son las distintas versiones de él que podemos encontrarnos”. Así, las dos “princesas ranas” compartirían los “siete personajes” -entendidos desde una noción amplia y flexible del concepto- que definen a los “cuentos maravillosos”: el héroe, el falso héroe, el agresor, el donante del objeto mágico, la víctima, el padre de la víctima y los auxiliares del héroe.
          En esta “interpretación” del cuento ruso el personaje del héroe es el hijo pequeño del zar, el zarevich Iván, quien, obligado por el mandato de su padre y la azarosa dirección de una flecha, debe casarse con una rana. Sin duda, su suerte parece un hecho desgraciado, pero, frente a la apariencia de que sus hermanos mayores se han casado con mayor fortuna, la rana guarda la maravillosa cualidad de quitarse su piel y convertirse en una hermosa doncella llamada Vasilisa la Sabia. Así, va saliendo más airosa de las pruebas que el zar pone cada día a las esposas de sus hijos: hornea el pan más delicioso, cose la mejor camisa y hace resplandecer su belleza en la fiesta de palacio. Pero esa misma noche del baile el zarevich Iván comete el error de arrojar al fuego la piel de rana, lo cual provoca que su esposa, transformada en cisne, salga volando por la ventana hasta el otro confín del mundo, donde vive Koschei el Inmortal, el personaje agresor definido como “ojos sin alma, huesos sin carne”. A partir de entonces Vasilisa la Sabia pasa a ser la víctima a quien deberá rescatar su esposo, el héroe Iván. En su camino se encuentra con un anciano (el donante del objeto mágico) que le entrega un ovillo para que le guíe en su búsqueda, a través de montañas, bosques, campos y mares donde tendrá que pasar algunas pruebas hasta llegar a la cabaña de Baba Yaga. Esta bruja (auxiliar del héroe) le dará la clave para enfrentarse a Koschei (a la vez falso héroe y padre de la víctima), quien la tiene cautiva en su reino inmortal.
          Es de celebrar la aparición de la editorial Pobre Lobo, que con “La princesa rana” (ilustrado por Sally Cutting) inicia la publicación de cuentos fantásticos con personajes procedentes de la mitología eslava.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 23 de mayo de 2015)



sábado, 25 de abril de 2015

Cuando leer es divertido



No debería esperarse a la celebración del Día del Libro o a las Ferias que se organizan unas semanas después para comprar algún cuento o álbum ilustrado para los más pequeños, pero ya que muchos tienen la buena costumbre -bendito ritual- de adquirir algún libro estos días, aprovechando de paso la oportunidad que ofrecen los descuentos, nos permitimos hacer aquí una pequeña selección de algunos de los más divertidos aparecidos últimamente. 
“Cuando papá era pequeño había dinosaurios” y “Antes, cuando no había colegio”, de Vicent Malone y André Bouchard (Edelvives), pertenecen a una colección de álbumes ilustrados en los que, a modo de las viñetas humorísticas, se cuenta un chiste que despierta la risa por lo anacrónico del texto y la gracia de la ilustración. Así, se puede leer que “Antes, cuando no había colegio, la teoría de la evolución se entendía con solo salir a la calle” o “Cuando papá era pequeño, los calzoncillos de pelo de animal eran la moda”. Los dibujos son tan divertidos que los pequeños -y los mayores- pueden pasan un buen rato con sólo ir mirando las ilustraciones de los libros. 
También de André Bouchard aparece “¡Soy el lobo!” (Edelvives), un original cuento en el que un lobo se desespera porque no puede despertar a una niña para meterle miedo. Pero de pronto aparece de debajo de la cama la pesadilla de la niña, un monstruo que, al contrario del lobo, quiere que ésta siga durmiendo para que pueda aterrorizarla dentro de sus sueños. La cuestión se complica cuando también se presenta el monstruo que en la habitación de al lado está tratando de atemorizar a la abuela de la niña. Todo se enreda aún más con las pesadillas del lobo, que le convierten en víctima de los propios miedos que pretende provocar. Las desenfadadas ilustraciones de este divertido álbum seguramente contribuirán también a que los más pequeños puedan reírse de los temores y pesadillas que son tan propios de su edad.
En esta misma línea que toma como referencia los conocidos cuentos infantiles para crear una nueva historia, se encuentra “Feliz Feroz”, de El Hematocrítico (Editorial Anaya). Una loba de la familia Feroz llama preocupadísima a su hermano porque su hijo Lobito es buenísimo: estudia mucho, hace los deberes, tiene todo ordenado y hasta se atrevió un día a ayudar a cruzar la calle a una señora. Entonces el tío se propone hacer de él un lobo digno de llevar el apellido Feroz. Para ello, le enseña a engañar a Caperucita, a disfrazarse para visitar a la abuelita, a soplar fuerte para derribar la casa de los tres cerditos y a afinar su voz para poder comerse a los cabritillos. Al final, Lobito también consigue “meter miedo”, pero de una sorprendente manera. 
La Colección Mortimer, de Tim Healey y Chris Mould (Editorial Anaya), ha presentado por ahora tres disparatados cuentos en los que el ingenioso Mortimer (“un tipo pequeño con grandes ideas”) se dedica a inventar cacharros como la “máquina moquiavélica” (en “La invasión del moco”), “el arma antigravitaroria (en “El platillo volante”) o “el ingenio fantasmagórico” (en “Hay fantasmas sueltos”), que trastornan hasta el delirio la normal vida de su colegio. Los divertidos textos escritos en verso se intercalan ágilmente con unas llamativas ilustraciones que, empleando sólo un color chillón en cada cuento, logran dar un ritmo trepidante a estos tres relatos llenos de humor y fantasía, muy acertados para provocar la sorpresa y la risa en los pequeños lectores.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 25 de abril de 2015)